lunes, 17 de abril de 2017

...ES OJO PORQUE TE VE







  “Hay que contrastar las fuentes”, “conviene tener más de una”, “hay que ponerlas en duda permanentemente”, “la credibilidad hay que ganársela”, estas y otras frases martilleaban nuestro cerebro en los años de facultad y, aunque con sus matices y sobre todo con la experiencia de cada uno y el ejercicio de la profesión, conviene tenerlas siempre en cuenta a la hora de abordar una investigación, por más trivial que sea, a la hora de recabar testimonios para redactar (o editar) una noticia, un reportaje, una crónica, incluso cuando se trata de una única entrevista con un personaje más o menos popular y todo gira en torno a su testimonio, por más olfato que se pueda tener, por más muescas que adornen la culata del revólver, por más resabiado/avispado/desconfiado que uno sea de natural resulta complicado lo de poner la mano en el fuego por alguien así sin más (porque, por supuesto, no estamos hablando de aquellos que se limitan a fusilar notas de prensa convenientemente redactadas por otros, esos que traen el sesgo tendencioso en el ADN, aquellos que escriben bajo cuerda y como propagandistas). Y todo esto viene a cuento porque el último libro del maestro Gay Talese, El motel del voyeur (editado en nuestro país por Alfaguara a principios de año con traducción de Damià Alou) ha sido puesto en entredicho desde el principio porque ciertas fechas y, muy especialmente algunos de los hechos que su protagonista narra no han podido confirmarse, no han aparecido otros testigos ni se han encontrado rastros en informes policiales o medios de comunicación. Lo cierto es que el propio Talese lo advierte desde el principio y lo deja claro al lector, antes incluso de haberse visto obligado a corregir o justificar su obra: “De no haber visto la plataforma de observación con mis propios ojos, me habría resultado difícil creerme toda la historia de Foos. De hecho, durante las décadas transcurridas desde que nos conocimos, en 1980, había observado diversas incoherencias en su relato: por ejemplo, las primeras entradas del Diario de un voyeur están fechadas en 1966, pero la escritura de compraventa del Manor House, que obtuve hace poco del Registro de la Propiedad del Condado de Arapahoe, demuestra que la compra tuvo lugar en 1969. Y hay otras fechas en sus notas y diarios que no acaban de cuadrar. No me cabe la menor duda de que Foos fue un voyeur épico, pero a veces era un narrador inexacto y poco fiable. No puedo responder de todos los detalles que incluye en su manuscrito”. En nota añadida tras un reportaje del Washington Post que ponía en duda la veracidad de algunos pasajes, Talese explica que “en esta edición se han introducido una serie de cambios de escasa importancia. Por lo demás, el libro permanece tal cual".
   Ya sólo por esto, habrá quien se pregunte (ha habido quien se ha escandalizado) por qué Talese compromete su bien ganado prestigio para dar a conocer una historia con agujeros, susceptible de ser desmentida (al menos en parte), algo que, más allá de haber podido conocer el lugar que da título al libro y de haber desarrollado una cierta relación con el que es el verdadero autor de gran parte de lo que podemos leer, no nace, como en el resto de su obra, de años de dedicación, de ponerse en primera línea, de ganarse la confianza de (varias, muchas) personas que le proporcionen el relato, se limita a transcribir (con unas cuantas aportaciones y contextualizaciones, contando en primera persona cómo conoció y trató al voyeur) parte del diario que le fue llegando por entregas enviadas por correo (al más puro estilo dickensiano). La respuesta se antoja sencilla: Talese descubre una historia que contar, ese es su oficio, historia que además se le hurta durante tiempo porque el voyeur no quiere que su nombre se haga público y el periodista jamás ha publicado nada en lo que no pueda identificar a las personas que protagonizan sus escritos, a pesar de las dudas descritas hay muchos pasajes demostrables o cuando menos verosímiles, que al hablar de gente anónima no pueden hacer daño (ni difaman