viernes, 18 de diciembre de 2015

MÁS DIVERTIDO QUE EL CONCIERTO






  Así, con su cercanía y campechanía habituales, rompiendo el protocolo, la etiqueta e incluso el envaramiento que tantas veces se apodera de aquel que ocupa el atril frente a la orquesta y empuña la batuta para que las notas musicales cobren vida, con la imagen fresca y un tanto rompedora (sobre todo cuando se le ve en un puesto similar al de Mehta, Barenboim, von Karajan y tantos otros) que le ha dado popularidad en el selecto mundillo de la música donde ya tiene todo un nombre que va mucho más allá de su desenfado en el vestir (de hecho, es candidato por partida doble a los Goya que se entregarán en febrero de 2016), con ese aire de no haber roto un plato, resultando descarado sin excederse, coqueteando con una sonrisa que se mueve entre la inocencia y la osadía, advirtiendo que estamos ante un ensayo general con todo lo que eso conlleva (paradas, repeticiones, titubeos, ajustes, reajustes), diciendo que en realidad vamos a asistir a algo que es más divertido que el propio concierto porque es verlo nacer ante nuestros ojos, conocer sus entretelas, pidiendo disculpas de antemano si el espectáculo no resulta lucido, es como Lucas Vidal nos da la bienvenida a todos los que tenemos la fortuna de formar parte del público elegido para conocer lo que será el Concierto de Navidad con que se homenajeará a John Williams, uno de los nombres fundamentales para entender qué es hacer música para cine, cita que debería reunir tanto a cinéfilos como a melómanos porque muy pocas veces estas dos disciplinas se funden tan prodigiosamente como cuando alguna de las creaciones del genial compositor envuelve las imágenes para la que fue pensada y su sonido nos las devuelve con la misma fuerza que si las estuviésemos contemplando. Y, así, con un director que sabe crear complicidad, nos arrellanamos en nuestras butacas del Teatro Real de Madrid sintiéndonos privilegiados y sin envidiar a los que tengan entradas para el espectáculo del próximo 25 de diciembre porque, tiene razón Lucas Vidal, ellos lo verán acabado, de tirón, sin fallos ostensibles (o eso es de desear, pero nunca se sabe lo que puede suceder en este tipo de eventos por muy ensayados que estén), sin bises no deseados, pero se perderán la verdad que en ese momento exudan todos y cada uno de los implicados en que el concierto quede como ellos han imaginado, ver cómo, por así decirlo, toman impulso antes de cada número, calibran, desechan, prueban, van dando forma a lo que ya está elaborado, no se trata de que hayan llegado esa mañana a ver qué es lo que sale, pero aún les parece posible poder hacerlo mejor y ver esa entrega, ese esfuerzo, esa pasión sin artificios, sin barreras, sin matices, ser testigos de cómo la obra adquiere toda su fuerza es, en realidad, asistir a dos espectáculos por el mismo precio.
