martes, 7 de febrero de 2017

DESPUÉS DE LO PEOR







   Adorno decretó que no era posible escribir poesía después de Auschwitz, incluso calificó de “acto de barbarie” el hecho de ponerse a trenzar versos tras haber ocurrido aquello que, sin ningún género de duda, sólo puede expresarse a través de lágrimas, de lamentos provocados por heridas difíciles de restañar de las que sigue manando, más allá de la inevitable sangre, un pus muy espeso y hediondo, putrefacto a fuerza de acumularse y macerarse en lo más recóndito, sólo parece posible proferir exclamaciones de espanto sin límites, palabras balbuceantes, entrecortadas, suspiros temblorosos, intentos vanos por enhebrar un discurso coherente por muy elemental que lo pretendamos, elegías sacudidas por estremecimientos de horror, los mismos que deberíamos sentir a diario ante la inhumanidad de que la llamada humanidad sigue (seguimos, no nos consideremos libres de la acusación por el mero hecho de, como en este caso, escribir antes de cenar unas cuantas palabras de reproche que sirvan como recordatorio y, de alguna manera, lavatorio de la mala conciencia -si es que la hay- de no hacer nada al respecto), la inhumanidad, decíamos, de que se sigue haciendo gala y que es sancionada, apoyada y consentida a través de las urnas (da igual lo mucho o poco que se difunda la Historia porque nosotros mismos nos condenamos a repetir errores e infamias). Por mucho que se comprenda y comparta lo que el filósofo alemán quiere expresar (aunque propicia e invita a una reflexión de la que cada cual puede extraer sus propias conclusiones, válidas siempre que se argumenten adecuadamente y no se tergiverse ni malinterprete torticeramente una sentencia que deja muy claro qué quiere significar), por mucho que la poesía se vincule a, como señala el DRAE, la “manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa”, no conviene olvidar que, como todo género literario, como toda expresión artística, como toda creación humana, está (o debería) en constante renovación, revolución, innovación, acepta múltiples voces, infinidad de matices, que más allá de esa definición también el diccionario sanciona que es poesía cualquier composición en verso, que en aquellos lejanos años de EGB y Bachillerato nos hacían leer el  Cantar de mío Cid, que Jorge Manrique vivió en el siglo XV y sus Coplas a la muerte de su padre son una cumbre de la que seguir aprendiendo, que aprendimos ripios divertidos de la mano de Gloria Fuertes como entrenamiento para su poesía adulta -siempre directa, de fácil acceso, pero profunda, crítica y a ratos amarga-, que ahí están, sin salirnos de España, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Lorca, tantos, antes y después de Auschwitz (y de los horrores que ese nombre simboliza), que han engrandecido la poesía sin ahorrarnos dolor, siendo un necesario altavoz, avivando el grito íntimo y aún más el colectivo que no deberíamos acallar mientras algunos sigan comportándose como si fuesen los amos del mundo (lo son, por eso actúan con total impunidad, y cuando se marchan llegan otros similares, puede que con intenciones, condicionantes e intereses creados diferentes pero produciendo los mismos y letales resultados), que el silencio no sea cómplice de la barbarie, que el arte juegue a ratos su papel de placebo, de evasión, de burbuja, pero que no evite mancharse de barro, que no esquive la confrontación, que no se escude en una mala interpretación de la petición de Adorno (que, en realidad, uno toma más como una maldición: ya no será posible recuperar cierta ingenuidad prístina, de un modo u otro nos arrancaron la inocencia de cuajo), que no revista de corrección política, que, dicho en román paladino, no se la coja con papel de fumar.
