jueves, 9 de julio de 2015

ECHANDO CUENTAS CON LA HISTORIA







  
   El Gran Capitán es un personaje al que llegué muy pronto, tal vez con unos siete u ocho años, porque me regalaron uno de aquellos libros en que la historia (en este caso también con mayúscula) podía leerse o seguirse a través de viñetas (o irse alternando si pasabas las páginas ordenadamente); el volumen pertenecía a una colección de biografías que acercaban a los chavales a una serie de personajes imprescindibles y, por esos azares del destino (sí, yo lo veo así aunque la frase parezca un oxímoron: puede que haya algo predeterminado, pero hay que conservar al menos una pequeña partida para el azar porque, para lo contrario, mejor nos quedamos en 1984 que, al menos, es una obra literaria), no tengo muy claro por qué ya que nunca tuve querencia por los personajes relacionados de una forma u otra con lo bélico, el caso es que esta toma de contacto novelada (y con buenas dosis de fantasía o, al menos, de afectación, retoque y reinterpretación propios aún de aquel momento –te contaban la Historia como les convenía a los que creían estar escribiéndola cada día y lo cierto es que consiguieron pasar a la misma, a los capítulos más grises y amargos de aquella borgiana centrada en la infamia-), este libro que me prometieron era de aventuras “pero verdaderas” (lo cierto es que me lo decían con la mejor intención porque el contenido era la única verdad posible, no había posibilidad de contrastar) fue, como digo, una lectura que me llevó a imaginar a Fernando González de Córdoba como soldado invencible, como un héroe a la altura o superior a alguno de los que podían encontrarse en las páginas de Julio Verne (y ese aspecto no estaba tan alejado de la realidad, especialmente desde la perspectiva de un crío, porque no todo era lavado de cerebro, exageración gloriosa o manipulación en los libros de texto, también se proporcionaban datos objetivos y confirmados). No es extraño coincidir en ese sentido con José Calvo Poyato, de quien Plaza y Janés ha publicado recientemente El Gran Capitán, novela que se anuncia sobre “el soldado que encumbró un imperio”, puesto que el historiador es natural de Cabra y el personaje protagonista nació en Montilla, “un pueblo muy cercano al mío, por lo que Gonzalo forma parte de mi infancia y adolescencia, los Fernández de Córdoba siempre fue una familia que estaba presente de una manera u otra: la plaza principal de Córdoba está presidida por una estatua del Gran Capitán. Es un personaje que me tocaba y desde hace mucho me atraía como historiador, puesto que marcó su tiempo cuando no estaba destinado a ello: era un segundón y por lo tanto tendría que haberse hecho tonsura y meterse a fraile o ser tan sólo un militar de segunda fila. Su vida tiene muchas esquinas, muchos perfiles y me pareció casi obligado dedicarle una novela, echando otra vez ese pulso entre el novelista y el historiador en el que siempre procuro que gane el primero”.
   Es un placer el reencuentro con Pepe (no me sale llamarle de otra manera al utilizar sólo su nombre –incluso a veces digo “Pepe Calvo Poyato” al recomendar alguno de sus libros-), un escritor que sabe poner la Historia al servicio de la historia sin que aquello se desmande o mienta descaradamente (y cuando lo que le conviene, lo que le interesa, lo que quiere es romper el corsé que imponen los documentos en aras de la ficción, fabular e ir un poco más allá de lo que puede probarse –como, por ejemplo, en su vibrante Sangre en la calle del Turco-, lo advierte al lector, no consiente que se tome por verdad lo que sólo sucede en su imaginación –aunque muy bien cimentado en lo estudiado e investigado, en lo que ha quedado registrado-), un amigo guadianesco (sólo tenemos oportunidad de compartir un café, un rato de charla, en una ocasión un cocido en Lhardy, un paseo, una entrevista que siempre va más allá de lo estrictamente profesional cuando visita Madrid para presentar un nuevo título –por fortuna es prolífico y escribe con relativa rapidez (porque en algunos casos lleva documentándose varios años y una vez acomete la escritura la tiene muy madurada y el proceso creativo puede acelerarse –aunque es de prosa cadenciosa y cuidada, con un ritmo interno muy bien medido, sin precipitaciones vacuas, sabiendo dosificar la acción, pisando el acelerador sólo cuando conviene-)-), alguien muy cercano que casi desde el abrazo inicial sabe practicar las enseñanzas de Fray Luis –“decíamos ayer”- y en apenas unos minutos cualquiera diría que nos vemos a diario. Le comento la circunstancia personal con la que se abría este escrito y le digo que, en general, esa época, esos personajes siempre se han contado respondiendo a intereses espurios, utilizándolos en beneficio propio, que poco a poco estamos conociendo la Historia sin adjetivaciones, sin