   Y aunque deben ajustar el volumen de los micrófonos para que cada sonido llegue con la limpieza y potencia debidas, para que los músicos y cantantes solistas no queden anulados por la Barbieri Symphony Orchestra, es un placer cómo las notas que reunió y armonizó John Williams para crear las melodías que fue imaginando, las que las imágenes de otros (sobre todo de su antiguo cómplice Steven Spielberg -algunas de ellas son proyectadas durante la ejecución de las piezas-) le inspiraron, demuestran no haber perdido ni un ápice de energía, siguen despertando las mismas emociones (u otras nuevas que cada uno ha ido incorporando con el paso del tiempo), bandas sonoras que, más allá de hacernos evocar aquellas películas con las que aprendimos a seguir soñando, nos transportan al momento en que las descubrimos, a aquella primera vez que se grabó a fuego en nuestra memoria y, al modo de esa magdalena proustiana por la que bien saben los lectores fieles que tanta querencia siento, reaparece con viveza con apenas un compás. Y es inevitable, pero maravilloso, que algunas lágrimas broten, muchas por la ausencia, por lo irrepetible, por la sima que barrenó en el alma la ausencia de alguien, ese vacío inmenso y oscuro que jamás se consigue rellenar, pero la mayoría por la alegría de haber podido vivir esas experiencias: la cola para conseguir entradas en el cine Luchana era kilométrica, pensábamos que la intentona se saldaría con un fracaso, llevábamos al menos una hora esperando que aquello se moviera aunque fuese una docena de pasos, creíamos que Superman debería esperar para una ocasión más propicia cuando el tío Miguel reapareció con las entradas en la mano (había ido hasta la entrada del cine para tratar de averiguar por qué seguíamos en el mismo sitio desde que habíamos llegado) diciendo que acababan de abrir una taquilla en la que, justamente, estaba apoyado (siempre he pensado, y lo haré hasta que me muera, que se coló porque era capaz de cualquier cosa con tal de concedernos el capricho prometido); todo el mundo hablaba sobre la misma película, parecía que no hubiese otra, poco a poco la iban viendo los compañeros del colegio, me mordía las uñas de ganas y envidia, por fin un vecino, el señor Polo (Hipólito, creo recordar, pero siempre le llamamos así), que era acomodador de uno de los cines en que la proyectaban (el Roxy, pero no puedo asegurar si el A o el B), nos compró las entradas para que la tía Carmen pudiese llevarnos a ver La Guerra de las galaxias (o sea, como dentro de unas horas en que iremos a por ese séptimo episodio que tanto hemos esperado -la tía ya no se apunta a estas cosas, dice que son para jóvenes… ¡de más de cuarenta (y a mucha honra)!-); vi por primera vez El violinista en el tejado en un cine de verano junto a los tíos, como tantas veces, disfrutando la noche y la compañía; tardé mucho en poder ver Tiburón por aquello de la edad (y la primera vez no la vi entera porque me daba un miedo irrefrenable -tendría unos 12 años-), pero me la sabía entera porque mi hermano me la había contado; Indiana Jones va a ser para siempre uno de mis héroes favoritos y, aunque muy decepcionante, la cuarta de la saga la vi con Pablo en el estreno, lo que acrecienta mi gusto por este profesor de Arqueología que hace suspirar a sus alumnas.
   Y todo ese rosario de sensaciones se va haciendo presente según se va desarrollando el concierto, con la emoción añadida de tener mi mano derecha entrelazada con la izquierda de Pablo, la persona que me ha enseñado tanto sobre la música en general y sobre la que se compone para cine en particular, alguien que adora a John Williams y le conoce muy bien (durante mucho tiempo, no fui tan consciente de ello a pesar de que sentía un escalofrío muy agradable cuando escuchaba alguna de las partituras mencionadas o las de E.T., La lista de Schindler o Parque Jurásico -que también me reavivan recuerdos, sobre todo la excursión que hicimos a La Vaguada para asistir a una sesión matinal del último título nombrado-), Pablo es siempre el camarada propicio para vivir momentos de éxtasis vinculados a nuestras pasiones comunes (el cine, el teatro, la música, la literatura, el arte en cualquiera de sus disciplinas) y latimos al compás de lo que nos llega por todos los sentidos, dejándonos invadir por una atmósfera mágica que tendrá un esplendoroso colofón con la aportación de Jorge Blass en el tiempo dedicado a la saga de Harry Potter (películas que no me gustan, libros que adoro, una nueva muestra del talento de John Williams); antes de eso, nos ha sabido a poco el prólogo en el que participan artistazos como Dulcinea Juárez o Paco Arrojo (en realidad, nos quedamos con ganas de escucharles más, pero el tema de presentación no encaja con el resto del programa), ha