   Y es que hay, por desgracia, mucho fundamentalista del dolor, de la tragedia, de la ofensa, que sólo acepta una forma de afrontar las cosas, que se burla de otros en su misma situación o similar, incluso los reprende e intenta o logra acallar, hay quien pretende imponer su modo de actuar (en esto como en todo), da igual que hablemos de enfermedades (con el hiriente mantra de “la actitud hace mucho”, prometiendo curación a cambio de sonrisas, exigiendo a los enfermos buen talante y ausencia de quejas) o de holocaustos. Claude Lanzmann, el director de la imprescindible Shoah (1985), lleva muchísimos años arremetiendo contra cualquier cineasta que, a su juicio, osa “poner en imágenes lo inimaginable”, centrando sus diatribas en La lista de Schindler (1993) por utilizar actores y reconstruir los escenarios en que tuvo lugar, impartiendo su bendición a El hijo de Saúl (2015) al dejar fuera de foco el horror, al sugerirlo mediante sonidos, al mostrar casi exclusivamente el rostro del protagonista y rehuir los contraplanos para saber qué contempla, qué sucede a su alrededor (aunque, todo hay que decirlo, Géza Röhrig, el actor principal -debutante en esas lides, tal vez por eso no molestó al francés-, explicó que Lanzmann llegó diez minutos tarde a la proyección en Cannes y estuvo hablando con su mujer gran parte de la misma); recuérdese la agria polémica provocada tras el estreno de La vida es bella (1997) de Roberto Beningni ante lo que muchos quisieron ver como una burla, como un chiste, quedándose muy en la superficie o en el prejuicio, absurdamente indignados ante lo que, a todas luces, era un homenaje a tanta gente que perdió su vida mientras tantos banalizaban el mal (también Hannah Arendt sufrió el acoso y derribo de los que, incluso con buenas intenciones -Lanzmann, por ejemplo, sigue creando, no se limita a lanzar andanadas porque sí, las sustenta en su obra-, no aceptan que alguien les tire por tierra los esquemas o les haga replanteárselos, esa gente de pensamiento único que, a la postre, es tan intolerante como aquel al que condenan -y dejémoslo en eso para no enredar más este texto-).
   Berta Vias Mahou, en el prólogo (preciso y revelador pero un tanto escaso) al volumen titulado El chal en que Lumen recogió hace unos meses el relato homónimo de Cynthia Ozick y su continuación (Rosa), recuerda que el silencio, la resignación, las lágrimas ahogadas antes de brotar, la inexpresividad mientras asesinaban a un familiar (o a varios, a muchos, a todos) podía suponer la supervivencia, “muchos judíos tuvieron que tragarse el aullido de lobo”, pero es de justicia que alguien, las propias víctimas o sus herederos, otros ciudadanos, dé voz a lo sucedido, transmita lo sufrido, es necesario que la poesía a ratos duela, incomode, haga sufrir, porque es la expresión de los sentimientos, porque no todo es belleza, porque todo paraíso está amenazado desde su creación, porque siempre tiene una sombra a punto de cernirse, porque un concepto adquiere significación plena cuando tiene un antónimo, porque comprendemos y distinguimos lo que nos place de lo que nos disgusta, porque llamamos a las cosas por su nombre. Una de las eternas candidatas al Nobel (que cumplirá en abril 89 años), la ya mencionada Cynthia Ozick, hija de judíos rusos que huyeron a EEUU ante los pogromos puestos en marcha tras el asesinato del zar Alejandro II, ha colocado el asunto de la identidad judía como columna central de toda su obra, pero hasta 1977 no se atrevió a tocar directamente el tema de las personas a las que ella aborrece llamar “supervivientes” (la considera una mera etiqueta que lleva a olvidar la condición humana de los así catalogados), e incluso en ese momento se refrenó, puesto que El chal no vio la luz hasta 1980 y Rosa tuvo que esperar otros tres años más para, al igual que su narración hermana, aparecer en las páginas de The New Yorker, reuniéndose en un volumen doce años después de su escritura. Eso, como bien señala Vias Mahou, habla de la prudencia de la escritora, de su recato -uno incluso diría de su pudor, puede que Adorno sobrevolase por ahí-, “de su deseo de encontrar una forma de expresión adecuada para semejante atrocidad”.
   Pero, sin duda, encontrándola, sobre todo en El chal, pieza muy breve, seca, árida, directa y elíptica, un prodigio en su modo de ahondar sin apenas una prosa que rae, oprime, asfixia, sin lirismo ni tremendismo, creando una atmósfera un tanto onírica, fruto de una mentalidad mermada que se deja llevar por alucinaciones para sobrellevar la cruel realidad, que convoca la magia aunque la sabe inefectiva para no aceptar el desenlace (como comprobaremos que sucede en Rosa), una mujer hundida en el infierno, lugar del que nunca se sale, siempre hay más, lo demuestra este estremecedor díptico, aún con más virulencia en la segunda narración, porque en apariencia todo ha quedado atrás, porque parece que hay espacio para el humor, para el desenfado, para el recreo, pero lo peor siempre está por llegar y nadie parece percatarse de ello. La maestría de Cynthia Ozick para concretar con precisión de orfebre, para expresar mucho con poco, para esbozar y desbrozar en unas cuantas frases, para llegar hasta el hueso con algunas palabras, queda patente en un volumen que, en menos de cien páginas, deja muy claro por qué hay que seguir escribiendo poesía (dicho en términos generales), por qué necesitamos escritoras de su talla, de su humanidad, de su lucidez, por qué el Nobel ya llega tarde (y lo sigue haciendo).      

