lunes, 13 de julio de 2015

"DE DEVOCIONES A BOBAS NOS LIBRE DIOS"



  


 Por un lado, es cierto que, llegado a cierta edad, todo niño suele tener un periodo racionalista en que encadena porqués sin freno, dejando sin aliento ni razones al adulto, enfrentándole a sus contradicciones, sacando a la luz sus esquemas aprendidos (y aprehendidos) para los que no tiene otra explicación más que “así me lo dijeron” (así se lo inculcaron); por otro, precisamente por estar educado en la obediencia y respeto a los mayores, uno acepta (con más o menos resignación, con más o menos rebeldía, depende de cada quien) a pies juntillas lo que le dicen, lo que le explican en el colegio, lo que aparece recogido en los libros de texto como si fuese palabra de Dios (de este asunto en concreto, por cierto, hablaremos muy pronto al glosar la estupenda novela que Sergio Ramírez ha titulado Sara). El que suscribe fue siempre un tanto soñador, dulcemente envenenado por las palabras, por la ficción, por lo que otros imaginaron, pero también fue un estudiante modelo (como ya he contado en otra oportunidad, por la satisfacción de tener todo el verano para el ocio, para no tener ninguna responsabilidad a la que atender ni deberes que terminar para el día siguiente) y aprendió como un papagayo, sin cuestionarse nada de lo memorizado (era, y sigue siendo, la mayor rémora de la enseñanza que se practica: repetir lo leído o dictado –nunca mejor dicho-, no saltarse ni una coma aunque no se comprendiese lo que se estaba diciendo; obligar mucho, estimular poco, transmitir amor por la materia resultaba impensable –de ahí que nunca se olviden las muy honrosas excepciones, esos a los que llamar “maestros” con todas las letras y en la amplitud y excelencia que la palabra merece-). Al cursar la extinta EGB en los años que van de 1976 a 1984, aún sufrí los últimos coletazos (aunque muchos se prolongaron en el tiempo, suplicios en forma de manipulación y mentira que aún no han sido desterrados) de la escuela franquista, un saber (o algo así) muy controlado y mediatizado por las altas instancias, una reinterpretación en beneficio propio de los hechos históricos, una utilización propagandística y catequizadora de escritores, héroes, leyendas o personajes a los que rendir pleitesía, un momento en que hablar de Santa Teresa de Jesús en términos encomiásticos, como ejemplo de entrega al Altísimo, de devoción más allá de lo humano, una mujer que quedaba reducida a los versos “Vivo sin vivir en mí,/ y tan alta vida espero,/ que muero porque no muero” y al canto encendido de la profesora de turno, a la que se veía queriendo levitar, a punto de hacerlo sintiéndose cercana a la Doctora de la Iglesia, mientras afirmaba que esa era la mayor prueba de amor al Señor: querer morir para estar a Su lado. Por fortuna, en marzo de 1984 TVE empezó a poner las cosas en su sitio gracias a la emisión de una de esas series que sirven para paliar años de sequía intelectual, de profesores sectarios que sólo sabían practicar el proselitismo, de anulación del pensamiento: Teresa de Jesús (al margen de, entre otras cosas, confirmar mi admiración con Concha Velasco, a la que tanto disfrutaba en las comedias que le dieron fama) nos presentó a la mujer, a la escritora, a la heterodoxa, a la perseguida, a la considerada poco menos que hereje, a alguien que tuvo que superar muchas trabas, que se la jugó, que todo lo hacía movida por su infinito amor a Jesús pero sin descuidar la vertiente humana (la propia, la de Él, la de los demás), primándola y potenciándola para aunar ambas realidades, una revolucionaria a la que no entendieron ni admitieron (incluso cuando Pablo VI anunció su intención de reconocer su labor con el título de Doctora de la Iglesia tropezó con la oposición de gran parte de la curia romana), alguien que fue juzgada por la Inquisición y vio sus textos censurados y cercenados (qué curioso le resulta al niño que antes evocábamos que en las aulas se pasase de puntillas, cuando no eran omitidos, por las persecuciones, juicios y encarcelamientos sufridos por ella –absuelta de los cargos, no pasó por prisión aunque sí fue arrinconada o retenida para impedir su afán fundacional y la extensión de su reforma-, por San Juan de la Cruz o por Fray Luis de León, precisamente por atreverse a ser ecuménicos, católicos en esencia, respetando el significado original de la palabra, queriendo poner las escrituras sagradas al alcance de todos, discrepando del oscurantismo que segregaba y creaba castas, que colocaba a unos pocos por encima de los demás, decidiendo cómo debía rezarse, qué palabras había que emplear, intransigentes con cualquiera que pensase por sí mismo).
