lunes, 2 de diciembre de 2013

TRES MIRADAS DE MUJER


 

   El buen amigo Ovidio Parades (uno de esos creadores que no tiene reparos, todo lo contrario, en celebrar el talento de los demás, en animar y apoyar a otros que viven circunstancias parecidas a las suyas, que se quita del foco para cedérselo a quien considera merecedor del mismo) me dijo en una ocasión que debería reunir en un volumen mis encuentros, mis conversaciones, mis anécdotas junto a grandes personalidades del mundo del espectáculo, el privilegio que mi profesión me ha proporcionado (y proporciona, porque siempre voy a sentirme periodista y porque todavía hay personas que me otorgan su confianza para que pueda conocer los entresijos del mundo de la cultura y a sus protagonistas –y porque hay mucha gente de bien que te considera y valora como persona, como aficionado, como admirador, más allá de si puedes promocionarles mucho, poco o nada-); el caso es que yo le dije que, tal y como está el mercado, no creía que esas historietas pudieran interesar demasiado, ya que los que lo organizan han acostumbrado al público a lo facilón, a lo trivial, a transformar en asuntos de estado intimidades, ordinarieces y exhibicionismos varios, y lo mío es más sencillito y, en el fondo, sólo puede interesar a un apasionado como yo (como nosotros, Ovidio, que somos para darnos de comer aparte –pero hemos tenido la fortuna de encontrar dos cómplices de corazón, de sensaciones, de vida, dos compañeros que comparten esa forma de enfrentarte al mundo y, al menos, no nos sentimos solos en nuestra cruzada a favor del arte-). Pero también le dije que no iba a renunciar, todo lo contrario, a seguir rememorando hechos de ese tipo cuando me apeteciese y a ponerlos en común con los amigos, con los que tienen la deferencia de interesarse por mis digresiones, por los amigos que gustan de estas batallitas que tanta emoción me provocan, que tanta alegría me suministran, ya que he podido respirar, al menos unos minutos, el mismo aire que personas a las que jamás pude soñar conocer cuando empecé a ser espectador (otro título al que jamás renunciaré).

   Y resulta que en un breve espacio de tiempo he vuelto a admirar en la pantalla a tres actrices fascinantes, impresionantes, a las que seguir rindiendo pleitesía, tres diosas (cada una en su estilo) que me enamoran, me cautivan, me obnubilan con sus interpretaciones, con sus gestos, con su elegancia (no por lo que luzcan, sino por cómo se mueven), con su mirada, esos ojos que me hipnotizaban estuvieron frente a los míos, pude navegar en ellos sin filtros, sin obstáculos, y lo que vi aún me gustó más: en los tres casos, refrendé mi veneración, llegué a la entrevista como admirador y salí rendido, a sus pies, incondicional (bueno, en realidad, una me ganó para la causa, no iba tan convencido –lo explico en seguida-). Estas tres mujeres, átense los machos, son Catherine Deneuve, Fanny Ardant y Cate Blanchett y, aunque con resultados globales muy diferentes (ahora entraremos un poco en pormenores), las tres dan lo mejor de sí (que es mucho y, por lo que puede verse, inagotable) en sus trabajos al frente de, respectivamente, El viaje de Bettie, Mis días felices y Blue Jasmine y podríamos decir que es casi una circunstancia histórica la de que coincidan en la cartelera (aunque seguro que lo han hecho en más de una ocasión, sobre todo teniendo en cuenta que la Ardant ha trabajado con las otras dos, lo que facilita bastante las cosas), ayuna cada vez más de estos grandes nombres que tantos espectadores han ganado, que tantos réditos han dado a productores, que tantas buenas horas nos han proporcionado (y, viéndolas en plena forma, habría que decirlo en presente, incluso en futuro, pero ya sabemos cómo está el patio, por desgracia, y cualquier muchachita de baratillo que haga un par de mohines, un contoneo y una caída de ojos, por más gracia que le falte, por más glamour que ni huela, por más que no sepa interpretar, se lleva las marquesinas y al público de calle).

