martes, 20 de diciembre de 2016

PALABRAS DE NEGRA HISTORIA






  Escribir me gusta desde siempre, fue una pulsión asociada a la lectura que apareció cuando era niño, hacía resúmenes de los libros devorados y también de las películas vistas, a veces añadía mi opinión (lo de que la cabra tira al monte es cierto, al menos en mi caso, ¿cómo no voy a creer que la vocación existe?), llenaba cuadernos con pequeños textos, aventuras para los protagonistas de mis series favoritas, historias para los personajes de los tebeos, lo que fuese, tan sólo me dejaba llevar por un impulso ciertamente irrefrenable y, las cosas como son, pocas veces hacía borradores (sólo para algunos trabajos escolares, una vez en el Instituto dependiendo de la asignatura, incluso en la carrera recuerdo lanzarme sobre la máquina de escribir con apenas un esquema, mil anotaciones hechas en la biblioteca, puede que los apuntes tomados en clase -cuando valían para algo o eran material a incluir obligatoriamente si se aspiraba a aprobar la asignatura-, el cargamento de citas que fuese a utilizar, los libros de consulta desparramados por la mesa), sencillamente me dejaba fluir, empecé a escribir columnas, artículos, reportajes antes de ser consciente de cómo me llamaba el periodismo, me limitaba a querer emular a esas firmas que leía compulsivamente, también coqueteé con el género novelístico (aunque me da mucho pudor e incluso vergüenza englobar en él aquellas tentativas a ratos plagiadas de Enid Blyton o Robert Arthur, nuevos capítulos de Espacio 1999 o Un hombre en casa (ecléctico he sido un rato), aventuras delirantemente protagonizadas por un servidor, los amiguetes de clase, Starsky y Hutch -¡Así, como suena, con toda la osadía del mundo!-, después recogieron el testigo los chicos de Parchís (sin mi aparición estelar por suerte para ellos aunque nunca tuvieran conocimiento de tal circunstancia), quise hacer una especie de crónica familiar, después tonteé con una novela sobre la adolescencia, ya con veintitantos trabajé bastante tiempo en otra que, al menos, me sirvió para terminar de construir mi estilo (si es que existe algo mínimamente digno de ser llamado así), este gusto por frases muy largas que se subordinan unas a otras sin tener claro cuál es la principal, estos párrafos interminables en los que las comas anulan y sustituyen a la mayoría de signos de puntuación, un vulgar remedo de las lecturas que me acompañaban cuando empecé a redactar, la mágica influencia de escritores a los que jamás podré compararme, Antonio Muñoz Molina y José Saramago. No niego que experimento cierta envidia ante las personas capaces de enhebrar, desarrollar y culminar una novela (por eso desprecio tanto a los que trivializan lo trabajoso del oficio, a los que lo usurpan, a los que ponen el rostro popular y el nombre conocido a lo escrito por otros -e incluso a los editores que lo fomentan y a los supuestos lectores que sólo quieren el libro como trofeo, siguiendo una moda, como parte de su mitomanía-, a los que escriben con planilla), pero muy pronto me vence mi pasión lectora -al menos en eso puedo equipararme a Borges sin sonrojarme demasiado-, consiento que el placer me invada, tengo el privilegio de compartir mi vida con alguien que sabe narrar historias en formatos y géneros diversos, estoy muy cerca del proceso creativo, a eso puedo sumar la posibilidad de haber conocido y seguir haciéndolo a escritores que me hacen babear, que me invitan a soñar, que me regalan vidas (sí, en plural) cada vez que navego por sus páginas, intentaré parecerme en algo a otro caballero por el que siento veneración, el gran Christopher Hitchens, quien aceptó no estar dotado para la ficción y siguió cautivándonos con sus ensayos, un servidor se conforma (en realidad, se siente pleno) con seguir siendo un lector voraz, activo, entusiasta y poder compartir esas y otras sensaciones con personas muy amables que tienen a bien interesarse por mis desvaríos.
