lunes, 13 de octubre de 2014

¿NUNCA SE HA DE DECIR LO QUE SE SIENTE?



  




 “Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porque llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere. No tengo paciencia para el cinismo, críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza. Perdí la voluntad de agradar a quien no agrado, de amar a quien no me ama y de sonreír para quien no quiere sonreírme. Ya no dedico un minuto a quien miente o quiere manipular. Decidí no convivir más con la pretensión, hipocresía, deshonestidad y elogios baratos. No consigo tolerar la erudición selectiva y la altivez académica. No me ajusto más con la barriada o el chusmerío. No soporto conflictos y comparaciones. Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible. En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición. No me llevo nada bien con quien no sabe elogiar o incentivar. Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales. Y, por encima de todo, ya no tengo paciencia ninguna para quien no merece mi paciencia". ¡Cuántos abusan de la paciencia de los demás, cuántos actúan escudados impunemente en la buena educación de los que sufren sus desmanes, amparados por una corrección que supone una prisión, una condena, un freno que en ocasiones nos imponemos nosotros mismos! Las palabras con las que se abre este texto llevan un tiempo recorriendo Internet de acá para allá, aplaudidas por unos, refrendadas por otros, coreadas y vitoreadas por el resto, pero atribuidas erróneamente (o por algún “genio” de la informática que quiso garantizarse la inmortalidad –escasa, porque el internauta cero, el que lanza la bola, el que crea el contenido que se transforma en viral no suele trascender- buscando los auspicios de alguien que deja pequeña la palabra “popularidad” y con un prestigio generalizado a prueba de bombas) a la maravillosa e inteligente actriz Meryl Streep, quien sin duda estará de acuerdo con cada palabra, con las afirmaciones debidas a José Micard Teixeira, autor de varios de esos libros que se califican como “de autoayuda”, reconociendo que, en realidad, reúnen unas cuantas obviedades en las que cualquiera podría reparar si no nos dejásemos impregnar tan a menudo por la mediocridad rampante que nos rodea, esa que convierte en gurús a los emisores de mensajes simplistas, buenistas, plagados de conformismo, de ñoñería, de palabras tomadas de otros a las que se adereza (o ni eso) con el toque personal del Coelho, Bucay, Punset –Elsa, aunque el gran Eduard también tomó esa deriva, por desgracia y por réditos-, Espinosa o Byrne de turno, supuestas fórmulas mágicas que destierran todo mal de un plumazo, que si fuesen aplicables, si demostrasen su eficacia, no se comprende por qué no se siguen a pies juntillas (eso por no mencionar otros libelos –en la segunda acepción del DRAE, me niego a llamarlos libros, aunque también sean denigrantes, como se indica en la primera, porque toman a los lectores por tontos que necesitan ser iluminados, dirigidos, bendecidos con su oratoria-, esos manuales para hacerse millonario sin trabajar, hacer amigos hasta durmiendo o utopías de ese jaez), mantras que, como ya se ha señalado, cuando nos resultan adecuados, certeros, precisos, es porque responden a un estadio ideal que, por desgracia, es inalcanzable en un mundo en que el sentido común es insólito, en que el encorsetamiento emocional es la norma, en que se enarbolan banderas a las que se rinde juramento con palabras vaciadas de contenido que cada uno reinterpreta a su conveniencia y utiliza como arma arrojadiza, en que unos pocos se han hecho los amos del lenguaje e incluso dictaminan cómo debemos pensar, pasear, sonreír (vamos, que George Orwell, al que regresaremos muy pronto en este blog, está de plena vigencia, en contra de lo que nos gustaría creer).