sido sencillamente arrebatador asistir a cómo la violinista Leticia Moreno, en tres o cuatro ocasiones, ha retomado la melodía desde la nota más sublime, virtuosa en grado extremo, emocionante sin tregua, dejándonos sin aliento, es simplemente brutal el modo en que Didi Rodan juega con la arena para ilustrar el tiempo dedicado a la saga Star Wars, creando un arte efímero que deja huella, haciendo necesaria la búsqueda de nuevos adjetivos para definir, calificar y aplaudir lo que consigue con unos puñados de arena, con un sentido del ritmo apabullante, haciéndonos abrir los ojos como platos (prefiero obviar el momento Solo en casa, no por Israel Lozano, Carlos Wernicke y Jerónimo Maesso, sino por Russian Red, artista por la que nunca he sentido más que apatía, la misma que percibí en su intervención, como si todo le diese igual). Cuando Lucas Vidal vuelve a agradecer la asistencia habría que gritárselo a él (y a los artistas que le acompañan en escena) por lo mucho que nos han regalado, porque ha sido un viaje desde y hacia nosotros mismos, porque, a pesar de esas pequeñas distorsiones de sonido (en realidad, tan sólo manejar con algo más de tino las regletas, otorgar a cada quien la presencia que debe tener en cada momento), nos hemos dejado acunar por una atmósfera plácida y placentera que nos ha acariciado en ese lugar recóndito en que atesoramos los buenos momentos, tantos de ellos vinculados a la expresión artística. Por mucho que el ensayo sea más divertido, no dudaría en asistir (estoy por repetir, no digo más) al concierto del próximo viernes, el día de Navidad, para volver a deleitarme con la música de John Williams, con el sonido de la Barbieri Symphony Orchestra, con los talentos de los invitados, con la pasión que transmite Lucas Vidal con su batuta, con sus manos, con todo el cuerpo, con el brillo en su mirada, ese que no nos abandona desde que empezamos con Superman y, nunca mejor dicho, nos dispusimos a volar.

martes, 15 de diciembre de 2015

EL HORROR ESTÁ AQUÍ DENTRO







   Son curiosas las corrientes subterráneas que unen lecturas que no tienen mucho que ver, aunque en realidad es inevitable que así suceda puesto que la obra literaria adquiere su verdadera identidad al entrar en comunicación con cada lector en particular, ese que incorpora al texto sus emociones, sus filias, sus fobias, su experiencia, sus dudas, su desconocimiento sobre lo propio y lo ajeno, sus miedos, lo que aprendió, lo que olvidó, lo que da por sabido, lo que soñaba, lo que no se atrevió a soñar, lo que oculta, en definitiva, las palabras dormidas en páginas que van acumulando polvo sólo cobran vida cuando los ojos de un lector les insuflan aliento, cuando las rescatan del ostracismo para traerlas otra vez al mundo, cuando se han independizado de aquel que las reunió, cuando devuelven la voz al autor pero interactuando directamente con ellas, transformándolas, pasándolas por su tamiz, encontrando sensaciones que su creador no buscaba provocar (o no pensaba que así pudiera ser), haciéndolas suyas, convirtiéndolas en parte de sí. Y en ese sentido no me resultó extraño (tan sólo experimenté un cosquilleo muy agradable, como si me hicieran un guiño desde la página) que, tras titular como Coleccionarse a uno mismo al escrito en que hablé sobre La extraña historia de Maurice Lyon, la primera novela de Oriol Nolis (con el que tuve la fortuna de poder charlar, siendo esa entrevista el hilo conductor de mi reseña), llegase pocos días después a un punto de Catarsis, el apasionante tercer tomo de la trilogía Los rostros de Victoria Bergman que la colección Roja y Negra de Penguin Random House ha dado a conocer en nuestro país, en que se definía con esa misma frase a un asesino en serie, “alguien que se colecciona a sí mismo”. No diré que lo presentí, que lo intuía, no tiene nada que ver con una clarividencia que disto mucho de poseer, tan sólo que, aunque desde puntos de vista divergentes y con intenciones muy distintas, tanto Oriol como Erik Axl Sund (seudónimo que aglutina a Jerker Eriksson y Hakan Axlander Sundqusit) hablan del mismo asunto, la complejidad que llamamos ser humano, ese desconocido cuyo motor o motores principales (hablemos de mente, corazón, alma, cada cual que elija el o los términos con que se sienta más identificado), a pesar de ser los propios, nos resultan terriblemente intrincados, apenas tenemos noción de los mismos, los mezclamos y dudamos a qué llamamos de una manera y para qué reservamos el uso de cada palabra, no sabemos cuál es el origen ni qué hace moverse a qué (e incluso si hay otros factores que no tenemos en cuenta, tal vez porque no somos capaces ni de imaginarlos), dónde está el punto de partida que nos hace actuar de determinada manera y no de la contraria.