   Y toda esta parrafada (Rosa Montero, como es un amor, dice que se lo pasa de miedo con estos introitos, vaya por ella, inspiración permanente) viene a cuento (o no, pero ya saben que no logro contenerme) porque, a pesar de lo mucho que gozo cuando escribo (y en los últimos años he recuperado ese afán, esa felicidad, esa bendita costumbre, gracias a Pablo que me animó a habitar con palabras el ángulo oscuro del salón en que, de alguna manera, me gusta refugiarme), según fui creciendo empecé a espaciar los periodos febriles y antaño casi constantes de escritura, me hice muy remolón, hay muchas veces en que refreno las ganas nacientes (y hasta el cumplimiento de una obligación) porque prefiero leer, ver una película, acometer cualquier tarea que me permita no abrir el ordenador, aunque, como bien dice Isabel Allende, si me pongo en modo periodista, si pienso que tengo que entregar el texto, si me pongo un tiempo límite, concluyo el trabajo, cada vez más se me hace costoso (y a ratos imposible) escribir si no tengo el ánimo adecuado y dispuesto, no me conformo con cubrir el expediente (y a veces, lo confieso, lo he hecho y luego me siento un tanto estafador, no sólo con los lectores sino conmigo mismo porque lo escrito me resulta un tanto ajeno, frío, mecánico, puede que quede profesional pero sin duda tiene poca autenticidad), sé que debería publicar más a menudo para que el blog (los blogs, no olvidemos el de cine) tenga actividad, a veces retraso reseñas, entrevistas, textos sobre asuntos que me apetece tratar porque ando así como distraído o pendiente de otra(s) cosa(s), ayer mismo dejé aparcada una deuda personal (porque la he asumido como tal, no porque me pidan cuentas), un agradecimiento de espectador, ayer arrinconé un escrito íntimo porque la gala de celebración de los 60 años de TVE me disparó la nostalgia, pero no hay mal que (a veces) por bien no venga, porque, ya de madrugada, repasando las publicaciones en Facebook de algunos amigos, me topé con una excelente noticia, con algo que uno reclamaba y anhelaba sucediese, porque andaba intentando resumir la catarata de emociones recibida y experimentada hace pocos domingos en la sala de teatro La Nao 8 para invitar a quien correspondiese a que Loba noctámbula, el nuevo espectáculo de la compañía Fierabrás escrito y dirigido, por supuesto, por César Augusto Cair, prolongase su estancia (en principio se despedía el pasado 18 de diciembre) y, mira tú lo que son las cosas, ya es oficial que en enero regresará para seguir aullando como sólo es posible cuando la soledad no deja de dar dentelladas y su voracidad no se ve saciada por muchos jirones que arranque y mastique.
   César Augusto Cair no renuncia a su característica prosa poética, todo lo contrario, la eleva aún más si cabe (hay frases que son una caricia o una laceración cuando las convierte en suyas, cuando las vive y nos las hace vivir una impagable y suprema María Laza, pero seguro que sólo escritas -y lo digo por haber tenido la fortuna de leer obras anteriores del autor- ya poseen ese huracán, esa chispa que prende en el alma, ese arrebato al que es imposible resistirse), la lleva hasta sus últimas consecuencias con osadía y firmeza, creyendo en lo que hace, confiando en el público, convirtiéndolo en cómplice, ganándoselo a las bravas, concerniéndolo, conmocionándolo, provocándolo con el poder de la palabra y una atmósfera prodigiosa y contundentemente convocada, a ratos sugiriendo, fraguando el inevitable estallido con sumo cuidado, con momentos de una delicadeza extrema, de una belleza frágil, sólo con esa sublimación, con esa exageración con la que se vive y pretende alagar en el tiempo lo que es efímero por propia definición, el enamoramiento, sólo a través de vocablos encendidos  (y reconocibles, no nos engañemos, que todos hemos dicho muchas cursiladas, muchas bobadas, mucha prosa barata, todos hemos reproducido muchos clichés en algún momento -no es que aquí haya nada de eso porque César Augusto Cair sabe utilizarlos en provecho de su manera de escribir, pero reproduce prodigiosamente el tono, el soniquete, la inevitable falsedad que lleva aparejada lo extremo, ya vendrá el amor del día a día a poner las cosas en su sitio-), sólo con esas frases que se pronuncian como si fuesen dichas por primera vez, sólo desde esa exaltación podemos iniciar este viaje hasta lo más profundo de Soledad (nombre galdosiano donde los haya, ¿por qué andar con metáforas cuando son innecesarias?, encaremos de frente y desde el primer momento lo que sucede en escena). Es impresionante cómo María Laza imprime naturalidad a una mujer que está más allá de cualquier límite, tanto en la felicidad como en el dolor, cómo saborea y se deleita con algunas palabras, cómo escupe otras, cómo nos golpea verbalmente, cómo traspasa la batería, cómo aprovecha el espacio escénico, cómo se adueña de un texto poderoso pero lleno de aristas, cómo nos facilita la implicación, cómo nos estruja las entrañas, el corazón, cómo se combina con el magnífico diseño de luces para ir arrugándonos, cercándonos, desordenándonos, es catártico cómo César Augusto Cair nos coloca en nuestra propia montaña rusa y convoca fantasmas que reconocemos, fantasmas de carne y hueso como diría Jorge Edwards, cómo nos hace tragar quina consiguiendo que el resultado final sea esplendoroso, un recuerdo inolvidable, una experiencia si se quiere liberadora porque cuando uno sabe cómo se llama el enemigo puede encararlo mejor (y porque lo que uno necesita a veces es llorar el drama, expresar el dolor, desgañitarse mientras se lame las heridas, tal vez no queriendo que restañen). Sería de justicia que llegasen más funciones, por el momento tienen la oportunidad los dos primeros domingos de enero de conocer a esta Loba noctámbula que tanto talento derrocha.  

