martes, 9 de septiembre de 2014

UN FUNAMBULISMO QUE TAL VEZ SE LLAME VIVIR



     




 Suele destacarse que los españoles somos maestros en reírnos de nuestras tragedias, en convertirlas en la base fundamental de bromas, chistes, ironías, críticas descarnadas que buscan provocar la carcajada, una tradición que se pierde en la noche de los tiempos, ahí tenemos al pobre Lázaro de Tormes desfallecido, famélico, buscando algo que llevarse a la boca, pasando mil tormentos y vicisitudes, por ahí anda don Pablos, ese Buscón salido del magín, de la rebaba, del vitriólico talento de Quevedo, incluso podría hablarse de Celestina y su cohorte, de Sempronio, Pármeno, Areusa y Elicia, hay muchos momentos para la explosión festiva en la magna obra atribuida a Fernando de Rojas, incluso podríamos buscar los vasos comunicantes con páginas de Galdós, con el esperpento acuñado y fijado por Valle-Inclán (al final y al cabo copiado del natural), con múltiples ejemplos de cómo, no sólo grandes creadores sino gente de a pie, ha hecho de la necesidad virtud buscando un escape, una solución, comprender la situación, poner parches, no dejarse doblegar. Si bien encontramos ejemplos de esta actitud en muchos lugares, es cierto que en España tenemos una predisposición muy acusada a sacar a la luz nuestras miserias, nuestras derrotas, nuestras carencias, nuestras vergüenzas, igual que nos acomplejamos por nimiedades, y así nos va, no tenemos ningún reparo en mostrarnos tal cual, sin disfraces ni matices, a las bravas, aunque siempre haya el inoportuno (por no utilizar un término más grueso) que recurre a un humor sin sentido o que maldita la gracia que tiene y escudado en un supuesto talante políticamente incorrecto que en realidad está lleno de veneno o no atiende a determinadas barreras que no deben superarse (ese vicio, ese lastre que supone hacer guasa con defectos físicos, preferencias sexuales, estereotipos usados como arma arrojadiza, hechos luctuosos); así, a pesar de tener que seguir ciertos dictados, imposiciones, pleitesías, consignas, enfrentarse a la censura más feroz y pacata (por otro lado, la más ciega, la más torpe, la más inculta –todas lo son, la sufrida durante el franquismo especialmente- y sus muchos resquicios fueron bien aprovechados por el ingenio de las gentes a continuación citadas y otras tantas), títulos como Un millón en la basura, Mi calle, La gran familia, joyas como Plácido, Los palomos o Atraco a las tres, señores como Berlanga, Forqué, Bardem, Fernán Gómez, Lazaga, otros tan denostados como los Ozores, Martínez Soria, incluso alguien tan apegado y beneficiado por el Régimen como Sáenz de Heredia no pudo evitar que (recuérdese -¡en reclinatorio!- esa maravilla que conocemos como Historias de la radio) se le colase por las rendijas de un sistema inflexible en que todo se pretendía atado y bien atado el hálito de la realidad del momento, tantas personas humildes con escasez de recursos que, como luego glosaría Jarcha, eran “obedientes hasta en la cama” pero que en su ánimo imbatible, en su irredenta fe en sí mismos (incluso aunque no lo creyeran), en la amarga sonrisa que terminaba por dibujarse en su rostro, en su capacidad para sacar las castañas del fuego y llevar un plato de sopa caliente a casa (aunque a veces no fuese más que agua “enriquecida” con un hueso alquilado por tres o cuatro zambullidas), en su dignidad imperturbable, en su mansedumbre condicionada, en su grandeza de espíritu eran el mejor revulsivo, los mayores revolucionarios, los supervivientes (aunque tantos se quedasen en la cuneta –dicho con toda la intención-), el españolito que, aun con el corazón helado, planta cara y saca pecho.

   Y en todo eso me dio pensar mientras veía (y sobre todo después, porque es de esas funciones que dejan poso, que te siguen rondando, de la que vuelven fogonazos) la muy interesante Jugadores de Pau Miró en los Teatros del Canal (estará en cartel hasta el 5 de octubre: http://www.teatroscanal.com/espectaculo/jugadores-teatro/), obra en que sólo hacen falta cuatro personajes, una cocina, una baraja, unas magdalenas, algo de ginebra, para trenzar un homenaje a tantas personas a las que la sociedad, el ritmo vertiginoso que se hace necesario imprimir incluso al mero hecho de ir a comprar el pan (o los cereales que garanticen un buen tránsito intestinal), ese difuso concepto de “modernidad” que se queda antiguo en sí mismo de un día al siguiente, ellas mismas afectadas, alienadas, convencidas por los estímulos reinantes, por la publicidad imperante, por la propaganda grosera que impregna el acto más inocente (todo se politiza, todo se manipula, todo se utiliza como forma de exclusión), personas que quedan al margen, a las que se dota de invisibilidad, a las que se arrincona, a las que se expulsa, a las que se hace pensar son inservibles, perdieron el paso, no han sabido adaptarse, ya no tienen hueco. O puede que me acordase de lo citado anteriormente al tener la oportunidad de charlar con Jesús Castejón (uno de sus intérpretes, junto a Miguel Rellán, Luis Bermejo y Ginés García Millán), heredero de esa noble tradición de cómicos (en el sentido más amplio y prestigioso del término) poseedores de una enorme gama de recursos, dúctiles, enormemente naturales, actores a los que no siempre prestamos la atención y el cariño debidos; se hace inevitable (uno diría necesario) hablar del gran Rafael Castejón, el patriarca, en realidad Jesús le cita muy pronto, casi al inicio de la conversación (y es cuando le digo que jamás podré escuchar/atreverme a entonar el chispeante Chotis del higo sin pensar/imitar el modo insuperable en que su padre decía lo de “fui siempre partidario del fruto de la higuera: a mí me dan el higo y yo dejo la pera” en aquel espectáculo irrepetible conocido como Por la calle de Alcalá), puesto que le menciono la facilidad, la ausencia de aspavientos con que sirven la función, destaco su manera de colocar las frases, su modo de dar el tono preciso para provocar risas y, sobre todo, baza fundamental de Jugadores, complicidad, reconocimiento, veracidad: “Eso, las cosas como son, es la herencia paterna, es cuestión de genes, se tiene o no se tiene; hombre, uno se ha preparado, ha trabajado, no se ha descuidado, pero sin esa vis cómica que era el modo de expresarse de mi padre, que era su característica más acusada, sin haber tenido ese magisterio todos los días no sería posible o, al menos, no sería igual porque no se puede aprender”.

