jueves, 23 de marzo de 2017

A ESE SIMIO CON CUERPO DE HOMBRE



  


 A buen seguro, habrá lectores que, sólo por el título de este texto, sabrán sobre qué voy a hablar, identificarán la canción a la que parafraseo y, por lo tanto, no les sorprenderá en absoluto el asunto central (bueno, es mi intención que lo sea, aunque ya conocen mi tendencia a perderme por los cerros de Úbeda y otros aún más lejanos); me encantaría que eso sucediese porque, de alguna manera, sería un homenaje, la constatación de que aún somos muchos los que conocemos, recordamos, mantenemos viva la obra de una espléndida cantautora a la que nunca, ni en su momento de máximo reconocimiento y triunfo, se le ha hecho la justicia debida por la calidad de sus composiciones, la pertinencia, osadía, ironía y belleza de sus letras, una personalidad, una artista que debería ser de referencia, es decir, Mari Trini. Y podemos jugar con aquellos que ni tan siquiera puedan apuntar el título de la canción (aunque habrá también quien desentrañe la adivinanza antes de ser formulada porque conozcan la obra que, una vez más, vamos a recomendar y celebrar o, al menos, la hayan reconocido por la fotografía -la poderosa fotografía de David Semuret- que hay un poco más arriba), igual que hacía ella cuando empezaba a decir “a ese hombre, mitad muchacho, que cuando habla se parece a un pavo real ni se te ocurra hacerle daño porque él no entiende la diferencia entre el bien y el mal”… ¿Saben de quién está hablando? Seguro que la segunda estrofa lo pone un poco más fácil: “A ese hombre ilusionado que la manzana tan prohibida fue a buscar que nadie intente hoy criticarlo, pues su pecado nos ha traído algo original. Estoy hablando de…” ¡Adán, efectivamente! Y el estribillo era un puro grito de júbilo y reivindicación al afirmar “por eso ahora me pronuncio, te anuncio y denuncio que, de él, no me separo ni a tiros, de verdad”, con esa sencillez, con ese lenguaje cotidiano y de la calle que Mari Trini sabía aderezar con la poesía para alumbrar himnos irrepetibles como Te amaré, te amo y te querré, Amores, Ayúdala o este A ese hombre, tema menos conocido que otros aunque sonó mucho en los primeros años 80 cuando la compositora era tremendamente popular y contaba con una legión de seguidores que, por desgracia, olvidaron muy pronto su obra y se acostumbraron a vivir sin su música más allá de algún arranque de nostalgia esporádico y efímero.
   Y Adán es el único protagonista de Eva ha muerto, la función escrita y dirigida por César Augusto Cair sobre la que escribimos en diciembre de 2013 cuando tuvimos ocasión de asistir a una representación de la misma, la que luego repetimos tiempo después, la que ha podido verse en Nave 73 todos los miércoles de marzo (aún hay posibilidad de acercarse a la sala el próximo 29, ojalá alguien me rectificase y se anunciaran nuevas fechas, allí o en otro lugar). En esta cuarta temporada, el espectáculo ha sufrido transformaciones muy significativas que han potenciado sus virtudes y hecho aflorar otras que estaban agazapadas o inutilizadas al quedar un tanto encajonada en espacios escénicos que no merecen ese nombre, a no ser que lo que en ellos se ofrece haya nacido teniéndolos en mente durante el proceso creativo. El profundo espacio vacío que se ofrece en esta ocasión a los espectadores mientras van ocupando sus asientos es muy amplio, invita a imaginar, ofrece infinidad de posibilidades, iluminado con acierto e intención sólo en el centro (¡Bravo una vez más, Ángel Salamanca!) convoca penumbras, produce oscuridad, es insondable, desértico, desolador, diríase apocalíptico por más que estemos en el edén, en ese paraíso cuyo nombre sólo entendemos (y anhelamos) porque conocemos su revés, su antónimo, su cruz, su castigo, su ausencia. Y ahí, en ese aspecto que pudiera parecer meramente lingüístico, en la más pura semántica, es donde Eva ha muerto comienza a tomar cuerpo (nunca mejor dicho), donde el impresionante escritor que es César Augusto Cair hunde las raíces de un texto que es un auténtico logro porque no deja nada al descuido, porque prima su carácter escrito, es decir, su aliento poético, se recrea en frases para leer, releer, asimilar, analizar, con las que dialogar muy íntimamente, pero son frases nacidas para ser dichas en voz alta, para ser interpretadas, para llegar hasta el receptor oralmente, y el autor jamás pierde de vista