lunes, 17 de marzo de 2014

RESPUESTAS QUE BUSCAN PREGUNTAS







   Imagino que debe ser por mi natural verborrea, por lo mucho que me gusta hablar (y escuchar, interactuar –excepto cuando me sale el lado anacoreta, ya me conocen: una contradicción andante es lo que es un servidor-), sin duda por aquellos espléndidos programas de la televisión de mi infancia y juventud en los que tanto importaba la palabra (la última Navidad me dio por revisar, por descubrir en toda su extensión –aunque leí años después el texto original, aún era demasiado joven para captar toda su hondura, mucho más cuando la emitieron por primera vez- Los gozos y las sombras, esa obra inconmensurable que debemos a uno de mis escritores favoritos, Gonzalo Torrente Ballester, ese lujazo de serie que pudiera pensarse una larguísima película, rebosante de calidad y talento en cualquiera de sus apartados, y no me perdí ninguno de los extras con los que se enriquece el DVD, fragmentos del programa de Terenci Moix, apasionantes charlas con el autor, con Amparo Rivelles, con Charo López, pero quedé especialmente conmovido por el autorretrato que, en el programa homónimo, Pablo Lizcano consentía que fuese trazando el propio Torrente, una conversación calmada, con contenido, con fundamento, un absoluto deleite, todo un estímulo intelectual y vital… ¡que se emitía en la sobremesa! ¡Como para no lamentarse viendo el panorama actual y para no revolverse contra unos y otros, los que han propiciado el yermo actual que se vive en esa disparatada e innecesaria multiplicidad de canales en las que todo son variaciones del mismo formato, chillidos, un permanente destrozo de las formas, el idioma, el periodismo, el espectáculo, todo se tritura con impudicia y por la audiencia –esa que, antes, aceptaba encantada que un escritor ocupase una hora de televisión para acompañar la sobremesa-¡); regresando al hilo principal, ya saben cómo son mis digresiones pero siempre reaparece la primera senda, imagino que todo esto ha influido para que la entrevista sea mi género favorito, en el que más cómodo me siento, al que más tiendo, el que procuro no descuidar. Aunque antes de pensar que sería periodista me gustaba jugar a inventar programas de radio (o a escuchar activamente los que me gustaban e imaginarme en el estudio con los locutores, dándoles réplica), a presentar mi propio show de televisión mezclando el Un, dos, tres con La cometa blanca, crear con mi caja de recortados nuevos capítulos de Un hombre en casa o diseñar mi propia serie según la que triunfase en ese momento, escribir una sección para un periódico (Opiniones al margen recuerdo que la llamé y es posible que algún siglo de estos aparezca ese cuaderno en el que escribía tres o cuatro veces por semana, sepultado en algún cajón por otros muchos papeles con escritos de diferente índole), debo considerar que fue una entrevista (y el impulso de Luis Landero, su ojo clínico para sacar a la luz las vocaciones ocultas o desconocidas) la que me hizo dar un giro de timón y, un año antes de enfrentarme a la Selectividad y tener que elegir futuro, decantarme por el periodismo y, de este modo, a punto de cumplir 25 años en esta tarea (mi debut oficial fue un 16 de julio de 1989 junto a mi querido Mairena), estoy redactando esta entrada para uno de mis blogs y el ingrediente fundamental de la misma será el contenido de una simpática, interesante y dulce entrevista con la gran Alicia Hermida, actriz que merece esos tres adjetivos y otros muchos.