  
   Por respetar la cronología, debemos detenernos primero en Fanny Ardant, la última musa de Truffaut, ese es el título que tenía en la cabeza (gracias a un ciclo que TVE dedicó al genial cineasta) cuando mi entonces compañero en la agencia Contifoto Carmelo Rubio, genial fotógrafo y mejor persona (al que, por cierto, acabo de recordar que debo una llamada), me dijo que gracias a uno de sus contactos podíamos pasar un rato con la actriz, en gira promocional de Todos están locas (1996), la película que meses después le haría ganar el César, y distribuir la entrevista y las fotos por los cauces habituales de la agencia (representante de Sigma en España). Tras pasar un rato estupendo durante la proyección del filme, nos fuimos para el hotel en que se hospedaba, uno de los más coquetos y acogedores de Madrid, y puesto que estábamos en el comienzo de julio, Carmelo y ella fueron buscando localizaciones por el jardín y algunos interiores y, desde el principio, fue de lo más cercana y participativa, aunque puso una condición: no quitarse las gafas de sol durante la sesión, afirmaba que su mirada no pasaba por su mejor momento y sólo oírla decirlo (en francés, claro) supuso una conmoción, era como si nos ofreciese un trocito de su alma pero quisiese preservarlo de males mayores. Todo fue como la seda y llegó el momento de la entrevista, y logré sobreponerme al temblor que me acompañaba desde que la saludé, a la turbación que me provocaba su presencia, para ir hablando de esto y de aquello, de su personaje, de muchas cosas (con ayuda de la intérprete, desde luego), hasta que cité a Truffaut, hablé de Vivamente el domingo (1983)… ¡y se obró el milagro!: su rostro aún se relajó más, su sonrisa se ensanchó, su felicidad fue notoria, ¡y se quitó las gafas para mirarme por derecho! Carmelo, cerca de allí, se decepcionó un poco y yo sentí que, como premio por conocerla, por quererla, por haber conjurado el nombre de aquel a quien tanto debía (y al que tanto quiso), consintió que me asomase a ese abismo hondo, a esos ojos que sí estaban en perfecto estado de revista en contra de lo que ella afirmaba, aunque es cierto que nimbados por la melancolía, por la añoranza, aureolados por el permanente recuerdo de lo que no debió truncarse tan precipitadamente. Unas horas después, durante la fiesta que siguió al preestreno, bailoteando y tomando algo (en un ambiente –nunca mejor dicho- muy propicio a la risa, idóneo para la cinta que se presentaba), sentí que una mano se posaba con delicadeza en mi hombro y al girarme me topé de nuevo con esa mirada emotiva, cargada de vida (pasada y por vivir), un poco aguada, trémula pero contundente, con una amplia y franca sonrisa, con su bello rostro y esos labios pródigos en intenciones y sensualidad articularon un “merci” que se me clavó muy hondo mientras la Ardant continuaba su camino hacia la salida y agitaba la mano, sin perder el contacto visual conmigo… ¡estremecedor! Reencontrarla como máxima protagonista de Mis días felices supone volver a disfrutar con su naturalidad, constatar que no ha perdido un ápice de magnetismo, que su madurez sigue siendo esplendorosa, que domina la comedia y el drama sin forzar ninguno, que es un enorme deleite contemplarla, aunque el vehículo elegido no esté a la altura de lo que podría haber sido, de lo que ella merece, y se quede en una decepcionante tierra de nadie, a pesar de su entrega y la química que establece con Laurent Lafitte y de la atmósfera de empatía con el espectador que sabe crear.

