sábado, 10 de junio de 2017

LOS AMIGOS, ¿PARA QUÉ ESTÁN?







   Llevaba un par de días (tiendo a ser redundante) escribiendo en Facebook sobre algo que es, en gran medida, el eje central de Arte de Jasmina Reza y caí en la cuenta cuando la semana pasada fuimos testigos del ensayo general de un nuevo montaje de la función que Josep Maria Flotats convirtió en legendaria en España (ya venía bendecida desde París, Londres o Nueva York) junto a su tocayo Pou y Carlos Hipólito. Pero vayamos primero con eso y hablemos después del espectáculo que ahora dirige Miguel del Arco en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 30 de julio: sin destripar nada puesto que es el punto de partida, recordaremos (apuntaremos para quien no conozca el texto) que todo comienza porque Sergio compra un cuadro completamente blanco, una supuesta obra maestra que cuesta su buen puñado de euros (en aquel septiembre de 1998, cuando se estrenó en el Marquina, aún se hablaba -y pagaba- en pesetas), un lienzo que se supone provoca sensaciones, emociones, se apodera del que lo contempla, hay quien afirma que se pueden distinguir matices en la superficie blanca, aquel que se muestra satisfecho por su adquisición, orgulloso de su hazaña, pletórico y ufano, por encima de aquellos incapaces de apreciar lo que él considera arte, el propietario sostiene que incluso, según la luz y la orientación, puede percibirse un ligerísimo tono rojo, pero Marcos, alguien que se presenta como “amigo suyo de toda la vida”, se ríe con desdén, puede que con algo de cinismo (más por el hecho de que no le ha consultado antes de hacerse con el cuadro), incluso con la misma ostentación soberbia con la que su camarada exhibe su trofeo, no titubea a la hora de apuntar directamente con el dedo y proclamar que el emperador está desnudo (que blanco sobre blanco sigue siendo blanco) provocando un auténtico cisma entre ambos, agudizado por la intervención de un amigo común, Iván, una de esas personas siempre complacientes que no discute con nadie porque da la razón a todo el mundo, no se posiciona, halaga a uno y censura a otro para, sin solución de continuidad, asentir a todo lo que le diga éste mientras que aquel se convierte en el sujeto a reprobar y del que hacer chanza, dando las piruetas que haga falta para, en cada momento, parecer que apoya a quien sea su interlocutor en ese momento. Y era de gentes de ese tipo de quienes uno venía escribiendo (y no era la primera vez), centrándome especialmente (es lo que toca más de cerca -y lo que duele por el respeto que se tiene el oficio, por el amor que se tiene hacia las diferentes manifestaciones artísticas-) en aquellos que hacen creer que ejercen la crítica (como género periodístico, aunque también podrían encontrarse ejemplos en el ámbito literario), que incluso se autoproclaman como tales o son recibidos de ese modo, esos que se limitan a pasar la mano por el lomo (y no siempre de amigos, algo que, cuando menos, es comprensible -siempre que se advierta la circunstancia, aunque sólo sea por ética profesional, por no hurtar datos fundamentales que el receptor debe saber, para que, aunque con un sesgo personal, siga reinando cierta ecuanimidad, para no engañar, porque, y bien lo saben los fieles, por más distancia que tome, por más años de práctica que sume, uno no puede evitar que las casi tres décadas que llevamos compartiendo pesen en mi ánimo a la hora de valorar cualquier trabajo de Juan Mairena -quien está en estos momentos estrenando su versión de Mariquita aparece ahogada en una cesta de Juan García Larrondo que también dirige (la veré la próxima semana cuando Pablo esté de regreso y, de paso, evitando tropezar por varios especímenes de estos sobre los que vengo hablando)-), esos expertos en decir que esto les encanta, que aquello les entusiasma, que nadie debería perderse lo de allí, que lo de allá es lo mejor que ha visto en años (aunque dentro de cuatro días dirá algo similar sobre lo de acullá), palmeros profesionales que regalan los oídos a quienes les financian el asunto, podría emplear una palabra más sonora pero prefiero que cada uno la imagine, a buen seguro que conocen a muchos que lo hacen a todas horas, tipos que, más allá de afinidades, filias, amores o modos de medrar (“hablo sobre aquellos que puedo etiquetar para que vean en qué consideración les tengo y cómo les promociono y que luego me lo agradezcan”), demuestran un escaso (o nulo) conocimiento sobre la materia de la que hablan, incluso alardean de ello marcando distancias y pretendiendo ser, por razones diferentes, la misma élite a la que desprecian, la crítica especializada que tanta urticaria les da, por ese motivo reciben como novedad o revolución lo que en demasiadas ocasiones es un plagio (o una resurrección o la evolución/involución de algo previo).
