jueves, 1 de febrero de 2018

DE NORMALIDADES Y OTRAS RAREZAS








   Me sigue gustando consultar el diccionario aunque la RAE lleve siglos de retraso en lo de limpiar, fijar y dar esplendor al idioma, dejándose llevar más de lo deseable por modas, caprichos o estallidos cuyos ecos han dejado de resonar antes de que sus miembros decidan dar cabida a un determinado vocablo, hallazgos coyunturales que cuando se incorporan al venerable libro ya se han quedado obsoletos o están camino de ello, reinventando la ortografía con razones que valdrían un suspenso a quien se atreviese a alegarlas para justificar haber escrito una palabra de una forma que no es la sancionada, la consensuada como parte del idioma (otra cosa muy distinta es el uso que se hace del mismo convirtiéndolo en lenguaje, ese que el propio DRAE reconoce como “estilo y modo de hablar y escribir de cada persona en particular”, ese que en ocasiones trasciende, se hace común y ayuda a que el idioma evolucione -o involucione-, el que tantas veces es restringido y sólo un pequeño grupo comprende), manteniendo sin embargo definiciones inexactas, anticuadas, contradictorias, cuando no directamente ofensivas, son muy dados al postureo (una de las últimas adquisiciones) si les apetece pero poco o nada efectivos cuando se trata de atender a la vida (ahí siguen las dos absurdas acepciones de “matrimonio” cuando podrían reducirse a una),escuchar al pueblo (que es lo que tienen que hacer para saber qué, cómo y por qué se dice algo, incluso las patadas al diccionario, muchas de ellas terminan en sus páginas porque el uso así lo impone -por más que duelan en los oídos y no pierdan jamás su carácter de barbarismo-). En esta ocasión me interesaba saber qué significado se daba a una de esas palabras que, así me lo parece, resulta imposible definir porque expresa en sí misma algo que no podemos cuantificar, que no acepta medida, tanto el sustantivo como el adjetivo los pronunciamos con mucha intención, con intensidad, deja clara nuestra apreciación sobre algo o alguien pero cuesta distinguir o concretar si es mayor o menor que la dirigida anterior o posteriormente a otras cosas o personas; y, así, entrando en materia, encontré que “maravilla” se refiere a los “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración” y “maravilloso” se utiliza para calificar (y cualificar) a todo aquello (y aquellos) que nos parece “extraordinario, excelente, admirable” (conceptos igualmente inconcretos por más que haya quien los arroje a los que no opinan como ellos como si fuesen verdades absolutas -no digamos nada cuando se refieren a películas, libros, cuadros, lo que sea, como “buenos/-as” o “malos/-as” y ni tan siquiera justifican por qué a ellos se lo parece, lo dan por sentado-).

   Como cada uno arrima el ascua a su sardina, opté por quedarme con lo de causar admiración para, a partir de ahora, poner ahí el acento cuando me refiera a algo o alguien (Julia Roberts, por ejemplo, que hoy viene como anillo al dedo) como maravilloso o maravillosa, pero para este texto en que ando enredado me venía de perlas lo de “extraordinario” puesto que seguíamos en el terreno de lo ambiguo y en ese es en el que se mueve/hace mover a sus lectores la escritora R. J. Palacio en La lección de August, así conocemos en España (gracias a la edición de Nube de Tinta con traducción de Diego de los Santos Domingo) al que es el primero de una serie a la que todo el mundo se refiere con el título original de este volumen, es decir, Wonder (y así, sin traducir y sin apellidos, es como se ha comercializado la estupenda adaptación cinematográfica a cargo de Stephen Chbosky con unos magníficos Julia Roberts y Owen Wilson como los padres del protagonista y un -sí, lo acertaron, seré de lo más obvio y previsible- maravilloso Jacob Tremblay como August, que revalida y amplía todos los parabienes y el entusiasmo -y la admiración- generados tras La habitación, filme por el que hubiese debido, al menos, ser candidato al Oscar). Y es hablando de ese concepto tan inasible (y tan estúpido, por no decir represor) que es “normal” como se presenta August al lector: “Sé que no soy un niño normal. Bueno, hago cosas normales: tomo helado, monto en bici, juego al béisbol, tengo una Xbox… Supongo que esas cosas hacen que sea normal. Por dentro, yo me siento normal. Pero sé que los niños normales no hacen que otros niños normales se vayan corriendo y gritando de los columpios. Sé que la gente no se queda mirando a los niños normales en todas partes”. Es la mirada de los otros, de los que se consideran normales, de los que acatan (e imponen o cuando menos lo pretenden) las normas, las buenas costumbres, todo lo normal, la que extiende certificados de normalidad y, sobre todo, de anormalidad al resto, a los quiere, de una forma u otra, segregar, prohibir, anular, todo porque no se ajustan a su (pobre) esquema mental, porque razonan, respiran, viven, se visten, aman de otra manera, porque, ya no se ha dicho, no son normales (repito conscientemente la palabra y varias emparentadas para resultar lo más machacón posible).