   Como en tantas ocasiones, sólo una de las grandes (por cierto, suele darse la circunstancia de que muchas de ellas –Amparo Baró, Berta Riaza, María Fernanda D´Ocón, eso por no irnos de España- son embriagadoras esencias contenidas en frascos pequeños) asoma por la puerta de su camerino con una abierta sonrisa, sencilla, esperando las indicaciones del entrevistador (si hacen falta fotos, si debe ponerse el vestuario de la función, si se maquilla más), a disposición de los demás; en cuanto queda claro que sólo necesitamos un poco de recogimiento y de intimidad, Alicia retira un par de prendas de una chaise longue para que nos acoplemos ahí, en un ambiente cálido de temperatura externa y, sobre todo, por la manera en que bombea su corazón, por su paz de espíritu, por la calma y rubor con el que acepta los elogios del que se reconoce como rendido admirador suyo (ya lo he dicho muchas veces, he conseguido que la profesión no me haga perder ni un ápice de mi entusiasmo y devoción por personas a las que admiro –aunque en la cercanía sí se me han derrumbado mitos, no como artistas porque lo uno no quita lo otro, pero sí como personas-). Debo reconocer que no siento una especial predilección por Juan Mayorga, sus textos tienden a parecerme demasiado alambicados, más pendientes de epatar, de demostrar su inteligencia que de establecer una dialéctica con el espectador, o se imponen como la única visión y no consienten discrepancias, no propician diálogo, o alejan al público con una excesiva simbología, con sobreabundancia de metáforas; pero en esta ocasión, aunque no lo encuentre acabado, aunque se pierda demasiado alejándose de aquello a lo que termina pareciéndose pero sin tocar las fibras que debiese en el patio de butacas (al menos en mi caso; como siempre, hablo de mis apreciaciones), El arte de la entrevista, la obra que ahora presenta en el María Guerrero, me hizo reflexionar, despertó interrogantes, me motivó, me llamó la atención como persona, pero muy especialmente como periodista, al girar en torno a ese encuentro entre dos personas que, por mucho que se diga, depende especialmente del que responde, de su disposición, de sus ganas, de su personalidad; claro que el que pregunta debe llevar la lección bien aprendida, ha de demostrar un trabajo previo, un interés, ser un buen psicólogo, captar a veces de un rápido vistazo lo que puede esperar del que tiene enfrente, no ceñirse a un esquema, poseer un extenso conocimiento sobre el personaje que le permita improvisar como si todo estuviera pactado, encontrar el tono adecuado en la primera pregunta, pero nada será posible si el entrevistado no se presta, no quiere o, sencillamente, tiene más tablas, más dominio, más pericia. Por fortuna, nada de esto sucede con Alicia Hermida, ya que sigue en cada momento de su vida (sobre las tablas y fuera de ellas) algo que una ocasión expresó Peter Brook: “Aunque ahora no sea capaz de decirlo literalmente, él se preguntó, es algo que se percibe en cualquiera de sus trabajos, si es posible hacer un arte que no pretenda comunicar, que no posibilite la comunicación, digamos que sea sencillamente arte por arte, no sé, mera estética. Yo creo que, por mucho mérito que pueda tener, si detrás de ese impulso no existe un anhelo de comunicar, de hablar con los otros, estamos perdidos”. Le comento que, de alguna forma, de eso habla esta función y lo positivo (es uno de sus aciertos) es que lo hace desde lo pequeño, desde lo pedestre si se quiere expresar así: como parte de un ejercicio escolar, una cámara de vídeo entra en el hogar que comparten tres mujeres (abuela, madre e hija y nieta de ambas) y transforma sus relaciones al convertirse las unas en interrogadoras de las otras (por cierto, conviene destacar el buen trabajo de Luisa Martín y Elena Rivera a quienes se les entiende absolutamente todo lo que dicen sin necesidad de gritos o exageradas modulaciones –señalarlo en el caso de Alicia Hermida sería redundante-, sabiendo proyectar y manejar la voz en un escenario): “Sí, es cierto que Mayorga saca a la luz una de las carencias de la sociedad actual: la falta de curiosidad por los otros. No me gusta nada cuando veo a los jóvenes con sus aparatos de música por la calle, en el metro, aislados, creando una barrera con el exterior; tal vez sea una deformación profesional, porque para los actores es básico saber observar, mirar a los demás, pero me parece que vivimos demasiado preocupados por nosotros mismos, demasiado metidos en el silencio”. Ya que hemos empezado por ahí, en este mundo atomizado en el que, sin embargo, las posibilidades de comunicación han aumentado exponencialmente, nos detenemos en el núcleo del texto de Mayorga, es decir, la adolescente vuelve sus ojos, un poco por obligación, un mucho por necesidad, hacia su abuela, esa señora que está perdiendo los recuerdos, que está experimentando los primeros estragos del Alzheimer, esa mujer a la que da por sabida, a la que no presta atención, esa mujer a la que apenas le queda tiempo para transmitir su experiencia: “Es una lástima que no sepamos qué hacer con nuestros mayores, parece que todo está organizado sólo para los jóvenes, para los fuertes, apartamos a los demás con excesiva facilidad, a las primeras de cambio; no los cuidamos, se los arrincona y de esta manera se pierden muchas cosas. Por desgracia, esto es algo que está muy extendido: cada vez que tengo noticia de algo que sucede en África siento escalofríos, porque dañar a ese continente es dañar nuestros orígenes, el lugar de donde venimos”. Al margen de estos asuntos, reconoce que le interesó El arte de la entrevista desde la primera lectura porque “es necesariamente abstracta, por mucho que se hable sobre temas muy concretos no se puede, no se debe concretar, debe motivar, plantear interrogantes”. ¡De eso se trata precisamente! Aunque creo que abusa demasiado de ese recurso para que la función avance, uno de los mayores hallazgos de Mayorga, volviendo a mi particular teoría sobre la entrevista (basada en tantos años de práctica), es cómo los personajes quieren contar, sienten que tienen cosas que decir, pero esperan las preguntas pertinentes o, en caso contrario, se mantendrán en el silencio o en las convenciones sociales: “Va en el mismo sentido de lo que hablábamos antes: si nadie se preocupa por mí, ¿para qué molestarme en hablar? Ahora bien, en cuanto llega la primera pregunta, ya no hay quien me pare, es más, quiero seguir respondiendo, así lo vive mi personaje”.
