martes, 8 de marzo de 2016

ESTA NOCHE Y TODAS LAS NOCHES





   ¿Día Internacional de la Mujer? ¿Sólo hoy? ¿Sólo uno? ¿Todavía es necesario intentar remover conciencias? Tengo serias dudas sobre el efecto de estas celebraciones, por eso añado lo de “intentar”, pensando sobre todo en muchos de los que aprovechan la ocasión para hacerse una foto que dulcifique o mejore su imagen, para lanzar algunas palabras huecas y promesas vanas aquí y allá, porque a la inmensa mayoría no se la convence de nada, lo que hay que hacer es atreverse a coger de una vez la auténtica raíz del mal y tirar de ella hasta extirpar la mala hierba, esa que transmite como valores, como prebendas, como atributos y derechos del hombre el machismo, la misoginia, el desprecio, la injusticia, la discriminación, el mal trato, el maltrato -cualquier vejación lo es, basta ya de tolerar y de quitar importancia, de asumir como “normales” gritos, insultos, amenazas, acaloramientos continuados que no son tales sino el único comportamiento de tantos, de decir que esa palabra es muy fuerte: significa lo que significa, puede hacer referencia a múltiples realidades, pero todo es maltrato, ya sea por “tratar mal de palabra u obra” o por “menoscabar, echar a perder”-. Por lo tanto, por desgracia, la única respuesta posible a la última pregunta que me hacía es un enorme “sí” con muchas íes y muchas tildes, una permanente reivindicación de lo mucho que queda por hacer, un no bajar la guardia, a pesar de mi escepticismo, a pesar de que los modelos reinantes sean los descerebrados que buscan pareja en ese engendro llamado “Hombres y mujeres y viceversa”, a pesar de que un presentador iletrado cuya mayor hazaña televisiva fue decir que si en Europa no nos querían -era su conclusión tras quedar en séptimo lugar en Eurovisión con el Europe´s living a celebration- “que se jodan”, aunque un modelo en horas muy bajas pretenda relanzar su carrera a golpe de polémica y voceando sin freno mientras forma parte de un reality y encuentre en Twitter (por lo que me cuentan, es un lugar que nunca me ha llamado la atención aunque tenga sus ventajas y bondades) el foro perfecto para que otros trogloditas (de los dos sexos) le apoyen, jaleen, idolatren y secunden; si nos callamos, si nos conformamos, si damos la batalla por perdida, si no replicamos, si no seguimos trabajando, si no plantamos cara, la bola de nieve seguirá creciendo y el alud que ya nos abate alcanzará dimensiones catastróficas, en realidad ya lo ha hecho, pero podemos alzar muros de contención, es decir, fomentar la cultura, la convivencia, educar en la necesaria y enriquecedora diversidad, auspiciar ciudadanos que se traten como iguales, que compartan, que sólo atiendan al sexo cuando conviene, cuando apetece, cuando se disfruta, gentes que definan a los demás por sus cualidades, por sus actividades, por sus razonamientos, por sus actos, por sus gustos artísticos, por sus conocimientos, no por sus genitales.
   Me crie con la tía Carmen, también con mi abuela, el trabajo de mi madre la tenía fuera de casa a las horas en que yo volvía del colegio, pero así viví con naturalidad el hecho de que la mujer tenía una vida más allá de ese estúpido “sus labores” con que se la reducía a nada en las fichas escolares bajo el epígrafe “profesión de la madre” (qué ironía, ¿no?, qué contradicción preguntar por algo que en tantas ocasiones les estaba vedado e incluso se veía mal -empezando por algunas profesoras que, lo que son las cosas, se disgustaban porque las mamás trabajasen fuera de casa cuando era lo que hacían ellas-), de hecho, dentro de sus posibilidades (guerra, posguerra, necesidades apremiantes, escasa escolarización), también la tía y la abuela