   Pero el asunto adquiere tintes especialmente tenebrosos, por no decir inhumanos, cuando aquel al que se señala y discrimina, aquel del que se hace burla, aquel del que alejarse como si fuese portador de un virus implacable que no tiene antídoto es un niño que no ha elegido ser anormal (dicho en el sentido de querer cambiar las cosas, de dar rienda suelta a la creatividad, a la propia personalidad, de hacerse preguntas), que ha nacido con unos rasgos que ni él mismo se atreve a describir (“No sé cómo os la estaréis imaginando [su cara], pero seguro que es mucho peor”), lo hará por él Via, su hermana mayor, algo más de cien páginas después y empleará terminología médica para explicar sus características físicas, esas que, tristemente, le hacen distinto, demasiado distinto, esas que han llevado al núcleo familiar a sobreprotegerle, a defenderle en todo momento, a sospechar del mínimo gesto de sorpresa o titubeo en el habla de los demás, “hemos pasado tanto tiempo intentando hacer que August piense que es normal que ahora piensa que es normal. El problema es que no es normal”, concluye a su pesar la adolescente, sin saber que su hermano sabe lo que piensa y, además, lo comprende: “Via no me ve como alguien normal. Ella dice que sí, pero si fuera normal no me protegería tanto. Mis padres tampoco me ven como alguien normal. Para ellos soy algo extraordinario. Creo que yo soy la única persona en el mundo que se da cuenta de lo normal que soy”. R. J. Palacio cuenta en este primer libro la incorporación de August a la vida diaria (a la normalidad), el relato comienza cuando debe abandonar la seguridad del hogar, el territorio conocido en el que sentirse integrado, querido, aceptado -otra de esas palabras complicadas, puesto que lleva implícita la superioridad del que acepta, del que decreta que no eres normal-, ha llegado el momento de que estudie en un colegio y no en casa bajo la supervisión de su madre, no puede seguir cobijado en la sólida burbuja que le han creado (u ocultando su rostro bajo un casco), debe enfrentar y afrontar el trato con los demás, diluir su singularidad en el magma de la sociedad, acoplamiento que él sabe será traumático (eso, por desgracia, es lo normal): “El caso es que cuando era pequeño no me importaba conocer a otros niños, porque todos los niños que conocía eran pequeños, como yo. Lo guay de los niños pequeños es que no dicen cosas para intentar hacerte daño, aunque a veces digan cosas que te hacen daño. Pero no saben lo que dicen. Los niños mayores… esos sí que saben lo que dicen. Y eso no me hace ninguna gracia.” Y llega la sorpresa, el impacto, los codazos, los dedos enhiestos, las risitas, las burlas, y August asume que es lo normal, él también lo haría de estar en el lugar/la posición de los otros: “No estoy diciendo que los niños hiciesen nada de todo esto con maldad: ni una sola vez vi a nadie reírse ni hacer ruidos raros como burla. Sólo hacían las tonterías que hacen todos los niños del mundo. Ya lo sé. Me hubiese gustado decirles algo en plan “Vale, no pasa nada. Ya sé que soy raro. Podéis mirar, no muerdo”. La verdad es que si de repente un wookie empezase a ir al colegio, yo sentiría curiosidad y seguramente lo miraría a escondidas. Y si me lo cruzase yendo por ahí con Jack o con Summer, seguramente les susurraría disimuladamente: “Mirad, es el wookie”. Y si el wookie me pillase diciéndolo, sabría que no lo decía con maldad, simplemente estaría señalando el hecho de que es un wookie.”

   Puesto que está dirigida a un público joven, como la historia la narran los personajes (que van recogiendo el testigo, a veces contando los mismos hechos desde otro punto de vista, muy entre Wilkie Collins y Lawrence Durrell -a quien también puede citarse como referente en el modo en que la autora ha ido sumando títulos con diferentes versiones de sucesos ya narrados o completando información del pasado-), todos entre los diez y los dieciséis, La lección de August posee un lenguaje muy directo, fresco, rápido, envolvente, que define personalidades, que describe sin ampulosidad, muy efectivo, evitando con soltura la moralina y el manual de autoayuda, creando una atmósfera confortable en la que leemos casi con una sonrisa constante que a veces se nos congela al topar con una realidad incómoda que obliga a replantearse chistes, muletillas, pretendidas gracietas, tantas cosas que se aceptan con normalidad, por eso es una lectura en la que un adulto ni puede ni debe sentirse ajeno, porque Auggie ha tenido mucho tiempo para observar, para pensar, para aprender, para comprender, para analizar, para ser, por más que a él no se lo parezca, alguien excepcional, como puede serlo cualquiera, sí, pero al igual que hay quien dictamina quién es normal y quién no, también debemos asumir, querido August, que para los demás podemos ser excepcionales, aunque no podamos medirlo ni reducirlo a una cifra.