ni señalan), porque el texto que poco a poco va obrando en su poder es una especie de complemento a su monumental obra La mujer de tu prójimo, esa es la causa por la que Gerald Foos, el voyeur, se pone en contacto con él (“(…)me considero poseedor de una importante información que podría formar parte de ese libro o de otro futuro”), aunque pasó épocas de desencanto (Foos estaba empecinado en que su nombre no apareciese) e incluso olvido (hubo intermitencias en los envíos, años en los que no supo nada de él), ¿cómo iba a resistirse alguien como Talese a un material tan potente, por mucho que a ratos pueda pensarse que estamos ante una novela, ante el fruto de una mente calenturienta más que ante un reportaje o un diario que da cuenta, simple y llanamente, de la rutina diaria de un voyeur que ha creado un lugar a su medida para satisfacer sus pulsiones? ¿Cómo ignorar a alguien que se presenta del siguiente modo: “Desde hace quince años soy el propietario de un pequeño motel de veintiuna unidades situado en el área metropolitana de Denver, y al tratarse de un establecimiento de clase media, ha atraído a gente de lo más variopinto y ha tenido como huéspedes a una muestra enormemente representativa de la población estadounidense. Compré este motel para satisfacer mis tendencias de voyeur y mi irresistible interés por todas las fases de la vida de la gente, tanto social como sexualmente, y para responder a la antiquísima pregunta de “cómo la gente se comporta sexualmente en la intimidad de su dormitorio””? Es fácil comprobar que ahí hay una historia, la de este hombre que no tiene empacho en contactar con un desconocido y poner su destino en sus manos (porque, y ese es otro de los reproches que se le han hecho a Talese, el periodista podría denunciarle), ¿cómo no querer saber más?
   No nos engañemos: este oficio nuestro (aunque ponerme en la misma frase que Talese me resulta excesivo) tiene mucho de voyeurismo, de curiosidad, de cotilleo si se quiere, luego está cada uno para trascender lo que puede ser mero chismorreo e invasión de la privacidad de los demás, para separar la paja del grano, para discriminar y decidir qué merece nuestra atención (de nuevo, sin introducir en la ecuación a los que se comportan -o son directamente- como comisarios políticos, a los que sólo atienden a intereses comerciales, a los que dejan fuera aquello que no les conviene o cuando menos incomoda a los que les mantienen en el machito). Y el caso es que el propio Foos provoca que Talese, de una forma u otra, se sienta identificado con él cuando afirma que le gustaría que le considerasen “pionero de la investigación sexual” puesto que su material es más auténtico y legítimo que el del Instituto Masters & Johnson, ya que “he presenciado, observado y estudiado de primera mano el mejor sexo entre parejas, espontáneo, no de laboratorio, y casi todas las demás desviaciones concebibles”, aunque considera que las que son tildadas como tal, “puesto que hay una gran proporción de gente que las practica de manera habitual, deberían reclasificarse como inclinaciones sexuales”, de hecho se niega a hablar de perversiones o al menos al condenar como tal una práctica sexual en la que los individuos “participaron de buen grado, y por lo tanto el Voyeur no se mostrará discriminatorio en su interpretación”. De hecho, por ejemplo, reconoce sentirse impresionado por “lo cariñosas y amorosas que son las relaciones que veo por lo general entre lesbianas. Su comprensión, compasión y complacencia excede con mucho la relación entre hombres y mujeres. (…) Lo de estas mujeres se podría resumir con la expresión “hacer el amor con” en lugar de “hacer el amor a”. Por desgracia, la mayoría de hombres que he observado se preocupan más por su propio placer que por el de las mujeres. Hay mucho menos amor emocional que amor físico. Las lesbianas, por el contrario, son mejores amantes entre sí; saben lo que quiere su compañera, y casi siempre existe una proximidad emocional que un hombre nunca puede alcanzar. Más ternura, más consideración y comprensión de los sentimientos del otro, etcétera”.