lunes, 19 de diciembre de 2016

ALGUNOS GOZOS Y EXCESIVAS SOMBRAS



  



  Lo cierto es que pensaba escribir un estado de Facebook y poco más sobre la gala con que TVE celebró anoche sus 60 años, pero ya se sabe que tengo la lengua siempre dispuesta (o los dedos saltarines sobre el teclado), y como el texto empezaba a desbordar en mucho lo que en demasiadas ocasiones publico (y eso que, bien lo saben los contactos leales y cómplices, no me recato a la hora de explicar pormenorizadamente qué estoy pensando -que no lo pregunten, oye, que no provoquen cada vez que uno se conecta, jajaja-), al final he optado por sacar el arpa del rincón y dejarla sonar a su aire, dejando para mañana otro escrito en el que ando enredado desde hace unos días. El caso fue que me puse a hablar sobre la nostalgia y, claro, no había forma de ser escueto y, sobre todo, ni conseguía ni quería dejar de ser reiterativo, ya me conocen, porque a las primeras de cambio recuerdo que Simone Signoret publicó su autobiografía con el espléndido título -a medias desencantado y a medias irónico, toda una declaración de intenciones de la honestidad con que acometió la tarea, toda una advertencia del tono general del volumen-, La nostalgia ya no es lo que era, a partir de ahí empiezo a tirar del hilo y no paro hasta que vuelvo a tener todo el ovillo entre las manos, más en estos últimos tiempos en que, a raíz del bombazo que ha supuesto la entretenidísima y mágica serie Stranger Things, son muchos los que se han lanzado a cuestionar (sin preocuparse por conocer en profundidad -o ni un ápice- aquello a lo que dedican tiempo y esfuerzo, anegados en su propio resquemor hacia todo lo que se haga popular y a ellos les resulte ajeno -en parte porque no responden al perfil más elemental de espectador para el que ha sido diseñado el producto, sí, somos conscientes de ello, no nos engañamos ni nos dejamos comer el tarro, no perdonamos errores ni aceptamos trampantojos, no engrandecemos virtudes como recompensa por el buen rato pasado, algo que tampoco es negativo siempre que se reconozca, no nos enrocamos en la cantinela “cualquier tiempo pasado fue mejor” tal y como afirman estos seres superiores inmunes al divertimento que carecen del recuerdo, que no mantienen vivas determinadas emociones, si es que alguna vez las tuvieron-), son muchos los que han despachado la creación de los hermanos Duffer con un gesto de la mano y se conforman con tildarla de “operación nostálgica”, arrugando la nariz porque huelen a naftalina. Primeramente, no es malo tener activos los vínculos con aquellos años en que empezábamos a descubrir muchas cosas gracias a películas, canciones, programas de televisión y/o libros, claro que no todos pueden revisarse porque no aguantan el escrutinio adulto del que los amó cuando era chaval (y no por eso hay que negar que en su día fueron imprescindibles), pero, ya que nos acusan de dejarnos embaucar, ya que se supone que no sabemos discernir conviene incidir en un aspecto clave: en contra de lo que esos sobre los que venimos advirtiendo afirman, no es tan sencillo convencer al rendido admirador, al impenitente seguidor, al que ha mitificado (porque nos llegaron en la edad precisa para ello) aventuras, autores, géneros, formas de narrar, hay tanto imitador, aprovechado, autoproclamado heredero para intentar apropiarse de unos laureles que no le pertenecen, proliferan las copias descaradas, los falsos homenajes que se limitan a plagiar, las -estas sí que sí- operaciones de marketing diseñadas con escuadra y cartabón, sin contenido ni fundamento, sin alma, sin capacidad evocadora, sin establecer vínculos, sin provocar disfrute, sin pasión que las alimente y convoque. Se acepta que la nostalgia es peligrosa en el sentido de que puede nublar la perspectiva y hacer tambalearse el criterio más sólidamente formado, a veces resulta indetectable o viene convenientemente camuflada para que haga efecto cuando no somos capaces de prevenir y detectar su ataque, pero también lo es (incluso es más perniciosa) para aquel que la utiliza de un modo artero, ese que juega al tocomocho con las expectativas e ilusiones del público, el que apela a lo más básico y ni tan siquiera llega a un mínimo tolerable, ese que es superficial, hueco y demuestra un escaso conocimiento sobre el asunto tratado.
