domingo, 23 de diciembre de 2018

EL UNIVERSO SE EXPANDE





   En muchas ocasiones, la admiración (o la confianza, la sana familiaridad, la broma compartida que expresa fraternidad) convive con el tono peyorativo, es decir, todo depende del tono, de quién se lo diga y a quién, de la manera de decir una palabra, es arma de doble filo porque la palabra puede ser malinterpretada (también en eso se escudan algunos para tirar la piedra y, si vienen mal dadas, esconder la mano, rebajar y hasta negar la verdadera intención con que pronunciaron/escribieron el vocablo), pero en el contexto adecuado y con interlocutores que conocen/comparten ese código más o menos restringido sobra cualquier tipo de explicación. Llamar a alguien por su apellido está muy vinculado a las jerarquías, a la despersonalización que practicaban (lo diré en pasado, aunque se sigue empleando de ese modo y no en un lugar o dos) los jefes que marcaban distancias y señalaban a cada paso su posición privilegiada en el organigrama, aquellos revestidos de autoridad por galones o capas púrpuras que trataban (como poco) con displicencia a quien veían como inferior y/o lacayo (y dentro de estos, por supuestos, había quien pronunciaba el apellido como simple identificación, incluso puede que con afecto, al menos con el debido respeto a quien merece ser tratado como lo que es, es decir, un semejante). Recuerdo una divertidísima conversación (como cualquiera con ella) que Pablo y yo mantuvimos en el camerino de María Luisa Merlo mientras ella se iba transformando en Leonor de Aquitania (dos veces la gozamos interpretando aquel monólogo) en que se mostró toda orgullosa de que el público la llamase -la llamásemos- LA Merlo -y cómo remarcó el adjetivo, ¡qué grande es!- porque conseguir eso en España es haberse ganado el aplauso y el cariño del que no siempre merece, por cierto, ser llamado respetable (sobre todo en estos tiempos de móviles siempre encendidos -y atendidos-), ser identificada de un plumazo, haberse convertido en categoría (echen cuentas: la Velasco, la Baró, la Maura, la Rivelles, la Ponte, las Gutiérrez Caba -ahí sí hace falta el nombre para identificarlas, Irene y Julia, ambas gloriosas-, la Penella, la Riaza, la Carrillo, la Montes, la Galiana, podríamos seguir un buen rato más y eso sin movernos del cine y el teatro). Del mismo modo que hay nombres que no precisan de apellidos y viceversa porque no hay duda de a quién nos referimos cuando evocamos a Rosalía, a Lope, a Gloria, a Tirso o a Quevedo, tampoco descubro nada al referirme a aquellos apellidos que en las artes han dado paso a adjetivos que sintetizan un modo de hacer, de pensar, de escribir, de pintar, de crear, ahí está lo lorquiano (este era y es tan enorme que de cualquier modo le idolatramos y reconocemos), lo cervantino, lo almodovariano, lo berlanguiano, lo valleinclanesco, lo velazqueño, de nuevo la lista puede ser (casi) infinita, pasando de una disciplina artística a otra, saltando de épocas pretéritas a la actual hasta llegar a alguien que, aunque firma con sus dos apellidos, ha sido con el segundo con el que se ha hecho tremendamente popular y el que han utilizado sus seguidores y los críticos para hablar de su modo de escribir y de lo que ha construido (sigue haciéndolo, a eso vamos) con lo que ha publicado hasta el momento, entramos de lleno en (regresamos a él en lo que al blog se refiere) el conocido como género Gellida.

