jueves, 7 de febrero de 2019

AUTOMEDICACIÓN CONVENIENTE





   Aprendí lo que era el Sindeticón (y otras muchas cosas más) gracias al por derecho propio mítico LP Forgesound, aquel en que se celebraba el universo del grandísimo y no menos histórico dibujante (al que, por cierto, tengo intención de regresar muy en breve) que daba título al disco gracias al ingenio de unos descacharrantes Luis Eduardo Aute y Jesús Munárriz como autores de letras de músicas que ellos mismos interpretaban con la jocosa colaboración de Teddy Bautista, Julia León y Rosa León (para los de mi generación fue la de Al alba y demás canciones -casi himnos- cargadas de intencionalidad, ironía, rebeldía y libertad al mismo tiempo que la que conectaba magníficamente con los niños a través de las canciones de María Elena Walsh); supe que era un pegamento como el Imedio con que yo pringaba los álbumes de cromos (y las yemas de los dedos y lo que pillase, nunca mejor dicho, a mano -las manualidades nunca han sido mi fuerte-), así me lo explicaron, antes de comprender al cien al cien lo que significaban aquellas letras que, sin embargo, tanto me divertían y canturreaba aquí y allá, dejando pasmados a compañeros de clase (los había con más malicia o más conocimientos, otros simplemente eran conscientes de la osadía, de que eran cosas para mayores) y, sobre todo, algunos profesores (no tanto por la procacidad o doble sentido -sexual, claro, que era el que más les inquietaba- como por el contenido político o las lecturas que de ciertas frases/canciones pudieran hacerse -y eso que aún era “inocente” lo que la Concha le decía al Mariano en la canción homónima porque éste no dejaba de ser un personaje de las viñetas, pero ya volveremos sobre ello cuando corresponda, tal y como anuncio-). Al margen de lo que estoy preparando en torno a Forges, me dio por pensar en esas palabras descubiertas en los tebeos al andar enfrascado (y, por supuesto, maravillado, feliz, también emocionado) en el disfrute otro de esos volúmenes con los que Bruguera Clásica va recuperando aquellos personajes y autores que iluminaron y alegraron tantas horas a los chavales (y no tanto) de entonces, de después, de ahora, de siempre: Lo mejor de Vázquez.

   Ignoro quién lo dijo primero (me refiero al universo Bruguera), el caso es que vinculo a Anacleto con esa fantástica palabra que es “sapristi”, siempre entre exclamaciones porque no otra cosa es (una interjección, siendo precisos), expresión francesa que tanto se encuentra en Simenon como en Hergé y Peyo (belgas los tres, por cierto) y que pasó a nuestro vocabulario sin que supiéramos (ni nos preocupase) su origen o auténtico significado. Y no podía empezar de otro modo, es decir con, tal vez, su creación más popular (no gracias a aquella olvidable -por no decir algo peor- película que utilizaba su nombre y presencia en vano -aunque no tanto como las dos infamias, que no adaptaciones ni versiones ni nada, en torno a Zipi y Zape-) comienza el viaje, es Anacleto, agente secreto quien abre el tomo con todos los honores, con su primera historieta, aparecida en 1964 en Pulgarcito, en la que ya viste su habitual traje negro pero todavía no luce su clásico tupé -de hecho es completamente calvo- ni lleva su sempiterno cigarrillo pegado a los labios -ese que ahora sería impensable y que, por fortuna, nadie parece haber pensado en borrar, espero no estar dando ideas peregrinas al pensamiento políticamente correcto o, mejor dicho, a la inquisición y censura camufladas de buenas costumbres y demás moralina (miren, señores, no piensen por los demás, no nos consideren tan influenciables -o tontos- porque un servidor apenas ha probado el tabaco en su vida más allá de los típicos escarceos de adolescente a pesar de que Filemón, Anacleto, no digamos don Pantuflo con sus puros, lo hiciesen en una viñeta sí y en la siguiente también). La indudable (y nada oculta, no sólo en su atuendo o físico) parodia de James Bond adquirió muy pronto personalidad propia y el vuelo alto que tomó se ve claro en la selección de historietas aquí reunidas en las que, por supuesto, no podía faltar alguna con su enemigo más recurrente: el malvado Vázquez.

   El dibujante se caricaturizó y convirtió en todo un personaje, el tío Vázquez (tal vez por ahí hubiesen debido ir los tiros en la bastante fallida película que le dedicaron, por más que tuviese algunos aciertos -no, desde luego, la elección del actor protagonista, que tal vez marcaba demasiado el tono de lo grotesco y exagerado, una mala o cuando menos torpe interpretación de lo que destilan las viñetas-) y gustaba de aparecer aquí y allá (si la memoria no me falla, también asomó en alguna aventura de la abuelita Paz y/o Angelito -quienes, por cierto, justificarían una segunda antología del autor o su propio recopilatorio-), al margen de reírse de sí mismo (o de sus acreedores, sobre todo de estos) en la serie Los cuentos de tío Vázquez que también recuperamos en el presente volumen, ese prodigio de imaginación con que se trenzaban excusas absurdas y alambicadas -chispeantes y jocosas para el lector- para no satisfacer una deuda (ya lo ven: los tebeos eran un arma de subversión e incorrección y no nos ha pasado nada -bueno, puede que sí, pero sólo a algunos, tal vez a demasiados, pero sería injusto e irreal achacar a las lecturas infantiles tanto latrocinio, tanto indeseable, tanta corrupción, lacras que se han combatido (y se sigue haciendo) desde el cómic-). La primera vez que estos peculiares cuentos pudieron ser leídos (tal vez devorados sería más preciso) por los lectores fue en un Din Dan de 1968, momento que se recoge aquí, al igual que una amplia muestra de los subterfugios de Vázquez para no pagar (o al menos demorarlo lo más posible), contando con la abuelita Paz como invitada especial (pero sabe a poco, sigue teniendo validez lo dicho un poco más arriba) y cerrando con una vuelta de tuerca genial, al más puro estilo “alguacil alguacilado”.