   Así, mientras veíamos la gala en TVE íbamos comentando por whatsapp con unas amigas la suerte que tuvimos al ser niños, adolescentes, jóvenes en aquellos años en que sólo dos canales nos ofrecían una programación completa, variada, de enorme calidad, que se podía compartir con el resto de las familias, en la que cada estreno era un acontecimiento, nos dejamos llevar por algunas de esas sintonías que seguimos tarareando, se nos puso la voz melosa, un brillo acuoso en la mirada, experimentamos un agradable y un tanto agridulce temblor, mitad emocionado, mitad doloroso, mezcla entre la alegría de lo vivido y compartido y la pena por los que ya no están aquí para comentar el programa como tantas veces hicimos, y poco a poco me fui desencantando por la oportunidad perdida para reivindicar ese legado. Si bien es cierto que técnicamente TVE echó el resto, en lo demás se repitieron errores propios y ajenos, por momentos parecía que estábamos ante la entrega de los Goya por supuestos chistes mal encadenados, diálogos sin gracia, números musicales de pegote, vídeos lastimosos que lastraban aún más lo que ocurría en el falso directo, un mero sucederse de gente en escena, una maestra de ceremonias absolutamente desaprovechada y eso que, como es marca de la casa, Raffaella Carrà derrochó sus proverbiales simpatía, humildad y naturalidad, aplicándose a la tarea con oficio pero sin guión que la sostuviese, intentando diluir y atenuar el impacto de las múltiples fallas estructurales (y por momentos lo logró) con una sonrisa que jamás parecía forzada y una presencia hipnótica. Es tarea ímproba resumir 60 años de emisión en menos de tres horas, pero debería haberse lucido mucho más y mejor el impagable archivo de TVE, reducir los números musicales a sintonías, melodías, canciones relacionadas con aquellos programas inolvidables (sí, El lago de los cisnes es una maravilla, qué decir de La Traviata -y ese fue al menos el brindis final-, pero poco pintaban ahí -una romanza de zarzuela o un número de revista, debido a los programas de García de la Vega, podrían haber encajado mejor o, al menos, citar a García Asensio o al inolvidado Fernando Argenta para contextualizar un poco-, aún fueron menos pertinentes esas versiones exacerbadas y directamente chillonas a cargo de Marta Sánchez y Mónica Naranjo de temas de Mocedades y Camilo Sesto respectivamente o la extraña y poco acoplada pareja formada por India Martínez y Carlos Rivera para hacerse un Mecano), en un formato u otro, sobre el escenario o en las pantallas, hubiesen debido aparecer tantos rostros y nombres históricos que se lo merecían (si los que aún viven están físicamente mermados y no quieren/pueden acudir, se graban vídeos en condiciones y no esos recuerdos -algunos un tanto desafortunados- así como grabados con urgencia, torpes, con poca garra -o ninguna-), no se hubiera resentido la gala aunque se hubiese dejado fuera a un Carlos Latre que patinó estrepitosamente en una de sus actuaciones más desafortunadas (en su momento fue una Rosa López desopilante pero ayer no fue capaz de pillarle el punto, eso por no hablar de que ni se aproximó a la voz de Jordi Hurtado -era más bien, sin parecerse tampoco, Juanjo Cardenal-, hizo de Anne Igartiburu como si fuese Tamara Falcó o pareció un mal imitador de uno que cree imitar a Concha Velasco), todo hubiera ido mejor prescindiendo de Ernesto Sevilla, algo que sirve para lo de ayer y en general (al menos, en los Goya del año pasado no apareció, veremos qué pasa en poco más de un mes), no hay que empeñarse en buscar la gracia a esos que no la tienen -y muchos ni la necesitan porque su labor no es la de hacer reír- (Sergio Martín tenía su aquel en la radio, sin verle el gestito de tipo encantado consigo mismo, sin ese aire de comisario político que se le puso en cuanto le dieron un cargo y, entre otras cosas, se hizo cargante, Pedro Carreño destila ranciedad por mucho que le disfracen, Roberto Leal debe ser el más gracioso de su grupo de amigos -o así debe creerlo él y pensarlo ese que se empeña en que demuestra versatilidad y capacidad de hombre espectáculo- pero satura sólo con asomarse