  
   A Catherine Deneuve llegué más tarde, en todos los aspectos: durante bastante tiempo no le tenía ninguna simpatía ni me interesaban sus interpretaciones, me resultaba excesivamente gélida, distante, intentaba evitar cualquier película con ella a bordo, me instalaba en el prejuicio y no lograba ver al personaje. Todo empezó a cambiar cuando vi Los ladrones (1996) y dejé de verla como un rostro, un icono de estilo, para darme cuenta de su capacidad interpretativa, de cómo sabía despojarse de lo artificioso, despreocuparse por el maquillaje o el vestuario para ofrecerse como actriz (y cuando luego he revisado o animado a descubrir títulos de su juventud he apreciado su sutileza, su adecuación al rol asumido en cada momento, su alejamiento de su imagen más publicitada si la ocasión lo requiere); a pesar de esta alteración de mi perspectiva como público, no podía evitar ir con el estómago encogido a mi entrevista con ella durante su visita a España junto a André Téchiné, el director, para presentar la citada película: su genio, su carácter áspero, su divismo eran (y son) proverbiales y no estaba seguro de saber manejar la conversación. Por fortuna, la apretada agenda obligaba a que entrásemos a la suite unos cuantos cada vez (algo que cada vez ha sido lo más habitual, hasta convertirse en la única opción posible para poder dar cabida al mayor número de medios cuando tiene lugar un junket), lo que reducía la tensión y permitía sentirse apoyado ante cualquier reacción inesperada o que te dejara sin defensas; el caso es que, vista de cerca, con un jersey y un pantalón, muy sobria, con escaso maquillaje, la Deneuve me resultó más humana y cercana de lo que hubiera podido pensar y en cuanto empezó a responder a las preguntas me fue imposible dejar de contemplarla, de empaparme con su voz firme, dura, pero al tiempo con cierta calidez, alejada de las asperezas, fluyendo con sabiduría para comunicar y cautivar, de admirar los movimientos de sus manos, en definitiva, de quedar hechizado y reprocharme lo cegato que había estado antes. Cuando me llegó el momento de hablar, comenté que Téchiné nos había dicho en la entrevista anterior a la suya que el personaje de Marie se suicidaba sólo porque ella lo encarnaba (“de otra manera, le hubiese dado otro final”) y quise saber qué opinión le merecía esta revelación, si él se lo había comentado durante el rodaje, y añadí que me parecía el destino lógico para su rol; ella escuchó atentamente y su réplica no se hizo esperar “¿le parece lógico que alguien se suicide?”, y no lo dijo con altivez, con enfado, sino interesada por lo que yo opinase, titubeé un poco sobre por qué lo veía así y ella pasó a analizar con inteligencia cómo se había acercado a su personaje y cómo lo había preparado en connivencia con Téchiné; en el momento de la despedida, un poco incómodo por si me había malinterpretado y la había molestado, me acerqué a la intérprete para rogarle que le explicase un poco mejor lo que había querido decir y, al oírme, se dio la vuelta (comprende bastante bien el español, me sucede lo mismo con el francés debido a la cantidad de familia que tengo en ese país) y me explicó que me había entendido, que sabía que no estaba justificando un suicidio, pero quería saber mi opinión como espectador, si había acertado como actriz en las emociones desplegadas, y yo alucinando porque alguien que me resultaba tan distante, era capaz de, manteniendo su aura (si no fuese así, no sería la Deneuve), demostrar una cercanía insólita, mirándome directamente a los ojos (si he sobrevivido a esa intensidad, puedo enfrentarme a cualquiera), estableciendo un diálogo de igual a igual, terminando la conversación (casi sin ayuda de la intérprete, repito) con un “encantada” al tiempo que tendía su mano y estrechaba la mía con un verdadero apretón, no con flacidez o precipitación, sólo por cumplir (para rematar esta experiencia a lo camino de Damasco, cuando bajó a posar para los fotógrafos –con al menos media hora de retraso-, ante los murmullos e incluso gritos de algunos por lo que habían aguardado, dijo con tono de fatiga y como suspirando “yo llevo toda la vida esperando” y calmó los ánimos –y, de alguna manera, paró el tiempo-). Tiempo después, con Pablo muy cerca (él siempre ha sido un gran admirador de la diva y me ha ayudado a conocerla mucho mejor y a apreciarla como la gran actriz que es –precisamente la otra noche revisamos El último metro (1980), una de mis películas favoritas de Truffaut, aunque esta categoría varía según el momento, dejando siempre el primer puesto, por razones obvias, a Fahrenheit 451 (1966)-), volví a estar en la misma habitación que la Deneuve cuando regresó a España junto a François Ozon para presentar Potiche (2010), ese magnífico divertimento en el que deja clara su categoría como comediante (de eso hablamos algo con Fanny Ardant: cómo en un momento dado las grandes actrices se transforman en inmensas cómicas) y fue maravilloso verla bregar con preguntas que demostraban la poca preparación o el profundo desconocimiento de la mayoría de los convocados a la rueda de prensa (“ahora canta y baila”, “trabaja de nuevo con Depardieu después de Otros tiempos (2004), como si Demy o Truffaut no existiesen –aunque, por desgracia, no es la única muestra que puede encontrarse de despropósitos similares entre la llamada prensa especializada-) y, sobre todo, encender un cigarrillo como parte de una rutina, no comprender cómo podía aplicarse una ley tan severa (“habéis retrocedido”) y apagarlo sólo porque le dijeron que la posible multa tendría que abonarla el hotel, puesto que al principio afirmó que no le importaba ser sancionada (“prefiero fumar”). Al contrario que el filme protagonizado por Fanny Ardant, El viaje de Bette (mucho más definitorio el título original: Ella se va) se aleja de cualquier envaramiento para insuflar oxígeno y contenido a un argumento mil veces visto, incluso manido, que al tomar realidad en Catherine Deneuve alcanza cotas muy altas de excelencia, sobre todo por su nula afectación a la hora de interpretar comedia, por hacerla en serio, acentuando las posibilidades hilarantes del argumento: es una película que, sin ínfulas ni pretensiones, toca muchos temas, sabe mezclarlos y dosficarlos y transmite una esperanza, ánimos para seguir adelante, posibilidad de nuevos comienzos, sin didactismos ni ñoñerías (y sólo por ver a esa Deneuve esperar que un anciano le líe un cigarrillo, sufrir los embates de un tipo que imita a un jabalí o desayunar un croissant duro ya está bien invertido el dinero de la entrada).