   En un mundo que sobrevalora la sinceridad, pero sólo la que es brutal, innecesaria, maleducada, con la que algunos justifican su osadía, su inconveniencia, su escaso o nulo proceso mental antes de proferir las palabras que salen disparadas de su boca como si naciesen en la laringe sin haber pasado por los circuitos adecuados, su palmaria ignorancia, en realidad no queremos que nadie nos diga las cosas a la cara, preferimos los subterfugios, camuflarnos en frases hechas, en falsos paraísos (especialmente, esos que no tienen recato en soltar un exabrupto, una ofensa, una grosería que rematan con la frase comodín, con su particular patente de corso, “ya sabes que yo soy muy sincero”, pero no consienten que les quites la venda de los ojos o pretendas que escuchen lo que no les interesa, por mucho que sea en su beneficio), reprendemos al que alza la voz incluso aunque nos defienda, aunque dé la cara por el resto (y aceptamos el esclavismo, el servilismo, la opresión de la que se hace cómplice cualquiera que diga “no muerdas la mano que te da de comer” para no ejercer la autocrítica, para procurar cambiar lo que no está bien, para mejorar y crecer –y, así, la más alarmada, diríase injuriada, herida en lo más hondo, la más alterada por las verdades vertidas en 24 horas de un periodista desesperado fue aquella con la que la novela hacía justicia, dándole voz, denunciando las tropelías sufridas, pero ella, pesebrista de oficio y corazón, decía que “no se puede atacar a esta dirección a la que debemos tanto” (aquí, como en Evita, el coro debía matizar “a la que debes tanto”, aunque ya vimos cómo la protegieron, mimaron, ayudaron, sí, jajajaja –lo más que ha logrado, y a buen seguro que pasando humillaciones que en realidad no habrá recibido como tales, es saberse desterrada, arrinconada en un lugar al que prometió no volver en voz muy alta-)-). En esta época procelosa, no ya en lo general (por lo señalado y, como cantaría Luis Aguilé, por muchas cosas más), sino en lo íntimo, en lo personal, en lo familiar, en lo propio, pasando muchas horas en la sala de espera de un hospital, una de las pocas razones para sonreír en aquel lugar (incluso para carcajearme, lo que evité/reprimí para no parecer un alocado inconsciente) fue la lectura de un libro magnífico (descubierto, como tantos, gracias al olfato y conocimiento de Pablo, quien llevaba tiempo detrás de él al igual que de su versión cinematográfica –que también hemos paladeado no hace mucho-), de un texto fresco, sorprendente, auténticamente rompedor, sin tapujos, revolucionario en su sinceridad, en su falta de prejuicios a la hora de hablar sobre sí misma y sobre su familia, sobre su entorno y las personas a las que conoció, inmisericorde especialmente con su físico, su brusquedad, su particular carácter, su condición de rara avis (precisamente como el título de la colección en que la editorial Alba ha rescatado su nombre, su autoría, su obra), una novela autobiográfica en realidad más lo segundo que lo primero que rompió moldes, que diríase escrita hace cuatro días cuando, desde su espléndida atalaya literaria, contempla el mundo actual con la lucidez que sus algo más de cien años le otorgan: Mi impresionante carrera de Miles Franklin (nacida como Stella Maria Sarah Miles Franklin, una de las autoras australianas más prestigiosas, desconocida en España, como tantas, hasta que personas que siguen ejerciendo el noble oficio de la edición sin olvidar el elemento fundamental, el disfrute como lector, han intentado subsanar parte de este error con el volumen que ahora gloso con veneración y vehemencia). El modo en que la autora retrata sus años de infancia y juventud, la espontaneidad y verosimilitud utilizadas para glosar las costumbres, los modos, la manera de pensar y comportarse de propios y ajenos, su prosa fresca, amena y aparentemente intrascendente, propia de una muchacha, su capacidad para escarbar, barrenar, sacar a la luz tropelías, incoherencias, esquemas, tradiciones obsoletas que colisionaban con los cambios sociales del momento, la lupa de aumento que aplica a lo que le sucede y, especialmente, a los que están cerca abrió muchas heridas en 1901 cuando Mi impresionante carrera vio la luz y como, tal vez por todo esto, obtuvo un éxito fulgurante, la autora prohibió su reedición hasta después de su muerte –acaecidad en  1954- y su secuela, My Career Goes Bung, retrasaría su publicación hasta 1946 al ser considerada por sus editores demasiado explícita. Y el caso es que no es nada brutal, no se recrea, en todo caso guarda para sí misma sus peores dardos, las diatribas más desatadas y crueles, pero tampoco ahorra detalles, maneja con soltura un escalpelo muy afilado que sin recato va dando pequeños cortes permitiendo que aflore la naturaleza de cada uno, a veces narra como con descuido, sin dar importancia a lo que sucede, lo que provoca en el lector mayor sorpresa, pasmo, regocijo, impacto que si utilizase técnicas tremendistas.
   Sybylla Melvin, el trasunto literario de la autora, es un personaje al que The Times calificó como una heroína que “con su conmovedor encanto, su carácter impetuoso, su falta de decoro, está al nivel de las grandes figuras románticas del siglo XIX”; es una joven que es consciente desde muy pronto de no haber nacido en el lugar adecuado para desarrollar sus instintos, sus pulsiones, sus ganas de aprender, sus anhelos artísticos, su personalidad indomable, su independencia, alguien que no duda en presentar batalla en cualquier frente con tal de ver sus deseos satisfechos, una muchacha que se presenta de este modo a los lectores en misiva fechada el 1 de marzo de 1899: “¡Australianos todos, queridos compatriotas!
   >>Tan sólo unas breves líneas para deciros que esta historia trata de mí, sólo de mí, y que por ningún otro motivo la escribo.