este detalle (primordial, pero a muchos considerados dramaturgos -bueno, técnicamente lo son, es cierto- parece traerles sin cuidado -también a ciertos guionistas-). Y Cair hace reflexionar a Adán tal y como podríamos hacerlo cada uno de nosotros (y, aunque fuese para llegar a conclusiones opuestas, deberíamos hacerlo: no dar nada por hecho o aceptado sin más, huir del dogma pero no de la evidencia -o de la falta de la misma, si se quiere-), descubriéndolo todo, nombrándolo o viviéndolo por primera vez, plenamente original (en sus diferentes acepciones, poniendo hincapié en lo de “perteneciente o relativo al origen” pero sin perder de vista lo de “que ha servido como modelo para hacer otro u otros iguales a él” y también aquello de “que tiene, en sí o en sus obras o comportamiento, carácter de novedad” -las comillas indican que son citas literales del DRAE-), Adán inaugurando la dicotomía, por eso hay un árbol que presenta una dualidad y otorga el conocimiento de la misma, el Creador necesita de ella para que su obra tenga sentido, para regir los destinos de sus criaturas, para seguir siendo superior, sólo conociendo la diferencia entre el bien y el mal (esa que, bien lo señalaba Mari Trini, no necesitaba el Adán original) aparece el concepto de “pecado” y por lo tanto de “penitencia”, artimaña un tanto artera (dicho sea sin pretender ofender) porque el paraíso está viciado de origen al incluir la tentación y, por lo tanto, posibilitar el desmoronamiento de lo idílico (que, se repetirá las veces que haga falta, se designa y comprende así como contraposición a lo que no resulta tal -y para ello, obviamente, hay que conocer las dos caras de la moneda-).
   Y este talante dialogante (en contra de lo que muchos quieren pensar sin molestarse en profundizar, sin preocuparse por conocer, viviendo a la defensiva -en gran parte porque son conscientes de los argumentos endebles, si pueden ser considerados así, que enarbolan cuando se discuten estas y otras cuestiones-) es el que mueve a César Augusto Cair a colocarnos frente al espejo, frente a nosotros mismos, frente a aquella bestia elegida, frente a aquel primate que puso nombre a los otros animales y era capaz de comunicarse con su Creador hablando el mismo idioma, diálogo aún más patente y remarcado en esta nueva puesta en escena ya que Iván Hermes, el nuevo Adán, es mucho más simio que sus predecesores, a ratos farfulla, gruñe, camina a cuatro patas, es decir, el creacionismo y la teoría de la evolución conviven sin tensiones en esta puesta en escena gracias al impactante y magnífico de un actor que interpreta con cada músculo, con las manos que a ratos son garras y en otros pezuñas, desplegando un poderío físico que impone e incluso acogota, transformándose en cuestión de segundos en un hombre enamorado, es decir, humanizándose por ese sentimiento puro, prístino, no inducido que le faculta para erguirse y hablar. Asistir al modo en que Iván Hermes dulcifica su voz, su mirada, su cuerpo, ser testigo de su metamorfosis es absolutamente emocionante, sus ojos descubren a la mujer y, sin solución de continuidad, empiezan a hacer realidad el amor, concepto inexistente hasta el momento, es un prodigio cómo un texto que posee un aliento (un vendaval) tan puro y primigenio cobra vida con esa rotundidad gracias a un intérprete que lo asume hasta las últimas consecuencias, es maravilloso cómo el director y el dramaturgo que conviven en César Augusto Cair se complementan a la perfección para que cada pieza encaje en el lugar idóneo y las palabras iluminen (y golpeen y conmuevan y provoquen y estimulen y nos inviten a meditar -y nos quedemos con ellas-) mientras se crea la atmósfera perfecta para que lo paradisíaco no lo parezca tanto y, de repente, se produzca la epifanía (y también estalle el dolor). Mari Trini concluía su canción dirigiéndose “a ese niño con cuerpo de hombre” y rogando/exigiendo “que nadie intente destruir su integridad”, porque así fue creado (o generado o evolucionado), en esas cosas uno es bastante seguidor de Rousseau (al menos, en lo referente a la naturaleza de los humanos, lo de las corrupciones es más complejo), gracias a Eva ha muerto viajamos hasta el origen, seguimos haciéndonos preguntas, nos mantenemos en constante evolución. ¡Que este simio fieramente humano (hoy estoy reconstruyendo frases de todo el mundo) siga mucho tiempo en los escenarios!

