jueves, 26 de diciembre de 2019

ALMA DE PETARDA






   Conviene que vuelva a aclarar, por si hay algún nuevo visitante en la sala, que en este ángulo oscuro del salón no se hacen reseñas (tampoco muchos de los que alardean de ello, a ver si aprendemos -al menos- a reconocer y respetar los géneros -condición indispensable para alterarlos, combinarlos o reventarlos-), que aquí recordamos, latimos, sentimos, vivimos a partir de una lectura, que vamos desgranando un a modo de memorias del impenitente y jamás saciado ratón de biblioteca que uno es, que me explayo más de la cuenta en contar historias que pueden parecer ajenas al libro que me mueve a escribir pero que, a mi juicio, explican mucho mejor que frases encomiásticas (que tampoco reprimo cuando la ocasión lo merece) por qué me ha gustado (los que no, son condenados al ostracismo, ¿para qué perder más tiempo con ellos?), son las emociones que me vinculan a lo leído, las que el autor despierta/crea con sus palabras, el diálogo establecido con las mismas (o la inmersión a lo Bastian/bestia en las páginas), las sensaciones convocadas/nacidas que quedarán asociadas a ese título así pasen los años (véanse, como acabo de hacer hace un momento, las veces que cito al protagonista de La historia interminable). Haciendo uso de la libertad que otorga (si nos ponemos un tanto solemnes/profesionales) ser el único redactor jefe e incluso director de este rincón, abusando como es habitual de la confianza y sobre todo infinita paciencia de los leales lectores, puesto que este es mi medio de comunicación (en todos los sentidos, poniendo el acento en lo íntimo, en lo particular), hoy voy a hablar de mí más que nunca, no se me ocurre mejor homenaje, no tengo mejor manera de expresar lo mucho que he gozado con la lectura de un libro que demanda (y consigue desde las primeras páginas) complicidad e implicación porque rememora una vida que es en gran medida la mía, la de muchos, la de todos los que vivimos los 70, sobre todo de los que lo hicieron como adolescentes (tener dos hermanos mayores con varios años de diferencia me permitió acceder muy pronto -nací justo en 1970- a músicas, películas, hechos que por edad no me correspondían del todo, aunque todo flotaba en el ambiente sin que, por más que sorprenda a muchos, hubiese tantas cortapisas/tantos miramientos, si bien es cierto que tuve la fortuna de caer en una familia que en ese sentido era considerada muy permisiva -y envidiada por algunos compañeros de colegio-). No se puede adoptar un tono distante o ajeno con un libro (magníficamente editado por Plaza y Janés, en seguida abundaremos en este aspecto) que anuncia en su subtítulo (y lo cumple en su contenido) ser una “crónica sentimental” y que, además, incluye en el título a todo el que quiera sentirse concernido/apelado (y festejado, porque fundamentalmente se trata de eso), Oché Cortes nos pide que recordemos/reivindiquemos Cuando éramos horteras y un servidor hace exhibición de eso mismo sin complejos.

   De ahí lo de poner por delante mi alma de petarda, aunque no utilice la palabra en cualquiera de las acepciones despectivas que recoge el DRAE, sino con el tono jocoso/festivo (y un poco autoparódico, hay que saber reírse de uno mismo, es parte de la gracia y así lo hace también Oché sin ningún miedo al ridículo -que está en la mirada de los demás, nunca debe adueñarse de la propia- rescatando fotografías que tal vez otros hayan quemado/tijereteado con la misma compulsión que algunos borran tuits, posts de Instagram o cualquier mensaje que se les antoja vergonzante -o del que se arrepienten/no se ven capaces de justificar- cuando se les anuncia como asesores de ministros -y luego, para colmo, no llegan ni a ocupar el despachito-), decía que me llamo petarda (sí, en femenino y a pleno pulmón) porque hacerlo/serlo/sentírmelo fue parte fundamental de mi liberación, solté una losa muy pesada tras la que me ocultaba/negaba bailando la música de esa década (también la de los 60), coreando canciones que, en su feliz intrascendencia, me conferían identidad, me permitía ser quien pujaba por ser por más que reprimiese mis instintos, mis preferencias, mis deseos, me reconocí homosexual sin disfraces ni justificaciones, abandoné la impostura, el fingimiento, las mentiras (sobre todo las que me contaba a mí mismo) para ser tan petarda como esa música en la que reconocerme, con la que identificarme (todo en el inolvidable Rick´s de finales de los 90), sabiéndome parte de una comunidad en la que me sentí acogido, respetado, querido, persona completa. Oché Cortés extiende su mirada por lo que era la cotidianidad de aquellos años, no sólo habla de música por más que esta sea capital en la propia estructura del libro (dividido en singles -¡Brillante idea!-, no en capítulos), en, nunca mejor dicho (ni empleada), crear la banda sonora que, inevitablemente, nos lleva a aquel tiempo no tan lejano, cercano en el corazón como se comprueba en cuanto alguna nota provoca que su ritmo se acompase a la melodía que esté sonando, también (o básicamente) porque él es músico de amplia y variada trayectoria, porque ha compartido escenario con muchos de los nombres que aquí aparecen, porque en la divertidísima presentación que tuvo lugar el pasado noviembre en Cervantes y Compañía optó por cantar algunas canciones para ilustrar aquello que ha recogido/plasmado en Cuando éramos horteras, porque al margen de las preparadas atacó algunas al hilo de los recuerdos compartidos con su amiga María Dueñas y con los que estábamos allí (fui junto a mi Pepa Muñoz y Ascen, el resto del grupo se lo perdió), fragmentos en los que todos participamos (e incluso soplamos cuando la letra se mostraba huidiza), porque (y es mi única queja -o requerimiento, no quiero que suene negativo- a un libro que, queda dicho, he adorado, me ha hecho vibrar, reír y llorar de emoción) debería escribir unas memorias musicales en toda la extensión (o sea, un librote gordo), hablando del asunto como profesional tanto en el análisis/recuerdo de tendencias, hitos, nombres populares u olvidados, como en lo relacionado con los artistas con los que ha trabajado o ha conocido en su importante faceta como comunicador en radio y televisión.