truculencias, sin apropiaciones indebidas o, al menos, así lo percibo y que he vivido su novela como una puesta en limpio de aquellos recuerdos infantiles, como una confrontación con los hechos probados, como el destierro de algunas leyendas que, ingenuamente, uno daba por buenas: “Sí, se han contado algunas mentiras, una de las últimas ha aparecido en la serie Isabel, nada desdeñable porque ha cubierto con dignidad la época y el recorrido histórico de esos años, pero se ha dejado caer que Gonzalo pudo mantener una relación sentimental con Isabel y eso era imposible: él nace en 1453, ese año en que se da por clausurada la Edad Media y se inaugura la Edad Moderna coincidiendo con la caída de Constantinopla, es educado en los principios de la Caballería -protección al débil, reconocimiento de las minorías-, su familia fue defensora de los conversos, es algo que seguirá haciendo en Nápoles cuando sea virrey; en ese sentido, es educado en el respeto a la honra de las personas y por sus propios fundamentos no creo posible que mantuviese una relación con Isabel. Si estuvo enamorado de ella no lo sabremos jamás, eso forma parte del sentimiento, de lo que no aparece en los documentos a no ser que encuentres uno muy privado. ¡Pero es cierto que el asunto tiene su morbo, claro, y por eso los guionistas se pusieron a explorar un elemento que dramáticamente aporta tanta tensión!”.
   Sí está probada (y de ahí que algunos quieran pensar que la provocaban los celos y las protuberancias que adornaban su regia testa) la inquina que el rey Fernando sentía por El Gran Capitán, base fundamental de la novela: “Ese resquemor, esa animadversión venía por la propia popularidad de Gonzalo: es un personaje prototípico de una época y fue capaz de ir adaptando su vida a los nuevos tiempos, muere como un hombre del Renacimiento y aunque los cambios han sido vertiginosos él jamás dejó de defender sus valores. Fernando, que tenía otros fundamentos, le veía como un peligro, temía que pudiera proclamarse rey de Nápoles, hay que recordar que 1506 es un año complicado para el Católico y Nápoles ha sido conquistado por los castellanos, el general pertenece a la Corona de Castilla, Fernando le ve como un adversario. Pero Gonzalo siempre se ofrece al rey, es tremendamente leal sobre todo en sus horas bajas, cuando pintan bastos y todo el mundo se aparta, pero Fernando no le hace justicia, no sabe calibrar el auténtico valor de su vasallo” (por eso me acordé del Cid leyendo la novela, por eso ahora evocamos lo de “qué buen vasallo si tuviese buen señor”). Por este motivo, poniendo el acento en cómo esta mala relación motivó que los hechos se desarrollasen de cierta manera, para entender mejor al personaje, Calvo Poyato ha optado por empezar la historia casi por el final, en los últimos años de vida de ambos (hay poco menos de dos meses entre la muerte de uno y la de otro –Gonzalo el 2 de diciembre de 1515, Fernando el 23 de enero de 1516-), cuando El Gran Capitán vive lo que a todas luces es un destierro encubierto en Loja y el monarca no tiene más remedio que reclamar sus servicios, que reconocer su valía militar, que ordenarle que levante un ejército que se oponga al francés que, tras vencer a la Liga Santa en la batalla de Rávena, pone en peligro los dominios españoles en Italia: “No quise hacer historia novelada, no me apeteció seguir la cronología de los hechos, me interesaba arrancar ya en los últimos años de vida del personaje e ir rememorando los hechos necesarios para comprenderle”. En ese sentido, utiliza un narrador, Diego García de Paredes, uno de sus hombres, quien toma la pluma a finales de 1525 para desmentir todos los infundios, rumores y documentos falsos que intentan desmitificar y rebajar la importancia de Gonzalo: “En los años siguientes a su muerte del Gran Capitán, incluso aún en vida, empezó a correr el rumor con el asunto de las famosas cuentas, si habían sido presentadas o no y en qué términos, si Gonzalo había traicionado al rey, si esto o aquello. Fernando le mantiene vigilado hasta el último momento, nunca dejó de sospechar: en una carta desde Calatayud, cuando el espía le comunica que el Gran Capitán está muy enfermo, el rey responde “no te fíes” y apenas dos o tres semanas después de esta misiva Gonzalo muere, lo que deja a las claras que la gravedad de su estado era real. Ante los rumores que podían manchar la imagen de Gonzalo (García de Paredes llegó a interrumpir al rey en cierta ocasión y lanzó un guante para que lo recogiese quien hablase mal de Gonzalo) y utilicé el recurso de que García de Paredes oye estas calumnias y opta por contar la historia que él vivió y conoce. Pero le llamé Diego y no Luis, como uno de verdad, porque iba a hacer cosas que no pasaron, que no están documentadas, que pertenecen a la novela y no quería que fuesen falsamente atribuidas”.
