miércoles, 22 de mayo de 2013

VAYA USTED, VERÁ USTED LO QUE VE


 

   Como a tantas cosas placenteras, llegué al cuplé por influencia directa de la tía Carmen; recuerdo como si fuera hoy el día en que parecía estar haciendo una prospección en uno de los exhibidores de discos del Simago de Cuatro Caminos hasta que, toda feliz y orgullosa, extrajo de entre todos los vinilos el que buscaba con tanto afán: El primer cuplé de Lina Morgan; creo que ha sido uno de los que más veces hemos escuchado desde entonces (con el tiempo pude hacer una copia en CD gracias al impagable y no suficientemente bien explotado archivo sonoro de RNE) y todavía puedo recitar sin cambiar ni una coma los breves monólogos con los que la artista da paso a títulos como La Lola, La regadera o ¡Ay, Cipriano!. Es, no hay duda, una manera nada ortodoxa de introducirse en el género, pero uno tenía pocos años y es lo que tenía más a mano (y el tono picarón, cómico y chulesco lo da la Morgan como nadie, al margen de que ya era una querida conocida gracias a un casete –aunque entonces decíamos “cinta”- en el que cantaba, hacía de niña, de secretaria torpe, de camarera, de lo que tocase, junto a Juanito Navarro); casi al mismo tiempo, porque es otro de esos LP que recuerdo en casa desde siempre, empecé a paladear un tipo de interpretación y recreación del cuplé muy diferente, más lírico y elegante, en este caso a cargo de Lilian de Celis acompañada por la magnífica orquesta del maestro Cisneros (¿Para cuándo un homenaje a la altura de lo que este señor merece?). En aquellas placenteras mañanas de sábado en las que tanto tiempo libre había por delante (precedidas por el rebullirse en las sábanas que olían a limpio porque mi madre las cambiaba todos los viernes, feliz porque al día siguiente no había colegio, aún con los ecos del Un, dos, tres en los oídos), antes o después de la cita televisiva con Torrebruno o con quien correspondiese según de qué año hablemos, la tía oreaba el comedor, ponía unos visillos para limpiar los que descolgaba, hacía alguna tarea al ritmo de coplas, zarzuelas, boleros, cuplés y, así, con esa facilidad, todas esas músicas se metieron en mi alma, fluyeron por mis venas y se hicieron parte de mí, la mejor banda sonora que hubiera podido soñar.

   No estoy muy seguro de cuándo fue la primera vez que supe de la existencia de Olga Ramos, pero no olvidaré cómo disfrutábamos la tía y yo con sus apariciones en Visto y no visto, aquel original programa (como tantos que le debemos) con el que Alfredo Amestoy amenizó los domingos en algún momento de 1983; esa señora jocosa, rotunda, cascabeleante, poseedora de una voz fresca, alegre, plena de matices, se me hizo simpática desde el primer momento, y más cuando la tía y mi abuela me hablaron de ella, de los muchos años que llevaba dedicándose a la música, de sus muchos y variados méritos. Gracias al tío Miguel (una vez más), conocí lo que eran Las Noches del Cuplé en la calle de la Palma, ese lugar entrañable, mágico, sorprendente, necesario aunque los que no quieren ser acusados de casposos y los que, aunque se declaran conservadores, no atienden a nada relacionado con la cultura, los unos y los otros, estos y aquellos, galgos y podencos, lo dejasen morir sin que les temblase el pulso ni su sueño se viese perturbado por el sátiro del ABC o la chula tanguista; cuando hace muy poco Olga María Ramos me hizo recordar que el local fue clausurado en 1999, el mismo año del fallecimiento del tío, me estremecí porque, realmente, sentí que un lúgubre e injusto telón ponía fin a una época, pero la ponía a buen recaudo en nuestros corazones. A esas alturas, ya sabía de la gran formación musical de Olga, de su exquisitez como intérprete, de la existencia del Cipri (su marido, Enrique Ramírez de Gamboa, gran compositor que no dudó en permanecer en la sombra para que la estrella, su adorada cupletista, llegase a lo más alto), de muchas de las circunstancias que la hacían tan grande, esa arrebatadora personalidad a la que era imposible resistirse con esos ojos alegres, la faz risueña, lo que se dice un tipo de madrileña (¿Qué importa que naciese en Badajoz?), neta y castiza, quien al entornar los ojos te cauterizaba, te conquistaba, te absorbía, te empapaba de cuplé.