   La edición del libro es primorosa, todo un despliegue fotográfico con una maquetación ocurrente, inquieta, cuidada para que cada página tenga su propia personalidad, que se va adaptando a lo que se quiere contar y enseñar en cada momento, combinando perfectamente lo gráfico con lo escrito, un estallido de color que respeta/recupera lo que era habitual en los 70, tipografías, papeles pintados, recreativos (a los que nunca dejamos de llamar “billares”, incluso en el Instituto -en una década posterior-), tebeos, maletas, muebles, psicodelia, el Fuerte Comansi, los jingles publicitarios, la (dicho con toda la retranca) decoración interior de los coches y, por encima de todo (gran trabajo), profusión de carátulas de discos para no perder jamás la melodía de una nostalgia muy bien entendida y mejor tratada. Oché huye de la etiqueta “generacional” (aunque resulte inevitable puesto que, como bien se demuestra, tenemos un pasado común), no pretende más que compartir recuerdos (y divertirnos, algo que consigue con creces), utiliza una prosa muy ágil, conversa con el lector, se ríe sin recato (pero con inteligencia y cariño) de aquel hortera que fue, es decir, de los horteras que fuimos (y que seguimos siendo, al menos así se lo digo y los dos soltamos una carcajada estruendosa), hace sociología de un modo natural, dando cuenta de lo que era habitual, de lo que se consideraba “normal”, de lo que nadie analizaba/cuestionaba, de las canciones que dejábamos sonar sin prestar atención a la letra, ejercicio que tiempo después hice en la radio con aquella sección (llamada, precisamente, Al pie de la letra) en la que jugué a sorprender a Beatriz Pécker con, por ejemplo, un tema que también recoge Oché, y no me extraña, porque pensar que Fantasmas a gogó fue una canción infantil premiada en un Festival organizado por TVE pone un poco los pelos de punta (antes pensaba que era mi mente sucia la que descifraba extraños mensajes -o veía intenciones un tanto oscuras-, pero comprobando que Oché confirma algo que ya había refrendado con Pedro Piqueras en su día me quedo más aliviado), no en vano es la historia de una criaturita dizque angelical que se presenta como “la niña siglo XX, tengo ganas de jugar”, proclama que no cree “en los fantasmas ni en las cosas de asustar”, no duda en meter en la cama y darle el biberón a un ratón, no se arredra ante su madre que, poniéndose en lo peor, le advierte “deja ya a ese ratoncito que tal vez pudiera ser una bruja disfrazada con muchísimo poder” porque “soy valiente y no me asustan los fantasmas a gogó ni las brujas ni los ogros porque tengo a mi ratón” y concluye la canción haciendo burla de las brujas de los cuentos que le cuentan sus papás porque (¡Al loro!) “tengo mi escopeta, alegría y buen humor, sé rezar y tengo amigos y un ratón muy juguetón”. ¡Y no estamos traumatizados ni nada por el estilo! También en el mismo sentido cita algunas canciones apellidadas “melódicas” (sin tener noción de nada siempre me sonó raro cuando lo escuchaba en Gente joven, tampoco era el único), especialmente reseñable lo de Sandro Giacobbe en El jardín prohibido cuando justifica una infidelidad con perlas como “mi cuerpo fue gozo durante un minuto, mi mente lloraba tu ausencia”, el clásico “no lo volveré a hacer más”, “me he dejado llevar por mi cuerpo y me he comportado como un ser humano” y ese estribillo definitivo y definitorio de tenerla como el cemento armado: “Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo”. ¡Y luego venía Lauren Postigo, el ínclito autor de temas tan profundos como La Ramona o Que como canta la gallina, a decirle a Perlita de Huelva que Amigo conductor (tema del primer single del libro, sintonía de tantas tardes con la abuela escuchando Peticiones del oyente, éxito indiscutible que se bailaba -¡Y cómo!- en el Rick´s) era muy mala! ¡Envidioso! Podría seguir hasta mañana, pero no es de recibo (en todo caso, voy reuniendo estos chascarrillos, estas evocaciones, otras hechas en antena o en mi casa -el asunto da para mucho- y nunca se sabe si saldrá algo de ello), pero creo que se percibe a las claras el ánimo, el buen rollo, la satisfacción, la juerga sana que las páginas escritas por Oché Cortés derrochan y regalan.