   Es cierto que también se da el caso contrario, es decir, el que poniendo la sinceridad como bandera se permite ser brutal sin auténtico criterio, porque es lo que toca (o lo que sus seguidores esperan y demandan -la pescadilla se muerde la cola más de una vez en este asunto-), sin reconocer sus fobias, enfermo de envidia ante el talento/éxito de los demás, el que emite su pataleta sin aportar un solo argumento y, lo más importante, ocultando arteramente el porqué prístino, su verdadera motivación, no siendo honesto (ni sincero), tan lleno de prejuicios como los anteriores (por mucho que carguemos la palabra de un sentido negativo, por mucho que la mayoría de las veces suponga una predisposición adversa, cada vez abunda el extremo contrario, el que venimos exponiendo, esos que publican en las redes las fotos de la entrada de lo que van a ver dentro de un rato y pregonan “vamos a por esta maravilla” o sentencias similares -ya tienen claro qué van a decir cuando salgan, no se trata de ganas, de buenos auspicios, de que repitan la experiencia, llevan la crítica hecha y no la varían ni un ápice, y eso, por desgracia, sucede muy a menudo y no sólo entre particulares o público más o menos anónimo-), es el caso de Marcos, el personaje de Arte, lo que menos le preocupa es advertir a su amigo Sergio de que puede haber sido timado (bajo su punto de vista: la cotización del cuadro habla de una excelente inversión -otra cosa es si uno, de disponer del caudal suficiente como para sufragar una compra similar, dejaría a un lado sus gustos y querencias para buscar simple y llanamente el negocio-), él se duele porque no le ha pedido su concurso, porque antes le tenía como referente, porque no daba un paso sin consultarle, porque no discrepaba jamás, porque aceptaba sus dictámenes como propios, porque Sergio se limitaba a cacarear lo que Marcos imponía, es decir, aquello que se reprocha e incluso condena en Iván es lo que se anhela en Sergio, aunque lo molesto de Iván es su veleidad, su adhesión intermitente, que sólo es lacayo a tiempo parcial (y el resto se convierte en el corifeo de otro -palabra paradójica, por cierto, que tanto distingue al director del coro en una tragedia griega como al que es seguidor o partidario de alguien-). Y ese es el epicentro de la obra de Yasmina Reza, por mucho que también sobrevuele continuamente la pregunta de a qué llamamos arte, qué consideramos por tal, una a ratos sutil ironía (en otros el vitriolo desborda) sobre las cifras desorbitantes que se manejan en las subastas, en los despachos, en los contratos, cómo hay quien asume que esta o aquella obra tiene que gustarle sólo por lo que cuesta, cómo el criterio económico abate a los demás, cómo las voces discordantes intentan ser acalladas sólo por ser “antiguas”, “trasnochadas” o “patéticas”, cómo no se promueve (incluso se boicotea) un permanente y necesario debate, una dialéctica que enriquecería el panorama (y eso que Reza escribió Arte hace algo más de veinte años cuando aún no había redes sociales en las que verter odio, infamias, insultos con total impunidad -o en las que convertir a alguien/algo en tendencia, en imprescindible, en ejemplo, sólo por acumular seguidores, “me gusta” y compartir sus instantáneas o frasecitas de Paulo Coelho-).