   Hace prácticamente dos años que dejé en el aire una promesa que hoy cumplo en parte, puesto que en aquel momento la hice en lo relativo a la séptima novela publicada por César Pérez Gellida, la que ya anunciaba cuando tuve el placer de conocerle y conversar con él durante la promoción de Cuchillo de palo (https://elarpadebecquer.blogspot.com/2016/12/el-lector-en-su-encrucijada.html); pero las cosas van como van, no puedo dedicar a este ángulo oscuro del salón todo el tiempo que querría (al fin y al cabo, hay que hablar claro, no me proporciona ningún beneficio económico y, por desgracia, las cosas siguen fatal en ese terreno), el caso es que él ha seguido publicando (de hecho, tras la séptima -A grandes males- llegó la octava -Konets-) pero este arpa no ha podido sonar a su compás -y mira que de música sabe un rato y es decisiva en su narrativa: sus millares de lectores saben a qué me refiero- hasta que a finales de octubre, coincidiendo con la aparición de Todo lo mejor, tuve el privilegio de ser invitado por su editorial -Suma de Letras- junto a mi Pepa Muñoz y casi toda la pandilla bloguera (¡Gracias, Mar Molina, por las atenciones y la nueva oportunidad!) a un encuentro previo a la presentación de la novela en Madrid. Había gran expectación por el rumbo que tomaría César tras ocho libros emparentados entre sí, un asombroso proyecto que cerró con arrojo y firmeza cuando Konets afianzó las ligaduras (y descubrió otras inesperadas) entre las dos trilogías protagonizadas por Ramiro Sancho y Khimera, en apariencia un título independiente hasta que la octava de la serie hizo encajar todas las piezas y, aunque el punto de partida vincula su reciente nueva novela con el universo desgranado a lo largo de la sinfonía de ocho movimientos ya conocida, el autor sale muy airoso (a fuerza de talento y de capacidad de invención) del envite y se quita de encima con enorme facilidad el peso de lo anterior y, sobre todo, consigue no repetirse, no quedarse en un cliché, entregar una obra compacta que aguanta las inevitables comparaciones y que rebosa grandeza, vigor, poderío y emociones propias. “Todo lo mejor es lo peor cuando uno no sabe de qué lado está”, así arranca la novela que ahora nos ocupa y por esa primera línea, es decir por el título, comienza César a contar cómo fue fraguando este vibrante thriller: “Ya en “Konetz” está esa frase, una paradoja, no tiene mucho sentido en sí misma, pero en el contexto en que aparece habla de la dualidad entre el bien y el mal y, sobre todo, dicha por el personaje principal, Viktor [Lavrov]. Tenía una deuda pendiente con Armando Lopategui, personaje que no existía al principio en “Memento mori” hasta que me di cuenta de que necesitaba a alguien que rompiese la clásica dualidad que representaban Augusto y Sancho, que basculase entre uno y otro. Y este personaje, que no iba a aparecer, como tiene mucho que ver con mi forma de ser, va ganando escenas, comiéndose páginas, tanto que en “Dies irae” es casi el protagonista, pero tuve que tomar la determinación de dejarle fuera de lo que vino después y en ese momento, como digo, contraje una deuda que sabía terminaría por pagar aunque aún no tenía claro cómo. Lógicamente, tenía que ser en el pasado y el mejor germen me pareció el momento en que es agente del KGB destinado en el Berlín Oriental para formar parte de la Stasi. Y la frase, como decía, la recupera Erika en “Konetz” de un cuaderno que nunca se había encontrado hasta ese momento”.

   Ya tenemos el escenario, el Berlín de 1980, dividido por el infame muro, época terrible y convulsa, de enorme tensión (y algo -mucho- más) aunque se la conozca como Guerra Fría, un momento/ciudad que César retrata con verosimilitud que provoca frío, malestar, que duele, ambiente opresivo de permanente sospecha que asfixia y contamina que el autor recrea con la crudeza magníficamente manejada a que nos tiene acostumbrados, con la tensión que caracteriza su modo de escribir, con un manejo sublime de la descarga de adrenalina necesaria, sin permitir que nos relajemos del todo porque, tal y como sucedía entonces, nunca se sabe por dónde puede venir lo próximo o cuándo puede estallar la olla a presión: “Políticamente, me atrae mucho la Guerra Fría y los años 80 fueron el momento más crudo: el bloque soviético está viendo que no se va a poder imponer al capitalismo pero no quiere dar su brazo a torcer y es cuando se implementan políticas aún más férreas para que todo lo que tienen tras el Telón de Acero quede al margen de lo que llaman capitalismo o imperialismo. Y el epicentro de todo eso es Berlín, un escenario que siempre me ha resultado atractivo, lo visité con esa intención y debo reconocer que siempre me ha atraído más la parte oriental que la occidental, de hecho se dice que quien diseñó el muro era del Berlín comunista porque se quedaron con lo mejor. Es una ciudad maravillosa que ha tenido que reconstruirse tantas veces, me resultó complicado ser honesto con ella: la hemos visto muchas veces en cine, en literatura, en documentales, podría haber recurrido a todo ello para documentarme y hasta para escribir, pero quise hacer el trabajo de encontrar mi propio Berlín y, por otro lado, dosificar la información porque no me gusta lo descriptivo en exceso, quiero que el lector tenga margen para completar la realidad que se narra. Algunas cosas sí quise dibujarlas lo mejor posible: la arquitectura brutalista y, sobre todo, cómo vivían unos berlineses frente a otros en ese momento”. César escribe novelas de largo aliento y alcance, también de muchas páginas, pero nunca le sobra nada, los diálogos le permiten avanzar sin descanso e imprimir una velocidad de crucero a la trama pero sus descripciones imprimen carácter, atmósfera, un mínimo momento para lo contemplativo aunque en seguida empieza a escarbar, a horadar, a ir más allá de lo meramente descriptivo, a dotar de nervio a cada palabra o escena por muy anodina que en principio pueda parecer, todo se conjuga a la perfección para que el lector esté dentro de la historia, tiemble, se sobrecoja, sospeche, vibre con/como los personajes.

