sábado, 4 de julio de 2015

EL PLACER DE ESCUCHAR HISTORIAS







  “A finales del siglo pasado, o a principios de éste, y por libre decisión de los responsables de estas historias, un grupo de personas, huyendo de un mundo inamistoso y aún de ellos mismos, se refugiaron en una finca de campo en algún lugar del planeta. La casa se llamaba El Jardín de Venus. La historia de estos fugitivos es muy curiosa porque sólo llevaban consigo un arma: la imaginación, y sólo tenían un proyecto útil: reivindicar el alegre derecho de los seres humanos a gozar de la amistad, la alegría y el amor”; así comenzaban, con ligeras variantes, todos los capítulos de una serie que TVE emitió en 1983 en la segunda cadena (el UHF, como decíamos entonces) y, precisamente por eso, condenada a pasar inadvertida, a quedar casi inédita, a no poder competir con lo que ofreciese “la primera”, nombrada con tono mayestático, con admiración, con prestigio, como si fuese lo único que podía verse (sí, tan sólo había dos canales, la capacidad de decisión estaba muy coartada –aunque ahora comprobaremos que esta afirmación sólo es verdad en parte, en el sentido de la oferta, de la cantidad-, pero al día siguiente en el colegio era muy extraño que alguien comentase lo que se había visto por la segunda, algunos ciclos y programas fueron variando esta tendencia poco a poco y con el paso del tiempo). Tomando como inspiración a Boccaccio, Maupassant, María de Zayas y Braulio de Foz (al primero se dedicaban cinco capítulos, cuatro al segundo, tres a la tercera y el último de la serie al cuarto), El jardín de Venus reproducía el inicio del Decamerón, colocaba a unos personajes en una villa (en esos episodios se añadía en la introducción la frase “huyendo de la peste”) en la que la mejor forma de pasar el tiempo era contar y escuchar historias, siempre relacionadas con el amor, con el cortejo, con el coqueteo, con féminas inteligentes y varones incautos (de todo hay en la viña del Señor, sí, pero la generalidad de estos relatos así lo deja de manifiesto: ellas utilizan sus ardides con acierto y gracia mientras que ellos caen en la trampa con suma facilidad, a ellas se las aplaude y de ellos te burlas –aunque siempre aparecen excepciones en un lado y en otro, por supuesto-), con enamorados sinceros y veleidosos inconscientes, con pícaros y sátiros, con aventuras galantes y lances disparatados. Bajo la dirección de José María Forqué y con Enrique Llovet como guionista de cabecera (Hermógenes Sáinz asumió esas tareas en un par de entregas), la serie era una estupenda aproximación a esos autores y a la época en que escribieron; como era prácticamente norma en aquel momento, TVE facilitaba el acceso a los grandes nombres de la literatura universal, despertaba curiosidad, abría ganas, dejaba miguitas en nuestro camino para que las fuésemos recogiendo, nos familiarizaba y entretenía con algunos de los nombres que nos íbamos a tropezar en las aulas, con personajes y personas de los que estudiar su obra, su peripecia, las novelas que protagonizaban, una manera muy sencilla de, como bien dijo Horacio, instruir deleitando. Muy pocos meses antes de castigar a El jardín de Venus con el ostracismo que en ese momento suponía la segunda cadena (aunque recuerdo la portada de TP en que se daba noticia de su emisión, con una esplendorosa Verónica Forqué), TVE había emitido en horario de máxima audiencia (los viernes por la noche, esa cita que, al margen del Un, dos, tres, nos ha proporcionado el deleite de compartir horas con, por poner tan sólo un par de ejemplos antológicos, Anillos de oro o Retorno a Brideshead) Las pícaras que, aunque muy promocionada por las curvas de sus protagonistas, por el erotismo de las historias, por la apertura y naturalidad que suponía poder ofrecer un producto así en la España que aún se estaba quitando las legañas franquistas, ponía sobre la mesa textos y autores capitales de la literatura picaresca (incluso permitía conocer la polémica en torno a si La tía fingida era o no una de las Novelas ejemplares de Cervantes) y resultaba reveladora al demostrar que no hemos cambiado tanto en determinados aspectos y que algunos presumen de osados o novedosos porque abusan del desconocimiento de los demás (o del suyo propio) o son así tildados por otros que tienen verdaderos agujeros negros en lo que a rudimentos culturales se refiere (por mucho que vayan de expertos –dime de lo que presumes y verás qué pronto se te ve el plumero-). En una programación que ofrecía contenidos muy variados y para todos los públicos (¡Y con sólo dos canales –y para la atención que prestábamos a uno de ellos era como tener nada más que uno-¡), los chavales teníamos fácil acceso a la literatura, la Historia, la cultura tanto en lo que específicamente se preparaba para nosotros (los dibujos animados, Petete, La cometa blanca, Gloria Fuertes, Dabadabada, El mundo de la música) como en otros tantos productos que, por fortuna, me dejaban ver en mi casa sin complejos ni traumas, no como a algunos compañeros a los que sus padres querían mantener entre algodones y pensaban que ciertos programas podían perturbarles, herirles, maleducarles (sólo recuerdo que me mandaban a la cama cuando empezaba Holocausto porque decían que era demasiado fuerte lo que contaba para un niño pequeño).
