miércoles, 7 de febrero de 2018

SIN MÁS RAZÓN QUE LA VERDAD DEL CORAZÓN





   No tengo ningún reparo en reconocer que afronté la lectura de El día que se perdió el amor de Javier Castillo que Suma de Letras editó hace menos de un mes y está vendiendo ejemplares a velocidad ultrasónica con una cierta (con bastante) prevención: había leído opiniones muy elogiosas sobre su ópera prima, El día que se perdió la locura, amantes del género negro y/o del thriller (como tantas veces, utilizando esas etiquetas con gran amplitud de miras y posibilidades) con quienes coincido bastante y a los que considero con un criterio bien formado (que saben exponer y argumentar) cantaban sus excelencias, había sido un fenómeno en Amazon y al pasar al formato físico no había hecho sino expandir (y lo sigue haciendo un año después de su primera edición) la nómina de lectores cual si de Buzz Lightyear se tratase, el caso es que (como tantísimos títulos -por más que seamos voraces ratones de biblioteca se publica muy por encima de nuestras posibilidades-) ahí había quedado y, de repente, llegaron los anuncios de lo que, a priori, tomé por una secuela, una segunda parte, tal vez el tomo de en medio de una trilogía, en fin, uno, ya lo escribí ayer, está muy suspicaz y se teme lo peor a las primeras de cambio (porque han sido más los desengaños -cuando no directamente los engaños- que las alegrías en estos terrenos en que ahora nos movemos). Pero, por otro lado, lector muy curioso e inquieto, quería comprobar por mí mismo quién era Javier Castillo literariamente hablando más allá de los anuncios triunfales (y avalados por ventas) que le consideraban una de las revelaciones de 2017, un éxito que parecía no agotarse y que una segunda novela venía a apuntalar. Por lo tanto, empecé por el principio, es decir, El día que se perdió la cordura y me la liquidé en tres o cuatro sentadas, un ritmo frenético muy bien medido, una prosa veloz con un fantástico oído para los diálogos, una trama hipnótica y bien armada, personajes bien construidos a través de pasiones desbordadas, sentimientos al límite, atmósfera eléctrica, el caso es que el listón se puso tan alto que, más que miedo, empecé a sentir pánico de abrir El día que se perdió el amor y que el castillo de naipes se desmoronase.



   Antes de explicar otras cosas, debo decir que, según iba pasando páginas casi sin sentir, empecé a pensar en la, a mi entender, honestidad demostrada por Javier Castillo en esta segunda entrega, puesto que no repite fórmula, no toma el camino fácil, sino que, con inmensa naturalidad y demostrando gran conocimiento del oficio, completa a la perfección, sin fisuras ni chirridos, la historia de la primera novela (que podría haber quedado como única, pero esa página final en la que uno contiene la respiración merecía rellenar los puntos suspensivos), hace encajar las piezas anteriores con las nuevas con suma facilidad y sin estafar al lector, la novela tiene entidad propia aunque se paladea y disfruta mucho más si se conoce la anterior y, así, se participa del diálogo secreto con el autor, nada restringido pero lógicamente particular, se trata de entrar en su código (algo nada complicado porque te atrapa y arrastra desde el principio) y de ir recopilando detalles para, tal vez, sacar algunas conclusiones antes que los personajes. Al tener la fortuna y el placer de compartir un rato de conversación con Javier Castillo cuando visitó Madrid la semana pasada, confirmé que mi juicio estaba bien cimentado puesto que, antes de que yo pudiera decírselo, fue él quien habló de honestidad sin ínfulas ni prepotencia sino como reconocimiento de la misma y desterrando definitivamente cualquier atisbo de recelo, si es que aún me quedaba, ante la posible trilogía o ante el aprovechamiento de un éxito, puesto que todo estaba pensado de antemano: “Planifiqué la trama pensando en tres novelas, estuve unos cuatro o cinco meses armándolo todo: la primera era “El día que se perdió la cordura”, en la segunda se contaba la historia de Carla tal y como aparece en “El día que se perdió el amor”, aunque con más personajes, contada con más detalle, claro, y la tercera hubiera sido la historia de Bowring y todo lo demás. Pero cuando estaba redactando la segunda no terminaba de convencerme el ritmo, me parecía que era estirar innecesariamente, decidí que lo mejor era sintetizar en una sola novela y dejar lo que realmente enganchase y mantuviese el interés y la esencia de la anterior. Fue un ejercicio de honestidad, como lector no me gusta sentir que la cosa se alarga y el final nunca llega, opté por algo que me convenciese como autor y que no obligase a los lectores a estar pendientes de tres novelas cuando con dos es suficiente”.



