miércoles, 23 de diciembre de 2015

YO LEO, TÚ LEES, ÉL (O ELLA) NOS LEE



  

 Llevaba tiempo queriendo escribir algo sobre un libro muy interesante, un ensayo que detiene su argumentación para narrar historias, una reflexión desde el estudio y el aprendizaje (hay muchos que olvidan que lo segundo no debe abandonarse nunca, que es fundamental sentirse aprendiz para investigar, para explorar, para no perder el oremus, para ser el primer interesado y el primer beneficiado por las incógnitas despejadas, por el problema resuelto, por los pasos avanzados), unos recuerdos personales muy bien distribuidos y utilizados para armar el texto, un entusiasmo inevitable cuando se va dando cuenta de los frutos conseguidos, nunca mejor dicho es la obra de una vida (o de varias), aunque Santiago Alba Rico aún tenga muchas cosas por decir, por mostrarnos, por iluminar, porque cuando las letras te atrapan no te sueltan jamás y te conviertes en su mejor valedor, en su continuo anunciante, en su permanente defensor; pero, repito, es la obra de una vida porque es el modo en que el autor ha querido encauzar la propia y la de sus hijos, transformándolos a su vez en miembros de esta cofradía que se resiste a ser aniquilada, que lucha contra viento y marea porque cree en aquello que defiende, en aquello que le hace disfrutar, en lo que enriquece continuamente el conocimiento pero también las emociones, en el refugio que se mantiene en pie a pesar de las tempestades, en el amigo que atiende todas las llamadas, en el mejor regalo posible porque es mucho más que un simple objeto, porque siempre hay nuevas posibilidades, porque no se agota cuando lo terminas, es decir, un libro. Y lo que el filósofo de formación y de vocación (ahí está la etimología de la palabra para demostrarlo), el aclamado guionista de los Electroduendes, el reputado ensayista (no sólo en el aspecto cultural, también en el político -de hecho, en el que ahora nos ocupa se entremezclan con brío y sentido ambas vertientes-) transmite en Leer con niños (título publicado hace unos años que ahora ha recuperado Literatura Random House) es el modo en que su afición, su pasión, su fiebre por la letra impresa fue inoculada en sus hijos sin traumas ni tareas ingratas, como placer no como obligación, gracias a algo que hemos arrancado de cuajo de lo cotidiano, que hemos delegado en dispositivos, grabaciones o sustitutivos sin la misma calidez que transforman al usuario en un receptor pasivo, al que tan sólo le queda la facultad de apretar un botón u otro para que aquello deje de funcionar. Porque, tal y como el título indica, se trata de dar ejemplo en lo práctico, haciendo partícipes a los chavales, no basta con que te vean leer para que quieran imitarte (técnica que, por cierto, no es demasiado efectiva -hablo desde mi experiencia, claro-), es mucho mejor convertir la lectura en algo colectivo, hay que recuperar la tradición oral, da igual que sea a través de tu abuela (como ya he contado en otras ocasiones) que te cuenta Los siete cabritillos haciendo todas las voces de los personajes o de cualquier otro adulto (los hermanos mayores también sirven) que coge algún libro de la estantería y se convierte en Sherezade, en transmisor de lo que alguien dejó escrito.
   Y, como digo, llevaba un tiempo queriendo dar cuenta de Leer con niños y hoy ha sido el día propicio porque se han conjurado una serie de circunstancias que me lo han hecho necesario, podemos decir que la primera es el hecho de que cada vez haya más hogares (dentro de los que se lo pueden permitir y me da que ese número no deja de menguar) que celebran la llegada de Papá Noel (o San Nicolás o Santa Claus, por aquello de la influencia hollywoodiense), hecho que tendrá lugar en poco menos de 24 horas (son casi las dos de la madrugada cuando ando tecleando) y, desde bien pequeño, uno de mis regalos favoritos, casi el principal (o sin adverbio, aunque hay otras cosas que también me hacen feliz, sobre todo cuando se nota que la persona que las obsequia ha pensado en uno, conoce sus gustos, da muestras de su cariño), el que no puede faltar, es un libro (no uno solo: el ratón de biblioteca nunca se sacia), y para conseguir que los chavales no lo vean como una carga, como un rollo, como un capricho de los papás, como recordatorio de que hay que estudiar, conviene que sea algo habitual y regocijante recibirlo como regalo, como parte fundamental de la celebración, como algo atractivo y sugerente sólo con leer el título y hojearlo brevemente. Después, mientras asistía al crimen que Paula Ortiz ha cometido contra Bodas de sangre de Lorca, esa infamia titulada La novia (sobre la que escribiré en otro lugar -Celuloide en vena-, aunque ya he anticipado algo en Facebook porque mi espíritu lorquiano se ha revuelto sobremanera ante semejante despropósito y necesitaba explayarse), he recordado muchas lecturas, muchas representaciones, muchos momentos gratos asociados a la producción del escritor granadino, la musicalidad de sus versos, lo torrencial de su prosa, la hondura y belleza de sus palabras, el aliento trágico que poco a poco lo inunda todo, la alegría que brota sin aspavientos, lo popular dignificado sin culteranismos ni alteraciones, lo mucho que siempre queda por descubrir en una obra tan ingente en lo que a sentimientos e interpretaciones se refiere (hablo a título personal, las que cada uno haga cuando regresa a versos que leyó a los doce, a los quince, a los veinte, a los treinta y tres años, ayer mismo) y evoqué la figura de una profesora de Literatura, Silvia Filgueira, mi tutora en COU, con la Generación del 27 -una selección de poemas de aquellos a los que se considera miembros de la misma- y el propio Federico como dramaturgo -La casa de Bernarda Alba- como lecturas obligatorias para el examen de