   Su posición privilegiada en la plataforma diseñada a tal efecto convierte al voyeur en una especie de Diablo Cojuelo que, sin llegar a levantar los tejados, conoce la cara oculta de aquellos a los que observa y se percata de que en “sus apariciones en público es imposible determinar que su vida privada es un infierno de desdicha. Reflexioné acerca de por qué la gente se ve obligada a guardar ese secreto, a no permitir que nadie sepa que su vida es infeliz y deplorable. Es la “condición humana”, y estoy seguro de que eso explica que si la desgracia de la humanidad se revelara de manera espontánea y simultánea, quizá la consecuencia sería un genocidio en masa”. También concluye que “la gente es básicamente deshonesta y sucia; engañan y mienten motivados tan solo por el propio interés. Forman parte de un mundo de fantasía de exagerados, embaucadores, intrigantes, ladrones y gente que en privado muestra una cara distinta a cuando está en público”, por eso se vuelca cada vez más en sus observaciones, misántropo convencido (y eso que encontró dos excelentes cómplices y participantes en sus dos esposas), desengañado de y con los demás, desconfiado de las buenas maneras y palabras educadas, “mi voyeursimo ha contribuido enormemente a convertirme en un pesimista, y detesto este condicionamiento de mi alma. (…) Si nuestra sociedad tuviera la oportunidad de ser voyeur por un día, abordaría la vida de manera muy distinta a como lo hace ahora”. En este sentido, nada más alejado de lo que puede experimentar un periodista por más que entre en contacto con lo sórdido, lo criminal, lo oscuro, por más que se encuentre en el epicentro de tragedias, guerras, asesinatos, asista a atentados, viste lugares devastados, escuche clamar a los que se mueren de hambre, sienta los efectos devastadores del llanto de un niño, el pesimismo no puede vencernos ni, sobre todo, hacer pensar que nuestra tarea es inútil, hay que seguir desenterrando cadáveres (metafórica y literalmente), hay que procurar que las heridas restañen, hay que ver las dos caras de la moneda, y hay que desenmascarar al falaz, al parásito, al aprovechado, al falsario, al poeta huero, tal vez, ahí sí, para abordar la vida de manera distinta, es decir, para erradicar las malas hierbas, para que nadie tenga que vivir oculto o negando quien es. Y que no se tome esto como apología del voyeurismo, por favor, sólo pongo en común ciertas actitudes o modo de encarar un trabajo (el puramente periodístico, el Voyeur considera lo suyo una “responsabilidad”, un “compromiso”, no deja de ser patético como intenta justificarse y buscar metáforas, aunque quien más quien menos camufla o disfraza determinadas actividades de su vida diaria), si bien es cierto que Gerald Foos no hizo daño a nadie (puesto que el crimen que afirma haber contemplado parece demostrado sólo sucedió en su imaginación), no es de recibo que alguien esté sobre nuestras cabezas tomando nota de lo que hacemos, por mucho que eso luego dé como fruto un libro apasionante que, gracias al enorme talento de Talese a la hora de darle estructura, se lee como si fuese “periodismo verité” (o novela tremendamente realista, que cada cual elija lo que le apetezca o menos remuerda su conciencia a la hora de convertirse en cómplice del Voyeur -así, en mayúscula, como el propio Foos se denomina y escribe-).