  
   Cate Blanchett es de esas actrices que te enamoran al primer vistazo y que no dejan de cautivarte y sorprenderte a cada nuevo encuentro, por mucho que el conjunto no le acompañe o una película en concreto suponga una decepción; es, también, una de las intérpretes actuales por las que Pablo siente más veneración, una de las pocas que soporta la comparación con las clásicas, con nuestro particular olimpo, versátil, impecable, capaz de proezas sólo al alcance de alguien que se toma su oficio muy en serio, tocada por esa varita mágica que remarca lo excepcional. Tuve el corazón acelerado desde el momento en que me comunicaron que la entrevistaría durante la gira europea de Elizabeth: la edad de oro (2007), reválida de aquella inolvidable Elizabeth (1998) que le valió la inmortalidad con apenas seis películas a la espalda, menos brillante que su predecesora, pero nada desdeñable y, de nuevo, con una Blanchett impresionante; era una época en que alternaba radio y televisión y, por lo tanto, iba a poder estar unos minutos sólo con ella para grabar una pequeña entrevista en el set preparado para el segundo medio. Cuando me dejaron entrar en la habitación sólo tuve ojos para ella porque, literalmente, destilaba luz, tiene esa aureola que se capta en la pantalla, unos ojos inmensos que lo absorben todo (y a todos), una sonrisa franca, hechizante, se me agolpaban las emociones cuando me tendió la mano con un sincero “nice to meet you” que yo secundé tragando saliva y reteniendo tal vez un poco más de lo debido el apretón, fascinado más allá de todo raciocinio; al ocupar la silla destinada para el entrevistador, me dijeron que necesitaban un minuto para reajustar la luz, y aunque me cuesta un triunfo hablar en inglés, al tenerla delante, expectante, mirándome, sin perder el gesto cómplice y amistado, no pude menos que decirle algo y lo que me salió fue “es usted una de mis actrices favoritas”, a lo que ella coqueteó con un “gracias” que se notaba sincero y sentido (mira que no le habrán hecho elogios) y, en seguida, con toda la intención, me dijo “eso se lo dirá usted a todas” y algo me inspiró (ella misma, seguro) porque fui capaz de responderle “sólo a las que son mis favoritas… como usted” y ser testigo de su abierta carcajada, de su alegría, de su sencillez, es uno de esos regalos que esta profesión te pone al alcance de la mano. Ahora, cuando se está llevando los elogios más encomiásticos por Blue Jasmine, deja claro que sus recursos son inagotables, que sabe templar, equilibrar, alejarse de cualquier exageración, que ríe, llora, se emborracha, habla al vacío, se encara con sus fantasmas, es una nueva Blanche DuBois a la altura de la creada por Tennesse Williams, cuya presencia (y, seamos justos, la de Sally Hawkins) convierte en oro un guión que Woody Allen no ha sabido aquilatar, desperdiciando posibilidades, centrándose demasiado en lo accesorio, pero que sube todos los enteros posibles (y más) en cada gesto, cada frase, cada lágrima, cada crispación, en definitiva, con una Cate Blanchett instalada en la excelencia.

   Son tres mujeres con las que he cruzado la mirada, tres viajes que nunca podré olvidar, tres singladuras por océanos maravillosos; no resulta extraño que lo viva así, puesto que este blog se colocó bajo los auspicios de Bécquer, aquel de “por una mirada, un mundo”, pero en estas líneas finales no puedo evitar regresar a uno de mis favoritos, Antonio Machado, porque (como dice, precisamente, la Ardant en un momento de Mis días felices), me sentí mirado, contemplado, considerado, singularizado cuando esas pupilas se detuvieron en mi humilde persona y pude rubricar que eran ojos porque me veían (¡Y qué ojos!).

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