   Aunque no es necesario para continuar con la lectura, por aquello de no repetirme y cansar a los fieles, debo caer en el momento sonrojante de la propia cita, puesto que hace unos meses tuve ocasión de conversar con los autores suecos de la trilogía cuando pasaron por Madrid para presentar el primer volumen, Persona, y enlazar lo que aquí se cuenta con lo que ya apareció publicado en este blog ( http://www.elarpadebecquer.blogspot.com.es/2015/06/el-que-este-libre-de-terapia.html), incidiendo en que no pasa nada (todo lo contrario: ganan tiempo) si deciden obviar el enlace, eso sí, si quieren adentrarse en Los rostros de Victoria Bergman no sean impacientes y vayan por orden: la citada Persona, después Trauma, finalizando con Catarsis, para dejarse arrastrar por la vorágine de unos personajes más allá de cualquier límite que nos parezca tolerable, para asistir al modo en que se construye e intrinca el misterio (aunque sería más preciso decirlo en plural: no hay sólo uno y son tan o más apasionantes los meramente policiacos como los que se albergan en el interior de los personajes), para admirarse ante el ritmo preciso con que Erik Axl Sund dosifica los giros, las sorpresas, las revelaciones, para comprender (en la medida en que eso sea posible) todos y cada uno de los latidos de creaciones tan poderosas como Jeanette Kihlberg, Sofia Zetterlund y Victoria Bergman. Y regresando por un momento a esa vida propia que adquieren los textos cuando establecen un cara a cara con el lector de ese momento, mientras repasaba periódicos de días pasados para leer con tranquilidad artículos que me parecieron interesantes y reservé para momentos así, encontré la glosa que Carlos Boyero hizo de Catálogo irracional de Ignacio Julià, una especie de biografía emocional del autor en torno a la música y la figura de Lou Reed de la que Carlos rescata el siguiente párrafo, casi al final del libro: “Su poema [de Reed] Waste es el testimonio de la dura lucha consigo mismo, autorretrato que no puede haber sido escrito sino desde algún lugar muy hondo y crispado. El protagonista siente aprensión al atardecer y rememora una educación echada a perder, el talento devorado por las drogas, el temperamento de quien se sabe mala compañía para cualquiera, la demencia fruto de una infancia extraña, la paralizante desidia y el miedo a la propia existencia. Los versos desembocan en un exabrupto: “Cantáis mis canciones para demostraros que no sois una basura”. Eso no es totalmente cierto, Lou. Alguien tenía que decírtelo. Tus canciones también invocaban esa luz que, aun por unos instantes fugaces, nos ilumina y alivia. Nadie dijo que la vida fuese fácil, tú te empeñabas en recordarlo verso a verso, sólo que algunos lo tienen más complicado, arduo y pesaroso que otros. Benditos sean, pues todos somos un poco ellos”. Y el caso es que sentí que, de alguna manera, eso que Ignacio Julià le dice a Lou Reed se puede decir sobre Catarsis (sobre la trilogía aunque, en realidad, se trata de una única novela que se escribió para ser leída de seguido y fue parcelada en tres tomos ante la sugerencia de un editor para hacerla más legible -una ópera prima de mil páginas no parece la mejor idea, aunque en este mundo apresurado en que vivimos un volumen grueso provoca sudores y angustia, incluso entre los lectores más empedernidos y constantes-): es una historia que habla sobre lo peor que podemos llegar a conocer y sufrir, la manera en que unos humanos pervierten, anulan, violentan, coartan, cercenan, aniquilan la vida de otros, cómo torturan, abusan, sojuzgan, asesinan a semejantes, cómo integran en su cotidianidad el atropello, el crimen, el autoritarismo más perverso recubriéndolo de una pátina de normalidad (practicándolo en grupo, compartiendo el horror que les proporciona placer).
