domingo, 28 de junio de 2015

¡QUIÉN PUDIERA SABER VOLAR!



  


 Es un sueño recurrente e instalado en el inconsciente colectivo (y a ratos también en el consciente), porque todos en alguna ocasión hemos soñado que podemos volar, que vemos el suelo lejos, bajo nosotros, que nos desplazamos por las alturas casi como las nubes sobre las que saltaba y se recostaba Heidi (a esta niña no se le ponía nada por delante), sin tener que hacer nada especial para mantenernos allí, sin tener muy claro cómo lo hacemos pero sin miedo a caer, y en otras lo hemos hecho con conseguirlo, ahí está la historia de Ícaro (y Dédalo, su padre, al que siempre olvidamos y, en realidad, fue el que tuvo la feliz idea de crear unas alas con las que escapar del yugo del rey cretense Minos) o las mil y una elucubraciones de Leonardo, el modo en que su desbordante imaginación inventó, diseñó, pergeñó, estudió diferentes opciones y desarrolló artilugios que aún parecen de ciencia ficción pero que buscaban una practicidad, una efectividad, un logro (y todo basado en la aerodinámica y en el movimiento de piernas y brazos); parte de la fascinación que provocan personajes como Mary Poppins, Peter Pan o muchos de los superhéroes que en el mundo han sido viene por el hecho de que se elevan con total facilidad, a placer, por voluntad propia (o por efecto del polvo de hadas –aunque Campanilla se oponga a repartirlo con Wendy-), incluso se anunció con todos los honores el capítulo en que, por fin, Mazinger Z volaba –al principio no lo hacía y en cierta ocasión lo conseguía aferrándose a unos cohetes más grandes de los habituales que Afrodita A lanzaba en forma de ya saben ustedes qué-. Y de ahí, de ese anhelo insatisfecho (“Todos tenemos ese sueño y no lo hemos cumplido, sólo a través de trucos, el avión y tal. Yo he intentado proyectarme y saber cómo sería si pudiésemos hacerlo: es lo que imaginas cuando vas en avión y piensas en estar fuera, con esas nubes que parecen de algodón, ¿botaré o caeré?”), ha partido Romain Puértolas para dar forma a su nueva novela, La niña que se tragó una nube tan grande como la Torre Eiffel (recientemente publicada por Grijalbo), título que viene a confirmar que lo sucedido con su ópera prima, El increíble viaje del faquir que se quedó atrapado en un armario de Ikea, no fue una casualidad ni un éxito que se diluye más rápidamente que un azucarillo: los lectores han refrendado su interés por la prosa ágil, simpática, a ratos irónica, muy medida y controlada, que esquiva los clichés, la manera sencilla y sin darse importancia en que el autor franco-español entiende la literatura, un personaje optimista, gozoso y entrañable que gana enteros en la charla amistosa y sin prisas que mantenemos en las oficinas madrileñas de su editorial y que es el mejor ejemplo de que sus narraciones no se deben a una impostura sino a su forma de ver, entender y enfrentarse al mundo. “Tengo la cabeza en las nubes y los pies en la tierra, ¡por fortuna soy muy alto!”, dice casi a modo de saludo, hablando a un tiempo de sus novelas, tremendamente realistas a pesar de los toques fantásticos, con diferentes niveles de lectura, amalgamando códigos (y posibilitando que sus lectores puedan ser chavales como ancianos), y de cómo se afronta la escritura de la segunda novela, cuando la primera todavía goza de tan buena salud: “Es algo tremendo, sin duda, y además es que El faquir aún no ha sido publicado en todos los países que han comprado sus derechos, precisamente hace poco estaba en Letonia presentándolo, es decir, que llevo dos años de promoción y ahora empiezo con la de esta otra, jajaja. De todos modos los que dicen que tienen dificultades en escribir la segunda novela es porque tuvieron muchas en escribir la primera, es mi modo de verlo porque no lo siento como una tarea complicada; no es que no trabaje lo que escribo pero siempre he tenido mucha facilidad para hacerlo, para sentir que me brotan historias, para dejarme llevar por raptos de inspiración en cualquier lugar, para escribir compulsivamente hasta que concluyo. No permito que me afecte la presión y hago lo que quiero, paso un buen momento, me evado y mi única intención es hacer que el lector venga conmigo, olvide su vida cotidiana y viva una aventura extraordinaria, la sal que aportar a lo de cada día”.
   Providence Dupois es una cartera parisina que ha hecho una promesa a su hija adoptiva, que aún está en Marrakech, gravemente enferma (tiene dentro esa nube enorme que señala el título y que la asfixia implacablemente), pero la erupción de un volcán islandés paraliza el tráfico aéreo europeo y su única opción será aprender a volar para, así, poder cumplir con la palabra dada: “Lo que a Providence le importa es cumplir una promesa, ese es el reto, para ella es una tragedia no llegar a tiempo. Nunca quise que volase como Superman o Mary Poppins, porque quería que fuese por esfuerzo, que tuviera que aplicarse, aprender la técnica, que fuese verosímil, jugar con la ilusión”. Y en ese difícil equilibrio entre lo irreal y lo cotidiano sabe mantenerse Romain Puértolas con pericia propia de funambulista, sin hacer trampas, sin justificarlo todo con la imaginación, heredando la mejor tradición del realismo mágico, la mexicana, la española (especialmente la gallega), pero también a otros grandes autores de aquella orilla del Atlántico (y de países que no la tienen), donde se