lunes, 13 de marzo de 2017

LA COMPAÑÍA ESTÁ MUY SOBREVALORADA (Y LA SOLEDAD TAMBIÉN)






   Hoy, y ayer me pasó lo mismo, no es un día en que me apetezca demasiado escribir, ando alborotado y un tanto preocupado por la tía Carmen (por fortuna, dentro de lo malo, sólo ha tenido una rotura de la cabeza del fémur, ya se encuentra en fase preoperatoria, todo está controlado y ella se muestra muy tranquila), inquieto como siempre que debo regresar al hospital en que mi padre ingresó para no volver a casa, anticipando las posibles secuelas en lo que a desorientación y lagunas de memoria puede provocar la intervención (y el hecho de verse paralizada y posteriormente mermada en sus movimientos, ella que es tan activa y no ha perdido ese nervio para atender la cocina, cuidar de los perritos de una vecina, hacer la compra y demás), pero, por otro lado, sé que dejarme llevar por la pantalla en blanco (que ya no lo está tanto porque he reunido hasta ahora 158 palabras -contando hasta “palabras”-) me ayuda no a evadirme pero sí a preocuparme durante un rato de otra cosa, vigilar una tarea que dé un resultado del que sentirme mínimamente satisfecho, por mucho que sea algo que nace con carácter personal, si lo voy a colgar en el blog, si algunas personas amables le van a dedicar parte del siempre escaso tiempo libre (y del ocupado, en realidad sólo es uno aunque guste el primer adjetivo en el sentido de indicar que nadie nos impone qué hacer durante esos minutos), puesto que quedará ahí para ser leído por quien lo desee, lo lógico es que lo encare con cierto oficio, como ejercicio de mi profesión (de mi vocación, de mi formación, de mi experiencia). Y, así, con estos balbuceos previos a la escritura, he recordado una reciente conversación con el querido y admirado César Augusto Cair, el director y dramaturgo que en estos días encara la cuarta temporada de “Eva ha muerto” (ya nos ocupamos en su día de tan apasionante espectáculo: https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2013/12/sin-eva-al-desnudo.html, aunque volveremos sobre él porque ahora, en Nave 73, presenta algunos cambios muy significativos y que le confiere otra dimensión), ese artista generoso que gusta de difundir y apoyar el trabajo de los demás, que en más de una ocasión le ha pedido (incluso exigido) a Pablo que, puesto que “La voz hermana” ya es una realidad y continúa su periplo (ese proceloso que César conoce muy bien porque lo probó -lo prueba cada día- y lo sabe), escriba algo más, otra función, que no deje huérfano a su primer texto dramático estrenado (que no escrito, porque alguno anterior -terminado, rematado, revisado, hasta comenzado a ensayar (lo de ciertos actores daría para otro desvarío del arpa o para una función -sí, ya existe Chorus Line, pero lo que yo digo es más para tragedia o sainete, depende del tono y de la ironía que ese día se quiera gastar-); Pablo siempre afirma, y lo volvió a repetir, que necesita sentir el rapto de la inspiración, que ponerse a crear como obligación le lastra y coarta, incluso cuando hemos redactado nuestros libros de cine ha habido momentos en que ha frenado su en general buen ritmo de producción porque no se encontraba en plenitud o contento con el fruto del esfuerzo y ha esperado a recobrar su ímpetu y, especialmente, su comunión con lo que escribe. Es cierto que, por necesidad del oficio, y César Augusto afirma que eso es algo que se nota a la legua, un servidor tiene, podemos decir, muy desarrollado el músculo escritor, que me encuentre más o menos inspirado, me sienta mucho, poco o nada complacido con lo que firmo y muestro, haya recurrido a técnica pura y dura o haya logrado un texto que represente mi pensar y/o sentir, algo con lo que identificarme, todo pasa a un segundo plano cuando tan sólo se trata de escribir, entiéndase lo que quiero decir, cuando se trata de no dejar dormir el hábito, como bien señaló Isabel Allende cuando creía que, tras desbordarse con la estremecedora y bellísima Paula, jamás volvería a escribir pero, siguiendo su ritual, el siguiente 8 de enero se puso a ello recurriendo a su formación periodística, “hay que entregar, no sirven veleidades artísticas”; no estoy quitando ni un gramo de dedicación a cualquier cosa que haya tenido que escribir, de hecho a veces me revuelvo un poco porque, aunque tengo bien claro que no es así, pudiera parecer que Pablo u otras personas quitan trascendencia, calidad, pertinencia o acierto a lo que mal que bien termino por dar a la luz, pero sí tengo que reconocer que hay oportunidades en las que, por así decirlo, tiro de piloto automático y cubro el expediente sin demasiado esfuerzo (y poca aplicación).
