martes, 31 de mayo de 2016

EN VEZ DE DECIRTE UN PIROPO






   En este oficio en el que, se supone, no hay espacio para los cínicos (lo siento, maestro Kapuscinski, pero no puedo compartir su frase al cien por cien, aunque es cierto que ese ingrediente jamás debería formar parte del equipaje de un periodista que quiera ser lo más ético posible, ecuánime y simple notario de lo que sucede -uno reclama su parcela de cinismo para poder sobrevivir en esta jungla en que hemos consentido que algunos transformen la profesión, para hacer la autocrítica necesaria, como escudo y defensa para el día a día-), existe desde vaya usted a saber cuándo una frase que, por desgracia, ha perdido su carácter irónico, su condición de broma más o menos vitriólica, porque hay quien la pone en práctica día a día sin que los cimientos que deberían sustentarnos se conmuevan (o haciéndolo lo justo, en parte porque se ha convertido en algo rutinario y asumido como normal porque lo insólito es lo contrario, en parte porque el de este lado que hoy acusa al contrario de manipulador, tendencioso, sectario, embustero, partidista, dogmático, vendido o cualquier otro epíteto que pueda cuadrar incurrirá mañana sin ningún tipo de rubor en tropelías semejantes, pondrá un poquito más en almoneda la dignidad del oficio). Hablamos de la sentencia (dicho con toda la intención por el modo en que se abusa y usa para seguir condenando aquello que debería poder ser llamado periodismo con orgullo y nobleza) que advierte de que la realidad no puede estropear lo que sería un magnífico titular, es decir, reescribimos, interpretamos, mentimos, tergiversamos, todo con tal de arrimar el ascua a nuestra sartén, de editorializar donde sólo deberíamos informar, de no reconocer la evidencia si interfiere con nuestro sentir político o moral, con nuestro parecer como ciudadano, con nuestros gustos y preferencias, con nuestras filias y fobias. El caso es que hoy un servidor va a hacer eso, ya que tenía previsto escribir sobre boleros al hilo de una entrevista que Pablo y yo íbamos a hacer para Destino: Wonderland, y aunque una de las convocadas no ha hecho acto de presencia dejando más que tirados al equipo de producción y prensa, a los medios de comunicación, a quien será su compañero en escena en un próximo concierto (que se supone debía promocionar), aunque una que se llama artista ha dado un plantón antológico a un montón de gente que ha perdido su tiempo, que ha visto cómo su trabajo no se tenía en cuenta, aunque la señorita Tamara (¡Eso que se la conocía como “la buena” para diferenciarla de aquella que convirtió en un hito lo de No cambié!) no ha dado explicaciones dejando el marrón a los convocantes, dejando a Rafael Basurto solo en la promoción (y puesto que lo que se vende es una reunión queda extraño hablar sólo con una parte, más cuando la otra vive a un golpe de AVE del teatro de Madrid en el que actuarán el próximo día 10), a pesar de que nos hemos dado un palizón para nada (pocas horas después Pablo cogía un avión, pero era, se supone, el único día en que los dos artistas estarían juntos para atender a la prensa), el cuerpo me pide dejarme llevar por un género que, como tantos, fue banda sonora de mi niñez porque la tía Carmen y mi abuela me nutrieron con Antonio Machín, Olga Guillot, Armando Manzanero, Los Panchos y tantos otros.
   Y por esa lealtad a los boleros quiso Pablo que hiciéramos la entrevista que no ha tenido lugar, porque sabe de mi debilidad por el mítico trío en el que durante tanto tiempo Rafael Basurto fue la voz principal, porque su timbre, su decir, su cadencia, porque el sonido que identificamos con apenas dos notas como propio de Los Panchos pasa por la garganta (y los dedos) de Rafael, pero no pudo ser porque Tamara no nos dejó, al no venir ella los horarios mutaron, el gabinete de prensa no pudo advertir a todo el mundo del inconveniente, había mucha gente con la que disculparse, no hubo mucho margen de maniobra, fuimos hasta el teatro para nada, pero el bolero siguió resonando en el corazón, por ese órgano y por el alma y la vida que pone en cada nota queríamos preguntar a Basurto (reconozcámoslo: lo de Tamara venía en la propuesta, nunca en todos estos años en que ella canta he tenido el más mínimo interés en su persona ni en su modo anodino de apropiarse de repertorio ajeno -sí, también tiene temas propios, igual de mortecinos porque su tono es el que es y transforma algo romántico y melodioso en un a modo de lamento muy cansino-), pero como ella no estaba nos quedamos con las ganas, aunque hablamos mucho de boleros, de canciones románticas, de esas baladas que Pablo dice que me gustan “porque son tristes, como te pasa con la copla que siempre te vas a las más dramáticas”. No negaré que tengo querencia por el desgarro en lo que a canciones se refiere, que tiendo con facilidad (que busco y propicio) a los temas