   Y no puedo evitar decirle que ella es, con toda justicia, una de las personas a las que mejor cuadra el título de “actriz de actores”, por sus muchas y continuadas enseñanzas, por el modo delicado en que ha sentado las bases para algunas interpretaciones prodigiosas (lo que de nuevo deja a las claras su generosidad), como fue el caso del reparto de El perro del hortelano, sobre todo de aquellos que nunca habían trabajado el verso y aprendieron a decirlo sin que se notase, respetando su musicalidad pero abordándolo con enorme naturalidad (la que siempre destila Alicia cuando ejerce como actriz): “Fue un trabajo precioso, Pilar me dio toda la libertad del mundo, todos querían que el proyecto saliese delante de la mejor forma posible, seguimos trabajando todo el rodaje, afinando, concretando, una maravilla”. Y en ese recuerdo de su otra faceta (en realidad, otra cara de la misma) surge el punto negro, el triste recuerdo del modo en que, “por asuntos que me superan, por razones económicas, por historias de los productores”, Guillaume Depardieu, “toda una estrella en Francia, uno de los actores más talentosos que me he cruzado”, tuvo que abandonar Juana la Loca muy poco antes de empezar el rodaje: “¡Fue terrible verle llorar, no entendiendo nada, siendo casi expulsado de un día al siguiente! Me dolió muchísimo e hice lo único que me pareció justo: hablé con Vicente [Aranda] y le dije que abandonaba, que Pilar [López de Ayala] podía continuar sola porque ya habíamos conseguido un rumbo, pero como compañera, como actriz, no podía consentir ese maltrato”. Aunque uno siempre tiene la mosca detrás de la oreja en cuanto al reconocimiento del público, Alicia me dice que se siente muy querida y que hay muchas personas (como yo mismo) que recuerdan alguna de sus interpretaciones en Estudio 1 (la mejor señorita de Trevélez que verán estos ojos) y se lo dicen cuando se la tropiezan o la esperan a la salida del teatro para felicitarla.
   Esta trabajadora infatigable que no ha dudado en viajar alrededor del mundo para llevar el teatro “donde está la gente”, sonríe satisfecha cuando evoca que fue pionera en actuar en las cárceles, no por soberbia, no por ufanarse, sino como sentido del deber cumplido, máxima expresión de su compromiso con el arte: “Recuerdo que Berta Riaza, una gran amiga desde siempre, aún lo somos, así lo siento -y se le ensombrece la mirada al pensar en la triste realidad y evocar a la magnífica actriz-, me dijo que iba a venir con nosotros a Nicaragua, pero le conté que no había focos, que iríamos a buscar a la gente al frente, a los hospitales de campaña, a cualquier sitio, y, claro, al igual que otros colegas, decían que en esas condiciones no era posible hacer teatro. No les censuro, cada uno lo vive de una manera, pero siempre recuerdo que estando en Libia fuimos a pasar un rato a una de sus playas y, precisamente, poco antes alguien me había preguntado qué es el teatro, cómo lo definiría; cuando parte de la compañía, sin entender el idioma local, a través de gestos, de risas, de alegría, empezó a compartir un juego con unos niños que había por allí y todos terminamos tirando piedras desde la orilla a ver quién lograba el mayor impulso, busqué a mi interlocutor para decirle “¿Qué es el teatro decías! ¡Ahí lo tienes!”. No hay que darse más importancia: es la vida tal cual, ese es el mejor, el auténtico teatro”. Si ustedes se animan a ir al María Guerrero (El arte de la entrevista estará en cartel hasta el 13 de abril) encontrarán un trocito de verdad en la voz, en los movimientos, en la grandeza escénica de Alicia Hermida.                          

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