jueves, 19 de enero de 2017

¿MALOS TIEMPOS PARA EL MONÓLOGO?







  Robo el título del presente escrito al querido y admirado amigo César Augusto Cair (por cierto, debo aclarar -por aquello de las suspicacias, aunque nunca niego los lazos afectivos, cuando existen, a la hora de encarar una crítica- que no lo era cuando vi Eva ha muerto por primera vez y escribí sobre la misma, que ni siquiera nos conocíamos, que tardamos en hacerlo, que cuando pudimos saludarnos más allá de la virtualidad de las redes sociales fue después de que, con la generosidad que le caracteriza, me pidiese que escribiera el prólogo para Quinto aniversario, que el libro ya estaba en el mercado cuando por fin nos dimos un apretón de manos y un abrazo, que todo lo publicado en su día en este blog fue, como siempre, mi opinión sincera, mi análisis particular y sin intereses creados sobre lo que vi en escena, que el dramaturgo me interesó por lo que experimenté y me hizo pensar, que así empezó a fraguarse una complicidad artística que, sólo varios meses después, dio paso a una relación más cercana e íntima), estábamos, como digo, hablando un jueves después de una de las representaciones de La voz hermana (a la que, por segunda vez, César llegó sin avisar para así abonar su entrada en taquilla, descubriéndole entre el público, generoso como digo con el trabajo de los demás), se daba el caso de que Pablo y yo habíamos reservado el siguiente domingo para ver su último texto estrenado -Loba noctámbula, sobre el que escribí recientemente y que regresará a la cartelera antes del final de esta temporada-, así pudimos devolverle la sorpresa (porque, siguiendo su ejemplo, no le habíamos anticipado nada y sólo se lo contamos, ya que le teníamos delante, porque las entradas ya estaban abonadas), el caso fue que, puesto que tanto la función de César como la de Pablo eran sendos monólogos, empezamos a evocar algunos de los vistos últimamente (la histórica reposición de Cinco horas con Mario con una Lola Herrera en plenísima forma, la magistral Reina Juana a cargo de una portentosa Concha Velasco, la estupenda versión de La Plaza del Diamante que permitió a Lolita derrochar en escena todo su potencial dramático), hablamos sobre su proliferación y nos preguntamos si sería otra manera de intentar abaratar costes y poder exhibir un trabajo, íbamos y veníamos sobre el asunto compartiendo tanto experiencias vividas como espectadores como aquellas derivadas del proceso de poner en pie un proyecto teatral y del día a día de cada función, y de repente César lanzó la frase al más puro estilo Golpes Bajos pero con toda la carga que Bertolt Brecht (el verdadero autor) puso en la misma, como afirmación, yo recogí el testigo y le dije que, como interrogación, como consulta a los posibles lectores, recabando la opinión del público, titularía de ese modo mi crónica sobre Loba noctámbula, pero una vez me sumergí en el viaje emocional que el autor y director propone, una vez me dejé arrastrar hasta el infierno más candente del amor contrariado, rechazado, ignorado, abandonado y del modo en que María Laza lo expresa, en el momento en que aquella mujer empezó a dolerme, a zarandearme, a reavivar esas lágrimas amargas que en algún momento todos hemos enjugado y cuyo rastro no se borra del todo como recordatorio de lo frágil que puede ser la felicidad por mucho que esté asentada y bien alimentada, en cuanto sentí los aullidos como latigazos propinados con saña vino a mi corazón aquella otra Loba que hiciera inmortal la excelsa Marifé de Triana y, claro, ya me conocen los fieles, la copla se impuso: “Palabras de negra historia, / palabras de desengaño / que vuelven a su memoria / al cabo de tantos años”.