   Poco puede decirse sobre Catarsis sin desvelar más de lo que conviene saber si aún no se ha comenzado la trilogía (e incluso aunque eso haya sucedido: es asombroso cómo, sin golpes de efecto pero con virajes inesperados y giros de 180 grados, los autores son capaces de sorprender sin engañar al lector, hurtándole algún dato que resulta mínimo o por el que nadie se pregunta hasta que la lógica de la narración nos obliga a replantearnos lo que leímos y dimos por bueno páginas atrás), tan sólo haremos hincapié en que se inscribe con letras de oro en la novela negra escandinava que tantas alegrías nos viene dando en los últimos tiempos, una literatura que nos encoge, nos hace temblar, nos atenaza y al mismo tiempo nos hace olvidar todo lo que nos rodea, nos instala en sus páginas, nos enfrenta con nuestros miedos más ancestrales y cotidianos, escarba sin pudor en las catacumbas más oscuras de nuestro interior, saca a la luz miserias que reconocemos como propias, como posibles, como pulsiones que uno cree tener a raya pero que, en realidad, sólo están entumecidas, anestesiadas, controladas en cierta medida. No es cuestión de ponerse apocalíptico, Catarsis tampoco lo pretende, pero sí pone el dedo en una llaga que sigue supurando porque no nos hemos preocupado de restañar la herida, porque solemos quedarnos en la superficie e ir a lo más obvio, es algo que también saca a la palestra con acierto e inteligencia Pablo Larraín en esa estremecedora pero imprescindible película titulada El Club: nos horrorizan los crímenes cometidos sobre niños (no destripamos nada: el asunto se sabe desde las primeras páginas de Persona) y llegamos a comprender y alentar el afán de venganza de las víctimas, incluso alardeamos de cómo lincharíamos al verdugo de estar en su lugar, tal vez aplaudimos actos de este tipo pero, al final, regresamos al principio, intentando mantener el equilibrio de lo correcto, de lo necesario para poder seguir hablando de civilización, sin ser del todo conscientes de cómo nos faltan herramientas, entendimientos, actitudes, esfuerzos para reprimir, contener y abortar estos instintos que decimos nos son ajenos tal vez para no sentirnos basura, como afirmaba Lou Reed, pero no verbalizarlos, no enfrentarlos, no reconocerlos, no plantarles cara abona el terreno para que la podredumbre eche raíces y rebrote sin medida. Los libros de Erik Axl Sund no tienen ninguna pretensión más allá de formar parte de esa novela negra adictiva que tiene legiones de seguidores en todo el mundo, pero el género siempre tuvo una segunda lectura, una capa más profunda que no perturba al que sólo se toma la lectura como un rompecabezas que resolver antes que los investigadores, y en pleno siglo XXI tiene muy desarrollados sus rasgos documentales, el testimonio de aquello que sucede más cerca de lo que pensamos, son textos que nos sirven como alerta, impactan por su verosimilitud, no son tan imaginativos como nos gustaría, nos sacan de nuestra parcela de confort porque nos enfrentan a lo más abyecto que podamos encontrar: nosotros mismos. Pero sean bienvenidas experiencias como ésta que, a la larga, se saldan con el triunfo del lector (y, de paso, con el de la justicia, dando voz a las víctimas para evitar que tropiezan en la misma roca contra la que la humanidad lleva demasiado dándose de golpes).  