convive con lo que solemos llamar “más allá” con enorme naturalidad, hablando con los muertos, aprovechando las fuerzas telúricas en beneficio propio, hablando de tú a tú con la Madre Naturaleza, aceptando lo que no se puede explicar sin darle más vueltas, comprendiendo que hay aspectos que superan nuestra experiencia mundana pero que pasan (ahí están Pedro Páramo o partes de Alfanhuí o El bosque animado, como testimonio de una realidad, de saber mirar con ojos penetrantes y sin miedo a lo desconocido –o no tanto-); pero el escritor rechaza la comparación en lo que pueda suponer de elemento fantástico porque “no me atrae ese tipo de literatura, en mis novelas no hay nada de eso, todo resulta plausible, elimino cualquier aspecto que al final no pueda ser explicado. Doy ilusión pero lo cuento como algo posible: soy fantasioso pero no fantástico” (uno se atrevería a decir que si leyese más –afirma que apenas se ha acercado a estos autores- o se atreviese a descubrir a García Márquez, Rulfo, Cunqueiro o aquello que Alejo Carpentier denominó “lo real maravilloso” se llevaría una grata sorpresa y no quedaría decepcionado).
   En su novela igual habla de Julio Iglesias (unos monjes tibetanos le utilizan como fuente de sabiduría: “La filosofía la coge cada uno de donde quiere, no hay que recurrir siempre a Kant o a Descartes, ¿que a ti te valen las canciones de Julio Iglesias?, ¡Perfecto! Cada uno tiene su vida, le pertenece y la construye como prefiere, no hay vivir al dictado. Fue una cosa que me vino por la noche, así de repente, me pareció que estaba genial, pero tuve que investigar porque conozco más a Enrique Iglesias, jajaja”) como convoca a mandatarios actuales (Hollande, Obama, Putin, Merkel, el propio Rajoy) o hace referencias a Orwell, Tintín, El principito o alguno de los programas que triunfan en televisión, facilitando, como decíamos, que lectores de edades muy diversas puedan sentirse identificados con lo que se cuenta: “Se puede leer por un niño y por un adulto, sí, siempre escribo con un estilo fácil porque quiero captar lectores a la primera. También supone para mí una toma de oxígeno, un desahogo, no estar sometido a la presión profesional o de estudiante, escribo como me sale, como soy, porque me muestro sincero y transparente: soy un adulto que conserva la mirada de niño sobre cosas que no logro entender, la vida no trae manual de instrucciones y coloco un filtro peculiar para analizar la realidad”. Le señalo que su forma de narrar se acerca bastante a la tradición oral, no porque no esté elaborada o quiera imitar lo coloquial, sino por el modo ágil en que se sucede la historia, pasando de una cosa a otra sin descanso, haciendo que fluya como lo que es, puesto que es un controlador aéreo quien cuenta lo que es la novela, lo que él ha vivido, lo que ha sabido: “Lo de la tradición oral me lo ha dicho más gente y es algo que me hace gracia y sorprende mucho, porque soy terrible a la hora de contar un chiste o una historia. Todo el mundo piensa que les cuento mil cosas a mis hijos y es lo contrario, primero porque ellos no quieren, pero fundamentalmente porque lo hago fatal, tengo una imaginación muy inmediata para ponerme a escribir pero no sé expresarme. Con mis novias, cuando era joven, tenía escritas mis posibles respuestas para conversar por teléfono según lo que dijesen, porque de no hacerlo así me bloqueaba y decía cosas que no pensaba o no quería decir”.
   La niña que se tragó una nube tan grande como la Torre Eiffel es una fábula pero, como ya se ha señalado, con los pies en la tierra (a pesar de que durante gran parte del relato acompañamos a una mujer que vuela) porque, sin moralina ni esquematismos, sin trivialidades ni dogmatismos, Romain Puértolas quiere inyectar en el ánimo de sus lectores que no podemos dejarnos vencer a las primeras de cambio: “La solución muchas veces al alcance de la mano, aunque sólo sea porque no debemos desesperarnos porque somos incapaces de hacer o no depende de nosotros. En ese sentido, los niños nos dan mil vueltas porque, sí, hacen una tragedia si no les compras un helado, pero al minuto buscan un nuevo objetivo y olvidan el que perdieron, mientras que los adultos seguimos dando vueltas y no nos resignamos, nos echamos demasiado la culpa”. Eso, en parte, le pasa a Providence, pero ella activa el mecanismo de superación, busca soluciones, no se queda lamentándose de su mala suerte, maldiciendo al volcán islandés que ha decidido despertar en el día en que a ella menos le conviene, no se pone razonable sino posibilista y va a donde se le promete ayuda sin hacerse preguntas, suelta todos sus lastres y, por eso, literalmente, vuela. Tal vez alguno pueda utilizar la novela como manual de instrucciones porque es tremendamente real, pero cómo esta pieza encaja con todo lo demás debe descubrirlo cada lector por sí mismo (lo cierto es que Romain no tiene tapujos en destripar la historia, pero lo hace con personas que han leído y reído con esta peripecia de título kilométrico –aunque su desbordante entusiasmo y defensa encendida de lo que ha escrito le hace hablar más de lo debido en algún momento, es imparable, pero detuvimos la grabadora y, así, nadie sabe lo que no conviene hasta que llegue al final –que a buen seguro lo hará- de La niña que se tragó una nube tan grande como la Torre Eiffel).

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