   Y ya ven que sólo dando vueltas a mis ganas o (supuesta) faltas de las mismas ha ido conformándose uno de mis párrafos quilométricos habituales, repleto de frases subordinadas, paréntesis y acotaciones, cuando el caso es que, ya que me senté frente al teclado y la pantalla, quería recomendarles todo lo contrario, es decir, una lectura refrescante, regocijante, muy interesante, que invita a la reflexión desde la mera diversión, un magnífico ejemplo de cómo lo trascendente (lo que nos atañe, lo que nos inquieta, lo que nos pertenece) no tiene por qué ser solemne (en realidad, es mucho más efectivo si se sabe recubrir de gracejo, ironía, quitándose importancia o no dándole más de la debida, sin cargar las tintas, sin dictar al lector cómo debe reaccionar -o dejar de hacerlo, lo que es aún peor-), una jocosa obra de madurez absoluta que sólo podía nacer en el ánimo y echar raíces en el talento de una mujer que lleva muchos años diseccionando sin rubor pero con suma delicadeza (que con el tiempo ha ido transformando en una retranca muy bien dosificada y matizada) ese complejo y siempre por explorar territorio en que se desarrollan las relaciones humanas, especialmente las sentimentales, las amorosas, las de pareja. Anne Tyler ha presentado su versión de La fierecilla domada de Shakespeare -a la que tituló, literalmente, La chica vinagre- y Lumen acaba de editarla en nuestro país como Corazón de vinagre con una traducción de Miguel Temprano García que potencia la agilidad y concisión de la autora (y el buen rollo que transmite aunque hable de cosas que pueden llegar a doler, perturbar o angustiar) de El turista accidental o El matrimonio amateur (y de que la que en su momento, perdón por abusar de las citas propias, glosamos aquí El hombre que dijo adiós: https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2013/08/a-quien-conmigo-va.html); la novela pertenece a una de las propuestas más estimulantes nacidas para la conmemoración del 400 aniversario del fallecimiento del Bardo, aquella en la que The Hogartgh Shakespeare ha dado carta blanca a autores contemporáneos para que, partiendo de una de las obras del autor, creen una nueva, algo que ya conocimos en España, también gracias a Lumen, cuando publicó hace unos meses El hueco del tiempo de Jeannette Winterson (les prometo que es la última vez que lo hago hoy, pero por no cansar a los habituales o a los que leyeron esa entrada, quede aquí el link por si a alguien puediera interesarle (no es obligatorio y lo que sigue puede entenderse, o esa es mi intención, sin esa lectura): https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2016/08/todo-pasa-y-todo-queda.html).