   Pero seguí preguntándome si vivimos buenos tiempos para el monólogo (el poema de Brecht, como siempre ocurre con su obra, sirve para muchas realidades, acepta muchas interpretaciones, mantiene terrorífica vigencia, “sólo agrada quien es feliz”, puede que te tilden de revolucionario, de asocial, de antisistema sólo por decir en voz alta lo que la mayoría quiere ocultar, como si la suciedad debajo de la alfombra se evaporase por arte de magia en lugar de acumularse y hacerse más notoria), lo cierto es que el arte en cualquiera de sus manifestaciones vive en crisis constante casi desde su nacimiento, porque asusta su libertad y se intenta coartarlo, reglamentarlo, domesticarlo, anularlo, porque se considera prescindible (e incluso innecesario) y se hace creer al resto que es un lujo, un capricho, una frivolidad, un absurdo, un engaño, se le niega su carácter contestatario e intenta minimizar su efecto, el poder, sea del tipo que sea, quiere saber poco o nada del arte si no lo puede utilizar como propaganda, en beneficio propio, colgándose medallas y méritos, porque ciertas voces consideradas expertas menosprecian un arte (llegan a negarle ese nombre) que sólo busque entretener, divertir, evadir, regalar belleza, sin ínfulas, sin otras consideraciones, sin consignas, sin remordimientos, sin vergüenza, sin subterfugios, porque aparecen autoproclamados artistas (o así nombrados por aquellos interesados en su promoción y triunfo, buscando el beneficio económico nada más, abusando del afán y talento creativo de otros) que sólo pretenden el encumbramiento personal, que se transforman en categorías propias y vacuas, en productos de rápido consumo y veloz olvido, transmitiendo la sensación de que nada perdurable ni digno de recuerdo sale de ese mundo, malgastando y pisoteando el legado de siglos de entrega de todos los que han hecho posible que aún haya personas a las que les interesen la literatura, la pintura, el teatro, la música, el cine, la poesía, la escultura, el diseño, la arquitectura, como es habitual en mí no dejé descansar a la lavadora, pasando de lo más mundano a lo más sublime, viendo por una vez la botella medio llena y concluyendo que los malos tiempos sirven como acicate para continuar creando, para seguir buscando parcelas en las que sentirse más vivo que nunca y en las que encontrar el remedio para las carencias que uno perciba en cada momento, sean carcajadas estentóreas o llantos con hipo, sí, sabemos que “con la que está cayendo” refugiarse en las páginas de un libro o en la oscuridad de una sala puede parecer un ejercicio de inconsciencia, de dejación de funciones, pero sólo de ese modo encontramos algunos el combustible para seguir caminando y plantando cara a las adversidades (las personales y las comunes).
   Volvamos a lo meramente teatral para señalar que, si atendemos a la cartelera, el monólogo sigue gozando de buena salud (aunque es cierto que hay un público que se muestra reacio, a no ser que entremos en el territorio que aquí hemos dado en llamar El Club de la Comedia -totalmente lícito, por supuesto, lo fantástico es que haya opciones muy diversas y cada espectador pueda elegir lo que le apetezca, pero, como muy bien nos matizó en su día el gran Miguel Rellán durante una entrevista, y él sabe de lo que habla mejor que muchos puesto que ha hecho una cosa y la otra, eso no es estrictamente un monólogo-), al menos así parece confirmarlo el hecho de que las funciones previstas de la versión de La voz humana de Cocteau que Israel Elejalde ha escrito y dirigido para que el talento de Ana Wagener vuelva a dejarnos sin aliento han tenido que ampliarse hasta finales de este mes y no son necesarias dotes adivinatorias para predecir que, más pronto que tarde, regresará al ambigú del Pavón Teatro Kamikaze. Más de uno me acusará de centralista por no desearle una gira larga, y ojalá la tenga, este montaje merecería mantenerse mucho tiempo en cartel, sumarse a la lista de espectáculos nacidos en el seno de esta compañía y a los que regresa cada cierto tiempo, pero es que la manera en que Elejalde ha sabido aprovechar el espacio, integrarlo en la acción, supone uno de sus máximos aciertos y se hace complicado imaginarlo fuera de ese ambiente, el modo en que Wagener lo habita es electrizante, nos sentimos parte de esa habitación en que se desata el infierno, en realidad ya lo ha hecho antes de que lleguemos, tener a la actriz a pocos centímetros añade una descarnadura al texto que nos hace recibir cada palabra como lo que es, un latigazo en toda regla, un flagelo inmisericorde y suicida como sólo puede propinar(se) quien se niega a aceptar que el amor ha terminado, un refocilarse en la propia miseria con delectación y sadismo, estar en el ambigú del Pavón mientras una volcánica Ana Wagener susurra, ríe histéricamente, intenta mantener la calma, se envenena con sus miedos, echa leña al fuego para que la herida siga abierta, aúlla con impotencia, combina estados extremos con enorme naturalidad y contención prodigiosa es una experiencia catártica, la que Israel Elejalde ha sabido beber del original sin cometer el error de querer resultar más brillante, aunando esfuerzos y voluntades para que el monólogo se imponga a los malos tiempos y sea la única vía de escape posible.