domingo, 16 de abril de 2017

VIVIR EN LOS MÁRGENES (Y AL MARGEN)







  No podría cifrar el momento exacto, pero desde hace bastante tiempo soy consciente de que escribo con mayor fluidez cuando tengo claro el título que voy a poner al escrito, incluso aunque me lance sin tener demasiado definido el destino, como tantas veces, esa frase me sirve como brújula, como primera reflexión, un punto de partida que puede transformarse en la columna vertebral, en un mero apunte, en una muleta para ciertos tramos, puede que tan sólo sea un guiño personal, el caso es que lo tomo como hilo del que tirar, como orientación en el laberinto de mi maraña mental, como faro que ilumina el camino, como trampolín desde el que saltar, como primer impulso para pasar a la acción. Y, así, el presente texto comenzó llamándose Hablar de Pasolini es algo más porque conversar con el querido amigo Miguel Ángel Barroso es dejarse llevar por el placer del diálogo (aunque escuchando la grabación me he avergonzado porque, la confianza da asco, no me comporté como con otros entrevistados, olvidé mi faceta profesional y me limité a sentarme con alguien de confianza al que apabullar con mi verborrea, interrumpí demasiadas respuestas, me puse a cacarear sin freno, hice lo que tantas veces repruebo en otros -y no es disculpa suficiente lo de olvidar que estaba haciendo una entrevista porque, más allá de la comodidad, cercanía y complicidad establecidas, para eso habíamos quedado y, por lo tanto, muy poco profesional estuve-); después, como por esos azares del destino que tanto me gusta invocar y reivindicar (soy coherentemente contradictorio, en parte debería referirse a eso una profesora en la Facultad cuando, destacándolo como virtud, me tildó de sincrético, aunque puede que a ratos me exceda de ecuánime y termine siendo un oxímoron andante -aunque creo que soy capaz de argumentar todos los extremos, como es el caso de mantener una fe irredenta en lo fortuito y, al mismo tiempo, creer que hay un destino más o menos marcado (ya ahí aparecen unas fisuras, no lo digo con rotundidad) que gusta de combinarse con lo caprichoso, que nos concede libre albedrío y, si se le pone, reconduce nuestros pasos hacia el objetivo inicial… o no), como he tardado mucho en ponerme a la tarea y cumplir mi promesa (fue a principios de febrero cuando Miguel Ángel y un servidor tomamos un café de larga sobremesa) pensé en jugar con aquella canción de Antonio Machín que tanto le gustaba a mi abuela (en realidad, era gran admiradora del artista cubano-español) y hablar de una deuda que había que pagar como se pagan las deudas del amor (del cariño, de la amistad, de la admiración, del respeto). Al final, como se ha podido leer en el encabezamiento, he optado por otro título, el que fue naciendo en mi interior mientras veía el estupendo y multipremiado documental (en el extranjero, por supuesto, ya sabemos cuánto nos cuesta ocuparnos, preocuparnos y apreciar los méritos de nuestros paisanos, más aún si nos referimos al ámbito cultural -y qué poco lo hacemos-) PierPaolo que Miguel Ángel ha dedicado a la figura del artista que ahora reconocemos por su apellido, habiéndose convertido en categoría, en adjetivo, trascendiendo como sólo los grandes lo hacen: Pasolini.
   Durante muchos años coincidí con Miguel Ángel en las proyecciones para prensa (en las que, las cosas como son, siempre ha habido intrusos) en que se daban a conocer (y se sometían a la consideración de los que ejercían la crítica periodística) los próximos estrenos (lo digo en pasado porque hablo de más de veinte años atrás y porque lo de ahora es otra cosa bien distinta, salvo excepciones muy contadas), en seguida conectamos porque, aun manteniendo opiniones encontradas y opuestas (no siempre, por supuesto), Barroso es una persona que ama el arte, que disfruta contemplando y glosando el de los demás, que vivía cada película con ganas, con deseos de dialogar con ella de un modo u otro (un bostezo puede ser un argumento irrebatible, depende de cómo se expida y se contextualice), alguien que (y en parte por eso se nos esfumó el tiempo en nuestro último encuentro) goza comentando lo visto, analizándolo desde las emociones experimentadas, contrastándolas con las de otros espectadores, practicando ese viejo y tan olvidado arte de la dialéctica, reposando las primeras impresiones, demostrando conocimientos y reconociendo lagunas (no como tanto autoproclamado experto al que nadie corrige ni pone en su lugar -no hablo de coincidir en gustos, sino de ignorancia pura y dura (y demostrada en demasiadas ocasiones, minando aún más el de por sí maltrecho prestigio, si