   Tal vez sea La fierecilla domada uno de los títulos más recurrentes a la hora de hablar de la misoginia de Shakespeare o al menos de lo poco que cuidaba a sus personajes femeninos, meros estereotipos (y los tiene, no hay duda, también masculinos, a veces era muy de trazo grueso, iba a lo básico, creaba para el gran público, quería éxito, hablaba de lo más elemental -pero, ¡ah, señores!, qué modo de hacerlo-), comparsas de los masculinos, queja que se agudiza y hasta torna en lamento inconsolable (cuando no en deseos de prohibición) al analizar la literatura del siglo XVI -y anteriores y posteriores- con ojos del XXI (o eso quieren pensar algunos, que tampoco hemos avanzado ni cambiado tanto), olvidando que (y eso sí es algo a analizar, divulgar, evitar, reprobar y lo que se quiera) las mujeres tenían prohibido actuar, que sólo hombres daban vida a los roles de ambos sexos, fuese como fuese Shakespeare estaría más empeñado en conseguir una obra que pudiera representarse que en la inmortalidad de sus criaturas, y aun así (aunque hay para quien no es suficiente y -al igual que, por ejemplo, se hace con el musical- escruta inmisericordemente -y minusvalora, reduce, bufa- estos personajes para quejarse amargamente porque “son peores que los de los hombres”) ahí están Gertrudis, Ofelia, Julieta, Porcia, lady Macbeth o la propia Catalina para posibilitar interpretaciones históricas, legendarias, inolvidables, galardonadas, que pueden apagar el foco que sigue al protagonista. Y a buen seguro habrá quien acuse a Anne Tyler de no ser feminista, de no resultar activista, de dibujar (siguiendo el original) un personaje arisco, a ratos puede que grotesco, tal vez asocial (no sólo con los hombres, aunque éste sea el aspecto central de la historia), en realidad un auténtico clamor, tanto en el XVI como en el XXI, que pone el dedo en la llaga: ¿Por qué se considera un fracaso no casar a una hija?, es más, ¿por qué es una obligación -un derecho, una potestad,- del progenitor?, e incluso si lo que se señala es que aquella, poniendo el foco en ella, se queda para vestir santos, se está convirtiendo en una solterona (o algo peor), ¿por qué tanta preocupación? (aunque con menor virulencia, lo mismo sirve para el modo en que muchas familias se inquietan por que uno -o dos o los que sean- de los varones permanece soltero y sin ánimo de cambiar) Lo que sucede es que sigue molestando que las mujeres ejerzan su derecho a elegir cómo quieren vivir, aún era más revolucionario ese discurso cuando se estrenó La fierecilla domada, texto que podría leerse bajo el prisma del sarcasmo, de la burla, de la crítica a determinadas costumbres (lo que no es óbice para afirmar que la conclusión de la obra nunca me ha resultado satisfactoria: prefiero una Catalina brava y auténtica, no, como diría Cecilia, una muñeca que no tiene opinión, una marioneta, un adorno, un trofeo que exhibir). Y también de eso viene a hablar Anne Tyler, aunque aquí el padre de la protagonista quiera casarla para que su ayudante de laboratorio no tenga que abandonar el país, más por un interés bien particular que por aquello de no ser criticado por los vecinos, y lo hace con inteligencia, describiendo a sus personajes con precisión, a través de sus acciones y palabras, con un estilo muy directo y en nada afectado que no se enreda en disquisiciones, que no busca contentar a todo el mundo, consintiendo que el lector dialogue con la novela y, sobre todo, suelte unas cuantas carcajadas (y sonría casi sin parar). Y, sin destripar nada, el final resulta mucho más coherente, verosímil y deseable que el de Shakespeare, aunque habrá quien tuerza el hocico, sí, porque Tyler no mantiene un discurso didáctico ni apologético ni dogmático: sencillamente, deja respirar a sus personajes (los coloca al lado, es decir, no hay escalafones, no hay nadie superior) y, en el camino, nos ha hecho pasar un rato magnífico.