lunes, 23 de diciembre de 2019

LA HISTORIA MÁS GRANDE MUY BIEN CONTADA (Y CANTADA)





   Estoy convencido de que no soy nada original a la hora de alterar el título de la película de George Stevens protagonizada por Max Von Sydow, puesto que ha habido diferentes ocasiones para hacer ese fácil juego/cambio de palabras tanto en los estrenos como en las sucesivas reposiciones/nuevos montajes de Godspell (empezó su andadura en el off-Broadway en 1971) y, sobre todo (por fama mundial, porque Ted Neeley todavía sigue encarnando el rol principal a sus 76 años y no hace muchos meses regresó a Madrid), Jesucristo Superstar (se editó como disco en 1970 y después llegó todo lo demás), teniendo en cuenta, además, que ambos musicales llegaron a España con poco más de un año de diferencia (octubre del 74 el primero, noviembre del 75 -en concreto el 6, para que se hagan ustedes una idea más precisa del panorama-); lo cierto es que tampoco son nada originales los detractores de los espectáculos citados (en cualquiera de sus variantes o versiones) o que aborden esa temática (la vida de Cristo), puesto que siguen apelando a lo mismo de entonces (casi 50 años después) para sentirse escandalizados, ofendidos, perseguidos (¡Quién lo diría de quienes buscan censurar, prohibir, reprimir y/o suprimir!), aferrados a unos dogmas que, a poco que se indague/lea, incluso diría viva (dicho en el sentido más libre, instintivo y/o natural) un poco, se demuestran muy alejados (e incluso opuestos) del que (se supone) se respeta, comprende, siente y obedece como dogma principal/básico/central/emanadero del resto (porque nos enseñaban que los Mandamientos se resumen en dos, uno de ellos amar al prójimo como a uno mismo -será que los inquisidores se tienen poco cariño-), de aquello que no debería resultar tan difícil cumplir (igual, fíjate tú, todo se torció desde el momento en que se dio carta de naturaleza al antagonismo, a la obediencia ciega, al concepto de pecado, al castigo). Pero, será por las fechas en las que estamos y porque a uno le queda dentro algo de lo bueno que aprendió (y con ello entramos de lleno en lo que vengo a contar/recomendar hoy), prefiero no seguir por ese camino de confrontación, prediquemos (nunca mejor dicho) con el ejemplo, tomándolo de quien defendió la convivencia, el respeto, el amor sin exigencias ni matices (dicho sea, para zanjar ese tipo de cuestiones por cualquier ángulo, sin pretender obligar a nadie a creer en nada: no entro en lo organizado, en lo estipulado por quien sea, en lo impuesto, me quedo con lo netamente espiritual, con valores/sentimientos que se me antojan imprescindibles).

   33 El Musical no sólo tuvo que afrontar los ataques furibundos de quienes, sin verlo, rugieron ante lo que consideraban blasfemo, la rabia insultante (naveguen por Internet -o mejor no, ¿para qué?-) de quienes fueron con las espadas (flamígeras) en alto y así se mantuvieron (en realidad llevaban la proclama escrita desde casa, al menos demostraron haber pasado por allí), sino que se enfrentó a un escepticismo bastante generalizado (al menos así lo percibí y algunas fuentes diversas me confirman que lo vivieron del mismo modo) primero entre los amantes del musical (aunque aquí habría mucha tela que cortar o, en algunos casos, recurrir a la hemeroteca para demostrar que no tanto como pregonan cuando les conviene) y, fundamentalmente, entre un público de lo más variopinto que parecía mostrarse apático a “volver a ver lo que ya se ha visto” (en este mundo en que, servidor el primero, nos deleitamos -o decepcionamos/hastiamos, pero no nos lo perdemos- ante repeticiones/remakes/plagios más o menos encubiertos, esquemas y fórmulas repetidas en cascada, variaciones -o ni eso- de los mismos elementos en historias que, a veces, ni se molestan en cambiar el título). Sin embargo, dicho sea sin ironía ni intención de hacer mofa, se obró el milagro, ocurrió lo que debería ocurrir siempre, es decir, los primeros espectadores expresaron su entusiasmo, su aprobación, su disfrute (también hubo críticas honestas y bien fundamentadas) y la bola de nieve siguió rodando hasta el momento actual: segunda temporada en el Espacio 33 levantado ex profeso para la ocasión (de ahí su nombre), el mayor teatro efímero -aunque ya no tanto- construido en España con capacidad para más de 1000 personas. Toño Casado, el artífice, el soñador, el compositor, el creador, el alma del espectáculo (por cierto, sacerdote, músico muy avalado/requerido por altas instituciones eclesiásticas/religiosas -lo digo por aquellos que atacan sin conocimiento/razón-) ha conseguido que la historia resulte novedosa, atractiva, gozosa, emocionante, utiliza muy bien lo ya sabido, lo que esperamos, lo que no se tergiversa ni ridiculiza para crear complicidad, vínculos, para sorprendernos por el modo en que se reflejan ciertos episodios/detalles, por las variaciones (a veces muy sutiles) que se hacen, por lo que aporta el ahora, todo sabiamente mezclado, con un enorme respeto por aquello que para mucha gente es una cuestión de fe.