a la pantalla), y, sin entrar en gustos personales, por trayectoria y relevancia, lo fundamental hubiera sido agradecer tantos buenos momentos a Torrebruno, Elena Santonja, Rosa María Sardà, María Luisa Seco, Martes y 13, Rosa María Mateo, las tardes con Pepe Navarro, Andrés Aberasturi, María Casanova o Manuel Hidalgo, Lalo Azcona, Alfredo Amestoy, Pablo Lizcano, Joaquín Soler Serrano, Ramón García, Sonia Martínez, Inma de Santis, los actores que pasaron por los diferentes programas dramáticos, las series que ni se mencionaron, en fin, demasiadas ausencias e innecesarias presencias, sobre todo en el brindis final.

viernes, 2 de diciembre de 2016

(NO) EMPECEMOS POR EL FINAL







   Pido perdón por el guiño particular que supone el título del presente escrito, una humorada con código restringido que ha de ser explicada (con lo que pierde todo el chiste, ese que en realidad no tiene o en dosis mucho más reducida de lo que se pretende), no por aprovechar la coyuntura para practicar la autopromoción (aunque en muchas ocasiones se impone porque es el único modo de dar a conocer el trabajo de uno), sino para que tanto el lector leal como el despistado, llegado por azar, incauto, amable y/o generoso que se esté adentrando en un nuevo desvarío del arpa se sitúe un poco mejor en lo que empezó a fraguarse en mi mente mientras cerraba con una sonrisa La carne, la novela de Rosa Montero que Alfaguara lanzó al mercado el pasado septiembre. Empecemos por el final es el modo en que titulamos el prólogo de nuestro primer libro en común (la primera persona del plural hace referencia a un servidor y, por supuesto, a Pablo Vilbaoy), Finales de cine (editado por Alianza en 2011), aunque durante un breve tiempo fue el modo en que nuestro agente (e incluso el editor) se refería al mismo, tomando la primera frase que aparecía en el documento que enviamos con la versión que en ese momento se presentaba como final y corregida (después llegó el momento de estudiar con lupa las galeradas, rastreando erratas, incorrecciones, inexactitudes, palabras que de repente no satisfacen tanto como cuando fueron escritas -por suerte, siempre hay otras que sí e incluso sorprenden al propio autor-, esa labor de zapa ciertamente incómoda y a ratos angustiosa previa a la publicación); con ese aparente oxímoron queríamos resumir el modo en que fraguamos y fuimos dando forma al libro, cómo un día empezamos a evocar aquellos finales que habían dejado una huella más intensa en nuestra memoria cinéfila, cómo a partir de esa secuencia, a veces tan sólo una frase o una imagen, en otras varios minutos aunque en general nos deteníamos en el último plano, el instante previo a la aparición de los créditos o de ese mítico y ya desterrado (salvo excepciones muy contadas) “The End” (o “Fin” o el vocablo correspondiente en el idioma de origen de la película), cómo reconstruíamos las películas a partir de las emociones provocadas por ese final, eran ellas las que se imponían a la hora de la evocación, del análisis, del comentario, cómo la conclusión (por acertada, por coherente, por sorprendente, por innovadora, por abrir interrogantes, por resumen perfecto de los logros artísticos, por mil causas -incluso por todo lo contrario: por inapropiada, por forzada, por inane) motivaba una nueva lectura al tener ahora datos que permitían apreciar mucho mejor el modo en que se nos había conducido hacia ese lugar, cómo el conocimiento de la misma no impedía seguir disfrutando en cada revisión (¡Ay, esos golpes de efecto tramposos, rimbombantes, que sólo funcionan -si acaso- una vez!) e incluso acentuar ese deleite al comprobar cómo se había ido conformando el puzle y encajando las piezas sin que fuéramos conscientes de ello. También en ese prólogo nos preguntábamos en qué momento algo se transforma en clásico y, por lo tanto, podemos destriparlo sin temor a que alguien se queje aunque, en realidad, tenga todo el derecho a hacerlo; es decir, nosotros ya avisábamos que contábamos el final de las 77 películas seleccionadas, al fin y al cabo se trataba de eso, pero en infinidad de conversaciones, en artículos, en otras obras, en frases