viernes, 18 de diciembre de 2015

MÁS DIVERTIDO QUE EL CONCIERTO






  Así, con su cercanía y campechanía habituales, rompiendo el protocolo, la etiqueta e incluso el envaramiento que tantas veces se apodera de aquel que ocupa el atril frente a la orquesta y empuña la batuta para que las notas musicales cobren vida, con la imagen fresca y un tanto rompedora (sobre todo cuando se le ve en un puesto similar al de Mehta, Barenboim, von Karajan y tantos otros) que le ha dado popularidad en el selecto mundillo de la música donde ya tiene todo un nombre que va mucho más allá de su desenfado en el vestir (de hecho, es candidato por partida doble a los Goya que se entregarán en febrero de 2016), con ese aire de no haber roto un plato, resultando descarado sin excederse, coqueteando con una sonrisa que se mueve entre la inocencia y la osadía, advirtiendo que estamos ante un ensayo general con todo lo que eso conlleva (paradas, repeticiones, titubeos, ajustes, reajustes), diciendo que en realidad vamos a asistir a algo que es más divertido que el propio concierto porque es verlo nacer ante nuestros ojos, conocer sus entretelas, pidiendo disculpas de antemano si el espectáculo no resulta lucido, es como Lucas Vidal nos da la bienvenida a todos los que tenemos la fortuna de formar parte del público elegido para conocer lo que será el Concierto de Navidad con que se homenajeará a John Williams, uno de los nombres fundamentales para entender qué es hacer música para cine, cita que debería reunir tanto a cinéfilos como a melómanos porque muy pocas veces estas dos disciplinas se funden tan prodigiosamente como cuando alguna de las creaciones del genial compositor envuelve las imágenes para la que fue pensada y su sonido nos las devuelve con la misma fuerza que si las estuviésemos contemplando. Y, así, con un director que sabe crear complicidad, nos arrellanamos en nuestras butacas del Teatro Real de Madrid sintiéndonos privilegiados y sin envidiar a los que tengan entradas para el espectáculo del próximo 25 de diciembre porque, tiene razón Lucas Vidal, ellos lo verán acabado, de tirón, sin fallos ostensibles (o eso es de desear, pero nunca se sabe lo que puede suceder en este tipo de eventos por muy ensayados que estén), sin bises no deseados, pero se perderán la verdad que en ese momento exudan todos y cada uno de los implicados en que el concierto quede como ellos han imaginado, ver cómo, por así decirlo, toman impulso antes de cada número, calibran, desechan, prueban, van dando forma a lo que ya está elaborado, no se trata de que hayan llegado esa mañana a ver qué es lo que sale, pero aún les parece posible poder hacerlo mejor y ver esa entrega, ese esfuerzo, esa pasión sin artificios, sin barreras, sin matices, ser testigos de cómo la obra adquiere toda su fuerza es, en realidad, asistir a dos espectáculos por el mismo precio.
   Y aunque deben ajustar el volumen de los micrófonos para que cada sonido llegue con la limpieza y potencia debidas, para que los músicos y cantantes solistas no queden anulados por la Barbieri Symphony Orchestra, es un placer cómo las notas que reunió y armonizó John Williams para crear las melodías que fue imaginando, las que las imágenes de otros (sobre todo de su antiguo cómplice Steven Spielberg -algunas de ellas son proyectadas durante la ejecución de las piezas-) le inspiraron, demuestran no haber perdido ni un ápice de energía, siguen despertando las mismas emociones (u otras nuevas que cada uno ha ido incorporando con el paso del tiempo), bandas sonoras que, más allá de hacernos evocar aquellas películas con las que aprendimos a seguir soñando, nos transportan al momento en que las descubrimos, a aquella primera vez que se grabó a fuego en nuestra memoria y, al modo de esa magdalena proustiana por la que bien saben los lectores fieles que tanta querencia siento, reaparece con viveza con apenas un compás. Y es inevitable, pero maravilloso, que algunas lágrimas broten, muchas por la ausencia, por lo irrepetible, por la sima que barrenó en el alma la ausencia de alguien, ese vacío inmenso y oscuro que jamás se consigue rellenar, pero la mayoría por la alegría de haber podido vivir esas experiencias: la cola para conseguir entradas en el cine Luchana era kilométrica, pensábamos que la intentona se saldaría con un fracaso, llevábamos al menos una hora esperando que aquello se moviera aunque fuese una docena de pasos, creíamos que Superman debería esperar para una ocasión más propicia cuando el tío Miguel reapareció con las entradas en la mano (había ido hasta la entrada del cine para tratar de averiguar por qué seguíamos en el mismo sitio desde que habíamos llegado) diciendo que acababan de abrir una taquilla en la que, justamente, estaba apoyado (siempre he pensado, y lo haré hasta que me muera, que se coló porque era