viernes, 14 de abril de 2017

SERES QUE NO SE SIENTEN LIBRES








   Llevaba muchísimo tiempo queriendo leer a Natalia Ginzburg, en concreto desde que se estrenó la estupenda Las voces de la noche (2003), versión que se anunciaba como bastante libre de la novela homónima -aunque publicada en España como Las palabras de la noche- dirigida a un maravilloso ritmo lento por Salvador García Ruiz y con una Vicky Peña memorable que se merendaba sin paliativos con su buen hacer a la un tanto insulsa pareja protagonista formada por Laia Marull (que por lo menos expresaba algo y variaba de tono) y Tristán Ulloa (consolidé y cimenté el placer experimentado según terminó la proyección y la absurda que se las da de experta -mi “cuñá intelectual”, como muy bien la describió el querido Matías-, esa a la que entonces trataba me dijo “¿a que te ha gustado? Todo el rato estaba pensando “es de esas películas lentas que tanto le gustan a Óscar”, tú le habrás pillado el punto”. A esas alturas ya había descubierto que era mejor no coincidir con sus apreciaciones, aunque eran erráticas y volátiles, en una semana decía sin pudor digo donde había dicho Diego, teniendo en cuenta que, por ejemplo, es una de las máximas valedoras de la saga que convirtió en estrellas a Paul Walker y Vin Diesel y que acaba de estrenar su octava entrega -si bien es cierto que su entusiasmo nació con la quinta, vivió su propio camino de Damasco coincidiendo con la incorporación de Elsa Pataky (aunque siempre obvie este detalle), quedó deslumbrada sin saber explicar por qué (“oye, ésta sí mola”) por lo que antes aborrecía-, se comprenderá que una película tan delicada, hecha de silencios, de rutinas, que trata de gentes que podrían ser nuestros vecinos cuando no nosotros mismos, que habla de personas condenadas al aburrimiento, a vivir entre visillos, a no destacar para no molestar, para no romper el equilibrio impuesto por otros, algo tan poco emocionante y realista no podía implicarla, aunque años después amó -así lo decía- Pájaros de papel (2010) porque, le copiaba la frase a Almudena Grandes, respiraba vida -si la hubiese visto en función de pago (muy concurrida, las cosas como son), como le sucedió a un servidor, rodeado de personas que habían conocido la época supuestamente retratada y hubiese escuchado los improperios que proferían por falsa y ñoña (dijeron algún epíteto más grueso incluso), a buen seguro se habría ido hundiendo en la butaca mientras apretaba los puños con furia y movía la cabeza asombrándose de lo ciega que puede estar la gente ante una obra de arte, ¿sabrán de lo que hablan? (sí, bonita, lo sufieron)-). Perdón, retomo el hilo: decía -o pretendía decir- que la cinta de García Ruiz me hizo buscar la novela que la inspiró, quería saber cómo era el material que había servido al cineasta como punto de partida, por fortuna estaba traducida al castellano y aún era posible encontrarla en las librerías, pero como tantos volúmenes pasó a formar parte de la excesivamente bien nutrida y dispersa por varias casas biblioteca personal (aumentada y sustanciosamente enriquecida con los aportes de Pablo) y ahí sigue, esperando su momento. Pero, aunque haya habido que dejar pasar trece años, por fin he hecho justicia, estoy empezando a hacerla, puesto que ando embarcado en la lectura de parte de la obra de la autora italiana (si bien es cierto que aún no he abierto la novela que hubiese debido iniciar nuestra relación), gracias a que la editorial Lumen inició hace un tiempo la recuperación de parte de su obra, motivo por el que ha aparecido recientemente el volumen A propósito de las mujeres (con traducción de María Pons Irazábal e ilustraciones de Óscar Tusquets Blanca) que reúne ocho de sus narraciones cortas y el artículo que sirve para dar título a la recopilación.
   “Ni guapa ni elegante, con rebeca y falda de color azul ceniza, con ese aire un pelín apagado de tía soltera y sin edad definida (…) Pelo negro, pocas canas y un cuerpo compacto. Buenas piernas, de persona acostumbrada a caminar (…) Desde luego parece una mujer sana, hecha para llevar cargas y dolores con entereza. Sorprende su voz, como de femme fatale. Es como si fuera la voz de otra, y te atrapa, te fascina…”, así describió Oriana Fllaci a Natalia Ginzburg cuando la entrevistó y con ese retrato al natural y contemplando la fotografía de la solapa (la misma que encabeza este desvarió) en la que la escritora nos mira de frente, no se sabe si con gesto molesto ante lo que considera una invasión o, precisamente por esa razón, lanzándonos un desafío, peguntándose/preguntándonos qué queremos, puede que desconfiando de nuestras intenciones pero en realidad dispuesta a iniciar el diálogo, resulta imposible no