   Pero gracias a la magnífica edición de Elisenda Lobato García que la editorial Lumen publicó con motivo del quinto centenario de su centenario, la Teresa de Jesús más humana, más honesta, más personal, más pasional, más bendecida, más inspirada literariamente hablando, ha acompañado muchas horas de lectura con su Libro de la vida y ha consentido poder descubrir nuevos aspectos (aunque el reflejo que Josefina Molina, con la ayuda en los guiones de Carmen Martín Gaite y Víctor García de la Concha, hizo del personaje permitía acceder a su poliédrica personalidad con facilidad y acierto –también habrá tiempo para contar las excelencias de la serie, pero será en otra ocasión-), desterrar el dibujo esquemático e irreal ofrecido en clase, descubrir a la escritora, más allá de su afán por enseñar a orar, de su anhelo por ayudar a que otros vivan su experiencia, de sus creencias que vive con devoción, porque lo que ella pretende con este escrito que le solicita su confesor es explicarse a sí misma (en ambos sentidos: ante los demás, especialmente ante la Inquisición que escudriña cualquiera de sus movimientos o manifestaciones, e intentando comprender lo que, en realidad, aunque lo vive como tal, le resulta demasiado alto, demasiado grande, incomprensible para alguien que se sabe iletrada (no sabía latín), ruin (así se llama en infinidad de ocasiones), cuyos orígenes son motivo de desdoro y de acusación, alguien que no comprende por qué recibe los favores que a otras personas más pías y devotas les son negados. Hay quien gusta de ver en este libro un exhibicionismo atroz, uno de los mejores ejercicios de propaganda que puedan rastrearse en la historia de la misma, una continua afirmación del ego, una autoglorificación sin límites, recurriendo permanentemente a la falsa humildad como disfraz, como justificación, como escudo; uno intuye entre líneas (o ni eso porque queda patente en más de una ocasión) el miedo con que Teresa escribe, sabe lo que piensan de ella, ha sufrido los embates de la incomprensión, la vigilancia constante, pero se ve incapaz de engañar, de camuflar, no digamos de mentir, cuenta las cosas tal y como las siente, tal y como las vive, tal y como las ve (ya en eso es revolucionaria y hace revolverse a la carcunda eclesiástica, esa que se cree en posesión de la verdad, esa que transmite la palabra de Dios porque se pregona como la única interlocutora posible entre Él y el resto, puesto que siempre habla en términos tangibles: “Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento representar cosas, que si no era lo que veía, no me aprovechaba nada de mi imaginación, como hacen otras personas, que pueden hacer representaciones adonde se recogen. Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre; mas es así que jamás le pude representar en mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como quien está ciego o a oscuras, que, aunque habla con una persona, y ve que está con ella, porque sabe cierto que está allí, digo que entiende y cree que está allí más no la ve. De esta manera me acaecía a mí cuando pensaba en Nuestro Señor.”).
   Y no esconde su pasado quijotesco (en realidad, precursora del hidalgo, ya que éste será imaginado por Cervantes en 1605), es decir, su afición a las novelas de caballería, el modo en que nació su afán lector y, narrando esta anécdota, define a la perfección las personalidades de sus progenitores –perdió a su madre cuando tenía 12 años-, la manera en que influyeron en la suya (y todo al hilo de un recuerdo, con una asombrosa economía de datos, escritora de fuste, maestra de la elipsis, poseedora de hipérbatos que sólo alguien destila poesía puede llegar a formular): “Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras; porque con serlo tanto mi madre, como he dicho, de lo bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de caballería, y no tan mal tomaba este pensamiento como yo le tomé para mí, porque no perdía su labor; sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar en grandes trabajos que tenía, y ocupar sus hijos, que no anduviesen en otras cosas perdidos. De esto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no ser malo, con gastar muchas horas al día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía, que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento”. Pero, como se señaló, aunque se deja llevar por el modo en que le fluye la escritura, tiene muy presente que no todo lo que sale de su pluma puede ser del gusto de los que pueden condenarla y por eso advierte a su confesor: “Y por pensar vuestra merced hará esto, que por amor del Señor le pido, y los demás que lo han de ver, escribo con libertad. De otra manera sería con gran escrúpulo, fuera de decir mis pecados, que para esto ninguno tengo; para los demás basta ser mujer para caérseme las alas, cuanto más, mujer y ruin. Y así, lo que fuere más de decir simplemente el discurso de mi vida, tome vuestra merced para sí, pues tanto me ha importunado escriba alguna declaración de las mercedes que me hace Dios en la oración, si fuera conforme a las verdades de nuestra santa fe católica; y si no, vuestra merced lo queme luego, que yo a esto me sujeto; y diré lo que pasa por mí, para que, cuando sea conforme a esto, podrá hacer a vuestra merced algún provecho; y si no, desengañará a mi alma, para que no gane el demonio adonde me parece gano yo; que ya sabe el Señor, como después diré [en capítulos posteriores], que siempre he procurado buscar quien me dé luz”.