   La mayor inteligencia de Miguel del Arco como director es la de saber equilibrar el inevitable recuerdo que gran parte del público tendrá del montaje que dirigió Flotats (o de alguno de los que llegaron después) con la sorpresa que aún se puede lograr, tanto entre los espectadores que sólo hayan oído hablar de la obra como entre aquellos que, como en mi caso, casi veinte años después, vivan de recuerdos que, aunque estén muy grabados en la retina y el corazón, no dejan de ser eso (me negué a repetir la experiencia hasta que el reparto y el director me resultasen apetecibles -y hasta irresistibles, como es el caso-). Vaya por delante que no comparto el entusiasmo diríase generalizado que despierta Yasmina Reza en general y Arte en particular, creo que es una autora con buenos puntos de partida, que sabe mantener la atención, que hace reflexionar mientras te divierte, que sabe distribuir empatías (a veces te identificas con un personaje, a veces con otro), pero a la hora del colofón, del remate, del final, todo se antoja un tanto precipitado, da la sensación de que no tiene claro cómo seguir y opta por el camino más corto, a las bravas, frenando en seco más por una cierta incapacidad que por consentir que cada espectador busque en sí mismo e incorpore pareceres (algo que consigue con suma facilidad durante el desarrollo), algo especialmente notorio en el que es su otro texto más popular, Un dios salvaje, Arte hace una simpática pirueta teatral que en las manos adecuadas no deja insatisfecho aunque no hay duda de que lo mejor ha sido el trayecto previo, especialmente cuando los artífices del mismo cumplen con creces. Roberto Enríquez (Marcos) sigue dando muestras de su cada vez más contundente presencia sobre las tablas, desvelando una vis cómica poco conocida o no utilizada con tanto acierto hasta el momento (y ese es también mérito de la dirección que ha sabido explotarla y manejarla para que el personaje muestre sus distintas facetas sin decantarse por ninguna -será el espectador el que a ratos asienta y puede que aplauda o rubrique con una carcajada y en otros se espante por lo que dice Marcos, siempre en el filo, insoportable por momentos, Roberto Enríquez transita con soltura y habilidad por el abanico de inconveniencias y soberbias de su rol sin caer jamás en lo caricaturesco, algo extensivo a sus compañeros-); Cristóbal Suárez (Sergio) se descubre ante quien esto escribe como un intérprete de gran solidez, especialmente por cómo hace cercano un tipo irritante y crecido, pagado de sí mismo (y de lo que puede pagar), elitista extremo revestido de una supuesta autoridad intelectual tan vacía como el propio cuadro que es el origen de la farsa (concepto, por cierto, que, como ya sucediese con Flotats, Miguel del Arco comprende, asume y resuelve con eficacia y precisión, sin reventar las costuras); Jorge Usón (Iván) traspasa batería, es un bólido imparable (aunque controla su histrionismo cuando conviene, por eso cuando mete la directa es tan colosal), su vis cómica es digna de estudio (y de crear escuela), cómo humaniza con pequeños detalles un personaje necesariamente grotesco, cómo pasa del patetismo a lo conmovedor en cuestión de segundos, cómo consigue que en algunos momentos olvidemos al Flotats actor es digno de ovación. A buen seguro en las funciones que llevan desde el ensayo general el ritmo se haya atemperado un poco (al menos, sería deseable: del Arco pisa el acelerador demasiado pronto y no hace falta) y se hayan limado las mínimas asperezas para que el conjunto luzca impecable, con una escenografía muy funcional de Alessio Meloni que se ajusta como un guante a lo que sucede en escena (acompaña, acoge, no se impone, se integra -como debe ser-) y una espléndida iluminación de Pau Fullana. En contra de lo que se pueda pensar, es todo un riesgo elegir un texto tan representado (de hecho hay un montaje en catalán que, debido a la gran acogida recibida, anuncia funciones para 2018 en el Teatre Goya de Barcelona), las comparaciones son inevitables, del Arco y todo su equipo consiguen salir airosos, su propuesta es muy digna, es fantástico reírnos de nosotros mismos, mala cosa si alguien piensa que no se parece en algo a los tres personajes (aunque, si se puede elegir, a uno le gustaría estar muy lejos de Iván, el perrito faldero de quien se ponga a tiro).