   >>Soy muy egocéntrica y no pienso disculparme. En este aspecto al menos, aspiro a superar otras autobiografías. Otras autobiografías la cansan a una con tanta excusa por tanto egocentrismo. ¿A vosotros qué más os da si soy egocéntrica? ¿Qué más os da si es importante o no que yo sea egocéntrica?
   >>Ésta no es una novela de amor; demasiadas veces he oído ya ese consabido soniquete de penurias y dificultades para perder ahora el tiempo lloriqueando mucho o poco con sueños y fantasías; tampoco es una novela épica; sólo es, ya lo he dicho, una historia, una historia real. Tan real, tan realmente real –suponiendo, claro está, que la vida sea algo más que una pequeña y cruel quimera-, tan real, digo, en su hastío y las amargas penas del corazón, como reales son los árboles del caucho en su majestad y sustancia: entre ellos vi yo la luz por primera vez.
   >>Mi lugar en el mundo no me resulta agradable. Ah, cómo odio esta muerte en vida que se ha tragado enterita mi adolescencia, que engulle con ansia mi juventud, que va a devorar toda mi vida adulta y en la cual va a consumirse mi vejez ¡si es que sufro la maldición de llegar a vieja! A medida que, a través de larguísimos días sobrecargados de esfuerzos, mi vida se arrastra hacia el mañana con su agónica y totalmente irreconciliable monotonía y estrechez. ¡Cuánto se corroe mi espíritu y mordisquea en vano sus irrompibles grilletes! ¡Y siempre en vano!”.
   La que avisa no es traidora, ¿verdad?: ya en estas primeras palabras apabullan el ritmo, el tono, el conocimiento del uso del lenguaje, la construcción del relato, la poderosa personalidad literaria de alguien que apenas ha cumplido los veinte años, quedando patentes ya en este exordio su madurez intelectual y su enorme talento, el mismo que va a seguir derrochando a lo largo de todo el volumen, sin fisuras, sin arritmias, sin desmayos, proporcionando una lectura imparable, amena, jocosa, alucinante, que involucra, nos interroga, nos convierte en aliados, en defensores de su causa, en cómplices de sus planes, de sus triquiñuelas, de sus titubeos, incluso de sus latigazos verbales (y físicos), ensañándose en los que dirige hacia sí misma (“(…) he sido maldecida con el poder de la comprensión y del pensamiento y, lo peor de todo, con el poder del sentimiento, y marcada con el punzante dolor de la fealdad”). La adaptación cinematográfica con la que Gillian Armstrong debutó en la dirección de largometrajes recoge el aire entre indolente y reprobador de la narración, su sencillez expositiva y acierta de pleno al echar sobre los hombros y el rostro de la gran Judy Davis (una recién llegada, prácticamente una novel en la pantalla, un primer papel protagonista que le valió un doble Bafta –como debutante y como mejor actriz sin más adjetivos ni especificaciones-), quien se gradúa con todos los honores y deja clara su calidad, su fuerza, su histrionismo bien medido, su capacidad para transmitir desde el hieratismo, su mirada cargada de significados, su maestría a la hora de expresar lo que no se dice, regalando una interpretación de muchos quilates, hermanándose con Miles Franklin a la hora de demostrar madurez y excelencia, llegando más allá de lo que muchos veteranos ni tan siquiera olfatean tras muchos años de entrega y oficio; diríase que la autora tuvo que ser como la actriz o que ésta piensa lo mismo, que ha mezclado sus propias palabras con las escritas, casi imposible saber dónde termina una y empieza la otra, en una comunión como pocas veces se ha dado, en una transmutación que provoca que veamos, sintamos, imaginemos a Judy Davis cuando leemos fragmentos de Miles Franklin tan explosivos y representativos de su obra como éste con el que desaparezco para que se lancen a la búsqueda de Mi impresionante carrera en cualquiera de sus versiones (sólo añadir que es un soliloquio, o sea, se lo dice a sí misma): “Sybilla Penelope Melvyn: eres increíblemente engreída, ¡no hay quien te gane! Conque de verdad te has creído tan importante como para sacar a un hombre de un apuro, ¿eh? Un hombre fuerte, sano y joven por demás, que mide más de uno noventa en calcetines, un hombre de negocios sensato y muy bien relacionado, un carácter sin tacha que cuenta con amigos influyentes, un hombre del campo con mucha experiencia, un hombre con sentido común y, sobretodo, un hombre… ¡un hombre! El mundo es de los hombres. ¡Ja, ja! Y tú, Sybylla, te lo has creído. Tú, una adolescente canija y fea, pobre inútil, que no tiene la menor importancia: un trozo de carne humana y sobretodo, mejor dicho, por debajo de todo, una mujer… ¡nada más que una mujer! ¡Sólo un degenerado sin oficio ni beneficio recurriría a ti en busca de apoyo! ¡Ja, ja! ¡Qué engreída!”.