   Y eso se nota (y se agradece) porque, al leer los dos libros consecutivamente como fue mi caso, se comprueba lo bien ligado que está todo, la lógica (dentro de las vueltas y revueltas, de las constantes sorpresas, de los órdagos continuos que Javier propone -y de los que sale más que airoso-) con que se desarrollan los acontecimientos, la única trama (por más que con varias ramificaciones) que se narra, es como recuperar (con otro estilo, otro tono y otras intenciones) aquellas novelas río de cuando éramos chavales, aquellas sagas de mil páginas (algo menos entre los dos volúmenes) con tropecientos personajes (aquí no hay tantos). Otra cosa, imagina uno, debió ser el proceso de escritura teniendo sobre los hombros la mirada, las esperanzas, el interés, las ganas de muchos miles de lectores (o tal vez no): “Es inevitable escribir siendo consciente de que hay mucha gente pendiente y esperando otra novela, pero como tenía claro qué quería escribir pude ir con cierta tranquilidad. Sí, hay vértigo, claro, sobre todo mucha responsabilidad para no decepcionar, quería que los lectores se entretuviesen y lo pasaran bien, aunque a ratos lo pasen mal, jajaja, pero sólo porque sufren con y por los personajes. La presión de responder a las expectativas la sentí mucho más que el miedo a no ser capaz de escribir una segunda”. Lo que no falta, lo que no podía faltar en El día que se perdió el amor, más aún si esa palabra aparece en el título, es Jacob hablando en primera persona, taladrando la mente del lector, angustiándole con ese amor que incontenible que vive hasta el último aliento y en constante paroxismo, torrencial, sin saber gestionarlo, simplemente dejándolo salir sin procurar la más mínima contención, expresándolo de la manera más tremenda y poderosa posible, descontrolado y descontrolando: “De Jacob escuchamos sus pensamientos, es un personaje absorbente, muy intenso, tremendamente pasional, enamorado hasta el extremo, roza un poco lo increíble, las cosas se le escapan de las manos, creo que eso es lo que le humaniza. Reconozco que está en el límite de lo tolerable, porque está enamorado, sí, pero obsesivamente; es un tipo de personaje que traigo desde los relatos, si no Jacob exactamente alguno similar, es en gran medida como yo me hablo a mí mismo, mi voz interior se parece mucho a la suya algo que me facilita entrar en esa manera de pensar.



   Javier Castillo no se lo pone fácil al lector en ese sentido: los personajes superan cualquier límite, la adrenalina es tanta que podría llegar al disparate, pero ahí es donde se percibe lo pensado que está todo puesto que, con el pie casi permanentemente en el acelerador, no deja nada al azar o da gato por liebre (o confía en la amabilidad de los extraños, es decir, en la aceptación de cierta inverosimilitud) porque todo queda justificado, todo es creíble dentro del particular universo creado para estos días de pérdidas: “Me gusta que todo vaya rápido, que una cosa lleve a la otra, si bien es cierto que las diferentes historias tienen velocidades distintas y eso ayuda a ir equilibrando: no es lo mismo el desarrollo de la historia de Carla que la de Jacob, sobre todo cuando la narra él, mucha adrenalina, pero reaparece y llegamos a un remanso, todo se ralentiza, incluso hay escenas que parecen mágicas, oníricas”. Carla es, sin duda, el corazón de esta novela, fue su motor (“No es hacer spoiler contar que la última palabra de “El día que se perdió la cordura” es, precisamente, “Carla” y que fue eso lo que me hizo replantearme toda la historia y dejarlo en bilogía”), su historia, plenamente imbricada con la trepidante que protagoniza el resto de su familia, suspende el tiempo, a ratos parece una ensoñación o alucinación, un delirio; lo que iba, como se ha dicho, a ocupar su propio libro ha quedado reducido a lo imprescindible y eso hace que cada capítulo en que aparece Carla constituya una especie de oasis, una buena ocasión para tomar aire, por más que la calma sea relativa, hay muchas amenazas sobrevolando, hay varios frentes abiertos, los hechos que vive/imagina Carla (todo el rato se tiene la duda de si todo es real, hay como un velo sobre estas escenas) tienen lugar nueve años antes que el resto, el lector posee algunos datos que provocan desazón y obligan a estar ojo avizor.