tuvieron empleos, nunca he dejado de verlas y considerarlas trabajadoras, “currantas” como tanto nos gusta decir a Pablo y a mí en el programa (aunque sea caer en la tontada de buscar tres pies al gato), término que pronunciamos con enorme cariño y admiración. Con mi hermana descubrí cantantes, el teatro, los libros (también con mi hermano, las cosas como son, todos hemos sido buenos lectores desde pequeños, pero con Eduardo nunca tuve el mismo entendimiento que con Pilar, al menos en aquellos años), accedí a su grupo de amigas, era una especie de mascota, compartía juegos con una vecina de mi edad, Gema, mi mejor amiga era la hija de unos amigos de los tíos que había nacido tan sólo dieciocho días antes que yo, en el colegio tuve muy buena relación con Elena, Teresa, Mari Paz, Mari Luz, Conchita (y las he recuperado gracias a Facebook) -lo que no quita para que fuese muy bien tratado por Manolo, Salas (siempre le llamamos por su apellido), Jose (así, sin tilde), Quintín, Alberto Lunar, por fortuna no me enfrenté a problemas ni traumas, más allá de alguna frase estúpida e insinuación maliciosa que estos que nombro cortaban de raíz, mi amaneramiento y torpeza en las lides consideradas plenamente masculinas no me hicieron sufrir el calvario que tantos se han visto obligados a enfrentar y que a tantos ha hundido, anulado, asesinado-), en lo laboral he tenido la fortuna de encontrar compañeras excelentes que se han convertido en amigas (y otras espantosas, como venimos diciendo nada es tributario de un sexo o de otro -del mismo modo, ha habido colegas inolvidables y mentores necesarios, por encima de todos Miguel Ángel Yáñez-), Zoila, Pilar, Mónica, Lola, Mamen, maestras como Beatriz Pécker, gentes de las que aprender y con las que disfrutar.
   Madres de película nació de la querencia y admiración que Pablo y yo compartimos por tantas actrices, tenemos debilidad por señoras (aparezcan o no en ese libro) como Katharine Hepburn, Bette Davis, Ingrid Bergman, Lana Turner, Helen Mirren, Concha Velasco, Nuria Espert, Irene Gutiérrez Caba, Catherine Deneuve, Liv Ullmann, Judy Garland, Florinda Chico, Laly Soldevila, Blanca Portillo, Vicky Peña, Isabelle Huppert, Sophia Loren, Vanessa Redgrave, ¡tantas! Y uno, tras haberse dejado acunar y seducir por las poesías y cuentos de Gloria Fuertes, tras soñar con una pandilla al estilo de la que formaban Los Cinco creados por Enid Blyton, empezó a hacerse lector adulto con la tía Agatha (Christie), con Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, con personajes tan arrebatadores como Madame Bovary o aquellas heroínas que protagonizaban las novelas de las Brontë (Cumbres Borrascosas y Jane Eyre cayeron de una tacada y sin solución de continuidad), con Matar un ruiseñor de Harper Lee (descubierta en uno de esos momentos de epifanía gracias a la maravillosa película de Robert Mulligan con ese Gregory Peck que transformé en ídolo y aún lo sigue siendo) con Entre visillos de Carmen Martín Gaite, fueron llegando Margaret Atwood, Edith Wharton, Herta Müller, Ana María Matute, Françoise Sagan, P. D. James, Margaret Laurence, Joyce Carol Oates, Alicia Giménez Bartlett, Isabel Allende, Rosa Montero, Jane Austen. Y gracias al Nobel acabo de descubrir a Svetlana Aleksiévich, sobre la que pensaba escribir hoy pero sus compañeras se abrieron camino y creo que a ella le encantará la compañía y coincidir también con Isadora Duncan, cuyas memorias empecé a leer anoche y que me tienen completamente subyugado, por lo que me permitirán que regrese a sus palabras y le siga haciendo el homenaje debido, el que merecen hoy y el resto del año tantas mujeres admirables.   

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