queda algo, de la profesión)-). Pier Paolo Pasolini, la brutalidad de la coherencia fue un libro que Miguel Ángel publicó hace algo más de quince años en el que narraba la vida del boloñés a través de su obra, trazando una auténtica biofilmografía, estableciendo los paralelismos necesarios entre películas y hechos, cómo Pasolini filmó en cada momento sus propios latidos, por eso sus títulos se mantienen vivos y sacuden con tanta o más virulencia que cuando se estrenaron: “Pasolini es de esos autores cuya obra se mantiene pura porque se implicaba de verdad: conseguía narrar lo más sórdido, lo más doloroso, pero todo con una razón, lo meditaba primero, jamás perdía de vista que, fuese poesía o cine, estaba creando arte, arte que le nacía de lo más profundo”. El propio Miguel Ángel se asombra todavía de los fuertes vínculos personales y artísticos que continúa desarrollando con el autor de Mamma Roma porque “si me preguntasen cuál es mi director favorito” yo diría que Antonioni [sobre el que también escribió un libro], algo que asumo puede sonar muy pedante, aunque prometo que en mi caso no lo es, porque odio tal cosa, y yo intento que aquello que amo lo sea con pureza. Puedo afirmar que Antonioni representa el cine, sin más adjetivos, porque empiezo a leerme sus guiones cuando tenía unos quince años, sin haber visto las películas, y cuando lo hago compruebo las diferencias, confirmo que para él los guiones eran “cosas muertas”, es así como empiezo a saborear el arte cinematográfico y esas sensaciones se me quedan para siempre. Pasolini es un punto y aparte, no tengo muy claro qué es, me lo tomo como un espíritu que se apodera de mí, que me visita, es la única persona sobre la que he escrito un poema, varios en realidad, luego hubo un corto, el libro, el largometraje era un paso lógico… Pasolini es como un todo, no sé cómo definirlo, alguien que está ahí y que me obliga a expresarme”.
   PierPaolo es un magnífico y sensible acercamiento al niño, al joven, a la persona, al hombre, de ahí su título, el documental se centra en sus primeros años, en la forja del cineasta, en lo que sucedió antes de que se pusiera detrás de la cámara, un trabajo que Barroso ha ido fraguando despacio, por placer, con mimo, regresó a un material grabado meses antes sólo cuando encontró una idea (vibrante idea: la historia la cuentan las casas, las calles, las fachadas, los paisajes, las palabras íntimas, las publicadas) de montaje, permitiéndole (y permitiéndose) hace el cine que había soñado (al menos, tomar contacto con él): “PierPaolo me ha dado una nueva visión de por dónde continuar si quiero dedicarme al cine, algo que nunca he querido por meterme en la industria, por figurar, sólo por estar o ganar dinero, mi vocación es la de expresarme, en esa búsqueda llegaron hace años las palabras y, sobre todo, la poesía [son varios los libros en que ha dado a conocer esta faceta], fue un salvavidas, lo sigue siendo en determinados momentos. Pero con PierPaolo he aprendido qué quiero hacer y, muy especialmente, lo que no quiero hacer y, así, puedo afrontar con más fuerza próximos retos”. El documental carece de cualquier pretensión didáctica, en el sentido de imponer una visión o limitarse a reunir datos que pueden encontrarse en enciclopedias, en reseñas, en análisis, en reportajes, en trabajos anteriores, Miguel Ángel lanza impulsos en forma de citas, de trazos rápidos pero certeros sobre las personas y los hechos que fueron dejando su poso, su huella, su herida sobre Pasolini, incluso puede decirse que su madre, su hermano, las mujeres que amó tienen más relevancia y peso que él, y es que el documentalista busca el germen, la esencia, lo primigenio, rehuyendo los lugares comunes, manteniéndose a cierta distancia, esbozando, motivando para descubrir la obra pasoliniana o regresar a ella, haciéndola presente sin citarla (la cinematográfica, la literaria aparece porque estuvo ahí casi desde el principio) puesto que estamos en la génesis, dando claves que cada cual usará como desee cuando vea (o revise) El evangelio según San Mateo o Las mil y una noches, sin esconder, por supuesto, el episodio que marcó su vida, el escándalo de Ramuscello, el que le obligó a huir a Roma junto a su  madre: “La vida de Pasolini está íntimamente ligada a su homosexualidad, le estigmatizan desde joven, tiene que dejarlo todo por ser señalado como tal, no se puede obviar a la hora de analizar, conocer y comprender su obra. Si sufrió escarnio público por ello, si le denunciaban continuamente porque no se doblegaba ni ocultaba, ¿cómo vamos a dejar fuera de cualquier aproximación a Pasolini que era homosexual?”.
