viernes, 24 de octubre de 2014

LO QUE CUENTA UNA MUJER





   Cada uno tiene sus lugares comunes y uno de los más recurrentes en mí consiste en recordar aquellas noches frente al televisor, disfrutando como un enano (bueno, alto nunca he sido y el pequeño de casa fui siempre hasta que llegó mi sobrino Alberto: en ese sentido, poco he cambiado), viendo las series del momento (o las reposiciones, costumbre desterrada de la pequeña pantalla o reducida a algún que otro canal de pago o madrugadas poco promocionadas), los programas que al día siguiente diseccionábamos en el recreo o en el receso entre clase y clase (e incluso durante alguna de ellas), alternando y mezclando sin ningún complejo ocio, evasión y distracción con aprendizaje, conocimiento y cultura, sin titubeos por parte de los programadores, sin recelos por parte de los espectadores; así, en esas jornadas asociadas al frío, al largo invierno (más acusado en un hogar humilde no excesivamente acondicionado para sus embates), a la temprana oscuridad (el sábado hay que modificar la hora de nuestros relojes, ya saben a lo que me refiero), José María Íñigo tanto intentaba conversar con Rita Hayworth (los estragos de su enfermedad ya eran demasiado patentes) como dedicaba gran parte de su espacio al profesor Aranguren, Rosa María Sardá nos sacaba una sonrisa con su “Honorato” o sus croquetitas junto a Amparo Moreno y luego presentaba a Montserrat Caballé o a Mecano, el maestro Joaquín Soler Serrano exploraba a fondo a intelectuales, artistas, gentes como muchas cosas que contar y descubrir que se convertirían en imprescindibles para ese entonces chavalillo inquieto que, aunque no comprendía ni una décima parte de lo que hablaban, se quedaba boquiabierto ante tanta sabiduría e iba memorizando nombres, novelas, circunstancias (en la actualidad, junto a Pablo, he recuperado la emoción y el gusto por las noches frente al televisor, en el sofá, con la mantita que dentro de poco se hará necesaria, cogidos de la mano, compartiendo pasiones y admiraciones, descubriendo nuevas, sin necesidad de nada más –por desgracia, hay quien no valora esa tranquilidad, esa compañía, esa rutinas buscadas y queridas, piensa que la vida sólo debe ser aventura, salir, tener mil compromisos, evasivas que camuflan su incapacidad de amar a una persona, su aburrimiento existencial, su propia nulidad; allá cada uno con su manera de organizarse si le funciona, lo malo es cuando se va dejando un reguero de víctimas, de personas heridas en sus emociones sinceras, sólo se busca la adrenalina de un momento, la vacuidad y el oropel como forma de vida-). En estos momentos estoy, precisamente, escuchando (el vídeo ya no está en la web de RTVE, por problemas de derechos según se informa) la amena, interesante, reveladora, espléndida entrevista que en 1980 Soler Serrano hizo a Mercè Rodoreda (y oyéndola resulta imposible no aplaudir aún más el magnífico trabajo llevado a cabo por Vicky Peña bajo la batuta de Ventura Pons en Una merienda en Ginebra), la gran escritora catalana, riéndose al hablar del crisantemo (por ahí quiso empezar la charla), desgranando recuerdos, certezas, cariños, derrochando amor por la literatura, estimulando a la lectura (de textos propios y ajenos), desnudándose emocional e intelectualmente sin tapujos (“Yo he ido muy poco a la escuela, y me hubiese gustado ir a la universidad, cosa que no ocurrió por razones equis, ¿verdad? Pero he ido a una escuela muy buena, que es la escuela de la vida, y me ha pegado duro y esto es muy importante y se aprende mucho” y se compara con el don Pablos quevedesco o con Lázaro de Tormes), con comodidad, con sencillez, con ganas, con la complicidad, con el concurso, bajo los auspicios de un periodista agudo, certero, cultísimo, con los deberes muy bien hechos antes de sentarse frente a la entrevistada, que se limita a conducir, a lanzar interrogantes, a sugerir temas, testigo privilegiado y entusiasmado, que deja hablar, desarrollar respuestas prolijas, meditadas, que dice las palabras precisas para que sigan fluyendo las que importan, las de su invitado.