   Quien no haya leído alguna de las novelas anteriores de César no debe inquietarse porque Todo lo mejor se sostiene por sí misma, no importa no conocer el futuro devenir de Armando Lopategui, aquí se le presenta mucho antes de lo ya narrado, los guiños al lector enterado son sutiles (y provocan a veces las mismas sorpresas que al neófito, eso sí, más agudas y notorias), esta nueva entrega de Gellida va por otros derroteros (¡Bien por él!): “No me ha costado volver al personaje, aunque he tenido que despojarle de la experiencia que ya había demostrado: aquí está en sus orígenes, cuento el modo en que se intoxica con la obsesión de descifrar la mente criminal y ese es el centro tanto de esta novela como de “Todo lo peor”, en la que estoy trabajando, cuento la evolución de Lopategui para que se entienda por qué se comporta del modo en que lo hace en las otras novelas”. Es decir, quien comience por aquí podrá disfrutar de otro modo (pero con la misma intensidad y -espero y deseo- idéntico deleite) cuando se adentre -que lo hará porque, hablo desde mi experiencia y la de gente que conozco, estamos ante una de las prosas más adictivas y mejor trabajadas que pueden encontrarse en la actualidad- en las novelas anteriores, cronológicamente posteriores a Todo lo mejor que, por cierto, no es el inicio de ninguna nueva serie, a pesar de lo que pueda parecer cuando el autor habla de aquello en lo que está trabajando: “No es una bilogía: son dos novelas conclusivas que se pueden leer de forma independiente, sólo unidas por un hilo que dejo suelto en “Todo lo mejor” y se retoma en “Todo lo peor”, pero no es un hilo fundamental para las dos tramas que planteo aquí, es decir, la investigación que lidera Otto Bauer y la trama de espionaje en sí misma, tramas que discurren en paralelo y que prácticamente no se influyen más allá de la intervención en ambas de Viktor que es el que unifica todo y genera la tensión de estar en medio de dos asuntos que le crispan, dejémoslo en eso”. Sí, es cierto, dejémoslo ahí para no anticipar nada, para no dar pistas, para no influenciar la lectura, para que cada cual haga la suya a su modo, pero antes de que ustedes se vayan a leerle congratulémonos de nuevo de que César no quiera quedarse en una fórmula (“No quise repetir todos los recursos que ya me habían funcionado, me gusta ser equilibrista y a veces saltar sin red, por eso esta vez no quise canciones aunque me costó dejarlas fuera”), algo que en realidad ya había demostrado con novelas tan dispares como las que conforman su segunda trilogía (Sarna con gusto, Cuchillo de palo y A grandes males) por más que las unifique con mano maestra, de los fabulosos personajes -y van…- que saca de la chistera con mención especial para el otro gran protagonista, Otto Bauer -y su hermanastra, Birgit- (“No quería que Otto se pareciera a otros personajes y en el primer borrador el registro era una mezcla entre Olaffur y Sancho. Su condición de homosexual estaba ahí desde el principio, pero le di una vuelta en los diálogos para marcar aún más la paradoja de que en el Berlín Oriental de aquel momento existía un movimiento de liberación de gays y lesbianas que supera con creces al de la RFA como lo demuestra que todos los fines de semana los gays de la parte occidental cruzaban el Muro para ir a los locales de ambiente de la RDA. Del mismo modo, es otro detalle, mientras que el nudismo estaba permitido podían encarcelarte por hacer un chiste sobre Honecker. La opresión estatal, como suele ocurrir, provocó un auge en la música, el teatro, el arte en general, una corriente cultural liberadora”) y que a lo que uno le gusta llamar (porque es lo que es) universo Gellida sigue en expansión incontenible.