jueves, 29 de diciembre de 2016

LA MADRE DE LA PRINCESA LEIA







   He dudado bastante dónde publicar este texto, pero como inevitablemente me salía algo muy personal, como no se trataba de glosar los méritos artísticos de Debbie Reynolds (que también), como lo que empezó a nacer esta mañana cuando me enteré de la muy triste e incluso fatídica noticia de su fallecimiento tenía más visos de desvarío/confesión que de obituario más o menos ortodoxo, pensé que a ella le gustaría bailar al ritmo del arpa y saludar con su clásico gesto sonriente entre angelical y mordaz al blog hermano (Celuloide en vena) en el que otras estrellas han sido celebradas, lloradas y homenajeadas; como además ya tuvo su momento de gloria en Celuloide y Candilejas, la página creada por Pablo que he tenido demasiado abandonada, pero aquí anuncio que la tendencia va a cambiar en 2017, para no confundir a los amables lectores que se interesan por lo que un servidor escribe, como en realidad me voy a copiar sin recato (al fin y al cabo, en aquel escrito nacido tras haberle sido entregado el premio del SAG a toda una vida dedicada a la interpretación me limité a hablar de mis percepciones, de mis emociones, de mis sentimientos hacia ella a lo largo del tiempo, del inolvidable momento vivido viéndola en escena, de la breve charla con ella tras el fabuloso show), creo que es preferible que, en lo que al que suscribe se refiere, la Reynolds se quede en aquel Celuloide (http://pablovilaboy.wixsite.com/celuloideycandilejas/single-post/2015/01/28/DEBBIE-REYNOLDS-Tanto-gusto) y ahora se asocie al ángulo oscuro del salón para iluminarlo con su rutilante presencia, la misma que inundó el escenario del Apollo Theatre de Londres aquel 9 de mayo de 2010 en que tuvimos la inmensa fortuna de, como prometía la publicidad, tener la insólita oportunidad de tener a pocos metros a uno de los nombres señeros del mundo del espectáculo, una mujer que, a sus 78 años, demostraba que, tal y como anunciaba la marquesina, estaba muy viva y fabulosa.
   Fue gracias a la instantánea que inmortaliza aquel momento (y que está en nuestro salón en un cuadro que preparó Pablo junto a una de las entradas de aquel día y a un afiche del espectáculo con su firma) cómo tuve que asumir una noticia que, debo reconocer, me costó digerir, especialmente teniendo en cuenta que poco más de veinticuatro horas antes me lamentaba (como tantos fans de La guerra de las galaxias y las películas posteriores) de la muerte de Carrie Fisher, su hija: Pablo la había colgado en Facebook evocando aquel encuentro y despidiéndose así de ambas, pero confieso que tuve que leer sus palabras dos o tres veces antes de comprender que era cierto que la madre había seguido la estela de la hija y entraban del brazo en la inmortalidad. Ellas mismas hicieron pública su rivalidad, se dedicaron palabras ácidas, sarcásticas, incluso insultantes, Carrie transformó sus desencuentros, sus enfrentamientos, sus reproches, sus adicciones, su relación de poco amor y bastante odio en un libro que no ocultaba su carácter autobiográfico y que se hizo tremendamente popular, con adaptación fílmica incluida (Postales desde el filo (1990) en la que Meryl Streep dio vida a la Fisher mientras Shirley MacLaine se transformó en un espléndido trasunto de la Reynolds), Carrie demostró ser digna heredera de su madre al regresar años después por la puerta grande con un vitriólico, descarnado y desopilante monólogo en que no dejaba títere con cabeza, comenzando (y terminando) por ella misma, sin eufemismos ni correcciones, desgranando las “virtudes” de su árbol genealógico, sin olvidar a papá Eddie (Fisher), pero entre andanadas, chistes, puyas y causticidad, a pesar de los pesares (o precisamente por todo eso), madre e hija desarrollaron una complicidad inteligente y sardónica, no jugaron a un falso olvido pero dejaron a un lado viejos rencores para regalar momentos mágicos como la recepción por parte de Debbie del premio antes comentado de manos de Carrie, siempre tocadas por la lucidez de la ironía, parodiándose sin ridiculizarse, formando un frente común que ni la parca ha sido capaz de destruir.
