martes, 2 de junio de 2015

EL QUE ESTÉ LIBRE DE TERAPIA...





   Conversando con la magnífica y divertida escritora Claudia Piñeiro (más allá de la ironía que destilan sus textos, al margen del tono paródico con que dibuja a determinados personajes, en la conversación cara a cara es todo un gozo cómo sonríe, cómo se apasiona, cómo disfruta hablando sobre su oficio –y sobre lo que surja- y cómo sabe interesar al interlocutor), aprovechando su visita a Madrid para presentar Betibú (esa estupenda novela que, como tantas veces, fue llevada al cine sin una pizca de gracia, sin transmitir emoción, como una mera rutina), compartiendo gusto por el género policíaco, hablando como dos lectores, la autora argentina hizo en pocas palabras un análisis muy certero de por qué la literatura negra goza de tan buena salud en cualquier parte del mundo y por qué los lectores no se saturan y reclaman nuevos títulos: en primer lugar, alabó y destacó el criterio y la exigencia del que prefiere este tipo de obras “porque no escoge a tontas y a locas, todo lo contrario, ya que se publica abundantemente”, estímulo precisamente para los autores que se adentran y/o especializan en el género; en segundo lugar, porque más allá de modas, éxitos concretos, imitaciones y otras circunstancias, está en constante evolución/renovación puesto que cada autor añade su manera de hacer (o debería al menos –este paréntesis es una digresión propia, no de Claudia-), incorpora su visión, su crítica, su análisis, “porque lo fundamental es lo que se quiere contar, lo que hay por debajo, lo que verdaderamente sustenta este tipo de novelas, su aspecto social, aquello por lo que el público las demanda e incluso necesita”; en tercer lugar, y muy unido a lo anterior, lo policíaco es uno de los mejores testimonios de lo que a una sociedad le inquieta en el momento de su publicación, porque “un crimen que yo describa, por mucho que invente, ha de ser creíble para mis lectores cercanos: en Argentina no puede plantearse una trama como las que desarrolla Mankell, por poner un ejemplo, nadie allá se creería esos puntos de partida, pero los comprende a la perfección cuando vienen desde Suecia” –y fue ahí cuando le hablé de La huella del crimen, la magnífica serie de TVE que recordaba en su cabecera que “la historia de un país es también la historia de sus crímenes, de aquellos crímenes que dejaron huella”, una perfecta radiografía del contexto, del caldo de cultivo, del entorno, de las idiosincrasias que los hicieron posibles-. Y es que, como tantas veces nos gusta recordar en este blog, la novela negra nace como llamada de atención, como denuncia, como documento, no hace falta que gire en torno a un asesinato más o menos misterioso e inextricable para adquirir esos tintes, esas señas de identidad que la caracterizan como tal, ese aire que, por ejemplo, posee Manhattan Transfer, esa pintura al fresco que expone las vísceras de una sociedad, esa fiereza y dolor que destila cada palabra de ¿Acaso no matan a los caballos?, ese permanente y precario equilibrio que cada quien procura mantener para no ser engullido por las zonas oscuras, día a día más extensas y tóxicas, la palmaria realidad que deja en pañales, que hace palidecer, que casi transforma en ingenuas (más allá de su inspiración en sucesos auténticos) muchas de las historias que han convertido el género, tanto en lo literario como en lo cinematográfico (no hay más que leer a Petros Markaris e inclusive recuperar algunas de las novelas de Georges Simenon, por poner sólo dos ejemplos alejados en el tiempo, al margen, claro, como vamos a hacer ahora mismo, de hincar el diente a lo que nos llega desde la península escandinava).
