sábado, 17 de octubre de 2015

SEA DIVA LA QUE SEA DIVA





  Recurrimos una vez más al DRAE, pero ya sabemos que, en ocasiones, resulta muy complicado definir una palabra, acotar su significado, más allá de la inoperancia un tanto palmaria que a veces demuestran los que limpian, fijan y dan esplendor a nuestro idioma (algunos de los cuales ocupan un sillón en la docta institución sin tener muy claro cuáles son sus méritos o cuál es la obra que les ha llevado hasta allí), más allá de su tardanza en aceptar giros, añadidos, creaciones populares, porque, aun sabiendo cómo y por qué la utilizamos, sin que existan dudas sobre lo que queremos decir, en realidad cada quien acuña su propia definición, matiza el porqué de esa expresión, todo el mundo tiene bastante claro quién podría ser señalado de esa manera y quién no, pero, a pesar de cierto consenso, siempre aparecen variaciones, notas a pie de página, elementos que se escapan a la convención, actualizaciones del término. De ese modo, si alguien habla de una diva nos hacemos una imagen bastante aproximada de a qué se refiere, pero habrá que tener el oído atento porque pudiera ser que lo dijese peyorativamente, como crítica, como insulto (y es un matiz del que advierte el Diccionario), ir concretando el término según el contexto, según la persona considerada como tal, puesto que, con cierta astucia y notoria inconcreción, la Academia no se moja demasiado y señala como primera acepción de la palabra –diva- al adjetivo “dicho de un artista del mundo del espectáculo, y en especial de un cantante de ópera: Que goza de fama superlativa”; es decir, y así sucede, que tan diva es la Callas como la Streisand, Madonna como la Montiel, la Streep como la Velasco, que son muchas las que pueden reclamar ese cetro y así se lo demuestran legiones de admiradores que las adoran y darían la vida por ellas (hipérbole que, según el concierto o el evento, no resulta serlo tanto). Precisamente no hace mucho que hubo una conmoción en la Fuerza, una explosión en el universo de las divas que, de confirmarse y tomar forma, sería el origen de nuevas galaxias, de otras constelaciones, obligaría a un replanteamiento del término: parece que el runrún que llevaba un tiempo agitándonos, ese que nos llevó al delirio cuando, dándole carta de naturaleza, Barbra atacó en su gira de 2013 algunos compases de uno de los temas de Gypsy, va tomando forma de una manera impensada, reuniendo a la diva de siempre con una de las más potentes actualmente, una que va encontrando su lugar – o sus lugares, multiplicidad que es privilegio de alguien que ostenta la categoría de la que venimos hablando- tapando muchas bocas (aunque no podamos olvidar su descarado plagio de la incombustible Madonna, otra que tal en esto de reivindicar brillos, tronos, coronas y demás aditamentos propios de una diva que provoca el delirio sólo con ser nombrada), una que ha demostrado mayores capacidades vocales de lo que se quería pensar, una que ha empezado a picotear aquí y allá para extender su imperio y dar buena cuenta de su versatilidad, la sorprendente sustituta de Jessica Lange como máximo reclamo en la quinta temporada de American Horror Story (subtitulada Hotel) –y a la que ansiamos le hagan más justicia que en el un tanto decepcionante primer capítulo-, es decir, Lady Gaga, quien se anuncia como compañera de reparto de la Streisand en una nueva versión cinematográfica de Gypsy con la que, desde ya, hemos empezado a soñar y a babear (y a regodearnos por cómo le habrá sentado la noticia a otra diva, Patti Lupone, esa que parece pensar que si ella canta un musical nadie más tiene derecho a hacerlo por los siglos de los siglos).