   Tengo la enorme fortuna de poder conversar con mi adorado Christian Escuredo, pieza fundamental para que el musical funcione del modo en que lo hace, carismático como su personaje, arrollador, poseedor de mil recursos, versátil, derrochando energía y sentimiento, cautivando con la inmensa humanidad que destila y que impregna su prodigiosa interpretación, un despliegue que inunda el inmenso (y fabuloso) espacio escénico y la impresionante platea (o grada infinita o como ustedes quieran llamarla). No le suelto el rollo anterior (aunque casi, ya me conocen), pero sí le pregunto cómo recibió una propuesta que, las cosas como son, parecía una auténtica locura: “Lo que más me dio fue miedo, no lo voy a negar: si no llega a ser por Julio [Awad, director musical del espectáculo], que siempre me ofrece proyectos muy atractivos y me da mucha seguridad, no sé si hubiera aceptado. Me asustaba tocar un personaje que se ha interpretado muchísimas veces, que tiene una iconografía muy concreta, que para cada uno significa una cosa, también, por supuesto, el tema en sí porque es alguien por quien muchas personas sienten devoción, eso no se puede obviar; por lo tanto, se trataba de mover los hilos del personaje con mucho cuidado, sentí mucho miedo, ya digo, ¡así somos los actores, jajaja! Además, hablando en serio, se trataba de hacer un musical para todos los públicos, ser aceptado por todo el mundo, todo eran hándicaps, vaya”. Pero, al margen de lo que él dice entre risas (las eternas inseguridades de las gentes de este mundillo, incluso aunque la ovación sea cerrada al final), los artistas tienen ese punto de osadía, de visceralidad, de lanzarse al vacío, de aceptar reto tras reto, de atrevimiento, gracias a ellos y sus permanentes arranques seguimos disfrutando, el montaje empezó a tomar forma y de qué modo, el espectáculo comienza antes de que suenen las primeras notas de la partitura por lo que el público se encuentra al llegar: “¡Ay, esa escenografía de David Pizarro y Roberto del Campo, toda de madera! Fue premiada en los PTM, lógico; al principio, recién construida, el olor era muy penetrante, enlazaba con el carpintero, olía a hogar, lo sensorial es también muy importante. Y el espacio, sí, debo reconocer que era otra de las cosas que me daban cierto miedo porque no deja de ser una carpa y por mucha megafonía y microfonía que haya lo fundamental para los cantantes es que haya una buena acústica, un buen apoyo de sonido, pero todo se hizo como se debía”. Puedo decirlo muy alto (y saben que hablo con cierto conocimiento de causa): ¡Ya querrían algunos teatros/espectáculos tener un sonido tan limpio, tan cuidado, tan matizado, tan medido, tan prodigioso como el conseguido aquí! No en vano está Julio Awad detrás del mismo, el buen gusto que le caracteriza es muy patente en 33, la música envuelve al público, los actores cantan con naturalidad, sin exagerar, no hay rimbombancias estridentes, así me lo cuenta mi admirada Inma Mira, que en esta segunda temporada se hace cargo del personaje de María, la madre de Jesús: “Se ha trabajado la verdad, vivir la historia, es algo que está ahí desde el principio, me consta que los primeros días se lloró mucho, hubo que controlar las emociones. Además, como dices, no se busca el lucimiento por el mero hecho del lucimiento, nada de estridencias”.