Selectividad. Aunque explicaba mucha teoría, sobre todo de cara al momento en que hubiese que comentar los textos en dicha prueba (parece que no se valoraba excesivamente que alguien osase personalizar, matizar, hablar por sí mismo, se preferían las retahílas memorizadas en los libros de estudio), intentó durante el curso motivarnos, estimularnos, preguntarnos qué pensábamos, en alguna ocasión comenzamos por ahí, por la lectura, sin prólogos ni anestesia, en clase, en voz alta, llegando a representar los textos dramáticos, y, después de algunos debates, de opiniones encontradas o coincidentes, de dimes y diretes, pasaba a lo puramente técnico sin consentir que olvidásemos lo que cada uno habíamos experimentado al enfrentarnos sin prejuicios al texto, abiertos de mente, vírgenes en emociones, sin criterio (pre)establecido (en este sentido, tampoco puedo olvidarme de Mercedes Gómez del Manzano, aquel portento que tantas nuevas ventanas abrió en mi afición lectora cuando tuve la fortuna de que nuestros caminos se cruzasen en la Facultad, una mujer que consentía y propiciaba toda la libertad del mundo para que cada cual escogiese aquellos títulos y autores que le resultasen más atractivos, siguiendo unas directrices generales y parcelando por épocas, movimientos y países, una enseñante como pocas, apasionada con lo que hacía y leía, a la que desgraciadamente se perdió cuando aún tenía mucho que enseñar a querer).
   Y así llegamos a la tercera circunstancia, la más decisiva porque transformó mi vida, una que ya he contado en otras ocasiones por lo que sólo me detendré lo justo, en aquello que entronca con el libro de Alba Rico (además, ando preparando alguna cosilla específica sobre él como escritor, tal vez por eso le tenía hoy tan presente aunque tampoco necesito demasiado para ser consciente de su influencia, de su magisterio), se trata de nuevo de Luis Landero, aquel que supo encontrar la vocación que yo desconocía, el profesor al que he visto hacer adeptos para la causa lectora sin esfuerzos ni amenazas, el que conseguía conmover y atrapar a gente que ni siquiera leía los textos obligatorios, el que atraía el interés hacia aquellos objetos que tantos rechazaban sin molestarse en abrir alguno, el que convertía lo que para tantos era una tarea ingrata en algo divertido y apasionante, primeramente porque se saltaba a la torera el nada estimulante programa académico, el que a tanta gente ha expulsado del gusto por leer, el lastre, la condena incluso para los que llegábamos a las aulas con afán y costumbre lectores, esos títulos que parecían escogidos la mayoría de las veces para provocar el efecto contrario, lecturas a destiempo en gran parte porque no se cultivaba el terreno y se arrojaba a los alumnos sobre los libros o viceversa, porque Luis empezaba el curso yéndose al XIX, donde decía que estaban las historias, los dramas, los lances, los misterios, los personajes con los que podíamos empatizar, y por eso cogía entre sus manos un libro que había dejado sobre la mesa y empezaba a leerlo en voz alta, nada menos que Madame Bovary (que un servidor había leído a los catorce años, pensando que sería la historia de una mujer sofisticada que fumaba en boquilla tumbada en una chaise longue -se nota que conocía el Fumando espero de la Montiel, ¿verdad?-), y, así, con una magnífica voz, entonando con acierto y narrando como si contase, iban transcurriendo las primeras clases, como un fuego de campamento, como una reunión entre amigos, como si Flaubert conversase con los demás. Y esa es la realidad que Santiago Alba Rico ha vivido con sus hijos, lecturas compartidas sin orden ni concierto, por elección, por expreso deseo de los involucrados, sin cortapisas ni algodones (con la de contenidos a los que un chaval tiene acceso hoy en día, lo menos que debe preocuparnos es que se sienta atraído por Lolita, El amante de Lady Chatterley e incluso Yo soy Fulana de Tal), sin barreras ni ortodoxias, leer por el mero placer de hacerlo, aunque se llegue demasiado pronto a ciertas obras y otras vayan siendo desplazadas o permanezcan inéditas (es algo con lo que un lector deberá convivir toda su vida, nunca se pondrá al día, demasiados títulos reclaman atención al mismo tiempo), si no aprendemos a caernos, a equivocarnos, si no nos enfrentamos a pruebas (elegidas por nosotros, no lo olvidemos), no sabremos valorar lo conseguido, las satisfacciones, las alegrías, las emociones sinceras provocadas por las palabras que un escritor reunió, las poseedoras de vibraciones placenteras (da igual de qué género hablemos, lo que uno nunca olvida es lo bien que lo pasó, aunque llorase, aunque temblase, aunque se estremeciese). Leer con niños es un magnífico canto a la experiencia lectora y ayuda a despejar el camino de obstáculos y rigideces, no es tan difícil darse cuenta de las ventajas del método -aunque imagino que a Santiago no le gustará la palabra, ya que nos estamos refiriendo a una manera de vivir y entender la literatura y el modo de acceso a la misma, algo muy alejado de la tiranía didáctica, si se me permite lo que es un oxímoron en toda regla aunque los que la hayan sufrido, porque es una realidad, saben que se da en las aulas con demasiada frecuencia-, basta con recordar que, cuando críos, pudimos amar Don Quijote de La Mancha antes de leerlo gracias a aquella espléndida serie de dibujos animados y que el tan cacareado inicio “En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme” y todo lo que sigue, impacta mucho más si lo pronuncia una voz como la de Rafael de Penagos -hagan la prueba, ya verán como hay alguien que les ruega que continúen y, a lo tonto, a lo tonto, se meten la obra cumbre de Cervantes entre pecho y espalda y les deja huella en el corazón-.   

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