   Y hablamos sobre la permanencia de su cine, sobre esas películas que siguen sobrecogiendo, que aún tienen mucho que decirnos, y Miguel Ángel lo compara con Bertolucci, más encumbrado, apoyado, aplaudido, glorificado prácticamente desde el comienzo y, sin embargo (él lo afirma, aunque yo lo suscribo), muchos de sus títulos se van cayendo, los nuevos que han llegado han aportado poco más allá de buenos puntos de partida o secuencias concretas, mientras que Pasolini, superados ciertos prejuicios por algunos, continúa ganando adeptos y no decepciona a los ya ganados: “Tiene una creatividad muy fuerte, impresionante, su entorno de artista supera los prejuicios de muchos, piensa que una de sus grandes cualidades fue la de saber ganarse a su enemigo; en contra de lo que pueda pensarse por cosas muy puntuales, era alguien de gran paciencia, de hecho ha sido para mí una de sus mayores enseñanzas: cuando alguien te provoca, en lugar de responder tal cual, en caliente, responder dialogando, eso cimienta muchas de sus obras. Además, creo que ha sido una de las personas más libres que podemos encontrar en la historia de cualquier arte: decía lo que sentía aunque pudiese enfadar a un amigo, sin duda la pagó muy cara, pero jamás dejó de ejercer su libertad”. Precisamente por esto, Miguel Ángel piensa que, aunque fuese sin el apoyo de productores, hubiese seguido haciendo cine de no haber sido asesinado con 53 años: “De estar vivo [aunque eso significaría que el pasado 5 de marzo hubiese cumplido 95 años], seguiría haciendo cine gracias a lo digital, hay muchos ejemplos de cineastas que han creado su mundo y no se doblegan ni se dejan tentar por cantos de sirena, ahí está, por ejemplo, Lav Diaz, ganador del último León de Oro. Eso es lo que yo, a una escala más modesta, estoy buscando: poder hacer películas no para enriquecerme, tan sólo recuperar gastos, poder pagar al equipo, enrolar a otros cómplices, hacer lo que quiero, lo que necesito expresar. No quiero luchar contra los elementos, sino aprovecharme de ellos en el sentido de saber utilizarlos en mi beneficio”. No cabe duda de que ha encontrado la mejor inspiración posible para seguir dándonos sorpresas tan gratas como PierPaolo.

viernes, 14 de abril de 2017

SERES QUE NO SE SIENTEN LIBRES








   Llevaba muchísimo tiempo queriendo leer a Natalia Ginzburg, en concreto desde que se estrenó la estupenda Las voces de la noche (2003), versión que se anunciaba como bastante libre de la novela homónima -aunque publicada en España como Las palabras de la noche- dirigida a un maravilloso ritmo lento por Salvador García Ruiz y con una Vicky Peña memorable que se merendaba sin paliativos con su buen hacer a la un tanto insulsa pareja protagonista formada por Laia Marull (que por lo menos expresaba algo y variaba de tono) y Tristán Ulloa (consolidé y cimenté el placer experimentado según terminó la proyección y la absurda que se las da de experta -mi “cuñá intelectual”, como muy bien la describió el querido Matías-, esa a la que entonces trataba me dijo “¿a que te ha gustado? Todo el rato estaba pensando “es de esas películas lentas que tanto le gustan a Óscar”, tú le habrás pillado el punto”. A esas alturas ya había descubierto que era mejor no coincidir con sus apreciaciones, aunque eran erráticas y volátiles, en una semana decía sin pudor digo donde había dicho Diego, teniendo en cuenta que, por ejemplo, es una de las máximas valedoras de la saga que convirtió en estrellas a Paul Walker y Vin Diesel y que acaba de estrenar su octava entrega -si bien es cierto que su entusiasmo nació con la quinta, vivió su propio camino de Damasco coincidiendo con la incorporación de Elsa Pataky (aunque siempre obvie este detalle), quedó deslumbrada sin saber explicar por qué (“oye, ésta sí mola”) por lo que antes aborrecía-, se comprenderá que una película tan delicada, hecha de silencios, de rutinas, que trata de gentes que podrían ser nuestros vecinos cuando no nosotros mismos, que habla de personas condenadas al aburrimiento, a vivir entre visillos, a no destacar para no molestar, para no romper el equilibrio impuesto por otros, algo tan poco emocionante y realista no podía implicarla, aunque años después amó -así lo decía- Pájaros de papel (2010) porque, le copiaba la frase a Almudena