de desamor, que casi siempre opto por aquellos que permiten el desbordamiento, las palabras encendidas, poder dejarlo todo en cada verso y, así, descargar tensiones, adrenalina, emociones y luego seguir camino. El tango es fabuloso pero para el tiempo que dura no para vivir en él, como la única realidad, lo mismo puede decirse de la copla, por supuesto, o de las rancheras, de las arias de ópera, claro que las hay de celebración, de enamoramiento, de triunfo, de alegría, pero lo que más nos tira (al menos a un servidor, aunque no me siento solo viendo la permanencia, la vigencia, la copia de tantas composiciones por las que no pasa el tiempo) es el poder desgranar la historia de un amor como no hay otro igual. Y no nos importa que el bolero mienta (lo lleva en su propia esencia, todo lo que se exacerba desde el corazón tiene un componente de falsedad, de exageración, de palabrería hueca que sólo tiene sentido en ese contexto -además, decimos que una “bola” es una mentira, ¿no?, luego algo de eso sobrevuela por ahí aunque nadie lo tuviera en cuenta a la hora de nombrar el género-) porque se trata de experimentarlo al límite, de desbordarnos, de no analizar la letra, de no aplicar el raciocinio, de dejarnos envenenar, de encontrar nuestro(s) himno(s), las palabras que se nos escapan, las que golpean en lo profundo cuando las canta Machín, no digamos nada si lo hace Chavela o si las mastica la Guillot, no estamos para nada más cuando eso sucede.
   Y se da el caso de que Toda una vida utiliza el condicional, no concreta, no se cansaría de decirle siempre, pero siempre, siempre, que es en su vida ansiedad, angustia, desesperación, y a pesar de todo nos parezca lo más romántico que podremos decir nunca, lo más pasional que queremos recibir de la persona que nos gusta, y si te paras a pensarlo es más una tortura que una declaración de amor, no es “toda una vida me estaré contigo” sino “me estaría”, pero María Dolores Pradera acaricia las palabras como no se puede aguantar ni resistir, ¡para comentarios de texto, para análisis -ni morfológicos ni sintácticos- está uno en esos momentos! Y Dos gardenias es muy realista, porque claro que son tu corazón y el mío y tienen todo el calor de un beso (esos besos que te di y que jamás encontrarás en el calor de otro querer, que te quede bien claro), pero Machín (bueno, Isolina Carrillo que es la autora) sabe que puede llegar, que llegará un atardecer en que las flores morirán al adivinar que el amor se ha terminado porque existe otro querer, pero no saben ustedes cómo me meco cada vez que la entono (y la destrozo), cómo me dejo envolver por su melodía, cómo recuerdo que era el bolero favorito del tío Miguel. Y ahí está Si tú me dices ven -subtitulada Lodo, como dice Pablo es cortar bastante el rollo-, que mira todo lo que te ofrezco, hasta mis secretos -que son pocos, las cosas como son-, pero parece que no te decides, que detienes el momento por las indecisiones, pero si llorar contigo será mi salvación (tiene su miga esta línea, piénselo), y al final se va a hacer tarde y te vas a encontrar en la calle perdida, sin rumbo y en el lodo (ahí lo tienen), por más que si tú me dices ven lo dejo todo (aunque diríase que la oferta tiene fecha de caducidad). O esa belleza con la que uno siempre llora si escucha la versión de Los Panchos (en realidad, debo decir que tampoco tengo muy claro quién más la ha cantado, para mí sólo existe esta), esa canción que lleva alma, corazón y vida, esas tres cositas que se ofrecen al no tener fortuna (como si no fuesen tres tesoros imprescindibles), ese recuerdo de aquella vez que yo te conocí, aunque suena raro que recuerde aquella parte pero no me acuerde ni cómo te vi. ¿Y qué decir de Caminemos? Pues que ya no debo pensar que te amé, que, por mucho que cueste, conviene asumir que es preferible olvidar que sufrir, pero dejando un resquicio a la esperanza porque si caminamos, tal vez la vida nos vuelva a juntar. O jurar amor eterno porque la distancia no es el olvido, porque lo principal es que no naufrague tu vivir y cuando tú, en tu barca, te sientas cansada de vagar, yo por ti estaré esperando hasta que tú decidas regresar. Mira, querida, si lo que menos importa (más allá del tiempo que perdimos, de tener que volver a topar con el menosprecio de alguien al trabajo de los demás, olvidado ya el -relativo- estupor y, sobre todo, el coraje porque era un día para haber descansado más, especialmente Pablo antes de su viaje), lo de menos es que tú estuvieses o dejases de estar, lo fundamental es que, cuando no haya nadie que recuerde tu nombre, allá por el siglo XXX (a pesar de los pesares, no creo que terminemos con la humanidad -ni como colectivo ni como sentimiento-) habrá alguien que rescatará una viejísima grabación de Los Panchos y le parecerá actual, es algo que no dudo.

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