   Como me gustaría que los lectores que no conozcan la primera novela no supieran demasiado (tampoco los que sí pero aún no hayan podido atacar El día que se perdió el amor), me guardo algunas de las cosas que hablé con Javier Castillo, pero no es necesario desvelar nada para decir que mi personaje favorito de El día que se perdió la locura es el doctor Jenkins quien, por lógica (y decir eso no supone destripar nada), no podía tener tanto protagonismo aquí pero, por así decirlo (y el propio autor lo confirma), apareció su sustituto perfecto, el inspector jefe de la Unidad de Criminología del FBI en Nueva York, alguien de nombre tan sorprendente como Bowring Bowring: “Me encantó que sonase ya aburrido por el propio nombre [bored –“aburrido” en inglés- se pronuncia prácticamente igual] y encima dos veces, jajaja. Es un tipo anodino que, en cierto sentido, recoge el testigo de lo que era Jenkins en la primera novela: está desganado profesionalmente hablando, todo le molesta, iremos conociendo su pasado y creo que en parte se le puede comprender pero, por encima de todo, y de ahí su aparición, es un personaje perfecto para ser manipulado. Desde que planifiqué toda la trama, cuando aún no tenía totalmente definido a Bowring, tuve muy claro que en determinado momento aparecería un personaje como él y que, aunque no sabía de qué forma o en qué medida, estaría involucrado, sin él saberlo, con lo que se contaba en la primera novela. Y, así, fui conectando a unos con otros”. Ligazón perfecta a través de detalles, de pequeños guiños al lector, de sucesos que más o menos se repiten, de personajes que tienen remordimientos, que se hacen reproches, que han cometido y cometen fallos, por eso nos interesan y preocupan, incluso cuando rechazamos o no compartimos su modo de actuar, Javier Castillo evita los estereotipos y dota de alma y corazón (fundamental cómo éste dicta los actos de los que somos testigos) a sus criaturas y parece que ha sabido controlarlas: “No he sentido eso que suele decirse de que algún personaje se me escapase, pero es cierto que los que hay que cobran una importancia con la que no cuentas o que al principio no les das, en este caso me pasó con Estrella a la que, además, adoro. Y, además, presta ayuda, facilita las cosas, pero podría haber intervenido mucho menos sin problema”. Y así nos hubiéramos perdido unas páginas maravillosas en las que aflora el humor (y siempre la emoción) para a continuación sobrecogernos, pero no diremos cómo ni por qué ni con quién, descúbranlo y consientan que su corazón lata como si fuese a estallar, sólo de ese modo se siente uno vivo.

martes, 6 de febrero de 2018

ESTA GUERRA NO ES MI WAR






   Reconozco (aunque no lo he negado nunca) que soy bastante irascible, el volumen de mi voz, de por sí más alto de lo que debería (me sale así, procuro reducirlo pero, sin ser consciente de ello hasta que a mí mismo me resulta estridente y sin que ocurra nada que lo provoque, sube de decibelios de manera automática, me mentalizo para rebajarlo pero en cuanto me relajo vuelve a dispararse) se multiplica sin medida a las primeras de cambio, también por alegría, sorpresa o regocijo, pero con mayor frecuencia por enfado, indignación, oposición a algo que se está diciendo, corrección a alguien que discute y niega la razón que en ese caso (un dato erróneo, un desconocimiento palmario, una mentira flagrante) sé sin titubeos que está de mi lado, una reacción desorbitada que, por más que hago examen de conciencia y propósito de enmienda, se repite, en los últimos tiempos más de lo que me gustaría, debido a situaciones un tanto extremas (y que yo agudizo al sentirme al límite o con éste superado) en lo más íntimo y familiar, abonando el estallido con mis propios reproches, mi impotencia, mi darme contra las paredes, mi dolor inagotable ante la decadencia incontenible y voraz de gente a la que amas y no sabes cómo ayudar mejor (o sencillamente hacerlo). No trato de justificarme, aquí estoy como tantas veces en plan confesión general, soy el primero que detecta y asume sus fallos, carencias, defectos, mi autorretrato parece salido de la paleta de Goya, pero lo cierto es que, de un tiempo (ya largo) a esta parte, el ambiente (así en general) invita poco al relax, hay demasiada crispación y a mucha intensidad, diríase que hay que estar de guardia como las esquinas porque esa es la actitud, uno dice con toda la mejor intención “qué buen día hace” y al momento recibes réplicas airadas, afeamientos de conducta, burlas despiadadas, insultos si llega el caso (que prácticamente siempre lo hace, visto, oído y leído lo que llega por cualquiera de esas vías, simple y llanamente transitando por la vida).