Grandes, respiraba vida -si la hubiese visto en función de pago (muy concurrida, las cosas como son), como le sucedió a un servidor, rodeado de personas que habían conocido la época supuestamente retratada y hubiese escuchado los improperios que proferían por falsa y ñoña (dijeron algún epíteto más grueso incluso), a buen seguro se habría ido hundiendo en la butaca mientras apretaba los puños con furia y movía la cabeza asombrándose de lo ciega que puede estar la gente ante una obra de arte, ¿sabrán de lo que hablan? (sí, bonita, lo sufieron)-). Perdón, retomo el hilo: decía -o pretendía decir- que la cinta de García Ruiz me hizo buscar la novela que la inspiró, quería saber cómo era el material que había servido al cineasta como punto de partida, por fortuna estaba traducida al castellano y aún era posible encontrarla en las librerías, pero como tantos volúmenes pasó a formar parte de la excesivamente bien nutrida y dispersa por varias casas biblioteca personal (aumentada y sustanciosamente enriquecida con los aportes de Pablo) y ahí sigue, esperando su momento. Pero, aunque haya habido que dejar pasar trece años, por fin he hecho justicia, estoy empezando a hacerla, puesto que ando embarcado en la lectura de parte de la obra de la autora italiana (si bien es cierto que aún no he abierto la novela que hubiese debido iniciar nuestra relación), gracias a que la editorial Lumen inició hace un tiempo la recuperación de parte de su obra, motivo por el que ha aparecido recientemente el volumen A propósito de las mujeres (con traducción de María Pons Irazábal e ilustraciones de Óscar Tusquets Blanca) que reúne ocho de sus narraciones cortas y el artículo que sirve para dar título a la recopilación.
   “Ni guapa ni elegante, con rebeca y falda de color azul ceniza, con ese aire un pelín apagado de tía soltera y sin edad definida (…) Pelo negro, pocas canas y un cuerpo compacto. Buenas piernas, de persona acostumbrada a caminar (…) Desde luego parece una mujer sana, hecha para llevar cargas y dolores con entereza. Sorprende su voz, como de femme fatale. Es como si fuera la voz de otra, y te atrapa, te fascina…”, así describió Oriana Fllaci a Natalia Ginzburg cuando la entrevistó y con ese retrato al natural y contemplando la fotografía de la solapa (la misma que encabeza este desvarió) en la que la escritora nos mira de frente, no se sabe si con gesto molesto ante lo que considera una invasión o, precisamente por esa razón, lanzándonos un desafío, peguntándose/preguntándonos qué queremos, puede que desconfiando de nuestras intenciones pero en realidad dispuesta a iniciar el diálogo, resulta imposible no hacerlo, las palabras de Ginzburg resuenan, rebuscan, escarban, profundizan, horadan, pero sin pretenderlo, sin parecerlo al menos, simplemente fluyen, se deslizan, van empapándonos con lentitud y precisión, pero sentimos sus efectos, no hay antídoto, es una escritura sutil que va serpenteando hasta llegar a lo más profundo y eso que, como señala con acierto Elena Medel en su prólogo, son relatos que “nos provocan la incomodidad, no nos quieren con ellos, se bastan solos. Funcionan sin el lector, y ahí la paradoja: funcionan para el lector, igual que si te enteraras de una anécdota que se describiese sin florituras, tal y como sucedió, con el tiempo exacto, contada porque necesita contarse”. Y es, podemos decir, esa aparente trivialidad la que nos impele a seguir leyendo, la que nos golpea y conmueve porque la aceptamos como tal cuando bajo su velo se ocultan auténticas tragedias, dolores enquistados que destilan una tristeza permanente y tan instalada en lo cotidiano que no la reconocemos como tal, cobijados en una burbuja que, por definición, es frágil y puede estallar con el más leve roce, creyéndonos a salvo y en paz en un refugio íntimo que siempre está a punto de resquebrajarse y en que las amenazas son endógenas, por eso no puede evitarse algún que otro escalofrío, un malestar creciente, una opresión en la boca del estómago cuando leemos Los niños; del mismo modo, nos perturban e incomodan sin que seamos del todo conscientes hasta terminar la lectura narraciones como Giulietta y Una ausencia; es esa sensación de practicar continuamente el funambulismo la que produce vértigo en La madre o Traición (mi relato preferido).