   Y en una de esas noches que comento, hace pocos días (ahí, sí, gracias a la web de RTVE, aunque habría que reclamarle/exigirle que remasterizase sus contenidos, que cuidase mejor su archivo, que no lo descuidase, que no parezca que estás viendo una copia de un viejo VHS), Pablo y yo regresamos a aquellos viernes gloriosos en que, si no era época del Un, dos, tres, lo pasábamos de miedo con Anillos de oro, Jefes, La huella del crimen, Retorno a Brideshead, propuestas apasionantes, irresistibles (más allá de que sólo hubiese dos cadenas –ahora hay no sé cuántos canales, aunque igual perdemos algunos al no tener la antena adecuada a partir del próximo domingo, y por mucho que zapees hay días que la mejor opción es apagar el televisor-), que nos ampliaban horizontes, nos familiarizaban con obras literarias, la Historia, intérpretes, autores, sin sentir, prueba impepinable de que la letra no entra con sangre pero sí sabiendo entretener, divertir, deleitando (y sólo me he referido a algunas de las emisiones que tuvieron lugar en viernes y en horario nocturno, pero abundan ejemplos –no hay más que, por ejemplo, recurrir a esa maravillosa iniciativa conocida como Yo fui a EGB en cualquiera de sus formatos, redes sociales o formas de acceso-). Y todo vino rodado a causa de Mercè Rodoreda, debido al estreno de la estremecedora e imprescindible versión teatral que Lolita está representando en la Sala Pequeña del Teatro Español hasta el próximo 23 de noviembre, la misma –o al menos muy similar, puesto que el adaptador y director es el mismo: Joan Ollé- que puso en escena en Nueva York la tan admirada Jessica Lange, quien anda convenciendo a la HBO para recuperarla en formato televisivo, tal y como se hizo popular en España, en aquellos cuatro viernes de enero de 1984. Una vez se confirmó la noticia (coincidiendo, además, con la oportunidad de poder visionar la tan recomendable película de Ventura Pons ya citada –por si alguien pudiera tener curiosidad, aquí va el enlace de lo publicado recientemente en el hermano mayo de este arpa, el blog Celuloide en vena: http://www.celuloideenvena.blogspot.com.es/2014/09/una-merienda-en-ginebra-charla.html -), lo primero que hice fue buscar la novela original, uno de tantos textos que uno ha ido postergando, una de esas deudas sangrantes en mi ánimo lector, un enorme mea culpa bajo cuyo peso me hundía, ese absoluto prodigio que me cautivó desde las primeras líneas, ese primer capítulo que, casi sin sentir, se le presentó a Rodoreda antes de que fuese consciente de cuál era su origen, ese que le explicó a Soler Serrano con la misma musicalidad que adquirió su prosa al dar voz a Colometa: “Y escribí la novela que pasaba en la Plaza del Diamante, que yo no había estado allí… Sólo una vez, cuando tenía once o doce años, que yo tenía unas ganas de bailar locas, y mis padres, yo era hija única, me prohibieron siempre bailar, y seguramente por el recuerdo maravilloso de esta Plaza del Diamante, donde yo no podía entrar en el entoldado, cuando escribí salió la fiesta mayor y el baile de la Plaza, el primer capítulo de la novela”. El alarde literario de la autora deja sin aliento, sobre todo porque sabe camuflarse, ocultarse, mimetizarse con la manera de hablar de su personaje, la novela es un soliloquio, son las evocaciones de Natalia a la que Quimet, el que se convertirá en su marido tras sacarla a bailar casi a la fuerza, rebautiza como Colometa –las palomas tienen un papel destacado a lo largo de la narración, en ocasiones como símbolo de la protagonista-, lo que podría interpretarse como un murmullo, casi una salmodia, algo que la mujer musita para sí, sin querer molestar ni perturbar, pero con necesidad de sacárselo de dentro, una prosa muy medida, de una sencillez palmaria, diáfana, con ese lirismo que brota con espontaneidad, fruto de una mirada llena de amor y bondad, de comprensión, de ternura, una voz que no juzga (en todo caso, es más implacable consigo misma que con los defectos, afrentas, sinsentidos de los demás, los cuales simplemente expone y, como mucho, reprende sin mucha intención, asumiendo lo sucedido como inevitable), una mujer que deja fluir los recuerdos, que va enhebrando el rosario de su vida, su único y verdadero patrimonio, las calamidades pasadas, la tranquilidad que vive en el presente y que en parte cree no merecer.