jueves, 8 de junio de 2017

PALABRA DE GINZBURG (II)







  No pensaba regresar tan pronto a Natalia Ginzburg, pensaba dosificarla algo más (aunque lo de hoy tampoco agota el material recopilado durante la lectura de Ensayos), pero ha habido algunos fieles a este blog (y seguidores de la autora) que me han pedido que no dilatase demasiado la espera y como, por otro lado, hoy fue día de preparativos para una nueva función de La voz hermana y, al cambiar de sala para participar en el Festival Con-Vivencias que se celebra en el barrio de Lavapiés (estaremos en La Escalera de Jacob los viernes 9 y 16 de junio a las 22:30), anduvimos preparando el atrezo, las luces, ajustando los movimientos de Alejandro al nuevo espacio, lo cierto es que he llegado a casa bastante agobiado por el bochorno que hoy se ha abatido sobre la ciudad (y anuncian que las temperaturas aún subirán más durante el fin de semana, ¡socorro!), pero me apetecía escribir algo, seguir en contacto con esos amigos virtuales (aunque a algunos los conozco) con los que me encanta entrar en contacto para compartir experiencias lectoras, por lo tanto nada como robarle a alguien sus palabras, tomarlas prestadas suena menos violento, en parte me las apropio pero no para reclamar ninguna autoría sino para rubricarlas, para hacerlas propias, para sentirlas en la mente y el corazón, para habitarlas, para vivirlas, porque en muchas ocasiones parece que Natalia Ginzburg escribe en estos días y no, como es el caso concreto que ahora abordamos, en abril de 1969, precisamente donde la dejamos ayer, con Cien años de soledad aún en las retinas, emocionada y satisfecha, feliz como sólo es posible serlo cuando se concluye un libro que transforma y enriquece, no le duelen prendas en confesar que lo ha leído “por casualidad, y lo empecé sin ganas y con escepticismo. ¡Qué escépticos nos hemos vuelto! Nos hemos convertido en malos lectores de novela. Por otra parte, las novelas a las que intentamos acercarnos a menudo nos expulsan desde las primeras líneas, o bien nos parece al leerlas que estamos mascando piedras, serrín o polvo, o bien las leemos distraídos y tristes, como si estuviéramos de pie y cargados de maletas en la sala de espera de una estación, llenos de tedio y de frío. No sé si la novela se muere [léase, al menos, el final del primer texto dedicado a Ginzburg para poder comprender por qué habla de esto] porque a nosotros ha dejado de gustarnos, o si ha dejado de gustarnos porque pensamos que se muere. Se ha difundido a nuestro alrededor la idea de que está próxima a extinguirse, y esta idea se ha adentrado en nosotros como un sutil cansancio, envenenada de novelas malas y de alimentos muertos. Se ha extendido la idea de que es un pecado abandonarse a las novelas, que las novelas son evasión y consuelo, y lo que hay que hacer es no evadirse y no consolarse, sino quedarse firmemente clavado en medio de la realidad. Estamos oprimidos por un sentimiento de culpa ante la realidad.”. ¡Y no hemos avanzado en casi cincuenta años!