   “Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y sólo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo, porque de lo contrario seguro que nunca podré hacer nada serio y el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres”, así concluye Ginzburg el breve pero impactante y poderoso texto que sirve como pórtico y que, como ya se ha señalado, cede su título a todo el volumen: A propósito de las mujeres. Esa mirada implacable, sin concesiones, incluso cruel, buscando una reacción, queriendo provocar (empezando por ella misma como reconoce sin metáforas ni frases rimbombantes), ese escalpelo afilado con el que practicar vivisecciones que no pretenden encontrar soluciones (sólo -y no es poco- sacar a la luz los órganos dañados, la podredumbre que gangrena el alma) está presente en sus relatos, a veces en sordina, queda al fondo, flota en el ambiente, pero enrarece la atmósfera, distorsiona lo que pudiera tomarse por idílico, se escurre por los márgenes, tal vez no se narre pero impregna la escritura, resuena (lo decíamos antes) como un eco que no se agota, se vislumbra en el pasado que intuimos (Elena Medel lo resume con rotundidad y rigor: “La historia que ahora empieza ya terminó” -Ginzburg es experta y maestra en entrar directamente en el tercer acto sin que sea necesario dar más que un par de pinceladas (o ni eso) de lo sucedido-), es una afilada espada de Damocles dispuesta a abatirse sobre los muchos puntos suspensivos que vamos desgranando con el libro ya cerrado. Y queriendo conocer más me lancé a por el magnífico volumen Ensayos que Lumen publicó en 2009, la reunión de Nunca me preguntes y No podemos saberlo (traducidos por Flavia Company y Mercedes Corral, respectivamente), los libros que reúnen la producción periodística de Natalia Ginzburg, lectura que me tiene más enganchado que alguna novela policiaca que no he terminado recientemente (permítanme que obvie el título, hay quien no merece ni desprecio), reflexiones, recuerdos, opiniones que, aunque suene a tópico, parecen escritas ayer mismo (los textos abarcan de 1965 a 1990, un año antes de su muerte), no sabía muy bien qué decir sobre Pieles, el primer largometraje de Eduardo Casanova, me había quedado descolocado y bostezando, pensaba si merecía la pena esmerarme o podía copiar, con ligeras variaciones y algunos matices, lo que escribí sobre Magical Girl, pero leí las palabras que dedicó a Satiricón de Fellini y lo vi todo mucho más claro, me abrió camino. Lo cierto es que pensaba copiar muchas de sus frases, pero creo que Ensayos merece su propio espacio una vez lo concluya, al margen de que, ahora que por fin la descubrí (nunca es tarde, sí, pero no debería entretenerme tanto), Natalia Ginzburg va a ser una lectura recurrente y mejor guardar munición para próximas entregas (de hecho, al mismo tiempo que A propósito de las mujeres, Lumen ha lanzado La ciudad y la casa -al margen de que aún tengo pendiente Las palabras de la noche, claro, que lo mío es para hacérmelo mirar-).