   Gracias a la web de RTVE (aunque es deseable que sigan incorporando lo mucho que aún duerme el sueño de los justos en ese ingente y magnífico archivo -y que hagan remasterizaciones, que no parezca que estamos viendo un vídeo conservado como oro en paño-) he podido regalarme unos ratos estupendos con El jardín de Venus, recuperando el espíritu festivo de unas narraciones frescas, con aires de fábula, de las que extraer alguna enseñanza pero sin moralina ni imposiciones, procurando que escarmentemos en cabeza ajena (aunque en asuntos del corazón tropezamos en la misma piedra hasta con saña, desdiciéndonos de muchos jamases y olvidando lágrimas y desgarros, siendo nuestro peor verdugo), gozando con el aire frívolo que Forqué sabía imprimir a las imágenes, con el toque permanente de farsa, con la diversión sana y jocosa que inyectan estas narraciones, espléndidamente adaptadas para cautivar, interesar, paralizar al receptor, que, por un lado, se siente un invitado más, dejándose llevar por el placer de escuchar, de atender a este tipo de historias que cobran más fuerza y verismo cuando son narradas (así podemos evocar El conde Lucanor, muchas de las páginas del mismo Quijote, el embrujo con el que Sherezade retrasa su sentencia de muerte durante mil y una noches, el propio conjuro de Boccaccio para eludir la peste) y, por otro, no puede dejar de sentirse apelado gracias al ingenio con que el guionista rompe las barreras, convierte a los autores en personajes de las historias, mezcla lo que sucede en la villa con alguien está narrando, consiente que se dirijan directamente al espectador, que le hablen, que le consulten, que le anticipen, que le hagan cómplice de la treta a ejecutar, que Boccaccio, Maupassant o María de Zayas no dejen claro si inventan o se limitan a dar cuenta de un sucedido, interviniendo ellos mismos en lo que se supone tan sólo es un cuento para pasar el rato, evadirse y olvidarse del inclemente mundo al que no quiere regresar ninguno de los invitados. Inevitablemente, recordé aquellas tardes (y algunas noches, pero era algo que sucedía con más frecuencia porque, ¡quién lo diría en la actualidad!, siempre fui reacio a dormir la siesta) en que mi abuela me tumbaba en su cama para que reposase, pero como yo quería jugar, ver la televisión, leer algo, lo que fuese menos estarme quieto el tiempo que los mayores considerasen, calmaba mis nervios contándome Los siete cabritillos, dejándome con la boca abierta, asustándome, haciéndome reír, pidiéndome que terminase alguna frase (debió repetir la jugada más de cien veces), cambiando la voz según qué personaje hablaba, en definitiva, enamorándome de la literatura, descubriéndome el placer de atender a lo que otros cuentan, fundamentando mi pasión por las historias (en cualquier formato).
   Y, además, El jardín de Venus, como tantas series y películas de aquellos años, permite gozar con una nómina de actores irrepetibles, suspirar ante esos repartos que por desgracia van resultando imposibles, dolerse ante la ausencia de intérpretes tan versátiles y espléndidos como aquellos, echar de menos a los que eran capaces de ponerse al servicio del personaje, añorar a aquellos que se ganaban su lugar a pulso y tras años de aprendizaje y meritoriaje (como es lógico, los había con más o menos facultades, unos te hacían más gracia que otros, de algunos pensabas que eran crispantes o insoportables, es inevitable, pero era un gusto –lo es cada vez que damos al play, esa es parte de la magia de este arte- verlos en movimiento, en acción, dando lo mejor, aportando dignidad al noble oficio de cómico). Cuando nos adentramos en el territorio de Boccaccio, éste es Juan Ribó y comparte escenario con Verónica Forqué, Fernando Fernán Gómez, Esperanza Roy, Juanjo Menéndez o Carmen Elías; a Alfredo Alcón le cabía el honor de ser Maupassant, utilizando en sus narraciones a Mercedes Sampietro, Victoria Vera, Fernando Delgado o Emilio Gutiérrez Caba; la inmensa Berta Riaza cedía su rostro, su cuerpo y su voz a María de Zayas, quien contaba una historia que convocaba a José Sazatornil Saza y Ana Torrent; Alberto Delgado se hacía cargo del último capítulo para encarnar a Pedro Saputo, creación de Braulio de Foz; pero es que, además, en algunos capítulos podíamos tropezarnos con Agustín González, Ana Marzoa, Mari Carmen Prendes, Marta Fernández-Muro, Fernando Valverde (lo de Tito llegaría con los años), Aurora Redondo, Rafael Castejón, Virginia Mataix, Adriana Ozores, en definitiva, un montón de nombres y rostros queridos, algunos en pleno triunfo y otros dando sus primeros pasos. ¡Qué maravilla que una serie de la televisión pública escoja a autores de este calibre para ofrecer un producto divertido, elegante, audaz, que sirve para paliar las carencias de tanto programa de estudios que diríase diseñado para odiar la literatura!

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