   Es fantástico defender ciertas causas, trabajar en pro de una sociedad más justa, más igualitaria, más democrática, más humana, pero estamos tan acostumbrados a pelear por lo más pequeño, por lo que debería ser nuestro desde que nacemos, por un mínimo espacio en el que sentirnos nosotros mismos, por la libertad personal que (al menos hablo por mí, pero es algo que he puesto en común con gente cercana y hemos llegado a conclusiones muy similares) tantos se empeñan en negar, vulnerar, pisotear, prohibir, atacando con violencia (a veces legalizada) a los que se señala como “diferentes”, que al final no queda otra (o eso parece) que responder del mismo modo, aplicar lo del ataque como mejor defensa posible y ser tan o más virulento que aquellos que arremeten contra ti en lugar de vivir y dejar vivir (que es lo que uno procura hacer porque, a pesar de lo sanguíneo, visceral, tremendo que me reconozca, intento evitar/rehuir la confrontación, me deja muchas secuelas en forma de reprobación personal por un comportamiento que no me satisface, aunque a veces me arrepienta de no haber dicho algo prefiero desaparecer, ignorar, minar al oponente con resistencia pasiva). Y, como digo, vivimos en constante tensión, susceptibles a cualquier frase y hasta a cualquier silencio, en permanente estado de alerta, posicionándonos y obligando al resto a hacer lo propio, considerando la equidistancia (la mesura, la ecuanimidad, la dialéctica) como el peor de los pecados, la mayor traición, la cobardía más descarada, si no estás conmigo estás contra mí, o blanco o negro, se acabaron los grises (o se utiliza la palabra como insulto), bien se sabe lo que se dice de los tibios en el Apocalipsis, por más que uno no lo sea pero es como le catalogan los demás si no se les aplaude/apoya incondicionalmente. Así, se vive en el peligro constante de ser tildado de aquello que uno tiene muy claro no ser (incluso lo ha demostrado en el ejercicio de su profesión y en su vida diaria), basta con matizar algo, desmarcarse de lo que no agrada, decir en alto que aquello no te gusta para que, sin solución de continuidad, puedas ser fascista, antisistema, degenerado, machista, feminazi e incluso todo a la vez.