sábado, 5 de diciembre de 2015

MÁS ALLÁ DEL ESTEREOTIPO






   Los fieles y generosos que vienen a este rincón con asiduidad para escuchar los tan a menudo quejumbrosos sonidos que salen del arpa saben de mi querencia por remontarme hasta los romanos para tomar impulso y, después de una digresión normalmente demasiado extensa, de un introito que se transforma en el corpus del texto, de unos prolegómenos que se desarrollan sin urgencia ni concisión, abordar el que se anunciaba como asunto principal (y no es que éste quede arrinconado, las cosas como son, pero a veces se ofrece como un segundo plato después de unos entrantes que tal vez sacien a más de uno y le harten antes de hincar el diente a lo que se supone que quería leer); es uno de los privilegios de este rincón, no hay límite de espacio, escribo lo que me apetece en cada momento, no me pliego a ninguna condición, si tuviese que hacerlo para un medio o lugar concreto me ceñiría, como tantas veces, a lo marcado, a lo necesario, al tiempo previsto, pero aquí puedo explayarme sin freno y no me gusta reprimirme, no quiero evitarlo (sí, me encanta tener lectores, pero no pienso en lo que puede agradarles, lo siento –creo que, en parte, eso refuerza la complicidad que pueda surgir, hablo al menos de mi propia experiencia desde el otro lado: Saramago, Henry James, la Martín Gaite no podían tenerme en sus pensamientos mientras parían Memorial del convento, Las bostonianas o Entre visillos, y sin embargo estaban apelando directamente a mis emociones, me estaban proporcionando herramientas para manejarme en la vida, me sentí partícipe de sus palabras, encontré un hogar entre sus páginas-). Es por eso que hoy, mientras todavía colea en los mal llamados espacios deportivos (porque, sea en radio, prensa o televisión, es el fútbol el que ocupa la mayor y más detallada atención, cuando no la única, lo demás importa bien poco salvo excepciones y personajes como Nadal, Pedrosa o Rudy Fernández) el partido llamado “clásico” en que el Real Madrid sufrió una abultada derrota frente al Barcelona (“el eterno rival”, otra de esas muletillas), me da por pensar que considerar de ese modo a un encuentro de fútbol es menospreciar a los demás, hacerles de menos como tantas veces, reducir una competición a dos equipos, seguir siendo aplastado por el rodillo de unos cuantos (un servidor siempre se ha mantenido al margen, tengo razones personales para, incluso, aborrecer el balompié, pero sencillamente lo ignoro a pesar de lo invasivo que resulta y, puestos a tener que participar, siempre me he decantado por el Racing de Santander, equipo modesto por el que siento enorme simpatía). Y se da el caso que de entre las diez acepciones que sanciona el DRAE para el término, ninguna me parece ajustada para considerar “clásico” un enfrentamiento entre Madrid y Barcelona, futbolísticamente hablando, ni entre otros dos cualesquiera (en todo caso, la octava, “que no se aparta de lo tradicional, de las reglas establecidas por la costumbre y el uso”, o la novena, “típico, característico”, sirven para devolverles la pelota, nunca mejor dicho, y concluir que es algo rutinario, que sucede demasiadas veces, al menos dos cada año, más según el calendario liguero y el resto de competiciones en que ambos participan, es decir, un mero trámite, un compromiso conocido y esperado, un aburrimiento comprobar cómo vuelven a repetirse los titulares, reportajes, declaraciones, epítetos y demás expresiones de periodistas, jugadores, entrenadores, público en general –obviaré el adjetivo que más me viene a los dedos por no meter en el mismo saco a aquellos que sólo quieren pasar un buen rato viendo un espectáculo que les agrada-).
   Y mientras algún autoproclamado experto (siempre en masculino aunque se sea mujer, así es como le gusta presentarse a alguna absurda que no para de soltar su matraca y de demostrar su incompetencia y falta de conocimientos –por no hablar de cómo se contradice, incluso en el mismo párrafo, o cambia de discurso sin recordar que lo escrito permanece y puede consultarse-), mientras andan enredados en decidir quién es “el último de los clásicos” que dirige cine (si aparecen otros que saben recoger esas esencias, nunca tendremos el último –por fortuna, hablo como espectador-, si al menos acotamos por épocas o generaciones sí podremos encontrar al superviviente más longevo), en la cartelera teatral madrileña puede gozarse, como tantas veces, como resulta necesario y casi imprescindible, de una de las obras de William Shakespeare que le permiten mantener impoluta y en perfecto estado de revista su consideración de autor clásico, más allá de los siglos de permanencia y vigencia, porque, regresando al DRAE, resulta un “modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia”. Las Naves del Español en el antiguo Matadero de Madrid acogen hasta el próximo 13 de diciembre El mercader de Venecia en una magnífica versión de Yolanda Pallín que ha sabido cribar con inteligencia y fineza el original para eliminar lo que puede devenir en accesorio, reminiscencias y condicionantes del momento en que escribía el bardo que ahora aportan más bien poco e incluso emborronan el conjunto, lastres que pueden ser bellos como lectura pero que ralentizan la acción teatral, un trabajo preciso y cuidadoso que ayuda a presentar a la situación con eficacia y velocidad, sin que ello suponga una trivialización o recurrir a lugares comunes que en tantas ocasiones proceden de una lectura digamos incompleta cuando no somera o inexistente. Eduardo Vasco pone en escena esta versión ágil y atractiva confiando en sus actores, poniendo el foco y el acento sobre ellos, sobre sus personajes, sobre el conflicto humano, sobre las pasiones que sienten o reprimen, sobre lo que cada uno de ellos simboliza, moviéndolos a la velocidad adecuada, integrando el cuadro siguiente en el anterior, haciendo coincidir el inicio de aquel con el final de éste para que, de ese modo, el espectador tenga muy claro con un solo vistazo lo que está sucediendo en los diferentes escenarios, como si dejase caer con enorme sutileza fichas de dominó para que se vayan entretejiendo las acciones y desarrollándose las consecuencias de éstas, manejando con solvencia los tiempos, marcando un tempo que jamás decae sin necesidad de estridencias (sólo hay un par de momentos excesivamente bufos que no se prolongan demasiado –menos mal-), integrando a los intérpretes en un espacio vacío, jugando admirablemente con las luces y con poco más que unos bancos para crear atmósferas y localizaciones, una dirección sobria que imprime fuerza sin hacerse notar.