   Y hay tiempo para hacer un verdadero comentario de texto, porque aquellos versos que nos hacían cacarear sin ir más allá (ni tan siquiera el poema completo), el “muero porque no muero” encuentra una coda, un remate, una extensión: “No puede ya, Dios mío, esta vuestra sierva sufrir tantos trabajos como de verse sin Vos le vienen, que si ha de vivir, no quiere descanso en esta vida, ni se le deis Vos. Querría ya esta alma verse libre; el comer la mata; el dormir la acongoja; ve que se le pasa el tiempo de la vida pasar en regalo, y que nada ya le puede regalar fuera de Vos; que parece vive contra natura, pues ya no querría vivir en sí, sino en Vos”. Es consciente de sus éxtasis en contra de lo que pueda pensarse (no son alucinaciones, son un proceso físico), hay testigos de los mismos, incluso lucha contra ellos porque es consciente de que pueden ser utilizados en su contra, pero no puede negar la evidencia: “Es así que me parecía, cuando quería resistir, que desde debajo de los pies me levantaban fuerzas tan grandes, que no sé cómo compararlo, que era mucho más ímpetu que estotras cosas de espíritu, y así quedaba hecha pedazos; porque es una pelea grande, y, en fin, aprovecha poco cuando el Señor quiere, que no hay poder contra su poder.” Y se reconoce inútil a la hora de poner negro sobre blanco lo que experimenta, usando para ello una de las prosas más transparentes y hermosas que puedan hallarse: “Ahora vengamos a lo interior de lo que el alma aquí siente. Dígalo quien lo sabe, que no se puede entender: ¡cuánto más decir! (…) Quien lo hubiere probado entenderá algo de esto, porque no se puede decir más claro, por ser tan oscuro lo que allí pasa. Sólo podré decir que se representa estar junto con Dios, y queda una certidumbre, que en ninguna manera se puede dejar de creer. Aquí faltan todas las potencias, y se suspenden de manera, que en ninguna manera, como he dicho, se entiende que obran. Si estaba pensando en un paso [de la Pasión], así se pierde de la memoria, como si nunca la hubiera habido de él. Si lee, en lo que leía no hay acuerdo ni parar; si rezar, tampoco. Así, que a esta mariposilla importuna de la memoria aquí se le queman las alas, ya no puede más bullir. La voluntad debe estar bien ocupada en amar, mas no entiendo cómo ama. El entendimiento, si entiende, no es entiende cómo entiende; al menos, no puede comprender nada de lo que entiende. A mí no me parece que entiende; porque, como digo, no se entiende: yo no acabo de entender esto.”. La Teresa que se impone es la escritora, la mujer que va engarzando recuerdos y momentos de su vida con la manera que ella ha encontrado para comunicarse con su Señor y recibir respuesta, la poseedora de una prosa musical, íntima y mínima que va creciendo en el interior del lector hasta atronar, la poeta en y de cuerpo y alma que abate prejuicios y falsedades, que se erige como autora imprescindible por encima de atribuciones interesadas que no le conceden la importancia debida: “(…) dicen que no le tengo pequeño [el ánimo], y se ha visto me lo dio Dios harto más que de mujer, sino que le he empleado mal (…)”. ¡Ya quisieran otros más animosos haber parido páginas tan gloriosas (es decir, “dignas de honor y alabanza”, según la primera acepción del DRAE) como éstas!

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