hechas, a deshora y sin advertirlo a los demás (pero dándonos cuenta del hecho, recreándonos en la jugada), no hay recato en, por ejemplo, hablar sobre el final de Casablanca, sobre el destino de Emma Bovary o Anna Karenina, gritar a los cuatro vientos cómo se resuelve Diez negritos, muchos que no han leído ni una página de Don Quijote de La Mancha pueden decir cómo termina porque se ha contado por activa y por pasiva, incluso Susan Sarandon y Geena Davis revelaron qué sucedía con sus personajes ante la audiencia millonaria que veía la entrega de los Oscar el año en que Thelma y Louise era una novedad para muchísimos espectadores y otros tantísimos aún no la habían visto.
   Por supuesto, y no es tirar piedras contra nuestro propio tejado, lo ideal es evitar cualquier comentario que, de forma más o menos clara, proporcione más información de la debida e impida que un nuevo lector/espectador se adentre en el conocimiento de una obra sin más datos que los que puede recolectar en forma de recomendaciones, declaraciones del creador, críticas que se ajusten a los estándares debidos e incluso, permítaseme que haga hincapié en ello porque el asunto me toca de cerca, en la necesaria ética periodística (porque otra cosa es el examen más o menos pormenorizado, el ensayo en torno a algo o alguien que, para estar sólidamente cimentado, para desarrollar el análisis, para explicar una teoría, unas conclusiones, un objeto de estudio, debe señalar ejemplos en forma de citas, construirse a partir de lo que se estudia y ahí hay que detallar intencionalidades, sucesos, personajes, diálogos, pero quien llega hasta ese tipo de trabajos sabe lo que va a encontrarse -es lo que demanda- y en muchos casos conoce también aquello sobre lo que se habla). Nunca olvidaré mi estupor (y posterior cabreo) cuando en una crítica sobre Atracción fatal, recién estrenada en España, se explicaba con pelos y señales el final (ese, por cierto, que fue añadido cuando el público de los primeros pases rechazó el original) y, por lo tanto, fue imposible experimentar la misma tensión (en el sentido de ir rumiando “¿cómo va a terminar esto?”) que mis compañeros de butaca, jamás perdonaré a Luis Antonio de Villena (entre otras cosas) que, presentando junto a Consuelo Berlanga un libro de Juan Pando el día antes del estreno de Salvar al soldado Ryan, le lanzase una andanada que incluyó revelar el destino de los personajes, el mismo que aparecía bien explícito en su artículo del día siguiente en El Mundo, sin hacer caso de los ruegos del público cuando se vio la deriva que sus palabras tomaban, contraviniendo la regla básica de toda crítica en lo que al oficio se refiere, la misma que vulneró un profesor en la Facultad (José Carlos García Fajardo, ese ser misericordioso y gran rezador, misógino y totalitario -por no decir algo peor-) con Rain Man, gritando para colmo más que en otras ocasiones porque Alejandra se atrevió a decir “¡Ay, no la cuente!” (“¿Ustedes van a ver una película sin informarse primero?”, ahora resulta que estar bien informado es saber cómo termina una historia antes de tener acceso a ella, pero ninguno replicamos, por supuesto, como para menearse cuando el tirano despotricaba). Alfred Hitchcock hizo todo lo posible por que no trascendiera el final de Psicosis en el momento de su estreno, incluso grabó una espléndida presentación en la que confundía y embarullaba un poco más la trama, hizo correr rumores, noticias falsas, todo en aras de preservar la carambola final (esa, por cierto, volvemos a nuestro prólogo, de la que hablamos dando por hecho que todo el mundo la conoce, esa que los nuevos espectadores tienen clara antes de ver la película por primera vez), del mismo modo Rosa Montero (sí, ya regreso al origen, mil disculpas como siempre por mi incontinencia verbal -y escrita-) ruega en los agradecimientos de La carne que el lector guarde silencio, que no revele más de lo necesario, que permita que otros puedan hacer el viaje literario en las mismas condiciones en que ellos lo están concluyendo en ese momento (esto no lo dice, pero lo añado inspirado por sus educadas y pertinentes palabras).