   El pseudónimo Erik Axl Sund es el elegido por los suecos Jerker Eriksson y Hakan Axlander Sundquist para firmar las novelas que escriben a cuatro manos; tras un triunfo arrollador en su país de origen (Premio Especial de la Academia Sueca de Escritores de Género Negro en 2012) y en países como Alemania, Francia, Croacia, Dinamarca o República Checa, con los derechos de traducción vendidos en Reino Unido, Corea, China y Estados Unidos, con el contrato firmado para transformarla en serie televisiva, su trilogía Los rostros de Victoria Bergman desembarca en España gracias a Reservoir Books y la colección Roja y Negra (sí, otra vez, y no será la última porque, como ya se ha señalado en anteriores ocasiones, es un paraíso para el aficionado): Persona, el primer volumen, ha sido publicado recientemente y en esta misma semana (en concreto el jueves 4) verá la luz Trauma, el segundo, teniendo que esperar hasta principios de septiembre para poder completar la lectura con Catarsis (no sé si, a esas alturas, tendremos algo que morder en las manos). En su paso por Madrid para presentar la trilogía, los autores confiesan que jamás se plantearon escribir una: “Al principio, escribimos un único volumen, pero la editorial entendió que era demasiado largo y supondría un suicidio comercial. Entonces, decidimos parcelarlo y, al convertirlo en tres libros, nos dimos cuenta que podíamos seguir la estructura de una sesión de terapia: Persona es la primera reunión, la toma de contacto, la rabia del paciente, el caos que se genera; en Trauma se empieza a analizar, se van estudiando las cosas; Catarsis es la solución al problema, su propio nombre indica que llegamos al colofón, puede que incluso haya algo de perdón, pero no anticipemos nada”. Grandes amigos, colegas, colaboradores en otros proyectos artísticos (Jerker fue productor de la banda de electropunk de Hakan, habían compuesto canciones a medias, en la actualidad ambos regentan una galería de arte, continúan con su carrera literaria -en Suecia ya ha aparecido su cuarta novela, inicio de otra trilogía-), los componentes de Erik Axl Sund empezaron a escribir “como un experimento”, a ver qué salía, hasta dónde podían desarrollar la idea primigenia y, poco a poco, se fueron dando cuenta de su potencial, “aunque sobre todo lo percibimos una vez terminamos la primera versión y, a partir de ahí, nos pusimos a llamar a puertas, a hablar con las personas adecuadas, a escuchar, a aplicarnos y a aprender y así fue como nuestro primer editor arrojó literalmente a la basura al menos un 30% de lo que habíamos escrito porque afirmaba que sobraba y se demostró que llevaba razón”. Persona es una novela negra en la que se cometen crímenes brutales, especialmente teniendo en cuenta que las víctimas son niños, un elemento si no recurrente al menos bastante frecuente en lo que nos llega desde Escandinavia, pero en este caso les interesaba especialmente poner el acento en las psiques de aquellos que han sufrido abusos de cualquier tipo y calibre, aquellos que se vieron obligados a construirse y desarrollarse mientras se enfrentaban a situaciones escalofriantes tanto en lo físico como en lo mental: “Queríamos cerrar el círculo con el hecho de que los posibles autores de los crímenes han sido primero víctimas: un niño sometido a maltrato y abuso que sólo conoce eso y lo imita cuando se convierte en adulto. También nos interesaba poner el foco en la traición que un adulto comete sobre un niño cuando, en lugar de protegerle, educarle, quererle, le humilla, le utiliza, le violenta, le anula y, por otro lado o muy vinculado a ello, el peligro de un niño sometido a presión al que se pone un arma en las manos”.
   Lo cierto es que no utilizan un lenguaje excesivamente gráfico ni prolijo, no se recrean en las mutilaciones, las heridas, las torturas, saben que es fácil para el lector imaginar (conocer, lo que es aún más horripilante) aquello sobre lo que hablan, el iceberg que se oculta tras la punta que dejan asomar, aunque ni reniegan ni ocultan su deseo de incomodar, de revelar, hacer una llamada de atención (o las que sean precisas): “El tema del libro es desagradable en sí mismo, es terrible, se centra en los abusos sexuales sobre los niños y, para colmo, lo mezclamos con la lacra de los niños soldado, pero no puedes utilizar las medias tintas en algo así, aunque es posible ser más o menos sutil porque, con escribir tan sólo A y B, el lector puede continuar con el alfabeto. Por otro lado, tal vez sean más siniestros los crímenes de las novelas de Agatha Christie, porque allí hay mucha gente que asesina como mero entretenimiento y luego se toma tan tranquilamente una taza de té”. Precisamente al hablar del estilo, de la crudeza o la asepsia, de cómo abordar la historia, volvemos a la eterna pregunta de cómo escribir a cuatro manos (¡Cómo me suena!), en