martes, 18 de diciembre de 2018

LO QUE PASA Y LO QUE QUEDA







   Esta es una historia hecha de fotogramas que se desvanecen poco a poco, pierden color y se deshacen como una niebla ligera. La historia de una mujer fuerte y llena de vida que se ha ido borrando día a día hasta desaparecer, sin más, con un soplo cualquiera de aire”. Estas palabras, que aparecen en la página 140 (es decir, cuando el lector ya tiene bastante forjada su propia visión/percepción, cuando la narración está avanzada -aunque aún le quede un buen trecho, más de 230 páginas por delante hasta llegar al final-), podrían servir, en parte, sin condicionar la interpretación/vivencia particular de cada quien con respecto a lo leído, para definir El último regalo de Paulina Hoffmann, la novela que ha supuesto el debut en esas lides de la editora Carmen Romero Dorr y que Planeta lanzó a principios de este año que va dando sus últimos coletazos. Así rememora/aprehende/ama la otra protagonista del libro a la que aparece en el título del mismo, algo que conocemos a través de una narración en tercera persona tan íntima y conseguida, tan despojada de artificios y artefactos literarios (tal vez válidos en otro momento, pero aquí hubiesen supuesto, como poco, un estrambote) que por momentos parece que lo hace a través de una primera: por más que, como solemos decir, sea la autora la que hable con carácter omnisciente, las sensaciones y sentimientos de su personaje (Alicia, la nieta de Paulina) están a tan a flor de piel, tan en el filo y fondo de las palabras, descritos con enorme sensibilidad y casi sin filtro narrativo en el sentido de que llegan intensos, en caliente (algo que también puede decirse de las partes que evocan el pasado de la abuela, lo sucedido antes de que la novela arranque, que también se cuentan recurriendo a la tercera persona), resultan tan vívidos y vividos, es tan fácil apoderarse de ellos, identificarlos como propios, reconocerlos en gente de nuestro alrededor, que es como si Paulina y Alicia se fuesen alternando para contar su historia, la compartida y la particular, aunque la de la segunda se encuentre indisolublemente vinculada a/afectada por la de la primera, de eso trata en gran medida esta novela, como tantas, como todas podría decirse, en el sentido -del que ya nos hemos ocupado en este ángulo oscuro del salón- de que todos somos hijos, por lo tanto nietos, es una condición de la que no podemos escapar, todos venimos de unas gentes a las que nos vinculan lazos de sangre y/o vitales, por presencia o ausencia, para bien o para mal, de una manera u otra, por apego o por rechazo, nuestros padres (o aquellos a los que sentimos como tales), nuestros mayores siempre están ahí, como espejo, como ejemplo (o todo lo contrario), como influencia, como realidad y como misterio.

   Hay veces que percibimos la realidad, sobre todo su lado más dañino y miserable, mucho antes de ser capaces de aceptarla. Nuestra intuición nos saca ventaja, y necesitamos más pruebas, más datos, antes de admitir como cierto algo que, en el fondo, es posible que ya supiéramos”. Todos hemos puesto el oído a trabajar intentando subir el volumen de la conversación que la gente mayor pretendía mantener sin que nos diésemos cuenta de nada (a veces, todo hay que decirlo, con poco o ningún disimulo -aquella frase de “hay ropa tendida” que llamaba nuestra atención más poderosamente que los cuchicheos, las insinuaciones, el hablar críptico-) o hemos sorprendido una conversación llena de, como decía Roberto Carlos en Lady Laura, problemas y angustias de la gente mayor, con referencias más o menos veladas a otros que no estaban presentes o a hechos ocurridos tiempo atrás o, del mismo modo (y como en parte le sucede a Alicia), percibíamos que nos faltaban datos, que había zonas sin rellenar, incluso llegamos a tener certeza de ello cuando crecemos, pero optamos por mirar hacia otro lado, por ignorar las señales por, como se dice en El último regalo de Paulina Hoffmann, no preguntar, renunciar a saber, esa puede ser una de las mayores demostraciones posibles de amor, rubrico la frase tal y como la escribe Carmen (aunque la haya descolocado, perdón), porque, en contra de lo que algunos puedan creer, no supone egoísmo ni dejadez, no es falta de implicación, se trata de no querer hurgar más en la herida, no infligir más daño a quien, queriendo actuar del mismo modo con nosotros, guarda silencio para protegernos, puede que equivocadamente, pero es el modo que se le ocurre más óptimo para salvaguardar nuestra, digámoslo así, inocencia. Y puede sucede que, cuando se nos considera suficientemente maduros, la persona que permaneció callada opte por romper su voto, tal vez porque piensa/sabe que el daño (inevitable) no va a ser excesivo o que las circunstancias han cambiado lo suficiente como para que ya no duela con la misma intensidad o, como en el caso que nos ocupa, porque considera que la otra persona debe conocer la historia completa una vez ella no esté aquí, porque no quiere llevarse el secreto (aquello que ha convertido en tal) a la tumba, porque desea que su experiencia sirva para algo ahora que ya no puede ni pueden exigirle explicaciones, retractaciones, el pago de deudas pendientes si las hubiere, porque, al fin y al cabo, lo ha dejado todo dispuesto para seguir cuidando de esa nieta con la que tuvo una relación muy especial que el lector irá descubriendo poco a poco y en el momento preciso gracias al modo en que la autora sabe dosificar y manejar la información, dejándonos intuir, haciéndonos suponer, permitiendo que elucubremos y encontremos respuestas (algunas más o menos claras aunque deban ser matizadas, otras inesperadas), sin golpes de efecto ni virajes bruscos y a deshora, con una narración muy fluida que, con la sabiduría y el olfato para hallar el camino menos espinoso para el lector que le confiere su larga y estupenda experiencia como editora de otros, aúna sencillez, eliminación de lo superfluo, capacidad para interesar, pericia para encajar los diferentes tiempos en que, en desorden cronológico, va rellenando los huecos (y por momentos el lector se siente Alicia, quien, por cierto, añade sus propias zonas en nebulosa, incógnitas a despejar).