   Pero, parafraseando a aquel culebrón de los 80 que fue pionero en lo de congregar espectadores delante del televisor (y tenía mérito porque se emitía en horario matinal –si bien es cierto que la mayoría lo grabábamos (sí, yo también, ¿qué pasa?, ¡menudos ratos más buenos!), las divas también lloran, es lógico, no nos sorprende, mantener su estatus es estresante, no se puede bajar la guardia, no pueden relajarse ni dar nada por sentado, Eva Harrington acecha en cualquier rincón, las zancadillas al más puro estilo Showgirls son el pan suyo de cada día (y muchas lo saben bien porque gracias a una similar consiguieron encumbrarse), la cover es la peor enemiga, las mejores canciones siempre las tienen los demás, es un auténtico sinvivir. Con gran sentido del humor, enormes dosis de ironía, autocrítica punzante y sin recato, El lamento de las divas -que puede verse actualmente en el Teatro Alfil todos los viernes y, en ocasiones, algún sábado- es un eléctrico espectáculo en que tres intérpretes que deberían estar en las marquesinas de algún musical de gran formato son acompañadas por una banda que consigue un sonido magnífico y envolvente para que, a través de canciones muy conocidas (y de alguna desopilante compuesta para la ocasión), las que dan nombre al show expresen sus cuitas, sus pesares, sus reivindicaciones, se luzcan como absolutas todoterrenos, se ganen la complicidad y el aplauso del público desde el primer momento, sorprendiendo con esa rompedora y maravillosa versión de Mi gran noche de Raphael (digan lo que digan, toda una diva -qué sabe nadie lo que es serlo-, un absoluto escándalo cuando se adueña de la escena, dotado de ese algo intangible e innegable que identifica al artista que resiste el paso del tiempo y no para de sumar adeptos, incondicionales, legiones de fans enfervorecidos). Dulcinea Juárez, Julia Möller y Eva María Cortés conforman un trío explosivo en el que cada una es un tipo de diva, un estilo diferente, una de las posibles caras de esa realidad múltiple a la que constreñimos en una sola palabra, espléndidas voces que se completan con un colosal talento cómico del que se desprenden con facilidad para explorar su vena más dramática en el homenaje de Rocío Jurado (¿Cómo dejarla fuera en la enumeración de divas patrias? Sólo una diva puede decir lo de “hace tiempo que no siento nada al hacerlo contigo” –y más cuando lo dijo por primera vez- y provocar el aplauso –y el asentimiento más o menos ostensible- de las señoras que se sienten defendidas gracias a esa letra).
   Echando de menos una columna vertebral algo más definida para que el espectáculo tomase el vuelo que merece (en un principio parece que va a haberla, pero muy pronto se cifra todo a las personalidades que hay en escena, a su carisma, a sus virtudes, a su entrega –algo, por cierto, que no podría hacerse en gran parte de la oferta existente en la cartelera porque aún quedarían más al aire las carencias, las inaptitudes, los timos-), un hilo conductor que lo alejase del mero recital (no porque no sea magnífico, no porque no agrade y satisfaga tal y como se desarrolla –precisamente por eso, porque de esas energías podría salir algo aún más acabado, más sólido, una función incontestable-), El lamento de las divas propone hora y media de evasión, de carcajadas, de ritmo trepidante, de reencuentro con temas mil veces tarareados (y es que, en contra de lo que puede pensarse, para sentirse partícipe no hace falta ser amante de los musicales, por mucho que eso ayude y predisponga –dicho sea para todos esos que reniegan de los mismos sin haber visto más que uno o dos, si acaso, esos que meten todo en el mismo saco repitiendo lugares comunes, frases hechas, estereotipos que han recogido aquí y allá, sin juzgar por su propia experiencia, esos que canturrean No llores por mí, Argentina, Memory,  Getsemaní o, tal y como suelen decir, “la canción de Los Miserables”, ignorando que el musical tiene al menos veinte más-). Es una excelente oportunidad para comprobar de primera mano y muy de cerca la vis cómica de Eva María Cortés, la explosión vocal a que puede llegar Julia Möller, la energía desbordante e inagotable de Dulcinea Juárez, aunque estas facultades son intercambiables entre las tres porque ofrecen un repertorio muy extenso (no sólo el meramente musical), no ocultan sus armas, todo lo contrario, postulan con creces al título de divas, de señoras de la escena, de reinas de la interpretación, el que terminan obteniendo cuando el público no puede evitar bramar y ponerse en pie ante la majestad de tres mujeres portentosas.