martes, 7 de marzo de 2017

POR ELLA LEEMOS (Y ESCRIBIMOS)







  Aunque su nombre no me era desconocido, debo reconocer que la primera persona que me habló de Agatha Christie como posibilidad lectora fue la madre de mi amigo Joaquín, esa que estaba empeñada a toda costa en que su hijo fuese un brillante estudiante cuando no pasaba del aprobado más que en contadas ocasiones, esa que se esforzaba en que su vástago demostrase en cada momento unas capacidades que, las cosas como son, él prefería mantener adormiladas o sin desarrollar, esa que por un lado quería que Joaquín leyese con avidez, sin freno, sin condiciones, sin límites, mientras por otro ponía todas las trabas del mundo al regirse por un puritanismo rayano en lo enfermizo, olfateando (literalmente) mi ejemplar de El cartero siempre llama dos veces (título que ella debía conocer aunque sólo fuese por la versión cinematográfica protagonizada por Lana Turner -aunque su cultura, más amplia de lo que, por desgracia, era habitual entre las mujeres de su generación en un país que luchaba por quitarse la dictadura de encima y evitar las secuelas, dejaba bastante que desear al responder a una educación pacata, dogmática, muy restringida y casi circunscrita a lo necesario para ser una buena ama de casa-), puesto que en la portada aparecía un fotograma de la entonces reciente puesta al día de la historia llevada a cabo por Bob Rafelson gracias al espléndido guión de David Mamet (sin recurrir a actualizaciones que en tantas ocasiones distorsionan, pervierten y malogran el material original) que, aunque no pertenecía a la popular y potente (en todos los sentidos) secuencia que convirtió la harina en un afrodisiaco, dejaba claro que Jessica Lange y Jack Nicholson se (según decía la buena señora) dejaban llevar por sus peores instintos y daban rienda suelta a la lujuria. Sea como sea, Agatha Christie le parecía inocente a pesar de tanto crimen, de familias consumidas por el rencor, la avaricia o los amores encontrados, de asesinatos sangrientos, peligros inminentes y personajes amorales, Joaquín sí era lector compulsivo de la serie de Los Tres Investigadores, de hecho fue quien me aficionó de verdad a ellos aunque mi hermano tenía alguno de sus libros, una de las muchas tardes que pasábamos en su casa volvíamos a repasar el listado de misterios que, bajo los auspicios de Alfred Hitchcock, Júpiter, Pete y Bob habían resuelto, decidíamos cuál leeríamos a continuación, el caso es que Joaquín le preguntó a su madre, “oye, ¿y esos libros que me dijiste en los que sale una señora?”, ella se levantó del sofá en el que cosía, fue a una de las librerías (había unas cuantas repartidas por la casa, eso no se puede negar ni obviar) y creo que cogió Un gato en el palomar, el caso es que identifiqué el nombre de la autora (ya empezaba a buscar otros títulos más allá de los meramente juveniles, especialmente si había un asesinato o intriga por resolver, y por lo tanto la tía Agatha había llamado mi atención) y mientras la madre de Joaquín decía que en ese no salía la señorita Marple pero era de los que más le gustaba, yo tomaba la decisión de incluir a la Christie entre los regalos de Reyes (si no era ya Navidad, estábamos muy cerca) y, al expresarla en voz alta, mi destino quedó sellado porque, recomendación que le agradeceré toda la vida (lo contado antes no quita esto otro), la madre de mi amigo dijo: “Que te regalen El tren de las 4.50, uno de los mejores”. Y, ya sin solución de continuidad, vino rodado todo lo que he repetido demasiadas veces como para hacerlo una más, baste volver a reivindicarme como sobrino de la tía Agatha, admirador incondicional y para siempre desde aquellos días finales de 1981.
   Aunque siempre hemos discrepado y chocado, aunque nuestras ideologías no pueden ser más opuestas, aunque es cierto que los años han ido acercándonos y relajando, mi hermano y yo compartimos aficiones y pasiones y en los terrenos artísticos, más allá de ciertas querencias, por encima de dogmas, irracionalidades y prejuicios de cada uno, nos hemos comunicado sin muchas tensiones (inexistentes ahora, por mucho que él se ponga pesado recomendando una serie y yo me muestre cerril en que hay temáticas que me aburren), más aún cuando se trata de novela de misterio y/o negra, por eso muy pronto repasaba con él el listado de títulos de Agatha Christie que solía venir en la contraportada de aquellos tomos de la editorial Molino, empezando a diseñar mi estrategia lectora, aprendiendo que “Poirot” era un apellido y se pronunciaba “puarot” (e incluso “puagó” si nos poníamos estupendos), descubriendo que Testigo de cargo era de una de las películas favoritas de la abuela (“¡Ay, qué bonita!”) y se basaba en un relato de mi recién estrenada autora de cabecera, prendándome de la señorita Marple en el mismo momento en que su amiga la Sra. McGillicudy le comunica que cree haber visto cómo se cometía un crimen en el tren que viajaba en dirección contraria al suyo. Así, no ha sido extraño haber pasado unas cuantas horas de lo más entretenidas (repartidas en varios días, aunque el autor consigue enganchar desde el principio, aún más si se pertenece a la cofradía agathiana), inmerso en la lectura de un libro que Eduardo me pasó hace un par de meses, en parte porque presintió con acierto que me interesaría, fundamentalmente porque Juan Francisco Escudero presenta El secreto de la mansión Flint (publicado por Bohodón Ediciones) como el homenaje que debía a quien le impulsó como lector y como lector (no creo que haya ningún misterio, ¿verdad?, ya se sabe a quién nos referimos) y así lo detalla en la solapa: “Mi relación con la literatura seguramente entra de lleno en la contradicción más absoluta. Estudiante de Ciencias pero con alma de contador de historias, mi primer contacto significativo con el mundo del papel tuvo lugar leyendo un libro sobre un detective histriónico de origen belga que me cautivó porque conseguía que te vieras involucrado en un mundo completo y enrevesado pero envuelto de una sencillez sin límites. No entonces, sino unos años más tarde y de pie frente a una tumba en el cementerio de St. Mary, en Cholsey, me prometí a mí mismo que algún día intentaría emular la magia de quien allí descansaba. He escrito libros que no tienen nada que ver con el misterio, sin embargo, esto es lo que siempre había soñado aun sabiendo que jamás podré llegar a su altura. Sólo puedo decir gracias, MRS. CHRISTIE”.