   Bien saben los lectores leales que, a la que puedo, cito al maestro Machado, que llevo su poesía (parte de ella, me gustaría que fuese aún más) muy dentro, por eso he vuelto sin recato a recurrir a su talento para titular el presente texto, aunque me gustaría reinterpretarle, incluso puede que tergiversarle y hasta traicionarle, pero en el momento en que volvió a mí su archifamoso “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos” (porque ahí me detuve en esta ocasión) durante la lectura de El último regalo de Paulina Hoffmann lo hice aplicando toda la polisemia posible al verbo “pasar”, algo en lo que nunca me había detenido antes, el caso es que, más allá de lo obvio, de lo que es el núcleo de la novela (y el significado más claro/estandarizado de los versos machadianos), es decir, la memoria, sobre todo la de los demás, la de aquellos que nos importan (tanto la de cada uno de ellos en sí como, sobre todo, la que hagamos de ellos), la transitoriedad de la vida, lo efímero de la misma, me dio por traducir/cambiar “pasar” por “suceder” y, de ese modo, hacer hincapié en que todo lo que (nos) sucede queda, deja su huella más o menos endeble, puede que desaparezca sin dejar rastro como las de la orilla de la playa, puede que sintamos sin poder evitarlo cómo nos horada, el caso es que ahí quedan unas y otras, sólo depende de nosotros que ese paso trascienda, permanezca en el recuerdo, adquiera la importancia que deba tener o sea desterrado, lo malo es cuando creemos haberlo hecho pero seguimos sintiendo su presencia como si se tratase de un miembro fantasma o cuando no somos capaces de acallar sus ecos y, aunque miremos hacia otro lado, sigue perforándonos, enquistándose, no nos da tregua. Por todos estos estadios (y otros) pasó Paulina, muchos de ellos los reproduce (sin saberlo) su nieta, Carmen Romero Dorr maneja con soltura los tiempos, agitando la historia como si se tratase de un caleidoscopio pero confiriendo personalidad y dando su sitio a cada episodio, a lo que vemos en ese momento, fijándolo en el lector para que este vaya reuniendo piezas y, si así lo desea (y me atrevería a decir que es algo que debe conseguir con la gran mayoría, si no con todos), incorpore las suyas, cambie por momentos los nombres de los personajes para llamarlos por otros más familiares, para sentirse apelado por una novela en la que, por ejemplo, he vuelto a verme ante el ejemplar de La ciudad de los prodigios que el tío Miguel estaba leyendo cuando falleció, el mismo que conservo con el punto de lectura donde él lo dejó, una novela que hace sonreír y derramar alguna lágrima emocionada y muchas, no vamos a negarlo, ciertamente tristes, pero necesarias y a la larga reconfortantes, son la señal de que el amor pasó/sucedió y quedó.  