capaz de cualquier cosa con tal de concedernos el capricho prometido); todo el mundo hablaba sobre la misma película, parecía que no hubiese otra, poco a poco la iban viendo los compañeros del colegio, me mordía las uñas de ganas y envidia, por fin un vecino, el señor Polo (Hipólito, creo recordar, pero siempre le llamamos así), que era acomodador de uno de los cines en que la proyectaban (el Roxy, pero no puedo asegurar si el A o el B), nos compró las entradas para que la tía Carmen pudiese llevarnos a ver La Guerra de las galaxias (o sea, como dentro de unas horas en que iremos a por ese séptimo episodio que tanto hemos esperado -la tía ya no se apunta a estas cosas, dice que son para jóvenes… ¡de más de cuarenta (y a mucha honra)!-); vi por primera vez El violinista en el tejado en un cine de verano junto a los tíos, como tantas veces, disfrutando la noche y la compañía; tardé mucho en poder ver Tiburón por aquello de la edad (y la primera vez no la vi entera porque me daba un miedo irrefrenable -tendría unos 12 años-), pero me la sabía entera porque mi hermano me la había contado; Indiana Jones va a ser para siempre uno de mis héroes favoritos y, aunque muy decepcionante, la cuarta de la saga la vi con Pablo en el estreno, lo que acrecienta mi gusto por este profesor de Arqueología que hace suspirar a sus alumnas.
   Y todo ese rosario de sensaciones se va haciendo presente según se va desarrollando el concierto, con la emoción añadida de tener mi mano derecha entrelazada con la izquierda de Pablo, la persona que me ha enseñado tanto sobre la música en general y sobre la que se compone para cine en particular, alguien que adora a John Williams y le conoce muy bien (durante mucho tiempo, no fui tan consciente de ello a pesar de que sentía un escalofrío muy agradable cuando escuchaba alguna de las partituras mencionadas o las de E.T., La lista de Schindler o Parque Jurásico -que también me reavivan recuerdos, sobre todo la excursión que hicimos a La Vaguada para asistir a una sesión matinal del último título nombrado-), Pablo es siempre el camarada propicio para vivir momentos de éxtasis vinculados a nuestras pasiones comunes (el cine, el teatro, la música, la literatura, el arte en cualquiera de sus disciplinas) y latimos al compás de lo que nos llega por todos los sentidos, dejándonos invadir por una atmósfera mágica que tendrá un esplendoroso colofón con la aportación de Jorge Blass en el tiempo dedicado a la saga de Harry Potter (películas que no me gustan, libros que adoro, una nueva muestra del talento de John Williams); antes de eso, nos ha sabido a poco el prólogo en el que participan artistazos como Dulcinea Juárez o Paco Arrojo (en realidad, nos quedamos con ganas de escucharles más, pero el tema de presentación no encaja con el resto del programa), ha sido sencillamente arrebatador asistir a cómo la violinista Leticia Moreno, en tres o cuatro ocasiones, ha retomado la melodía desde la nota más sublime, virtuosa en grado extremo, emocionante sin tregua, dejándonos sin aliento, es simplemente brutal el modo en que Didi Rodan juega con la arena para ilustrar el tiempo dedicado a la saga Star Wars, creando un arte efímero que deja huella, haciendo necesaria la búsqueda de nuevos adjetivos para definir, calificar y aplaudir lo que consigue con unos puñados de arena, con un sentido del ritmo apabullante, haciéndonos abrir los ojos como platos (prefiero obviar el momento Solo en casa, no por Israel Lozano, Carlos Wernicke y Jerónimo Maesso, sino por Russian Red, artista por la que nunca he sentido más que apatía, la misma que percibí en su intervención, como si todo le diese igual). Cuando Lucas Vidal vuelve a agradecer la asistencia habría que gritárselo a él (y a los artistas que le acompañan en escena) por lo mucho que nos han regalado, porque ha sido un viaje desde y hacia nosotros mismos, porque, a pesar de esas pequeñas distorsiones de sonido (en realidad, tan sólo manejar con algo más de tino las regletas, otorgar a cada quien la presencia que debe tener en cada momento), nos hemos dejado acunar por una atmósfera plácida y placentera que nos ha acariciado en ese lugar recóndito en que atesoramos los buenos momentos, tantos de ellos vinculados a la expresión artística. Por mucho que el ensayo sea más divertido, no dudaría en asistir (estoy por repetir, no digo más) al concierto del próximo viernes, el día de Navidad, para volver a deleitarme con la música de John Williams, con el sonido de la Barbieri Symphony Orchestra, con los talentos de los invitados, con la pasión que transmite Lucas Vidal con su batuta, con sus manos, con todo el cuerpo, con el brillo en su mirada, ese que no nos abandona desde que empezamos con Superman y, nunca mejor dicho, nos dispusimos a volar.

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