   Aunque todos caemos en ello porque es el convencionalismo, el modo de expresarse consensuado, la categoría literaria, en realidad la condena, el estigma, el dedo acusador de los otros, le digo que no me gusta emplear la palabra “perdedores” para hablar de estos personajes porque, aunque lo parezcan, aunque así se sientan, en su desesperación, en su aceptación, en su búsqueda de nuevas oportunidades, salen de su abatimiento, aportan soluciones aunque sea desde el disparate, no se conforman: “Ya sabes que las etiquetas vienen del miedo, del no querer ser como aquellos a los que tildas de tal o cual, del intentar marcar diferencias; esa es una de las mayores y mejores facultades del teatro: quitar máscaras, desnudar desde la ficción, o no tanta en ocasiones. Hay que ser flexible, no recurrir tanto a los juicios de valor o las críticas, especialmente cuando son sentencias: se trata de mejorar lo que está mal, lo que no nos gusta, no de echar por tierra y punto. Digamos que estos cuatro tipos son perdedores, vale, ¿por qué no?, pero son valientes, asumen su patetismo, lo enfrentan, hay uno que decide seguir jugando, practican el mejor y más difícil ejercicio: reírse de uno mismo, a eso es a lo que invitamos”. Por eso Jesús afirma que Jugadores no es una función de cuatro personajes, sino de cinco: “En realidad, el público marca el ritmo; siempre se dice que cada día es diferente, que no hay dos representaciones iguales, que la energía cambia según lo que recibes del patio de butacas, y en este caso creo que eso se nota mucho más, fue algo que percibimos desde el primer ensayo: reconozco que acepté más por intuición que por otra cosa porque la obra es teatro puro y, aunque encontré el texto interesante, leída apenas dice nada, lo importante es cómo esas palabras suenan, cómo se pronuncian, los gestos que las acompañan”; y lo cierto es que sus movimientos, sus cruces de miradas, sus silencios son tremendamente elocuentes porque hablan de nosotros mismos: “Una partitura es excelente cuando tiene las silencios bien administrados, cuando se les concede la importancia debida; aquí sucede eso porque se da tiempo para la reflexión, no se puede cansar al público, no se trata de que las gracias se sucedan sin orden ni concierto: hay que parar, respirar, asumir”. Es todo un placer ver a cuatro intérpretes que saben hablar en escena, proyectar la voz sin engolamientos, que no la alzan sin ton ni son, capaces de masticar palabras, rumiarlas, reprimirlas, y comunicar el drama que ocultan mediante sus cuerpos, por la empatía que provocan desde los primeros minutos, por una comedia vivida en serio, porque, como tantas veces se ha dicho, el público, aunque diga lo contrario, quiere que sufran los demás, como si en su butaca estuviese a salvo de todo: “La platea es impune, te ríes de las tragedias de los demás en la oscuridad y luego sales tan ricamente y vuelves a casa”. Pues no conviene olvidar que, si nos abandonamos, podríamos resultar tan patéticos como ellos, unos perdedores, unos pobres hombres, unos parias (con esas y otras lindezas del mismo jaez los denominaban algunos espectadores con los que coincidí), que no hay que tolerar que nadie nos coloque en esa situación (especialmente muy notorio en el rol encarnado por Jesús, un barbero sin oficio que no se atreve a contarlo en su hogar, “a raíz de preparar el personaje, me he dado cuenta de la de gente que vaga por las calles sin ocupación, sin rutinas, perdida en el tiempo vacío, algo terrible”) y no se trata de placebos ni moralinas sino de una necesidad perentoria (además, como empezase a cundir ejemplo de estos jugadores más de un pretendidamente poderoso vería que su pedestal es muy frágil; es decir, también a ellos, especialmente a ellos, les interesa que las aguas regresen a un cauce sereno, aflojar la presión o, al final, la onda expansiva los lanzará muy lejos –por un lado, ojalá pasase pronto sin necesidad de llegar a ciertos extremos-. ¿No se dan cuenta que si nos lo quitan todo no tenemos nada que perder? Piensen, piensen y, de paso, vean algo de teatro, hombre, que oxigena el alma).