   Cada cierto tiempo, Pablo vuelve a la carga e insiste en que, con toda la novela policiaca que he leído y leo (en sus diferentes registros y posibilidades), con lo bien que me conozco la obra de la tía Agatha (aunque, por fortuna, siempre queda mucho por descubrir, releer, rescatar de las brumas de una lectura ávida y voraz de hace más de treinta años), no tendría problema para trenzar un argumento, que si sigo empeñado en que no soy capaz de escribir ficción (y no lo soy, es un hecho, reconozco mis limitaciones, durante años me frustraba, ahora lo sobrellevo sin problemas gracias en parte a este blog) él pondría lo demás una vez yo trace las líneas maestras, es decir, el crimen (por fortuna, no me ha esperado y, si los hechos se suceden como están previstos, en este año aparecerá publicada su segunda novela, un título de género negro -y algo más-), pero se me antoja muy difícil no caer en una mera copia, en una repetición, sería imposible ser original, sorprendente (de hecho, la mayoría de las veces que intuyo por dónde van los tiros en una película o novela con un misterio que resolver es porque, de una forma u otra, evoco alguna de las soluciones que tía Agatha utilizó), sé que caería en el estereotipo, en lo facilón (en parte lo sé porque en más de una ocasión me puse a la tarea, especialmente en plena efervescencia christiana, también años después cuando intenté pensarme como posible novelista), y aún más lo he confirmado leyendo a Juan Francisco Escudero, quien ha sabido ponerse al abrigo de la tía Agatha sin imitarla, haciendo guiños a los lectores fieles, a los fans de mucho tiempo, pudiendo rastrear influencias de El truco de los espejos, El asesinato de Roger Ackroyd, El tren de las 4.50 o aquellos títulos narrados por Hastings, al menos, uno ha ido evocando esas lecturas, tal vez en el ánimo y en la intención del autor han pesado otras, puede que algunas, sencillamente, se hayan deslizado en la escritura sin que él fuese plenamente consciente, porque lo que ha captado a la perfección y ha reproducido con sumo cuidado es el ambiente, la atmósfera, el tipo de personajes, las relaciones entre ellos, todos los elementos que conforman el canon christiano, dándoles viveza, sin que chirríen ni se queden en lo superficial o lo caricaturesco, un estimulante ejercicio literario que en sí mismo resulta muy atractivo y absorbente, aún más cuando se comparten lazos sanguíneos (nadie puede negarlos con la de sangre derramada que hemos compartido) con la que, se pongan como se pongan eruditos, diletantes y culturetas varios, sigue siendo la reina indiscutible, la que lo inventó todo, la que nos sigue dejando con la boca abierta incluso aunque conozcamos la identidad del asesino, hace el truco como los grandes magos, muy cerca, delante de tus ojos, pero te envuelve, te envenena (en más de un sentido, jajaja), te hurta con honestidad un pase (o paso) y, abracadabra, los ojos como platos porque tía Agatha lo ha vuelto a lograr y de no ser por Poirot o la señorita Marple (o algunos otros) seguiríamos in albis. Sí, es cierto, echarle un pulso a la Christie es casi un suicidio, pero Juan Francisco Escudero puede estar más que satisfecho del resultado (y nuestra tía también).