   Y, claro, supe de Olga María, su hija, la que se empeñó en ser artista, la que no pudo resistirse a los embrujos del arte, la que tuvo los mejores maestros en las partituras y a la hora de interpretarlas, la que fue encontrando su propio estilo, su manera de ser, jamás imitando a su madre (sí recreándola cuando la ocasión lo permite, dando testimonio en su sonrisa, en muchos gestos, en los mantones, en algunas notas –puedo jurar que cuando veo a Olga María en escena, noto la presencia de la matriarca, arropándola, aconsejándola, orgullosa porque su obra tiene continuadora y ampliadora), vivificando el género, estudiándolo, manteniéndolo en perfecto estado de revista. Debo a mi profesión (esa que sigo ejerciendo porque no puedo ser otra cosa, esa que necesito como el respirar) haber establecido contacto con muchas personas a las que admiro, pero sin duda uno de los máximos regalos que he recibido es poder llamarme amigo de Olga María Ramos, aprender junto a ella algunos de los secretos del cuplé (todos no es posible, salvo si eres una de las Ramos), admirar su humanidad, su gracejo, su entrega, su vitalidad, sus enormes e inagotables recursos, su prodigiosa voz, su inmensa versatilidad (no sólo porque pasa de lo frívolo al doble sentido o de lo dramático a lo divertido, sino por cómo canta en francés –Oh, là, lá! (si lo escribo mal que me corrija ella, por favor, que ser corregido por cupletóloga será la felicidad soñada)- o boleros o lo que se le ponga por delante). Y antes de decir adiós a la radio (si bien es cierto que en ese momento creí las falsas palabras de algún directivo güero y no pensé que fuese definitivo), le pedí que volviese, que nos regalase como tantas veces su presencia, y dijo que sí (nunca falla) y se vino con una grabación del gran Agustín Lara porque andaba pensando en hacer un dueto gracias a la técnica y me ofreció cantar en directo sobre el piano del maestro y junto a su voz: preparamos el escenario, fuimos creando misterio, esperábamos a un invitado de lujo, una personalidad musical, un mexicano universal, quien de repente estaba ahí, en el estudio, y Olga empezó a recitar los primeros versos de Farolito… y lo demás lo recuerdo entre brumas, como si flotase, como algo irreal, tenerla tan cerca mientras por los cascos nos llegaba la grabación, verla transformarse, mimetizarse con la música, sus ojos entornados, sus manos juntas, esa voz cálida, dulce, suave, en perfecta comunión con Agustín Lara, ¡aún me dura el escalofrío, bendito escalofrío!

   Y tenemos la fortuna de que, gracias a la iniciativa del Teatro Prosperidad, un lugar heroico en el que dos amantes del arte se la juegan cada día, un espacio coqueto en el que se respeta y venera el espectáculo, con patio de butacas y escenario (no como tanto advenedizo que se anuncia como tal), Las Noches del Cuplé han vuelto todos los viernes por la tarde y Olga María Ramos ejerce como maestra de ceremonias, cuenta, explica, ríe, coquetea, morcillea, dialoga con el pianista (¡Atentos a cómo pasea las manos por el teclado!) y por encima de todo canta maravillosamente (y el magnífico sonido de la sala –ya quisieran muchos coliseos- permite que pueda recrearse en los matices, interpretar con mesura, con ese buen gusto marca de la casa). El repertorio (el inacabable repertorio del cuplé) varía cada día, por lo tanto no sé si les tocará El polichinela, La chica del 17, Nena (el favorito de la ídem, si me permite la confidencia –seguro que no se enfada-), Bajo los puentes del Sena o El beso, pero seguro que la visita no les decepciona, todo lo contrario, se quedarán con ganas y repetirán; y tal vez, como me sucede en cada nueva visita, se preguntarán por qué esta mujer no goza del prestigio que, con todo merecimiento, tiene al otro lado del Atlántico, cómo es que nadie piensa en ella para alguna película, cuál es la causa de que no tenga un espectáculo al estilo de los que hemos gozado de Chita Rivera, Debbie Reynolds o Liza Minnelli, y a buen seguro no encontrarán respuesta porque esta señora debería estar en las marquesinas anunciada con luces de neón, pero parece que el verdadero talento no interesa. Por fortuna, aún quedan locos maravillosos que apoyan y fomentan que el cuplé siga vivo y que Olga María Ramos pueda hacer gala de su saber jacarandoso y de su devoción por sus padres (¡Hay tanto amor en cada palabra, en cada nota, en cada momento de su recital cuando los nombra!).  

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