sábado, 15 de diciembre de 2018

BAILAR POR DENTRO






   Pido disculpas por comenzar hablando de mí, aunque como tantas veces cuento con/abuso de la complicidad que los fieles visitantes de este ángulo oscuro del salón me regalan (algunos con una lealtad que no deja de emocionarme, sensación que se agudiza según sumamos años juntos), al fin y al cabo esto no son más que reflexiones/desvaríos muy personales de un lector/espectador, alguien que, como cualquiera, incorpora inevitablemente su experiencia, su realidad, sus anhelos, el momento específico que vive fuera de las páginas a aquello que lee, a lo que las palabras de otros le evocan/provocan. A finales de septiembre comencé un curso de Producción Editorial que imaginé con un halo romántico, que pensé destinado a trabajar con el contenido de los libros, es decir, dirigido a la edición en su sentido más puramente literario, cuando, en realidad, se trataba de aprender a editar en un sentido estricto (el de la primera acepción de la palabra recogida en el DRAE) puesto que el curso pertenece a la rama de Artes Gráficas, y ahí me ven ustedes, el más torpe del mundo, el que peor dibuja, el que no tiene ninguna pericia en las manos más allá de aporrear teclados, adentrándome en el Illustrator, el Photoshop, el InDesing, programas que ayudan, ciertamente, pero difícilmente pueden corregir los errores de base, es decir, las torpezas e incapacidades del que suscribe; pero es el caso que, siendo yo el primer y más sorprendido, he ido descubriendo/desarrollando ciertas habilidades y voy obteniendo unos resultados que me encantaría pudiese ver aquel profesor de dibujo de mi primer curso de Bachillerato que tanto me hizo sudar y padecer para llegar al mísero aprobado (no aspiraba a más pero tampoco hay que ponerlo tan cuesta arriba) y que trataba su asignatura como si de empollar se tratase, en lugar de, como hace ahora Marina, la profesora del curso, estimularnos, dejarnos libertad creativa (dentro de que hay atenerse a unos criterios, postulados, ejercicios, nociones básicas, no se trata de hacer -o no hacer- lo que cada uno quiera), alentarnos, centrarse en las capacidades concretas de cada uno de tal modo que, por primera vez en mi vida hablando de aquello a lo que en el colegio denominábamos manualidades, termino un trabajo con la sensación (y la emoción) de haber conseguido aquello que imaginé cuando empecé con la tarea (e incluso de haberlo hecho aún mejor), algo que me resultaba inalcanzable cuando, por ejemplo, jugábamos con la arcilla, yo (que a pesar de tener en ese terreno una autoestima muy baja tiendo a ser muy osado) pensaba hacer un busto de Vickie el vikingo y aquello era un amasijo informe/deforme difícilmente identificable incluso para mí o (uno de mis hitos) moldear (ejem) lo que se pretendía una bandeja con quesitos (sí, siempre fui muy particular) y todo el mundo tomaba por una barra de pan.



   Bueno, no les agoto más, ando tan orgulloso de lo logrado/superado que por las redes sociales pueden topar con algunas de mis creaciones, el caso es que (hace un par de semanas) llegué a la sede de la editorial Siruela en Madrid tras haber obtenido una calificación que no esperaba ni de lejos en el examen del día anterior y por eso me sentí tan identificado con algo que dijo Irene Gracia, la magnífica escritora, la estupenda persona, alguien tocada por aquello que su apellido señala, momentos antes de comenzar uno de esos divertidos e interesantes encuentros a los que tengo la fortuna y el privilegio de ser convocado por mi Pepa Muñoz, reunión de lectores apasionados (y, sobre todo, lectoras apasionadas -hay que hacer hincapié muchas veces en este nada baladí detalle del femenino cuando se trata de estos asuntos y no sólo en mi cotidianidad sino muy en general-) en que compartir e intercambiar emociones vividas con los autores y autoras que las han despertado. Las amantes boreales, su nueva y deslumbrante novela (publicada, como pueden imaginar, por Siruela), se centra en dos bailarinas, dos jóvenes de la alta burguesía del San Petersburgo de 1916 (la historia arranca en el verano de ese año) que son expulsadas de la Escuela Imperial de Danza y enviadas por sus familias (haciéndolas huir de no se sabe muy bien qué o quién, condenándolas a infiernos propios y ajenos) a un internado situado en una remota isla del lago Ladoga y, antes de entrar en materia, mientras nos saludábamos, las chicas me daban la enhorabuena, la escritora se interesaba sinceramente por mis estudios y pedía ver alguna foto de mis trabajos, cuando le explicaba que nunca he creído demasiado en mí mismo, ella me devolvía la confesión de que lo mismo le ha ocurrido siempre, que, entrando ya en materia y de ahí el germen de su novela, ama la danza, la música inunda su sangre por cada poro de la piel y se deja llevar, pero “sólo bailo bien por dentro, nada más” y luego nos tronchamos porque, le digo, eso nos pasa a muchos aunque no está nada mal, al menos, lo de dar piruetas y ser volátil, llegar a lo sublime y bello, aunque sea en nuestros sueños. Y de eso, en gran medida, habla esta novela tan especial, tan emotiva, tan sorprendente, tan poderosa, tan terrible, tan tormentosa, tan honesta, tan mágica, inundada por esa capacidad que Irene tiene como pocas (y pocos) para llevar los sentimientos al paroxismo, para cruzar muchos límites, para hacer alquimia con los géneros, para adentrarnos (y hasta diría enfangarnos) en lo más oscuro pero sin perder jamás la verosimilitud de las emociones por muy fantástico u oculto que pueda ser/resultar el entorno, el contexto en que sitúa su historia, manteniendo siempre un aliento poético (no sé definirlo de otro modo aunque tal vez le cuadrase más otro adjetivo menos condicionante) que consigue imágenes rotundas y plenas de belleza, a pesar de no ahorrarse/ahorrarnos ningún descenso órfico o digno de tal nombre, hay que ensuciarse las manos y el alma para poder limpiarlas de raíz.