   Por fortuna, han sido muchas las voces femeninas que, ante la bochornosa manera de reivindicar (o pretender hacerlo) en la reciente entrega de los Goya (llamarla “gala” sería decir mucho y parecer que se aplauden unas virtudes que brillaron por su ausencia -nada sorprendente, más aún con los presentadores escogidos-) la igualdad laboral de la mujer en el cine, una petición justa y necesaria que por desgracia aún es desoída y vulnerada a diario, petición extensiva a todos los ámbitos, nadie es más que nadie, menos aún por algo que no depende de uno (es decir, el sexo con que se nace), decía que ya durante la emisión del (en casi todos los sentidos -premiados al margen, el gusto de cada cual dictaminará que se piensa sobre ese aspecto-) sonrojante acto (no puedo decir “espectáculo” porque no lo fue) muchas mujeres (del mundo de la interpretación y de otras disciplinas artísticas y técnicas relacionadas con el cine o de fuera del mismo) se quejaban de lo lamentable de un discursito que algunos cogían con pinzas, recitando sin gracia un par de frases hechas que, si no nacieron así, se han quedado huecas a fuerza de repetirlas, un discurso que sonaba impostado y falso, un querer quedar bien y resultar solidario, en boca de más de uno (incidamos en la “o” en este caso), que parecía ridículo y de chiste por el modo en que lo enarbolaban algunas (lo mismo para la “a”), que se redujo al gesto de los abanicos abiertos como si eso supusiera algo, como si así se cogiese el toro por los cuernos, sustituyendo las palabras (y las acciones) con un movimiento ostentoso (o ni eso) que hubiese quedado aceptable en una versión (barata) de Las amistades peligrosas. Pero decir en voz alta estas cosas u otras similares (se está dando munición al enemigo -y en esta ocasión hay que considerarlo como tal, no queda otra, ahí están los hechos y los contratos-) puede costarte la cabeza, ser acusado y condenado como ya se dijo antes, cuando lo que reclamas, lo que intentas aportar, es mayor efectividad, verdadera implicación, toma de conciencia que se traduzca en resultados, no provocar el efecto contrario ni mayor rechazo del que, indudablemente, reciben movimientos de este tipo a los que se quita importancia, pertinencia, base, verdad (y nadie niega que muchas de las personas implicadas actuaron así movidos por un sentimiento real, por anhelos sinceros, por y con buenas intenciones, pero bien se sabe que éstas sirven en demasiadas ocasiones para empedrar el camino hacia el infierno). Quedándonos en lo estrictamente cinematográfico, repetir tanto la cantinela que (por mucho que tenga sustento sólido y demostrable) no puede evitar quedar teñida de un tono entre plañidero y victimista, provoca que haya muchas voces que (al haber tantas que inciden en ello por encima de los méritos demostrados) resuman los premios recibidos por Isabel Coixet (un tanto contra pronóstico, sobre todo viendo la casi única dirección que los galardones iban tomando durante la noche) en la muletilla “claro, este año tenían que premiar a una mujer”, minusvalorando las bondades y virtudes de La librería (incluso ocultándolas al no hablar de ellas y titular con el sexo de la directora), repitiendo la cantinela de “es la cuarta vez que una mujer obtiene el Goya a la mejor dirección”, dejando fuera del cómputo a las que (como este mismo año Carla Simón) fueron premiadas en el apartado de dirección novel, olvidando los cortos y documentales (no sé si hay muchas, pocas o ninguna mujer que haya recibido recompensa en lo primero, pero la propia Coixet tiene dos -uno compartido con el resto de cineastas que hicieron posible Invisibles-), hurtando el dato de que los Goya deben ser el premio cinematográfico más igualitario que existe, ¿dónde hay tantas directoras laureadas? ¿Sólo una en 82 ediciones de los Oscar (no pondremos 83, aunque a buen seguro será Guillermo del Toro quien, nunca mejor dicho, se lleve el gato al agua dentro de algo menos de un mes)? Sí, ya sé que hay cifras inapelables, pero reconozcamos que, sin necesidad de hashtags, manifestaciones o revelaciones, los académicos españoles (en los que a cine se refiere) no han relegado (tanto) a la mujer como en el resto del mundo (eso por no hablar de las presidentas que en la Academia han sido -y son-).

   Y en estas llegó una de las canciones que optaban a representar a España en Eurovisión a convertirse en vara de medir: si la defendías eras el más feminista del mundo; si decías que no te gustaba eras condenado y lindezas que proferían sus talifanes -perdón por el palabro y su indudable carga peyorativa, pero una cosa es apoyar algo y otra, como punto de partida (y de llegada), insultar, ridiculizar, dudar de la capacidad mental, llegar a amenazar a quien hace lo contrario, creo que esto no pasa de ser algo más o menos gracioso comparado con lo que se ha tenido que aguantar por limitarse a expresar una opinión-. La forma de combatir la abundante y abultada misoginia del reguetón no es usar lo peor del mismo (lo cierto es que tampoco se me ocurre qué tiene de bueno) para, supuestamente, enarbolar un mensaje feminista que queda perdido en ese ritmo machacón que siempre suena igual, farfullando palabras que no se terminan de comprender (sólo de ese modo parece posible que tantas mujeres sigan, bailen, coreen, aplaudan un género -o lo que sea- en el que se las cosifica, denigra y vapulea o se incita a ello -literalmente-), imitando un acento ajeno, diciendo que eso es moderno, liberal, rompedor y, sobre todo, muy español, necesario en Eurovisión, algo que debemos reivindicar (musicalmente hablando). Y luego, como tantas veces, están esos que o no saben o, por su propio interés, ocultan las evidencias, es decir, que Cecilia decía en voz alta verdades como puños en muchas canciones escritas y grabadas en los últimos años del franquismo, faltaban cinco días para la muerte del dictador cuando dio a conocer a medio mundo la letra que compuso para Amor de medianoche, canción de Juan Carlos Calderón de la que sólo conservó la música y con la que obtuvo el segundo puesto de aquella edición de la OTI, artista que impuso su criterio, su calidad, su personalidad y volvió a convertirse en altavoz de muchas para reclamar “yo no quiero ser tu sombra en un rincón, la muñeca que no tiene opinión” o exigir “quiero romper mis viejos lazos, quiero ser mía y nada más”. Es decir, no sería la primera vez que España lanza un mensaje de ese tipo, pero ya se sabe que Cecilia, Mari Trini, Rosa León, la Marisol que se iba quitando el disfraz para acabar siendo Pepa Flores, la propia Massiel a la que tantos reducen a la mínima expresión, tantas valientes quedan en el imaginario colectivo de estos que se las dan de avanzados como artistas trasnochadas, cursis, mal conocidas, ignoradas, desconocidas.

