martes, 20 de diciembre de 2016

PALABRAS DE NEGRA HISTORIA






  Escribir me gusta desde siempre, fue una pulsión asociada a la lectura que apareció cuando era niño, hacía resúmenes de los libros devorados y también de las películas vistas, a veces añadía mi opinión (lo de que la cabra tira al monte es cierto, al menos en mi caso, ¿cómo no voy a creer que la vocación existe?), llenaba cuadernos con pequeños textos, aventuras para los protagonistas de mis series favoritas, historias para los personajes de los tebeos, lo que fuese, tan sólo me dejaba llevar por un impulso ciertamente irrefrenable y, las cosas como son, pocas veces hacía borradores (sólo para algunos trabajos escolares, una vez en el Instituto dependiendo de la asignatura, incluso en la carrera recuerdo lanzarme sobre la máquina de escribir con apenas un esquema, mil anotaciones hechas en la biblioteca, puede que los apuntes tomados en clase -cuando valían para algo o eran material a incluir obligatoriamente si se aspiraba a aprobar la asignatura-, el cargamento de citas que fuese a utilizar, los libros de consulta desparramados por la mesa), sencillamente me dejaba fluir, empecé a escribir columnas, artículos, reportajes antes de ser consciente de cómo me llamaba el periodismo, me limitaba a querer emular a esas firmas que leía compulsivamente, también coqueteé con el género novelístico (aunque me da mucho pudor e incluso vergüenza englobar en él aquellas tentativas a ratos plagiadas de Enid Blyton o Robert Arthur, nuevos capítulos de Espacio 1999 o Un hombre en casa (ecléctico he sido un rato), aventuras delirantemente protagonizadas por un servidor, los amiguetes de clase, Starsky y Hutch -¡Así, como suena, con toda la osadía del mundo!-, después recogieron el testigo los chicos de Parchís (sin mi aparición estelar por suerte para ellos aunque nunca tuvieran conocimiento de tal circunstancia), quise hacer una especie de crónica familiar, después tonteé con una novela sobre la adolescencia, ya con veintitantos trabajé bastante tiempo en otra que, al menos, me sirvió para terminar de construir mi estilo (si es que existe algo mínimamente digno de ser llamado así), este gusto por frases muy largas que se subordinan unas a otras sin tener claro cuál es la principal, estos párrafos interminables en los que las comas anulan y sustituyen a la mayoría de signos de puntuación, un vulgar remedo de las lecturas que me acompañaban cuando empecé a redactar, la mágica influencia de escritores a los que jamás podré compararme, Antonio Muñoz Molina y José Saramago. No niego que experimento cierta envidia ante las personas capaces de enhebrar, desarrollar y culminar una novela (por eso desprecio tanto a los que trivializan lo trabajoso del oficio, a los que lo usurpan, a los que ponen el rostro popular y el nombre conocido a lo escrito por otros -e incluso a los editores que lo fomentan y a los supuestos lectores que sólo quieren el libro como trofeo, siguiendo una moda, como parte de su mitomanía-, a los que escriben con planilla), pero muy pronto me vence mi pasión lectora -al menos en eso puedo equipararme a Borges sin sonrojarme demasiado-, consiento que el placer me invada, tengo el privilegio de compartir mi vida con alguien que sabe narrar historias en formatos y géneros diversos, estoy muy cerca del proceso creativo, a eso puedo sumar la posibilidad de haber conocido y seguir haciéndolo a escritores que me hacen babear, que me invitan a soñar, que me regalan vidas (sí, en plural) cada vez que navego por sus páginas, intentaré parecerme en algo a otro caballero por el que siento veneración, el gran Christopher Hitchens, quien aceptó no estar dotado para la ficción y siguió cautivándonos con sus ensayos, un servidor se conforma (en realidad, se siente pleno) con seguir siendo un lector voraz, activo, entusiasta y poder compartir esas y otras sensaciones con personas muy amables que tienen a bien interesarse por mis desvaríos.
   Y toda esta parrafada (Rosa Montero, como es un amor, dice que se lo pasa de miedo con estos introitos, vaya por ella, inspiración permanente) viene a cuento (o no, pero ya saben que no logro contenerme) porque, a pesar de lo mucho que gozo cuando escribo (y en los últimos años he recuperado ese afán, esa felicidad, esa bendita costumbre, gracias a Pablo que me animó a habitar con palabras el ángulo oscuro del salón en que, de alguna manera, me gusta refugiarme), según fui creciendo empecé a espaciar los periodos febriles y antaño casi constantes de escritura, me hice muy remolón, hay muchas veces en que refreno las ganas nacientes (y hasta el cumplimiento de una obligación) porque prefiero leer, ver una película, acometer cualquier tarea que me permita no abrir el ordenador, aunque, como bien dice Isabel Allende, si me pongo en modo periodista, si pienso que tengo que entregar el texto, si me pongo un tiempo límite, concluyo el trabajo, cada