   El público que abarrota el Espacio 33 el día en que un servidor ocupa una localidad frente al escenario es de todas las edades, y no es una frase hecha, y todos jalean, vitorean y aplauden sin freno al final, yo mismo estoy arrebatado, no sólo por el talento demostrado por el elenco y por el equipo creativo y técnico, sino por lo que se ha contado, por la esencia, por lo que solemos olvidar (y tantos demuestran haberlo hecho, no volvamos al principio del texto), así lo explica Christian: “Es un mensaje universal de amor, por eso engancha a todo el mundo, se defienden valores necesarios y más hoy en día. Creo que se plantea a un Jesús que responde a lo que se conoce de él, tanto en la parte cristiana como en lo histórico: fue un revolucionario por dar voz a las mujeres, a los enfermos, a los pobres, creía en la igualdad, en la diversidad, me encanta transmitir un mensaje tan positivo. También es verdad que hay una parte del sacrificio con la que, como actor, tengo que tener mucho cuidado: en los ensayos y en las primeras funciones, terminaba muy afectado porque hay una valentía en Jesús que no tiene ningún ser humano, sólo una madre dando la vida por un hijo, era un extremo con el que debía conectar, lidiar con la muerte, algo inevitable para construir al personaje; al final, buscas analogías que no sean tan fuertes como la real, no deja de haber una tragedia en la historia, pero lo fundamental es el mensaje global que se transmite”. Y a esa madre la encarna con enorme sensibilidad y mesura Inma Mira, espléndida (no puede ser de otro modo) en voz, impactante y emocionante en presencia, en sus manos, en sus gestos, en su mirada, una interpretación mesurada pero muy sentida, cargada de significado: “No me sale de otro modo más que hacerlo con mucho amor, imagino que algo me viene de mi situación personal: no pude presentarme a los castings de la primera temporada porque estaba embarazada y ahora me veo aquí, con la maternidad a flor de piel, con madurez y compartiendo mucho los sentimientos del personaje. Además, aunque por edad no podría ser su madre, que aún soy joven, jajaja, es maravilloso poder desarrollar ese trabajo con Christian porque nos conocemos desde “Sonrisas y lágrimas”, hay un cariño y una admiración reales, medio trabajo estaba hecho, con una mirada nos entendemos”.

   La partitura mezcla estilos, géneros, va creando la atmósfera idónea para cada número, suena de un modo admirable y hace olvidar todo lo anterior para vivir ese momento, las posibles comparaciones son abatidas por una música que conquista, algo que Inma vivió como espectadora en la primera temporada: “Toño ha sabido alejarse de lo que ya se había hecho y posee una gran virtud: es una música muy sencilla, sobre todo en el sentido de que al terminar la obra te parece que la conocías de antes, se contagian las melodías, es muy cercana y se te queda”. Partitura que aún se luce más y realza sus efectos gracias al trabajo preciso y contenido de sus intérpretes, destacando sobremanera lo que hace Christian, alejado de los clichés y de los posibles tics asociados a su personaje: “En cuanto empezamos a trabajar le dije a Toño que, para llegar a todo el mundo, lo básico era tocar la fibra de cada espectador, no podíamos marcar distancias: había que hacerlo tremendamente humano, con sus miedos, con sus rechazos, peleándose consigo mismo, con los ideales que se le desmontan ante los sacerdotes, expulsando a los mercaderes del templo, tiene unos valores que potenciar y es precisamente a lo que me acerco y con lo que me conecto cada día para hacerlo con cierta facilidad”. Inma resume este aspecto en una frase que no puedo sino compartir totalmente: “Es muy difícil no sentirse tocado en algún momento”. Así es, doy fe de ello, no puedo evitar utilizar ciertas palabras, ya lo ven, pero es algo que brota con naturalidad porque es el influjo de una obra que no lo pretende, que llega a nuestro interior con sencillez porque habla y defiende algo que, volvemos al punto de partida, debería ser básico y nadie debería recordarnos, tendría que ser la manera lógica de vivir, esa es la magia de 33 El Musical, no hace proselitismo, no impone dogmas, simplemente reclama que escuchemos a nuestro corazón y el de los demás, que latamos al mismo compás, el de la camaradería, la amistad, el respeto, el diálogo, el amor. ¡Qué gran trabajo!

sábado, 21 de diciembre de 2019

GENTES DE TRATO FÁCIL





   Como ya he contado en muchísimas ocasiones, mi vocación tardó en dar la cara, estuvo agazapada durante años (en concreto, dieciséis y unos diez meses, aquel inolvidable y fundacional momento en que Luis Landero me preguntó “¿qué dijiste que querías estudiar?”) mientras me lanzaba mil indirectas (algunas de lo más directas) que, aunque recogía e incluso atendía, no terminaba de entender como tales, sino como afición, como ocio, como juego, como disfrute. Y el caso es que, al margen de jugar con Gema, Juan Luis y algún otro vecino o amigo de visita a las series de televisión (Espacio 1999, Los hombres de Harrelson, Los ángeles de Charlie) más allá de reproducir en clase el elenco de Dallas (no nos faltaba ni el hijo de J.R., papel reservado a la hermana pequeña de Elena que no en vano era Sue Ellen), lo que más me resultaba atractivo de los programas de televisión era imaginarme en ellos, soñar que un día estaría en la grada del circo junto a Miliki (y estuve a punto, pero esa es otra historia), participar en alguna de las actividades de Sabadabada y formatos similares, concursar en Lápiz y papel, aparecer en la subasta del Un, dos, tres, conocer los entresijos, los preparativos, lo que no se veía en cámara; durante muchos mediodías, mientras esperaba a la tía Carmen para comer, me entretuve creando mi propio espacio de televisión, Revista Petete, convertí cada ejemplar de la colección (al modo en que hacían en Aplauso) en una emisión que yo presentaba, dando paso a las diferentes secciones de la publicación, transformadas algunas en dibujos animados, interactuando con el famoso pingüino y otros personajes que aparecían en sus páginas, imaginando colaboradores, diseñando todo un formato (plagiando lo que había visto o veía a diario, introduciendo variaciones, añadiendo cosecha propia), hice lo propio con La cometa blanca transformándome en posibles presentadores, puesto que cada semana se hacía cargo del programa un personaje popular (de Teresa Rabal a Manuel Toharia, pasando por Parchís, la imprescindible María Luisa Seco e incluso Isabel Tenaille), me inventé a un secretario (que, obviamente, sería yo) para que acompañase a las secretarias, ayudase a Mayra, cantase, bailase (mi osadía no tenía límites), participase en algún sketch, lo que Chico tuviese a bien disponer, ¡pero si hasta cree un personaje para mí en Fama! Pero, a pesar de lo que pueda parecer, y de que formé parte de cualquier representación de teatro (¡Y hasta un musical!) que se organizase en el instituto, jamás pensé que aquello fuese otra cosa más que una diversión, muy remotamente a veces sentía alguna veleidad artística y, sí, me imaginaba como profesional.