   Y no es que la novela se sustente exclusivamente en las sorpresas de las páginas finales, no es una historia de misterio o narrada en ese código, pero el modo en que la autora, con suma naturalidad, va dando la vuelta a lo que dábamos por sentado, transforma nuestra mirada de manera imperceptible pero certera, manejando los tiempos y los tonos con maestría, imprimiendo un tempo preciso y brillantemente ajustado a sus intenciones, la escritura implacable e impecable que Rosa Montero desarrolla en La carne merece ser conocida sin más, sin tan siquiera esbozar por dónde van los tiros, dejando que sea el cauce de los acontecimientos el que nos conduzca a la velocidad deseada por la autora hasta una conclusión que, más allá de la pericia con que la ha ido difuminando (puede que algún lector perspicaz sea capaz de juntar piezas), satisface y congratula porque, dejando a un lado estos aspectos que la propia Rosa pide se silencien en las recomendaciones que se hagan (esto tampoco lo dice ella, siempre humilde y discreta, lo añado yo porque me parece de justicia, porque es una novela que hay que recomendar mucho y bien alto), cuando uno cierra el volumen es consciente de haber asistido a toda una crónica ácida, autocrítica, con la dosis justa (y necesaria: démonos una vía de escape) de parodia de una sociedad muy reconocible (la nuestra -y en mi caso concreto me toca muy de cerca porque gran parte de los escenarios de mi novela son los del barrio en que vivimos, la calle Vergara es, por ejemplo, la que siempre utilizo en el paseo con Dobby para ir regresando a casa-), una novela en la que Rosa Montero ha sido muy libre, se lo ha pasado muy bien (o al menos es la sensación que a uno le inunda en cada página), ha sabido combinar a la perfección sus diferentes estilos, ha mezclado con suma habilidad su probado oficio, su autoridad a la hora de trazar semblanzas, perfiles, retratos de personajes históricos, integra a la perfección en la trama esta faceta con la de articulista de ojos abiertos, oído atento y humanidad imbatible, dejando muestras esparcidas que no interfieren en la acción (incluso la posibilitan y enriquecen) de su permanente activismo, de su inagotable capacidad para empatizar y defender al débil, al oprimido, al silenciado, al marginado y, por encima de todo, deja claro su pulso firme como novelista, arrastrando al lector con honestidad y sin artificios, con una prosa que rehúye cualquier énfasis o ampulosidad, implicando porque sabe ser cercana, porque Soledad Alegre (¡Qué nombre galdosiano más bien traído!) tiene algo de cada uno de nosotros, porque se erige en portavoz de injusticias -o que nos parecen tales- que sufrimos en el día a día (y aunque podamos poner cosas en común entre ambas, Rosa ha creado un personaje, no es su propio trasunto, no es la autora imponiéndose -de hecho, ella se reserva, con su propio nombre, una aparición muy cómica, descacharrante, toda una declaración de intenciones del aliento principal de La carne, un maravilloso ejemplo de cómo saber reírse de uno mismo-). ¡Qué gran noticia es que alguien a quien tanto se admira por sus entrevistas, por sus reportajes, por sus textos biográficos, por prospecciones íntimas tan mágicas como La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte, por una distopía tan llena de poesía como Temblor, por una novela tan esplendorosa como Historia del Rey Transparente, por trabajos tan diferentes, siga explorando, reinventándose, añadiendo razones para respetarla, quererla y seguirla! (confío en haber cumplido con el pacto de no irme de la lengua, ya ven que ni siquiera he esbozado el argumento -aunque me muero de ganas por poder comentar La carne con Pablo en cuanto la termine-)