   Ya se apuntó que Natalia Ginzburg es implacable consigo misma y se percibe que no es falsa modestia, tal vez un pesimismo exacerbado, un contemplarse con excesivo rigor, una conclusión lapidaria cuya única aspiración es la de ser realista, habla con convencimiento, sin titubear, en lo general y en lo concreto, por ejemplo para expresar su admiración por Munch, matizando que su modo de mirar los cuadros “no es el de quien ama y entiende la pintura, sino, por el contrario, un modo de mirarlos completamente tosco, de novelista. Para mí son como relatos de la angustia. No quiero decir que todos los novelistas contemplen cuadros de un modo tosco, pero mi modo es tosco, mi curiosidad se mueve por cuestiones que nada tienen que ver con la pintura.” Tal vez no sea mala forma de mirar, ¿no?, intentar entrar en comunicación con la obra sin ningún tipo de idea preconcebida (aunque resulte muy difícil ser aquel espectador virginal del principio, es inevitable llegar con un equipaje muy repleto de sensaciones, prejuicios, filias, fobias, premoniciones, opiniones ajenas). Y, así, se enfrenta a El grito, reconoce haberse preguntado qué ha sucedido, por qué esa mujer aúlla sin consuelo, “pregunta estúpida, ya sea porque jamás lo sabré, ya porque de pronto me digo a mí misma que no quiero saberlo, de hecho siento que, apenas avanzo en mis conjeturas, mato algo en mí, cualquier conjetura es más vil y menos desgarradora que ese grito desconocido. Llevaremos ese grito en los oídos toda la vida, más fuerte que el aullido del viento o el estruendo del río, toda la vida seguiremos preguntándonos, estúpidamente, por qué grita y respondiéndonos que da igual, porque los fantasmas de la angustia no tienen nombre ni lugar, y porque las interrogaciones acerca de la angustia se sitúan quién sabe dónde, en un país de nuestra alma abrasado no se sabe si por el verano o por el invierno. Pienso que Munch quizá se volvió loco porque ese grito, atrapado en la tela por él, le hería los oídos. La convivencia con nuestros fantasmas, creados por nuestra fantasía, fuente de expresión y de liberación para nosotros, y por lo tanto de felicidad, puede volverse sin embargo una convivencia obsesiva, puede invadir nuestra vida y alterar nuestra mente; nuestros fantasmas tienen en sus manos armas mortales.”
   El texto que dedica a la crítica (y que se titula de ese modo) es para enmarcarlo, para estudiarlo, para aplicárselo, para repetírselo a tantos que dicen ejercerla y en realidad hacen propaganda, para los que no analizan, no reflexionan, no experimentan, vienen decantados de casa, también para los que se limitan a insultar y ofender sin aportar un juicio, sin fundamentar su opinión, una mera bravata que no debería publicarse en un medio de comunicación que se tenga por tal, algo que no se sabe muy qué es pero, desde luego, no es periodismo ni se corresponde con un género literario (ambas cosas puede ser la crítica): “Cualquiera que escriba hoy en día, y sea lo que lo fuere lo que escriba -novelas o ensayos o poesía o teatro-, deplora la ausencia o la rareza de la crítica, es decir la ausencia o la rareza de un juicio claro, inquebrantable, inexorable y puro. En el deseo de un juicio semejante tal vez se esconde el recuerdo de la fuerza y de la severidad que sobre nuestra infancia proyectaba la figura paterna. Sufrimos por la ausencia de la crítica del mismo que en nuestra vida adulta sufrimos por la ausencia de un padre.” Puede sonar exagerado, pero es cierto que se echa de menos en muchas ocasiones una crítica honesta, constructiva, sin disfraces, sin embustes, que nos ayude a enmendar errores, que nos haga descubrir otros, que nos permita reforzar nuestro trabajo (de algo de eso anda uno escribiendo tras haber visto el montaje de Arte de Yasmina Reza que Miguel del Arco ha estrenado la semana pasada en el Pavón Teatro Kamikaze), “así vamos en vano a la búsqueda entre nosotros de aquel del que tenemos una profunda sed, una inteligencia inexorable, clara y distinta, que nos examine con distancia y desapego, que nos observe desde lo alto de una ventana, que no baje a mezclarse con nosotros en el polvo de nuestros patios; una inteligencia que piense en nosotros y no en sí misma, mesurada, implacable y límpida frente a nuestras obras, límpida al conocernos y revelarnos lo que somos, inexorable para encontrar y definir nuestros vicios y errores. Pero para albergar entre nosotros una inteligencia de esta clase, deberíamos tener en nuestro espíritu una lucidez y una pureza de las que en la actualidad todos carecemos, y no puede vivir entre nosotros un ser demasiado distinto a nosotros.”