particular una novela policíaca (algo que no es inédito, especialmente en Suecia –ahí está Lars Kepler, en realidad el matrimonio formado por Alexander Ahndoril y Alexandra Coelho-), una narración que tanto depende del punto de vista, del laberinto creado (y lo que a uno le parece endiablado puede resultarle muy sencillo al otro), de quién es el asesino (y cada cual puede desarrollar su propia teoría): “Hubiera sido más difícil escribir en solitario porque, al ser novatos, nos dábamos fuerzas el uno al otro. En cuanto a lo de planear el asesinato, lo que hicimos fue competir un poco para ver cómo lo trenzábamos y sacamos conclusiones y acuerdos, aunque sí habíamos consensuado y pautado el argumento antes de empezar a escribir; en realidad, las discusiones vinieron por pequeños detalles, por algunas palabras, porque tenemos un estilo literario muy diferente, pero establecimos algunas normas y todo fue más sencillo que lo que pensábamos: frases cortas, ningún ornamento, capítulos breves, el estilo del libro puede considerarse muy musical, responde a cómo somos como compositores”. Por no abandonar la metáfora, podríamos decir que Persona es muy pegadiza, resulta imposible dejarla a un lado una vez te adentras en esa atmósfera opresiva e insana, en esas psicologías conflictivas que se entrecruzan y chocan, que invaden la mente del lector, que le interpelan y provocan, que le hacen dudar de sí mismo, que le llevan hasta el límite, que le hacen replantearse emociones, recuerdos, deseos, normas, esquemas mentales erigidos por uno o impuestos por otros, una novela centrada en lo que, como advertía Poncia a Bernarda, sucede “por el interior de los pechos”, un thriller absorbente que da prioridad a lo anímico, al pesado equipaje que se va acumulando como lastre imposible de arrojar, a los estigmas que uno asume como propios y en los que sigue horadando porque le han convencido de que los merece, víctima y verdugo enfrentándose en un cuadrilátero (la propia persona) en el que apenas pueden moverse y por eso forcejean de continuo, por eso se golpean con tal virulencia, por eso la olla está en permanente ebullición y no deja de estallar.
   La comisaria de policía de Estocolmo Jeanette Kihlberg es la encargada de investigar qué hay detrás del descubrimiento del cadáver momificado, torturado y mutilado de un chico con que se abre la novela, muy pronto su destino se cruzará con el de Sofia Zetterlund, una psicoterapeuta que arrastra sus propias miserias, sus lacras, sus angustias, que somatiza y sufre las de sus pacientes, de entre los que destaca Victoria Bergman, la que da nombre a la trilogía, el punto de partida de todo: “Empezamos por Victoria porque la idea principal era escribir sobre ella, al principio no pensábamos en la novela como en una de detectives: era tan sólo muy oscura y trataba sobre una joven que había sufrido abusos sexuales. Nos lo tomamos como una especie de terapia, no había lectores a los que complacer, escribíamos para nosotros, somos una buena combinación porque Jerker vivió con una psicóloga durante muchos años y yo procedo de una familia con muchos trastornos mentales, pero aunque en un primero momento yo era el paciente y Jerker el psicólogo, las tornas fueron cambiando durante el proceso de escritura. Pasado un tiempo, topamos con el trastorno de personalidad múltiple y nos dimos cuenta que ese síndrome también lo sufrían los niños soldado, motivo por el que la historia empezó a tomar ese recorrido. Cuando llevábamos unas cincuenta páginas y percibimos que los personajes aún estaban en el mismo sitio, empezó a entrarnos el miedo de que no le interesase a nadie y entonces nos dimos cuenta de que la novela negra era el género idóneo para lo que queríamos desarrollar, porque tienes un cadáver, alguien que investiga y en medio de ese proceso puedes ir añadiendo todo lo que quieras”. Y ese “añadido” es el auténtico meollo, lo que convierte a Persona en un torbellino imparable que, cuando pudiera pensarse que se está agotando, cobra nuevos bríos, deja boquiabierto al lector (incluso al que, en parte, pudiese sospechar lo que estaba pasando) y con enormes ganas de continuar con Trauma casi en cuanto ponga el punto y final a este texto (bueno, en pocos días, claro, cuando la novela se publique). Nadie descubre nada afirmando que vivimos en una sociedad enferma (en realidad, todas lo han sido/son, lo de plantearse una totalmente sana será por siempre una utopía), pero si al menos identificamos los síntomas, ponemos nombre a los efectos, señalamos las secuelas, nos mantenemos despiertos y atentos, puede que logremos erradicar parte de los males o, al menos, que resulten más inocuos que antaño (por otro lado, ¿qué mejor terapia que la que nos consiente la literatura, cualquier rama del arte, la cultura?).  

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