   Una vez tuve claro que lo mío era el periodismo (si quiero ser preciso, diría que fue en noviembre del 86 cuando Luis me planteó, por primera vez, la famosa pregunta -y muy pronto me dio la respuesta que él consideraba idónea, leyendo mi interior (o exterior, que también)-), reconvertí, entonces sí, ese gusto por insertarme en los programas de televisión y de radio (ese apartado da para otro texto muy largo -y hasta memorias-, he dado pinceladas aquí y allá, sobre todo delante del micrófono), en sueño, en anhelo, en meta, a pesar de que mantenía que lo mío era escribir (impulso que sentí muy pronto, desde bien pequeño emborroné mil cuadernos, esbocé novelas imitando mis lecturas de cada momento, mezclándolas sin recato en aventuras protagonizadas por Parchís -como suena-, Mazinger Z o cualquier otro personaje de moda, me empeñé en reunir a Poirot y Miss Marple -perdona, tía Agatha-), cuando aún pensaba estudiar Derecho y seguía sin atender a los llamados a gritos de mi vocación cree mi propia sección/columna/recuadro -Opiniones al margen-, leía casi de cabo a rabo el periódico que, indefectiblemente, mi padre traía cada tarde al volver del trabajo, todo me llevaba de un modo u otro al periodismo, ya lo ven, aunque reconocí mi vocación, como digo, a través de la escritura, me fue sencillo colocarme frente a las cámaras o el micrófono porque era algo para lo que, sin saberlo, me venía preparando desde muy pequeño cuando grababa cintas con programas musicales en los que incluso daba mi opinión sobre asuntos como la muerte de Fofó (fui precoz, pero no he sido consciente de ello hasta después). Y en esas, 1987, llegó el programa matinal de Jesús Hermida a convertirse en la mejor escuela posible, en un libro de texto del que absorber cada línea, del que extraer mil enseñanzas, programa que grababa en vídeo para no perderme nada, goce continuo como espectador y como futuro profesional (o eso esperaba), espejo en que mirarse, formato versátil, flexible, múltiple, con capacidad para casi todo, transformé a las personas por allí pasaban en mis primeros profesores (conscientemente, de manera inconsciente/natural ya lo había hecho con muchas voces y rostros desde que me despertaban escuchando Radio Hora –a través de EAJ2, Radio España- y merendaba con la abuela muy atento a Peticiones del oyente en la Inter, mientras iba prestando más atención según cumplía años a programas de entrevistas o debate/tertulia en televisión), allí estuvo un tiempo Mari Pau Domínguez (sí, ya hemos llegado al meollo). Entre esos azares/privilegios/oportunidades que me ha dado la profesión, uno de los más significativos ha sido el de poder aprender al lado de nombres a los que ya admiraba/seguía antes de (sin creérmelo del todo) compartir oficio/micrófono/programa/estudio (también de tropezar con poetas hueros, medradores sin escrúpulos, palomitas volanderas y demás fauna que prefiero no nombrar -hasta el día en que lo haga, al fin y al cabo es mi vida-), en ese sentido fue (al margen de otras muchas sensaciones) impactante llegar un día a la redacción de Telemadrid como becario de informativos y empezar a reconocer a este, a aquella, a mi jefa directa, a Mari Pau, que entonces presentaba el Telenoticias de las 20.30, motivo por el cual apenas tuvimos relación en aquel año y pico (yo trabajaba fundamentalmente para el de la noche y, otra de mis fortunas, casi todas las tardes salía a grabar algo), salvo un par de ocasiones en que sustituyó al entonces presentador del mismo. Pero pude resarcirme cuando vino como invitada a Afectos en la noche para hablar sobre su estupenda novela Una diosa para el rey y, hablando sobre lo que estaba preparando en ese momento (la versión veraniega del programa), surgió la posibilidad de incorporarla como colaboradora con una sección que recuerdo con deleite: Amores de papel (se lo dije a su editora: ahí hay un libro, si me apuran colectivo -invitando a participar a dos o tres personas más-, sería dichoso si pudiera coordinarlo).