   Pero la epifanía definitiva, cuando diríase que Natalia Ginzburg está viva y frecuenta las redes sociales, tiene lugar cuando se lee: “Solemos esperar, de la crítica, la benevolencia. La esperamos como algo que se nos debe. Si no la obtenemos, nos sentimos incomprendidos, perseguidos, víctimas de un odio injusto, y estamos de pronto preparados para vislumbrar en los otros algún fin despreciable.” Y cuando pone el dedo en la llaga y escarba, cuando demuestra que el clásico siempre tiene razón (por eso se le considera y venera como tal) y que no hay nada nuevo bajo el sol es cuando escribe: “Si un crítico es amigo nuestro, o incluso si se trata de alguien con quien a veces cruzamos algunas palabras, la amistad o aquellos encuentros ocasionales nos dan la seguridad de que su juicio para con nosotros será halagador; si no es así y en lugar de un juicio halagador obtenemos, por el contrario, una lección despiadada, o quizá tan solo un prudente silencio, nos sentimos golpeados por un desconsuelo estupefacto e inmediatamente después por un venenoso rencor, como si la amistad o aquellos raros encuentros nos hubiesen dado derecho a un favor eterno, porque nuestra mala costumbre nos lleva a pedirle a la amistad, o incluso a una simple sonrisa de cortesía, no ya la verdad sino una resuelta inclinación a nuestro favor.” Y tampoco se libran, claro, los críticos esos que son, “como los padres de hoy en día [octubre de 1969], frágiles, nerviosos y sensibles al rencor de los otros, temen perder a los amigos u ofender a los conocidos, su vida social es muy vasta y tan llena de ramificaciones que al ofender a una persona pueden ofender a otras mil; como hoy en día los padres, tienen miedo del odio: tienen miedo de encontrarse solos diciendo la verdad en una sociedad hostil. O, por el contrario, quieren odio, aspiran a él como un condimento fuerte y esencial en su vida de críticos, desean estar vestidos de odio, como de un uniforme rico y resplandeciente. Y la aspiración al odio, si se luce como una coquetería en sociedad, al igual que el miedo al odio, no puede constituir un terreno estable para la búsqueda y la afirmación de la verdad.” Se diría que conoce a autoproclamados expertos, a vocingleros, a palmeros, a falsos afectuosos desmesurados, a los que siempre estarán en ciernes, a los que buscan su minuto de gloria, a los poetas hueros, a los diletantes que no saber crear ni apreciar aquello a lo que llaman arte (no digamos ya si hablamos de lo que gusta a los otros, dicho con todo el desprecio del mundo).