hacerlo, las palabras de Ginzburg resuenan, rebuscan, escarban, profundizan, horadan, pero sin pretenderlo, sin parecerlo al menos, simplemente fluyen, se deslizan, van empapándonos con lentitud y precisión, pero sentimos sus efectos, no hay antídoto, es una escritura sutil que va serpenteando hasta llegar a lo más profundo y eso que, como señala con acierto Elena Medel en su prólogo, son relatos que “nos provocan la incomodidad, no nos quieren con ellos, se bastan solos. Funcionan sin el lector, y ahí la paradoja: funcionan para el lector, igual que si te enteraras de una anécdota que se describiese sin florituras, tal y como sucedió, con el tiempo exacto, contada porque necesita contarse”. Y es, podemos decir, esa aparente trivialidad la que nos impele a seguir leyendo, la que nos golpea y conmueve porque la aceptamos como tal cuando bajo su velo se ocultan auténticas tragedias, dolores enquistados que destilan una tristeza permanente y tan instalada en lo cotidiano que no la reconocemos como tal, cobijados en una burbuja que, por definición, es frágil y puede estallar con el más leve roce, creyéndonos a salvo y en paz en un refugio íntimo que siempre está a punto de resquebrajarse y en que las amenazas son endógenas, por eso no puede evitarse algún que otro escalofrío, un malestar creciente, una opresión en la boca del estómago cuando leemos Los niños; del mismo modo, nos perturban e incomodan sin que seamos del todo conscientes hasta terminar la lectura narraciones como Giulietta y Una ausencia; es esa sensación de practicar continuamente el funambulismo la que produce vértigo en La madre o Traición (mi relato preferido).
   “Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y sólo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo, porque de lo contrario seguro que nunca podré hacer nada serio y el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres”, así concluye Ginzburg el breve pero impactante y poderoso texto que sirve como pórtico y que, como ya se ha señalado, cede su título a todo el volumen: A propósito de las mujeres. Esa mirada implacable, sin concesiones, incluso cruel, buscando una reacción, queriendo provocar (empezando por ella misma como reconoce sin metáforas ni frases rimbombantes), ese escalpelo afilado con el que practicar vivisecciones que no pretenden encontrar soluciones (sólo -y no es poco- sacar a la luz los órganos dañados, la podredumbre que gangrena el alma) está presente en sus relatos, a veces en sordina, queda al fondo, flota en el ambiente, pero enrarece la atmósfera, distorsiona lo que pudiera tomarse por idílico, se escurre por los márgenes, tal vez no se narre pero impregna la escritura, resuena (lo decíamos antes) como un eco que no se agota, se vislumbra en el pasado que intuimos (Elena Medel lo resume con rotundidad y rigor: “La historia que ahora empieza ya terminó” -Ginzburg es experta y maestra en entrar directamente en el tercer acto sin que sea necesario dar más que un par de pinceladas (o ni eso) de lo sucedido-), es una afilada espada de Damocles dispuesta a abatirse sobre los muchos puntos suspensivos que vamos desgranando con el libro ya cerrado. Y queriendo conocer más me lancé a por el magnífico volumen Ensayos que Lumen publicó en 2009, la reunión de Nunca me preguntes y No podemos saberlo (traducidos por Flavia Company y Mercedes Corral, respectivamente), los libros que reúnen la producción periodística de Natalia Ginzburg, lectura que me tiene más enganchado que alguna novela policiaca que no he terminado recientemente (permítanme que obvie el título, hay quien no merece ni desprecio), reflexiones, recuerdos, opiniones que, aunque suene a tópico, parecen escritas ayer mismo (los textos abarcan de 1965 a 1990, un año antes de su muerte), no sabía muy bien qué decir sobre Pieles, el primer largometraje de Eduardo Casanova, me había quedado descolocado y bostezando, pensaba si merecía la pena esmerarme o podía copiar, con ligeras variaciones y algunos matices, lo que escribí sobre Magical Girl, pero leí las palabras que dedicó a Satiricón de Fellini y lo vi todo mucho más claro, me abrió camino. Lo cierto es que pensaba copiar muchas de sus frases, pero creo que Ensayos merece su propio espacio una vez lo concluya, al margen de que, ahora que por fin la descubrí (nunca es tarde, sí, pero no debería entretenerme tanto), Natalia Ginzburg va a ser una lectura recurrente y mejor guardar munición para próximas entregas (de hecho, al mismo tiempo que A propósito de las mujeres, Lumen ha lanzado La ciudad y la casa -al margen de que aún tengo pendiente Las palabras de la noche, claro, que lo mío es para hacérmelo mirar-).  

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