   Me llamarán blando, romanticón o mil cosas peores (lo hacen a menudo, no pasa nada), pero me siento más identificado (aunque la canción no termine de convencerme) con lo que representan Amaia y Alfred, creo que el modo rendido en que él la mira, cómo la acaricia con los ojos, cómo exhibe sin complejos la admiración y amor que siente por ella aporta un mensaje más liberador, más revulsivo, más feminista que lo que (esa es otra) obligaron a cantar de ese modo a dos jóvenes a las que otra mujer hizo sentir fatal por el mero hecho de expresar sus dudas o de intentar buscar su propio sello, adaptar el tema a su carácter y no al revés. Y todo después de que, tras indignarse porque Mónica Naranjo (entre féminas anda el juego) diese a entender que el mayor mérito de Ana Guerra es que era muy guapa, los profesores de aquella Academia hayan puesto siempre el acento (dicho con toda la intención, pero no entraremos ahora en ese aspecto) en que se contoneé, exhiba sonrisa, mueva el cuerpo, interprete Lágrimas negras como si fuese una prostituta (dejando ojiplática a Soledad Giménez que no entendía nada -y adora a los Javis, o sea que la cosa no iba por ahí, habló como artista conocedora del género-), sea leonina, lo que tanto defienden sus seguidores, parece que lo menos importante es su faceta artística, del mismo modo que se apoya una canción por motivos que tienen poco que ver con la propia composición en sí, porque dicha de ese modo y con ese ritmo machacón y estridente la letra (no diremos “el mensaje”) no se capta con facilidad (al margen de que más de uno desconecta automáticamente al primer golpe de música -o acorde, tampoco quiero ofender-). Así las cosas, algunos lo han reducido todo a un duelo entre el feminismo y Disney -así han tildado la canción escogida-, otros se hacen cruces de cómo este país sigue atrasado (si no estás conmigo, ya se sabe), hay hasta quien dice que quiere irse de España, las cosas se sacan de quicio y, al final, estos mismos que van de adalides y promotores del cambio motivan que se den pasos hacia atrás (pero no para tomar impulso). Resumiendo, no se trata de no secundar lo que uno viene defendiendo hace muchos años, no como moda, no como día de, no por corrección, no como consigna, sino, en este caso concreto, de decir qué gusta y qué no, algo similar se está viviendo con Call Me by Your Name, si eres homosexual tiene que alucinarte, no valen los términos medios, no se aceptan las matizaciones, eres sospechoso si no te rindes, tienes que comprar la moto porque es lo que te corresponde, pues, ya que se ponen tan categóricos, al final se trata de lo bueno… y lo malo. Ahí queda dicho.  