miércoles, 7 de junio de 2017

PALABRA DE GINZBURG (I)






   Aunque a veces tarde muchísimo tiempo (años incluso), creo que siempre termino por cumplir las promesas que hago en lo que a melodías del arpa se refiere, no olvido que aún tengo en la columna del debe textos sobre Emilia Pardo Bazán, Rosa Chacel o Eduardo Galeano, por citar sólo tres ejemplos de los muchos “próximamente” que he anunciado, hay muchos agradecimientos que este lector quiere hacer y no van a quedar sin expresarse, es cuestión de tiempo (y de inspiración, de momento idóneo), como no dejo de devorar libros la lista sigue aumentando, pero en esta ocasión no he hecho esperar demasiado puesto que fue el pasado 14 de abril cuando, tras detenerme en Natalia Ginzburg y A propósito de las mujeres (https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2017/04/seres-que-no-se-sienten-libres.html), anuncié mi intención de regresar a esa autora, en concreto al volumen aparecido como Ensayos en abril de 2009 (publicado por Lumen en su impagable tarea por recuperar y difundir la obra de Ginzburg). Como las frases que uno va anotando, las páginas que señala, las reflexiones que comparte, las revelaciones experimentadas se van acumulando, he optado por presentar sólo una parte ahora e ir desgranando el jugoso contenido de este libro apabullante en varias entregas (no creo que con una segunda tenga suficiente), invitando a todo el mundo a que se sumerja en unos textos de apariencia sencilla, incluso candorosa, en los que hay mucho material para paladear, para sentir, para reír, para emocionarse, para la diversión, para el debate, para el descubrimiento, para el escalofrío al reconocerse en muchas de sus páginas, un abrirse en canal pleno de honestidad y humildad, Ginzburg se confiesa, se analiza, se expone sin pudor ni reservas, con desgaire y sin afectación, sin pretensiones, quitándose importancia, destilando verdad en cada frase, escribiendo desde lo más recóndito, descubriéndonos lo más íntimo sin que nos sintamos invasores. Al respetar el orden en que se presentan los ensayos (según la fecha de su publicación), al reproducir mi lectura (sólo habrá algún pequeño salto si algún asunto vuelve a repetirse posteriormente), todo lo que se va ir desgranando a continuación pertenece a Nunca me preguntes, el primer libro de los dos reunidos aquí, traducido por Flavia Company (No podemos saberlo, traducido por Mercedes Corral, es el otro); intentaré estorbar lo menos posible, sólo si es necesario contextualizar algo o explicar por qué llamó mi atención o provocó mi asentimiento (e incluso vivir una cierta epifanía -o completa-).
   Como en un principio me asomé a los ensayos buscando algún aporte para lo que iba a escribir tomando A propósito de las mujeres, anoté frases que me parecieron significativas por el modo en que la escritora se autorretrataba, sentencias lapidarias como “(…) siempre necesito, en mis iniciativas de naturaleza práctica, que me acompañe la aprobación de otra personas”, textos como La pereza en que expone sin tapujos: “En el 44, en el mes de octubre, vine a Roma para buscar trabajo. Mi marido había muerto durante el invierno [modo excesivamente sutil de dar noticia de lo sucedido: Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso, fue torturado y asesinado en la cárcel de Regina Coeli, tras haber sido desterrado durante tres años por Mussolini]. En Roma había una editorial en la que mi marido había trabajado durante años. Pensaba que si pedía trabajo en aquella editorial me lo darían, y sin embargo pedirlo me disgustaba, (…) hubiese querido que alguien me diera un puesto sin conocerme y por mis habilidades. Lo malo es que yo no tenía habilidades. (…) acariciaba sueños de trabajos interesantes, como hacer de niñera o escribir la sección de sucesos para algún diario. El obstáculo principal para mis propósitos de trabajo consistía en que no sabía hacer nada. No me había licenciado, porque me había bloqueado ante un suspenso en latín (materia que, por aquellos años, no suspendía nadie). No sabía lenguas extranjeras, aparte de un poco de francés, y no sabía escribir a máquina. Durante mi vida, exceptuando criar a mis hijos, hacer las tareas domésticas con extrema lentitud y poca destreza, y escribir novelas, no había hecho nunca nada. Por otra parte, siempre había sido muy vaga. Mi pereza no consistía en dormir hasta tarde por la mañana (siempre me he despertado al alba y levantarme nunca me ha costado) sino en perder un tiempo infinito sin hacer nada y fantaseando”. Es un sano ejercicio reconocer los defectos, procurar enmendarlos, ser autocrítico, pero puede decirse que lo de Natalia Ginzburg roza lo patológico, por otro lado uno percibe muy pronto que su bandera es la sinceridad extrema en lo que a sí misma se refiere, que no va a jugar al despiste, que no va a adornar ni tergiversar nada, que no va a defraudar al lector.