   Los variados cambios sufridos por La familia Cebolleta a lo largo del tiempo (aunque las bases y los roles estaban bastante definidos ya en 1951 cuando llegaron para quedarse), sobre todo en lo visual, en los físicos, en ese padre de familia que fue Rosendo desde el primer día (aunque en al menos una ocasión tal y como aquí se comprueba es llamado Leoncio), en esa hija mayor que es como el Guadiana (pero en la que Vázquez se recrea al principio, dibujándole un rostro más realista que a los demás, no así una participación activa ni especialmente reseñable en las tramas ni en los chistes), en ese Diógenes (el hijo menor) que tan pronto llevaba gafas como no, que igual tenía tres pelos como ninguno como lucía una abundante cabellera rubia, en ese abuelo que engordó, tuvo distintas barbas, perdió con el tiempo un fez o similar que lució al comienzo y durante varios años, en ese loro, Jeremías, que a partir de determinado momento comenzó a fumar y, de hecho, es con un puro en el pico como más se le recuerda. Historietas que dinamitaban la armonía familiar que se pregonaba y exigía desde las más altas instancias, del mismo que lo hacían Las hermanas Gilda, Hermenegilda y Leovigilda, su apellido fue al principio Pérez y otras hierbas, por más que a veces se toma por tal el final común de sus nombres (que es como se hicieron popularísimas y queridas), por momentos también fueron López, Ramírez o por ahí. Desde aquella primera página de un Pulgarcito (“cuaderno humorístico” según rezaba en la misma) de 1949, muchas historietas y cambios físicos de lo más notorio hasta llegar a la imagen icónica de ambas, a la que ha perdurado, a como todos las imaginamos y adoramos. Y cerrando los núcleos familiares, no podía faltar La familia Churumbel, otra de esas series que hoy en día se antojan imposibles o sin recibir mil críticas, peticiones de cancelación y hasta denuncias, imaginen que en la primera viñeta de la primera historieta publicada allá por 1960 aparece un gitano saludable, fuerte y juvenil que porta una gigantesca llave inglesa y dice “me voy a currelá, que he encontrao un trabajo de mecánico. ¡Viva er trabajo!” y el patriarca quiere estrangularlo o algo peor al grito de “¡Renegao!”, lo que consigue porque su mujer le sujeta. Este gag se repetirá muchas historietas, si bien es cierto que el hijo mayor irá desapareciendo progresivamente, mientras el padre (y en ocasiones también el abuelo) busca burros que afanar allí donde se presente la ocasión, al margen de reproducir otros tantos estereotipos en nada malintencionados, todo lo contrario, porque vistos hoy en día siguen provocando carcajadas (que ese y no otro es su principal objetivo) por el modo en que Vázquez los utiliza con ingenio y rebaba, en realidad, la acidez, la crítica, la ironía se vierte sobre aquellos que pueden pensar (y arrojar como insulto) que lo que ahí se dibuja está tomado del natural (si alguien se ofende por estas viñetas y, sin embargo, aplaude cosas como Los Gipsy Kings -especialmente los involucrados/afectados-, tiene un serio problema de perspectiva).

   Y hay que cerrar el volumen, no sin pena, pero aprendamos de lo reído a ver la botella medio llena: esto es sólo “lo mejor”, es decir, aún queda mucho de Vázquez y de un genio como él todo es susceptible de ser considerado así. ¿Para cuándo el segundo tomo? Además, bien lo dice otro de los grandes, el maestro Ibáñez, en el prólogo: “¡Lo que nos ahorramos en farmacia! Que sí, que sí, que leyendo a Vázquez resultaban superfluos, innecesarios, tontos, todos los medicamentos, píldoras, cataplasmas, emplastos y demás cochinaditas del mundo. Porque, ¿llegaba el arrechucho? Pues nada, a ventilarse unas páginas de “Las Hermanas Gilda”, a reír como descosidos, y nuevecitos, mire. ¿Que subía la fiebre? ¡Siete páginas de “La Familia Cebolleta” al canto, carcajadas a mansalva y frescachones como una lechuga!”. En estos tiempos de gripes, fríos polares, destemples, para prevenir la astenia primaveral, los sofocos del verano, en definitiva, para tener el botiquín bien repleto de preventivos del dolor (de lo que sea), necesitamos más páginas de Vázquez, no importa que no lo cubra el seguro, creo que pocas medicinas se pagan con tanto placer y es que, también es palabra de Ibáñez, “no se sabe de ningún lector asiduo de “La Familia Churumbel”, de “Los cuentos de Tío Vázquez” o de cualquier otra creación del tío Vázquez ese, que padeciese destemple, congoja o angustia alguna a lo largo de su existencia”. Mañana le digo al farmacéutico del barrio que ponga un quiosco con tebeos y verás cómo aumenta la clientela y mejora la salud de todo el mundo.