   En una función que no siempre es bien comprendida ni recibida debido al modo en que se estereotipa o se quiere reinterpretar desde lo que ahora se considera políticamente correcto (e incorrecto), quedándose en la superficie, denostando a Shakespeare por un personaje para, así, no profundizar en lo que denuncia, en lo que saca a la palestra, en lo que es el auténtico meollo, en lo que no se dice pero queda expresado por miradas, actitudes, silencios plenos de significación, en una función que hemos visto muchas veces (no todas satisfactorias) es una enorme alegría encontrarse con Arturo Querejeta dando vida a Shylock, humanizándole sin pudor ni exageraciones, encontrando sus luces y potenciando sus sombras, escarbando por extensión en las de los demás, en los prejuicios que lapidan sin criterio ni razón, sacando la paja de su ojo para que aún sea más palpable la viga que los otros portan en el suyo, impactando desde la contención, componiendo con gran naturalismo y sin necesidad de maquillajes o caracterizaciones de brocha gorda, transformándose en el personaje que creó Shakespeare, respondiendo a la imagen que cada espectador lleva en la cabeza, desterrando de la misma cualquier aditamento ridículo o distorsionante, equilibrando admirablemente el necesario exceso para ofrecer una amplia paleta de emociones, acercándonos como pocas veces el auténtico drama de la historia, consintiendo que Shylock se explique hasta las últimas consecuencias, sin tomar partido para que sea el espectador el que decida hasta qué punto comprende y comparte la conducta del personaje. Es una lástima que sus compañeros de reparto, centrándonos en los otros roles protagónicos, estén muy por debajo, no sólo del despliegue de Querejeta, sino del modo en que los hemos visto encarnados con anterioridad, especialmente en lo que hace referencia a Antonio, el mercader que da título a la función (porque no es Shylock, en contra de lo que suele afirmarse), y a Porcia, una demostración más (junto a Lady Macbeth, Gertrudis, Titania, Julieta, Ofelia, Miranda, Viola, Rosalinda o Catalina) de que Shakespeare escribía personajes femeninos dignos de recuerdo y que tantas buenas horas han hecho, hacen y harán pasar al aficionado al teatro (posibilitando grandes interpretaciones de señoras a las que se adora). Pero la olla a presión que no cesa de soltar vapor hasta que la pesa resulta insuficiente para contener su furia que es Shylock y que Arturo Querejeta maneja con grandeza y comedimiento, profiriendo palabras que son como latigazos, ahogando su rabia sin querer dar la batalla por perdida, no queriendo mostrarse vencido aunque es consciente de que él mismo ha ayudado a cavar su fosa, demasiado profunda para escalarla y regresar a la superficie, la manera en que este actor nos sacude es suficiente para hacer olvidar los detalles (no menores, las cosas como son) que restan brillantez, ayudado, como se ha dicho, por una vibrante versión y una sutil dirección que transforman este El mercader de Venecia en una experiencia gozosa.