   En La vejez dice cosas que algunos calificarán de terribles, y lo son, pero no puede negarse lo lúcidas y precisas que resultan: “Podemos convertirnos en chatarra abandonada en algún descampado o en ruinas gloriosas a las que se visita con devoción; mejor dicho, quizá seremos a veces una cosa y a veces la otra, puesto que la suerte es mudable y caprichosa, pero tanto en un caso como en el otro, no nos sorprenderemos, nuestra vieja imaginación de toda una vida ya habrá usado y agotado en su seno cualquier suceso posible, cualquier cambio de la suerte, y ninguno de nosotros se sorprenderá, tanto si somos chatarra como si somos ruinas ilustres, no hay sorpresa en la devoción prodigada a la antigüedad, y menos aún en toparse con un montón de chatarra que se oxida entre ortigas. Por otra parte, no hay ninguna diferencia apreciable entre ser una cosa u otra porque tanto en un caso como en otro el cálido río de los días fluye por otras orillas.” Y, aunque al principio pueda sonar paradójico (porque vivir se nos antoja algo veloz y voraz), nos hace comprender a qué se refiere cuando señala “la extrema lentitud con que envejecemos” porque lo apostilla así: “Conservamos durante mucho tiempo aún la costumbre de creernos “los jóvenes” de nuestro tiempo, de modo que cuando oímos hablar de “jóvenes” volvemos la cabeza como si se hablara de nosotros, costumbre que tiene raíces tan profundas que quizá no la perderemos hasta habernos convertido del todo en piedras, es decir en la vigilia de la muerte”.
   Es muy divertido constatar que Las tareas de casa, un breve relato que ocupa cinco páginas, podría equipararse a aquel engendro supuestamente bucólico, cursi y pedante a más no poder (empapado de la soberbia que Rosa Regàs derrocha en todo lo que acomete), con tufo a nacionalcatolicismo, ese pregonado canto a lo libertario que devenía en ranciedad y pacatería y no se despegaba del lenguaje de consignas y catequizador (da igual el posicionamiento ideológico, es el modo de imponer ideas y practicar el proselitismo a toda costa) que tan propio le es a la autora de Azul (la novela por la que dieron el Nadal, no la canción de Christian Castro), es un regocijo que Natalia Ginzburg escriba su propia Abuela de verano, años antes que Regàs, sin andarse por las ramas y, por supuesto, contándolo y escribiéndolo infinitamente mejor. Hace un retrato impactante de Emily Dickinson, en carne viva, envuelta en sus palabras, puede que identificándose con su figura, con sus creaciones, con su aislamiento, con sus “versos [en los que] jamás asoma la piedad por sí misma. (…) Nunca hay lágrimas. La suya es una afirmación de soledad voluntaria, inexorable y trágica.” Algo de eso sobrevuela casi continuamente por la obra ensayística de Ginzburg, aunque también se muestra dispuesta a encontrar motivos para una cierta esperanza, no todo lo condena sin remisión, a veces transforma lo negativo de una conclusión si hechos posteriores le permiten un optimismo relativo, una matización a reflexiones anteriores: “Hace tiempo un periódico me pidió que respondiera a la pregunta de si creía que la novela estaba en crisis, pero no respondí, porque las palabras “crisis de la novela” me parecían detestables y su sonido me sugería solamente malas novelas, ya muertas y bien muertas, cuyo destino me resultaba indiferente. Creo que pensé que no tenía sentido reflexionar tanto sobre la novela y que, si éramos o habíamos sido novelistas, tal vez lo mejor era intentar escribir algunas novelas, aunque fuese para enterrarlas en un cajón en el caso de que no estuvieran vivas. Más tarde leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, colombiano que vive en España. (Su editor en Italia es Feltrinelli.) Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente. Si es verdad, como dice, que la novela está muerta o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la Tierra.” Mientras podamos regresar a intelectuales (porque así hay que calificarla sin tapujos) como Natalia Ginzburg, habrá un resquicio para la esperanza y un motivo para la alegría. Ponemos un punto y final momentáneo, aún queda mucho por reseñar (más lo que cada quien añada cuando haga su propia lectura).