vez más se me hace costoso (y a ratos imposible) escribir si no tengo el ánimo adecuado y dispuesto, no me conformo con cubrir el expediente (y a veces, lo confieso, lo he hecho y luego me siento un tanto estafador, no sólo con los lectores sino conmigo mismo porque lo escrito me resulta un tanto ajeno, frío, mecánico, puede que quede profesional pero sin duda tiene poca autenticidad), sé que debería publicar más a menudo para que el blog (los blogs, no olvidemos el de cine) tenga actividad, a veces retraso reseñas, entrevistas, textos sobre asuntos que me apetece tratar porque ando así como distraído o pendiente de otra(s) cosa(s), ayer mismo dejé aparcada una deuda personal (porque la he asumido como tal, no porque me pidan cuentas), un agradecimiento de espectador, ayer arrinconé un escrito íntimo porque la gala de celebración de los 60 años de TVE me disparó la nostalgia, pero no hay mal que (a veces) por bien no venga, porque, ya de madrugada, repasando las publicaciones en Facebook de algunos amigos, me topé con una excelente noticia, con algo que uno reclamaba y anhelaba sucediese, porque andaba intentando resumir la catarata de emociones recibida y experimentada hace pocos domingos en la sala de teatro La Nao 8 para invitar a quien correspondiese a que Loba noctámbula, el nuevo espectáculo de la compañía Fierabrás escrito y dirigido, por supuesto, por César Augusto Cair, prolongase su estancia (en principio se despedía el pasado 18 de diciembre) y, mira tú lo que son las cosas, ya es oficial que en enero regresará para seguir aullando como sólo es posible cuando la soledad no deja de dar dentelladas y su voracidad no se ve saciada por muchos jirones que arranque y mastique.
   César Augusto Cair no renuncia a su característica prosa poética, todo lo contrario, la eleva aún más si cabe (hay frases que son una caricia o una laceración cuando las convierte en suyas, cuando las vive y nos las hace vivir una impagable y suprema María Laza, pero seguro que sólo escritas -y lo digo por haber tenido la fortuna de leer obras anteriores del autor- ya poseen ese huracán, esa chispa que prende en el alma, ese arrebato al que es imposible resistirse), la lleva hasta sus últimas consecuencias con osadía y firmeza, creyendo en lo que hace, confiando en el público, convirtiéndolo en cómplice, ganándoselo a las bravas, concerniéndolo, conmocionándolo, provocándolo con el poder de la palabra y una atmósfera prodigiosa y contundentemente convocada, a ratos sugiriendo, fraguando el inevitable estallido con sumo cuidado, con momentos de una delicadeza extrema, de una belleza frágil, sólo con esa sublimación, con esa exageración con la que se vive y pretende alagar en el tiempo lo que es efímero por propia definición, el enamoramiento, sólo a través de vocablos encendidos  (y reconocibles, no nos engañemos, que todos hemos dicho muchas cursiladas, muchas bobadas, mucha prosa barata, todos hemos reproducido muchos clichés en algún momento -no es que aquí haya nada de eso porque César Augusto Cair sabe utilizarlos en provecho de su manera de escribir, pero reproduce prodigiosamente el tono, el soniquete, la inevitable falsedad que lleva aparejada lo extremo, ya vendrá el amor del día a día a poner las cosas en su sitio-), sólo con esas frases que se pronuncian como si fuesen dichas por primera vez, sólo desde esa exaltación podemos iniciar este viaje hasta lo más profundo de Soledad (nombre galdosiano donde los haya, ¿por qué andar con metáforas cuando son innecesarias?, encaremos de frente y desde el primer momento lo que sucede en escena). Es impresionante cómo María Laza imprime naturalidad a una mujer que está más allá de cualquier límite, tanto en la felicidad como en el dolor, cómo saborea y se deleita con algunas palabras, cómo escupe otras, cómo nos golpea verbalmente, cómo traspasa la batería, cómo aprovecha el espacio escénico, cómo se adueña de un texto poderoso pero lleno de aristas, cómo nos facilita la implicación, cómo nos estruja las entrañas, el corazón, cómo se combina con el magnífico diseño de luces para ir arrugándonos, cercándonos, desordenándonos, es catártico cómo César Augusto Cair nos coloca en nuestra propia montaña rusa y convoca fantasmas que reconocemos, fantasmas de carne y hueso como diría Jorge Edwards, cómo nos hace tragar quina consiguiendo que el resultado final sea esplendoroso, un recuerdo inolvidable, una experiencia si se quiere liberadora porque cuando uno sabe cómo se llama el enemigo puede encararlo mejor (y porque lo que uno necesita a veces es llorar el drama, expresar el dolor, desgañitarse mientras se lame las heridas, tal vez no queriendo que restañen). Sería de justicia que llegasen más funciones, por el momento tienen la oportunidad los dos primeros domingos de enero de conocer a esta Loba noctámbula que tanto talento derrocha.  

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