   Tengo fascinación desde mi adolescencia por los autores rusos: leí a Dostoievski gracias a mi hermano porque, como nos adorábamos, me animó a leer precisamente “Los hermanos Karamazov”, en seguida llegó Tolstói, ¡son auténticos monstruos! La cultura rusa me atrapó: su sentido del drama, especialmente de la tragedia, su locura, me encantan sus personajes. A eso se conjugó, aunque viene muy pareja, mi pasión por la danza”, así empieza a desgranar Irene Gracia algo de lo que puede contarse de una novela que, como todas las suyas (al menos las que un servidor -cuatro- ha leído), es complicada de sintetizar porque alberga muchas cosas, posee un halo de misterio y ensoñación/pesadilla (es una maestra en hacer mixtura de los opuestos, esa tensión/dicotomía está en el nervio de sus historias) que cada lector despejará/por el que se dejará impregnar a su modo, sin temor a poder ser tildada de gráfica se adentra en terrenos muy pantanosos para escritores que no posean su virtuosismo, su franqueza, su modo espiritual de contemplar y estar en el mundo (en el sentido más amplio posible del término, pretendo señalar su capacidad para hacer prospecciones hasta lo más profundo e íntimo, hasta la esencia de las personas, rehúye lo superficial, lo estereotipado, lo arquetípico tanto cuando habla de los demás como cuando construye personajes tan dolorosamente humanos), pero su prosa sale indemne (o reforzada, revitalizada, purificada gracias a esa inmersión), a salvo de lo grotesco, lo obvio, lo grueso, es deseable que cada quien haga el viaje como desee y sin llevar el camino demasiado marcado por lo que aquí se le pueda anticipar/revelar, hablo de mí, por supuesto, otra cosa bien distinta es aquello que la autora desea compartir con sus lectores, aunque nos quedemos más en la génesis para, así, no descubrir el resultado antes de tiempo: “He pasado una época muy crítica, terrible, por eso esta novela empezó siendo una cosa muy diferente a la que ha terminado por ser; en ese sentido, hay mucha magia, me dejé arrastrar, es lo bueno de estar muy mal: te dejas llevar. Tenía muy claro que quería que fuese una declaración de amor a la danza y a la cultura rusa, también plasmar las diferencias y abusos que provoca la existencia de diferentes clases sociales, fue saliendo todo. De hecho, cuando yo quería dirigir la novela me equivocaba y cuando dejaba que las protagonistas me guiasen era cuando acertaba: creí que era una novela histórica, al menos cuando la inicié, en parte porque no me gusta repetirme, me gustan los retos, pero inevitablemente afloran los mismos fantasmas, en mi caso el amor fraternal, también el amor que espera tiempos y espacios, edades, hasta épocas”.



   Cada novela de Irene Gracia supone una aventura, una catarsis, un deslumbramiento, una conmoción (en realidad, la suma de varias), indudablemente una epifanía porque se nos revela cada vez como una escritora de, nunca mejor dicho, amplio espectro con una voz muy personal que mantiene el equilibrio en todo momento, fundiéndose con el tema/tono/género escogido, reformulándolo para que encaje con su universo ese que me atrevo a sugerirle podría, de algún modo, englobarse bajo el título de la primera novela suya que leí, Mordake o la condición infame (por desgracia, creo que sólo puede encontrarse en librerías de lance), por esa es la mirada que el resto lanza a sus protagonistas, porque así es como ellas mismas se consideran en algún momento, el caso es que rompen moldes, agreden a la restrictiva normalidad impuesta por algunos, quieren ir más allá, poseen de un modo u otro (aquí está mucho más presente al tratarse de dos bailarinas) un ímpetu/instinto artístico que las impele a preguntar, a no quedarse conformes, a investigar, a desbordarse: “El otro día me preguntaba Gustavo Martín Garzo por qué esa fascinación de las niñas por ir a la habitación de Barba Azul: nos hablan del príncipe azul, pero en cuanto se casan se acaba el cuento. Es el misterio de lo prohibido, es algo seductor, también está el impulso de vencer a la bestia, el reto de alcanzar el triunfo sobre ella. En varias ocasiones, hablando con hombres, me han dicho que las mujeres no somos sinceras hablando de nuestros fantasmas sexuales y yo creo que el asunto es que no somos hiperrealistas, somos más abstractas. Por eso me he recreado con Roxana y Fedora, quería que representasen el ideal femenino, fui generosa y les di todos los dones. También para que, al ser mancilladas, la herida sea más sangrante”. Dos jóvenes que van contando la historia, mezclando sus voces, por momentos como si fuese sólo una, multiplicando ese juego de espejos, esa ambivalencia de opuestos/complementarios que Irene maneja con maestría, con conocimiento de gran coreógrafa, por ello no olvida al cuerpo de baile, a lo que da solidez, cobijo y apoyo a las primas ballerinas: “He planteado la novela como si fuese un dúo, pero el pueblo ruso actúa como coro porque he querido retratar todas las clases sociales y ejercer una justicia literaria hasta con los personajes más miserables como el hombre sombra, una cierta comprensión”. No justificación, por supuesto, pero sí evitar los maniqueísmos atroces que tanto lastran, confunden, crean prejuicios, reducen y condenan, los mismos por los que (se cuenta en las primeras páginas) Fedora y Roxana han sido desterradas y arrojadas a las fauces de quienes pueblan (o se ocultan en) Palastnovo.