jueves, 1 de febrero de 2018

DE NORMALIDADES Y OTRAS RAREZAS








   Me sigue gustando consultar el diccionario aunque la RAE lleve siglos de retraso en lo de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma, dejándose llevar más de lo deseable por modas, caprichos o estallidos cuyos ecos han dejado de resonar antes de que sus miembros decidan dar cabida a un determinado vocablo, hallazgos coyunturales que cuando se incorporan al venerable libro ya se han quedado obsoletos o están camino de ello, reinventando la ortografía con razones que valdrían un suspenso a quien se atreviese a alegarlas para justificar haber escrito una palabra de una forma que no es la sancionada, la consensuada como parte del idioma (otra cosa muy distinta es el uso que se hace del mismo convirtiéndolo en lenguaje, ese que el propio DRAE reconoce como “estilo y modo de hablar y escribir de cada persona en particular”, ese que en ocasiones trasciende, se hace común y ayuda a que el idioma evolucione -o involucione-, el que tantas veces es restringido y sólo un pequeño grupo comprende), manteniendo sin embargo definiciones inexactas, anticuadas, contradictorias, cuando no directamente ofensivas, son muy dados al postureo (una de las últimas adquisiciones) si les apetece pero poco o nada efectivos cuando se trata de atender a la vida (ahí siguen las dos absurdas acepciones de “matrimonio” cuando podrían reducirse a una),escuchar al pueblo (que es lo que tienen que hacer para saber qué, cómo y por qué se dice algo, incluso las patadas al diccionario, muchas de ellas terminan en sus páginas porque el uso así lo impone -por más que duelan en los oídos y no pierdan jamás su carácter de barbarismo-). En esta ocasión me interesaba saber qué significado se daba a una de esas palabras que, así me lo parece, resulta imposible definir porque expresa en sí misma algo que no podemos cuantificar, que no acepta medida, tanto el sustantivo como el adjetivo los pronunciamos con mucha intención, con intensidad, deja clara nuestra apreciación sobre algo o alguien pero cuesta distinguir o concretar si es mayor o menor que la dirigida anterior o posteriormente a otras cosas o personas; y, así, entrando en materia, encontré que “maravilla” se refiere a los “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración” y “maravilloso” se utiliza para calificar (y cualificar) a todo aquello (y aquellos) que nos parece “extraordinario, excelente, admirable” (conceptos igualmente inconcretos por más que haya quien los arroje a los que no opinan como ellos como si fuesen verdades absolutas -no digamos nada cuando se refieren a películas, libros, cuadros, lo que sea, como “buenos/-as” o “malos/-as” y ni tan siquiera justifican por qué a ellos se lo parece, lo dan por sentado-).

   Como cada uno arrima el ascua a su sardina, opté por quedarme con lo de causar admiración para, a partir de ahora, poner ahí el acento cuando me refiera a algo o alguien (Julia Roberts, por ejemplo, que hoy viene como anillo al dedo) como maravilloso o maravillosa, pero para este texto en que ando enredado me venía de perlas lo de “extraordinario” puesto que seguíamos en el terreno de lo ambiguo y en ese es en el que se mueve/hace mover a sus lectores la escritora R. J. Palacio en La lección de August, así conocemos en España (gracias a la edición de Nube de Tinta con traducción de Diego de los Santos Domingo) al que es el primero de una serie a la que todo el mundo se refiere con el título original de este volumen, es decir, Wonder (y así, sin traducir y sin apellidos, es como se ha comercializado la estupenda adaptación cinematográfica a cargo de Stephen Chbosky con unos magníficos Julia Roberts y Owen Wilson como los padres del protagonista y un -sí, lo acertaron, seré de lo más obvio y previsible- maravilloso Jacob Tremblay como August, que revalida y amplía todos los parabienes y el entusiasmo -y la admiración- generados tras La habitación, filme por el que hubiese debido, al menos, ser candidato al Oscar). Y es hablando de ese concepto tan inasible (y tan estúpido, por no decir represor) que es “normal” como se presenta August al lector: “Sé que no soy un niño normal. Bueno, hago cosas normales: tomo helado, monto en bici, juego al béisbol, tengo una Xbox… Supongo que esas cosas hacen que sea normal. Por dentro, yo me siento normal. Pero sé que los niños normales no hacen que otros niños normales se vayan corriendo y gritando de los columpios. Sé que la gente no se queda mirando a los niños normales en todas partes”. Es la mirada de los otros, de los que se consideran normales, de los que acatan (e imponen o cuando menos lo pretenden) las normas, las buenas costumbres, todo lo normal, la que extiende certificados de normalidad y, sobre todo, de anormalidad al resto, a los quiere, de una forma u otra, segregar, prohibir, anular, todo porque no se ajustan a su (pobre) esquema mental, porque razonan, respiran, viven, se visten, aman de otra manera, porque, ya no se ha dicho, no son normales (repito conscientemente la palabra y varias emparentadas para resultar lo más machacón posible).