   Reconozco (saben que lo hago siempre) haberme dejado llevar demasiado por mi verborrea y mis recuerdos, pero lo cierto es que la propia Mari Pau invita a ello en un encuentro (celebrado en Casa del Libro de Gran Vía el pasado noviembre, auspiciado como tantas veces por mi Pepa Muñoz) que es en realidad un reencuentro cálido, amistoso, cómplice, íntimo (creo que lo refleja a la perfección la charla que mantenemos para que Pepa la inmortalice: https://www.youtube.com/watch?v=K5c5AqqDM9k&t=21s), sensaciones placenteras que rápidamente se expanden hacia los demás participantes en cuanto empieza la conversación, así lo propicia la autora abriéndose en canal, no esquivando ninguna pregunta, hablando con honestidad plena y toda la emoción a flor de piel, permitiéndose algunas confidencias que son muy de agradecer porque amplían y refuerzan su narración (y que deben seguir siendo eso, faltaría más, al margen de que anticiparían demasiado aquello que debe descubrirse durante la lectura), sintiéndonos todos cautivados por lo escrito, por lo explicado cara a cara y porque a ese ejercicio de hablar sobre/con uno mismo, de dar voz a los que nos precedieron, invita su nueva novela, no en vano titulada La nostalgia del limonero. Es, indudablemente, la obra más personal de Mari Pau, me atrevo a decirle que es algo que se debía y, fundamentalmente, debía a otros, a sus padres, a su gente, ella matiza que es cierto aunque no era consciente, en parte porque así lo había querido: “Nunca tuve la intención de escribir esta novela, había evitado lo claramente autobiográfico; aquí lo hay, pero entremezclado con invención porque es literatura y porque quise preservar ciertos espacios de privacidad de mi familia. Me la propuse cuando me di cuenta de mi error ya que, por más que mi madre ha estado insistiéndome durante muchos años en que lo hiciera, pensaba que mi familia no tenía una historia que contar, ¿a quién le iba a interesar? Cuando empecé a escribir en ABC desde un punto de vista sentimental/humano, en absoluto político, sobre la irracionalidad que, a mi juicio, supone el independentismo, gracias a la reacción de los lectores me percaté de que había una parte de la realidad que estaba quedando solapada, que parecía que no había existido, que era el fenómeno de la inmigración de otras zonas de España a una parte de España que era Cataluña. Fue ahí cuando me di cuenta de que no se trataba tanto de la historia de mi familia como de tener la oportunidad, que me parecía un lujo, de dar voz a esos miles de personas que vivieron aquello, lo de los míos no era excepcional en el sentido de ser únicos, pero sí lo fue en el sentido de que combatieron con la vida y salieron adelante”.

   La nostalgia del limonero arranca casi en el presente (2012) para hacer un viaje en varias direcciones (o con varias intenciones) hasta la Osuna de 1955, el pueblo de Sevilla donde comenzó todo, la historia familiar que Mari Pau evoca/recrea/inmortaliza como respuesta emocionada y vívida (y, no lo olvidemos, real) a quienes intentan día a día usurpar y adueñarse de lugares, sentimientos, sociedades, desterrando (nunca mejor dicho), negando, ignorando, desposeyendo de su identidad (y su vida) a quienes no piensan (aunque sean ellos quienes tal hacen) como ellos. Es admirable la templanza narrativa de que la escritora hace gala, la mesura y prudencia con que aborda asuntos muy profundos que le son muy cercanos, el equilibrio que sabe mantener sin dejar de abordar tragedias, miserias, dolores colectivos, sin recurrir metáforas o elipsis, se trata precisamente de contar lo que algunos han querido esconder cuando no borrar, pero Mari Pau sabe contener sus emociones, también en lo que corresponde a los suyos, para que lo que prime, lo que triunfe, lo que se escuche sea aquella(s) historia(s): “Es muy difícil escribir sobre cosas que te tocan tan de cerca, sobre todo vivencias tan fuertes como estas en personajes que no me son ajenos, algunos de los cuales siguen vivos y, por respeto, hay que cortar, no es cuestión de herir a nadie, a ratos me sentía un poco al borde del abismo”. Habrá quien hable de revancha (ya sabemos quiénes), reivindico que la haya, no queda otra cuando han tratado (lo siguen haciendo) de quitarte importancia, de silenciarte, de ocultarte, de hacerte desaparecer, pero Mari Pau, con infinita elegancia, lo que hace es dejar que la narración se explique/justifique por sí misma y, así, triunfa la literatura (una novela sólidamente construida, tratando el delicado material que la origina con guantes de seda pero mano firme, sustentada en lo real pero trabajada como ficción para conseguir la distancia justa desde la que implicarse dando aire a sus personajes) y, por lo tanto, triunfa la vida.