   Encontré las siguientes palabras de Alma Guillermopietro hace un par de días, no sabía que la periodista (y maestra) se había dedicado antes a la danza, ojalá hubiese podido compartir este descubrimiento con Irene porque a buen seguro hubiese abundado en un tema capital de la novela: “Duró muchos años el deseo de haberme quedado en el baile. Aunque ahora entiendo mejor que la danza no es delicada. Para bailar hay que ser enormemente fuerte y terco, virtudes válidas para el periodismo. La resistencia al dolor, la disciplina diaria… En danza, uno fracasa todos los días como sistema”. O sea, querida Irene, todo el mundo baila (o lo que sea) mejor por dentro, como ves, hay gente que sabe de lo que habla (también podría traer a colación algunas de las a ratos atormentadas declaraciones de Sergei Polunin en Dancer, el estremecedor documental en que se cuenta su (in)voluntaria caída tras tocar lo más alto en su pasión/vocación impuesta por otros), tú misma lo conoces de primera mano (por eso, nos cuentas, te alejaste de Bellas Artes -aunque, por fortuna, sigas vinculada a las mismas-) y todos parecen coincidir de alguna manera con lo que tú afirmas (y un servidor suscribe, no sólo en el contexto de Las amantes boreales): “Todas las artes conllevan un sacrificio, pero eso se ha perdido. ¿Qué nos lleva al éxtasis? El sacrificio, como sabía Santa Teresa o la Pávlova. Es una paradoja, pero es así: es pasión, buscar un anhelo de perfección cuando en realidad somos más lo que deseamos ser que lo que conseguimos y no nos pueden pedir cuentas por ello”. Pero lo hacemos, todos, los unos de los otros, los unos contra los otros, no lo digo como disculpa pero es algo inevitable, también habría que distinguir entre aquellos que hacen todo lo posible por alcanzar un objetivo, que se esfuerzan, que aman la disciplina a la que entregan muchas horas, y esos diletantes (tan abundantes, promocionados, aupados y hasta galardonados) que trivializan (por no decir algo más grueso) lo que en sus manos jamás podrás ser llamado arte, ese que inspira a Irene Gracia: “Los tiempos convulsos, lo mismo que para la vida, son muy buenos para el arte y el pensamiento, las crisis son terribles pero para superarte vienen muy bien, activan, hay que sacar partido de lo malo. En ese sentido, considero que el último renacimiento en arte ha sido el de la época de los ballets rusos por varias razones: primero, por el respeto a la técnica, que después se perdió para primar la firma. Ahí está el caso de Nijinsky, más que bailar volaba y su coreografía para “La consagración de la primavera” es salvaje, rotunda, potentísima, de una gran fiereza, rompe con la técnica, la destruye precisamente porque la conoce, la ha estudiado, sabe ejecutarla. Por otro lado, la figura de Diaghilev está muy desprestigiada, yo le adoro, porque fue la mente lúcida que supo olfatear el talento y reunirlo: juntó a Picasso, a Falla, a Ravel, a Cocteau, encontró los mejores bailarines, los mejores músicos, las grandes obras deberían firmarlas muchas personas”. Por más que ella insista en ello en un constante ejercicio de humildad que se ve sincero, una novela como Las amantes boreales sólo puede llevar una firma, la de su autora, la de la estupenda novelista y mágica persona (y viceversa) que es Irene Gracia, que nos hace bailar por dentro de gozo con cada una de sus páginas.