   La entrada en escena del Gran Capitán se dilata hasta la página 100, hasta ese momento vamos poniéndonos al día de la situación, le conocemos por lo que otros comentan, la expectación va creciendo hasta que los emisarios del rey llegan a Loja, y de este modo el autor consigue interesar al lector quien, además, como ya se señaló, llega con su propia imagen del personaje, lo que hace aumentar la curiosidad por saber cómo es Gonzalo Fernández de Córdoba, mientras que se va suministrando la información adecuada para comprender la época, pudiendo deleitarnos con el gusto por el detalle de Calvo Poyato quien, sin sobrecargar ni ponerse erudito, sabe captar el aire, la cotidianidad, ser verosímil y retratar con acierto la época en que transcurre la acción: “Intento ser muy cuidadoso: lo que se tardaba en llegar de un lugar a otro, las unidades de medir, el valor del dinero, qué se comía las palabras pertinentes [sin necesidad de culteranismos ni experimentos, Pepe siempre logra que los personajes hablen como corresponde al momento que viven], el lenguaje de una época nos revela su pensamiento, cómo son las gentes, las costumbres, hay que respetarlo todo lo que se pueda sin complicarle la vida al lector”. Y, como no podía ser de otra manera, el famoso (pero mal contado y peor conocido) asunto de “las cuentas del Gran Capitán” recibe la atención que merece, partiendo de fuentes documentales, para poner las cosas en su sitio: “Él era muy generoso, pródigo, casi despilfarrador, y eso provocó todo el asunto de las cuentas, que están en el Archivo General de Simancas. ¡Ya quisieran muchos de los que hoy tienen que rendir cuentas hacerlo de ese modo: capítulo por capítulo, partida por partida, sin dejarse nada!. Incluso señala lo que se ha pagado a los espías, se supone que sería lo que hoy llamaríamos “fondo de reptiles”, pero él lo justifica ducado por ducado. La leyenda surge porque se siente mal cuando los contadores del rey, funcionarios al fin y al cabo, se muestran altivos e insolentes, y no le gusta que individuos que medran mucho con poco esfuerzo, así los denominaba, sean tan altaneros. Terminan con una frase que es importante para entender esos años finales, puesto que ya hemos dicho que el rey fue muy ingrato con Gonzalo, en general los gobernantes suelen serlo con los buenos servidores, la Historia así lo demuestra, y a esa frustración hay que atribuir la sentencia “y un millón de ducados por pedirle cuentas a quien os ha regalado un reino”. Quise construir una imagen de mucha expectación para narrar este asunto, aunque muy inspirada en lo que se cuenta, y me permití colocar incluso a los reyes como testigos, aunque escondidos. Hay que ponerse en la piel de estos hombres que se la jugaban, luchaban, daban honor y tierras, entregaban su vida, viéndose interrogados por funcionarios sentados detrás de su mesa, disfrutando de comodidades y prebendas; eran los que tenían potestad para reclamar las cuentas, sí, pero lo hacían con altanería, con mucha soberbia, respaldados por el poder que quería buscar las cosquillas a Gonzalo y eso era lo que le resultaba insoportable”.
   Como imagino que mi añorado pesquisidor Capablanca y su inseparable fray Hortensio van a seguir durmiendo el sueño de los justos (son los protagonistas de El manuscrito de Calderón y El ritual de las doncellas, novelas que hace ya más de siete años Pepe prometió convertir en trilogía –“y en realidad tengo el esquema, la idea, pero siempre aparece otro proyecto que me hace aparcar éste”-), le pregunto hacia qué personaje y/o época le gustaría encaminar sus próximos pasos novelísticos: “Llevo mucho tiempo pensando en rendir homenaje al siglo XVIII y devolverle el esplendor que se le ha negado durante mucho tiempo, puesto que fue muy denostado por el franquismo llegando a decirse que era “el siglo menos español de nuestra Historia”. Es, precisamente, el momento en que hay más políticos honrados, entregados a su actividad sin sacar beneficio propio, conscientes de la función que ejercían, gente como el Conde de Aranda, el Marqués de la Ensenada, Campomanes, Floridablanca, Campillo, son gente a la que respetar por su entrega y su voluntad política”. A buen seguro será una novela tan apasionante como el resto pero, sobre todo, permítanme que personalice, será una estupenda excusa para volver a conversar con él, una de esas gratas noticias que uno recibe periódicamente.

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