   Resulta inevitable la lectura política, pero no desentona ni distorsiona puesto que se centra en personas y se tiende a olvidar que de eso se trata o debería tratarse, aún más (lo señala en la nota introductoria) la personal/autobiográfica, sobre todo porque la hija de los protagonista se llama Paz, nace en Sabadell y algún detalle más que hace inevitable pensar en la autora: “Yo soy Paz, sí, lo pone en mi DNI, jajaja. Es cierto que hay una esencia del personaje que es muy real y que, además, reivindico porque creo que se cortó con mi generación: inculcar a los hijos la necesidad del sacrificio y el esfuerzo, no por masoquismo, sino porque es lo que te salva en la vida y te permite seguir adelante. Concha, la madre, quiso estudiar pero en la Andalucía de los años 50 eso ni se contemplaba, le cortaron las alas en todos los sentidos, y cuando tiene una hija le inculca desde pequeña que tiene que estudiar y no depender nunca de nadie, ¡menos aún de un hombre! Otra cosa es lo que se refiere al amor y a las relaciones con los chicos, hay que tener en cuenta lo que ella arrastra, lo que la condiciona, no puede quitarse de encima que es hija de Guardia Civil, no puede escapar de aquello que ha vivido”. Concha es la gran protagonista de la novela, es la que mueve a Paz a recordar/descubrir, a arrojar luz, a intentar/querer comprender, a hacer justicia (literaria, anímica, sentimental, personal), dentro de una novela con diferentes corazones y latidos, tal vez estamos ante el más hondo, el auténtico motor de la historia: “Las relaciones madre-hija son un filón en literatura, en realidad son más porque son un clásico, da igual a qué siglo miremos: pueden ser mejores o peores, pero siempre son complejas. Aquí van intentando restañar heridas, pero cuando se han abierto tan atrás como estas es muy difícil y al mismo tiempo es apasionante. En esta novela se mezclan historias diferentes en las que los personajes tienen la necesidad de ir cerrando capítulos”. Es esa generación la que ha de mantener vivos los vínculos, la que no puede consentir que se borre de un plumazo a quienes crearon hogar y vida, a quienes no se arredraron ni intentaron el camino fácil (por más que terminase la mayoría de las veces de un modo abrupto, por no decir violento y dramático): “La hija es consciente de que se está criando en un barrio obrero del extrarradio de Barcelona y su meta en la vida es salir de aquel lugar, pero no lo desprecia, es consciente del sitio del que procede, reconoce que le he marcado el carácter y lo acepta y extrae enseñanzas que le sirven en la vida: todos son pobres y, por lo tanto, todo es de todos, estaban en igualdad de condiciones, tenían muy arraigado el sentimiento de comunidad que la hija nunca pierde”. Sentimiento que tendrá su máxima expresión tras las terribles riadas de 1962, tragedia que marca uno de los puntos más altos de dolor contenido y acierto narrativo de La nostalgia del limonero: “Esas páginas las he escrito apoyándome en lo que recuerda mi madre, que a sus 84 años conserva intacta y vívida esa memoria, además hay mucha documentación, una gran hemeroteca, números especiales de las revistas más importantes de la época, hay fotografías terribles; por ejemplo, la historia del sereno ocurrió tal cual, mi madre la cuenta entre lágrimas. Fueron unos 10 o 12 minutos en que, como decían algunas crónicas, el mundo desapareció, murieron unas 1000 personas”.

   La gran lectora que es Mari Pau aparece en la novela a través de muchas citas que salpican la narración, la completan, la hacen dialogar con otros autores y con el bagaje de cada lector, con aquello que lleva dentro por haberlo vivido, escuchado o, por supuesto, leído: “He aprovechado para hacer un viaje literario: la literatura fue una vía de escape cuando era pequeña, igual que le sucede a Paz. Determinados autores y determinadas novelas me han acompañado permanentemente y algunos me han dejado mucha huella y han sido muy importantes; como se trataba de hacer una crónica sentimental, familiar y social, quise que fuese acompañada de esas obras que, además, están escogidas con toda premeditación, he dedicado muchas horas para buscar los fragmentos concretos que ayuden a completar el viaje”. Es la misma minuciosidad con que preparaba Amores de papel o con que documenta sus obras históricas, esta no deja de serlo, carácter que acentuará según pasen los años y, no me cabe duda, se convierta en referencia, en testimonio templado, veraz y nada sesgado de lo que sucedió. El círculo se cierra emocionalmente en la novela, ya lo verán, también lo hace en mi interior, puesto que descubrí a Juan Marsé gracias a la inolvidable Natividad Gutiérrez Val precisamente en el verano de 1987, Últimas tardes con Teresa fue uno de los libros que me prestó, novela muy presente en La nostalgia del limonero y de una de cuyas citas he tomado prestado el título de este texto, expresión que me llevó a pensar una vez en Antonio Machado, poeta con el que precisamente cierra Mari Pau la novela/el viaje, poeta que también habló de los protagonistas y de todos a los que representan, esas “buenas gentes que viven, laboran, pasan y sueñan”.