   En un escenario prácticamente desnudo, con unas luces que evocan la fiesta en que todo comenzó, el instante que Colometa considera como el inicio (aunque no olvide a esa madre que ya murió y, mientras, ella baila en la plaza), esa melodía que jamás la va a abandonar, que impregna sus palabras, las cuales a ratos toman prestado su ritmo, un banco de madera cobija a una mujer que, con las manos en el regazo, como conteniéndose, como protegiéndose, empieza a desgranar anécdotas, hechos, evocaciones, entre suspiros, con un tono monocorde, como distanciándose, precisamente por ello (como sucede en la novela) el espectador no puede evitar sentirse implicado, aportando sus propias emociones, recibiendo sin posibilidad de anestesia la virulencia de la miseria, del modo en que un país se vio abocado a luchar contra sí mismo, de un dolor profundo, cotidiano, insoslayable, que se enquista, que inunda, que acogota, que asesina, un lamento que aún conmueve más porque en parte se acepta, se vive como forzoso, sin ganas por luchar porque ya fueron aniquiladas, una progresión contenida hasta llegar al grito estremecedor que Lolita encarna con trazas de enorme actriz, con poderío escénico, saltándose la batería y cayendo a plomo sobre el patio de butacas, una hazaña interpretativa que impresiona y provoca una de las ovaciones más cerradas que he podido vivir/secundar en mi vida con todo el público puesto en pie. Tras asistir a este espectáculo tan vibrante y poderoso, la adaptación dirigida para TVE por Francesc Betriu queda un tanto empalidecida, magnificada en el recuerdo, porque aunque está bien contada y cuenta con una maravillosa Silvia Munt y un espléndido Lluís Homar, no siempre acierta a la hora de convertir en imágenes lo que Colometa narra, lo mostrado hace perder fuerza a lo que Rodoreda sugiere a través de su personaje, más desolador que ver a una madre tumbarse en la cama con sus hijos tras haber planificado la muerte de los tres (piensa que no hace daño a nadie porque, total, ya nadie les quiere, nadie les va a llorar), al margen de leerlo en esas páginas magistrales, prodigio de sensibilidad y candor, palabras que raen desde su inocencia, por la escasa importancia que se da quien las pronuncia, más amargo y desesperanzador es escuchar a Lolita, casi en trance, explicar su plan, los pasos que va a seguir, su convencimiento de que no queda otra opción (todo ello sumado al modo en que, momentos antes, con esos comedidos movimientos de manos –tan extraordinarios, tan adecuados, tan honestos, gestos que respiran verdad, esa manera de arreglarse sutilmente el pelo o de guardar el pañuelo en el puño de la chaqueta-, ha contado, como quien no quiere la cosa, que muchas veces se acuesta pronto junto a sus hijos, aún con la luz del día, para dormir mucho y, así, tener menos hambre). Una autora de semejante calibre tendría que ser más estudiada, dada a conocer, reconocida y, en ese sentido, la serie es un buen primer acercamiento, pero aún más lo es escuchar en la voz de Lolita esa prosa coloquial pero reposada, controlada, creíble hasta límites emocionantes como expresión de tantas mujeres a las que Colometa representa y Rodoreda homenajea, pero tamizada por el sumo gusto con que la escritora ha elegido cada palabra, la ha paladeado, la ha masticado con delectación, con conocimiento, con miras literarias, la ha mimado y acunado antes de depositarla en el papel (“Me había metido tanto dentro de la piel de mi personaje que no podía salir, es decir, incluso en casa hablaba como hablaba Colometa”).