   Pero el asunto adquiere tintes especialmente tenebrosos, por no decir inhumanos, cuando aquel al que se señala y discrimina, aquel del que se hace burla, aquel del que alejarse como si fuese portador de un virus implacable que no tiene antídoto es un niño que no ha elegido ser anormal (dicho en el sentido de querer cambiar las cosas, de dar rienda suelta a la creatividad, a la propia personalidad, de hacerse preguntas), que ha nacido con unos rasgos que ni él mismo se atreve a describir (“No sé cómo os la estaréis imaginando [su cara], pero seguro que es mucho peor”), lo hará por él Via, su hermana mayor, algo más de cien páginas después y empleará terminología médica para explicar sus características físicas, esas que, tristemente, le hacen distinto, demasiado distinto, esas que han llevado al núcleo familiar a sobreprotegerle, a defenderle en todo momento, a sospechar del mínimo gesto de sorpresa o titubeo en el habla de los demás, “hemos pasado tanto tiempo intentando hacer que August piense que es normal que ahora piensa que es normal. El problema es que no es normal”, concluye a su pesar la adolescente, sin saber que su hermano sabe lo que piensa y, además, lo comprende: “Via no me ve como alguien normal. Ella dice que sí, pero si fuera normal no me protegería tanto. Mis padres tampoco me ven como alguien normal. Para ellos soy algo extraordinario. Creo que yo soy la única persona en el mundo que se da cuenta de lo normal que soy”. R. J. Palacio cuenta en este primer libro la incorporación de August a la vida diaria (a la normalidad), el relato comienza cuando debe abandonar la seguridad del hogar, el territorio conocido en el que sentirse integrado, querido, aceptado -otra de esas palabras complicadas, puesto que lleva implícita la superioridad del que acepta, del que decreta que no eres normal-, ha llegado el momento de que estudie en un colegio y no en casa bajo la supervisión de su madre, no puede seguir cobijado en la sólida burbuja que le han creado (u ocultando su rostro bajo un casco), debe enfrentar y afrontar el trato con los demás, diluir su singularidad en el magma de la sociedad, acoplamiento que él sabe será traumático (eso, por desgracia, es lo normal): “El caso es que cuando era pequeño no me importaba conocer a otros niños, porque todos los niños que conocía eran pequeños, como yo. Lo guay de los niños pequeños es que no dicen cosas para intentar hacerte daño, aunque a veces digan cosas que te hacen daño. Pero no saben lo que dicen. Los niños mayores… esos sí que saben lo que dicen. Y eso no me hace ninguna gracia.” Y llega la sorpresa, el impacto, los codazos, los dedos enhiestos, las risitas, las burlas, y August asume que es lo normal, él también lo haría de estar en el lugar/la posición de los otros: “No estoy diciendo que los niños hiciesen nada de todo esto con maldad: ni una sola vez vi a nadie reírse ni hacer ruidos raros como burla. Sólo hacían las tonterías que hacen todos los niños del mundo. Ya lo sé. Me hubiese gustado decirles algo en plan “Vale, no pasa nada. Ya sé que soy raro. Podéis mirar, no muerdo”. La verdad es que si de repente un wookie empezase a ir al colegio, yo sentiría curiosidad y seguramente lo miraría a escondidas. Y si me lo cruzase yendo por ahí con Jack o con Summer, seguramente les susurraría disimuladamente: “Mirad, es el wookie”. Y si el wookie me pillase diciéndolo, sabría que no lo decía con maldad, simplemente estaría señalando el hecho de que es un wookie.”

   Puesto que está dirigida a un público joven, como la historia la narran los personajes (que van recogiendo el testigo, a veces contando los mismos hechos desde otro punto de vista, muy entre Wilkie Collins y Lawrence Durrell -a quien también puede citarse como referente en el modo en que la autora ha ido sumando títulos con diferentes versiones de sucesos ya narrados o completando información del pasado-), todos entre los diez y los dieciséis, La lección de August posee un lenguaje muy directo, fresco, rápido, envolvente, que define personalidades, que describe sin ampulosidad, muy efectivo, evitando con soltura la moralina y el manual de autoayuda, creando una atmósfera confortable en la que leemos casi con una sonrisa constante que a veces se nos congela al topar con una realidad incómoda que obliga a replantearse chistes, muletillas, pretendidas gracietas, tantas cosas que se aceptan con normalidad, por eso es una lectura en la que un adulto ni puede ni debe sentirse ajeno, porque Auggie ha tenido mucho tiempo para observar, para pensar, para aprender, para comprender, para analizar, para ser, por más que a él no se lo parezca, alguien excepcional, como puede serlo cualquiera, sí, pero al igual que hay quien dictamina quién es normal y quién no, también debemos asumir, querido August, que para los demás podemos ser excepcionales, aunque no podamos medirlo ni reducirlo a una cifra.