   Y es que la dulce protagonista de Cantando bajo la lluvia (1952) era cualquier cosa menos eso, aunque lo cierto es que nunca lo ocultó, tal vez al principio sí vendió el papel de víctima, de abandonada, no puede negarse que lo fue puesto que Eddie Fisher aún era su marido cuando, como ella misma declaró, lo mandó a que consolase a una gran amiga, Elizabeth Taylor, que había quedado viuda tras el accidente de aviación en que perdió la vida Mike Todd “y se quedó con él”, pero su matrimonio era cualquier cosa menos idílico y bien se encargó Carrie de proclamarlo a los cuatro vientos. Pero el talento de ambas estuvo en reconvertir lo negativo, lo terrible, lo doloroso, su lado más perverso y tendente al drama y el enfrentamiento en su carta de presentación y, sobre todo, en el terreno abonado para que su talento eclosionase. Así, Debbie Reynolds miraba a un teatro abarrotado con auténtica sorpresa, la función era un domingo (el día de descanso en Gran Bretaña) a las cuatro de la tarde (las llamadas matinales empiezan sobre las dos o dos y media, el horario no era tan extraño en aquellos lares), y se/nos preguntaba si no teníamos nada mejor que hacer, para, a continuación, extrañarse porque hubiese gente menor de cuarenta años (que la adoraban gracias a la serie Will y Grace (1999-2006), donde había sido contratada para un capítulo pero apareció en todas las temporadas debido a la repercusión y el éxito de aquella primera intervención) y, marcando el tono general del espectáculo, quiso darse a conocer diciendo: “¿Recuerdan Star Wars? ¡Soy la madre de la Princesa Leia!”, petición que desde ese momento hicimos a George Lucas (y posteriormente a J. J. Abrams) y que, lamentablemente, no podrá llevarse a cabo más que digitalmente (y tiemblo ante lo que ahora se me antoja como funesta premonición pero no explico para no destripar a nadie lo que sucede en la recientemente estrenada Rogue One). A partir de ahí, al margen de hacer gala de una voz que todavía afinaba con gracia y soltura, Debbie fue cobrándose algunas deudas que transformaba en arte, sus dardos envenenados e incluso crueles devenían en chispeantes por el modo en que los profería, por el adorno que les conferían su imperturbable (aunque llena de matices y oquedades) sonrisa, sus jubilosos brazos, sus movimientos de rutilante estrella, parodió a Katherine Hepburn, a Marlene Dietrich, a Barbra Streisand (demostrando, por cierto, grandes facultades canoras), hizo burla de los entonces aún vivos pero muy deteriorados físicamente Eddie Fisher y Elizabeth Taylor (él moriría tan sólo cuatro meses después, ella antes de cumplirse un año), “ahí los tienen y aquí me ven, además, cuando Eddie se marchó, yo me casé con un millonario”, se río de todo y de todos, fundamentalmente de sí misma: “Pregunté cómo podía hacer un espectáculo y me dijeron que reuniese mis hits, lo cual me lo ponía muy fácil porque sólo tengo uno [Tammy]”.
   Y, al final, como tantas veces hemos contado, agradecido, admirado, estuvo algo más de una hora en la puerta de artistas del teatro recibiendo a todo el que quisiera saludarla, hacerse una foto, llevarse una firma de recuerdo, entregada al público como sólo alguien tan enorme puede hacer, sin mostrar cansancio (cuando entramos llevaba casi una hora y aún quedaban unas veinte personas), cercana, espontánea, ágil (“Miss Reynolds, we are spanish” “¡Tanto gusto!”), sin perder el foco que la iluminaba convenientemente (una estrella no sólo debe serlo sino también aparentarlo siempre), haciendo aún más inolvidable el momento, sintiéndola algo nuestro desde entonces, lamentando terriblemente la pérdida aunque su legado (e igualmente el de Carrie Fisher) es impresionante y no va a perder fuerza (nunca mejor dicho) ni vigencia y la tenemos cada día frente a los ojos, nos provoca sonrisas, guiños, recuerdos, llueve en nuestro corazón pero no importa porque nos ponemos a cantar y bailar para lanzar un potente “good morning” como sólo una gran estrella puede proferir e iluminar por más que venga desde una galaxia muy, muy lejana.