martes, 16 de junio de 2015

LA MUJER CON MÁS SOBRINOS DEL MUNDO



  


 Aunque en algún momento se emitió por la noche y en mi recuerdo, además, muy al final del día y por la segunda cadena (programadores absurdos los ha habido siempre, lo único es que ahora proliferan más –o, en realidad, deben ser dos o tres preparando a destajo las parrillas de los diferentes canales, e incluso un paradójicamente llamado “cerebro electrónico” que se limita a hacer combinaciones de pocos elementos repetidos hasta la saciedad; no digo que no sea un trabajo arduo pero el resultado no es demasiado lucido, ni lúcido, tan sólo hace falta zapear en cualquier momento para comprobarlo-), la simpática sintonía de Se ha escrito un crimen me transporta con apenas un par de notas a aquellas tardes de domingo en las que la aparición de la cabecera de la serie en la pantalla de la televisión suponía un oasis, un refresco, un punto y aparte antes de dejarme invadir por la inevitable morriña, un cierto mal humor, la nostalgia anticipada porque el fin de semana hacía efectivo su nombre y en pocas horas habría que mentalizarse para regresar a la rutina de las aulas (y, para colmo, la resolución del misterio de turno ponía en numerosas ocasiones el prólogo al momento en que los Cela o cualquier otra visita incómoda e indeseada revestida de sorpresa –cuando era más previsible que cualquiera de las supuestas gracias de Ocho apellidos vascos- haría su aparición semanal para imponer su presencia y obligarme a desperdiciar las escasas horas de ocio y libertad que aún quedaban -¡Ay, esas amistades recubiertas de oropel! ¡Ay, esa corrección humilde que tantas veces adoptamos sin saber muy bien por qué, aceptando que otros hagan y deshagan con nuestro tiempo!-). La señora Fletcher llegó a mi vida en un momento en que ya era lector voraz y devoto de Agatha Christie y, por lo tanto, me encantaba rastrear en cada capítulo las posibles referencias, las evocaciones, los guiños de la escritora televisiva a aquella que en cierta medida la inspiró y a algunas de sus criaturas (el escenario más habitual era un pueblecito, Cabot Cove, que, aunque con la idiosincrasia y el paisaje propios de Maine, bebía en las fuentes de aquel en apariencia bucólico St. Mary Mead tan reconocible y prototípico –aunque de difícil ubicación, al modo de la cuna de don Quijote- en que residía y desentrañaba enigmas la señorita Marple; la protagonista de la serie era escritora de novelas de intriga, como la mismísima Agatha, como su alter ego literario, Ariadne Oliver); si bien es cierto que la ficción televisiva seguía un camino propio más allá de ponerse bajo la benéfica sombra de la autora británica –y del hecho de que Angela Lansbury, quien encarnó con donaire y magisterio interpretativo a Jessica Fletcher de forma continuada durante doce temporadas, de 1984 a 1996, regresando esporádicamente en episodios especiales hasta 2003, había dado vida pocos años antes a Jane Marple en la exitosa El espejo roto (1980)-, cualquier mínimo recordatorio, cualquier huella que pudiese poner en común con su universo me llenaba de satisfacción y me provocaba un estimulante cosquilleo –aunque Se ha escrito un crimen me tuvo como fiel espectador por sus propios méritos-. La década de los 80 del pasado siglo fue especialmente fructífera en lo que a adaptaciones televisivas de la Christie se refiere –los lectores habituales del blog, los que me conocen, saben que me refiero a ella como “tía Agatha”, porque es como alguien de mi familia- y así pudimos gozar –y comentar al día siguiente entre clase y clase- con la divertida Matrimonio de sabuesos (1983-1984), la curiosa La hora de Agatha Christie (1982) –no recurría a sus personajes más populares, descubría algunos relatos muy pocos conocidos para el neófito-, la apasionante ¿Por qué no le preguntaron a Evans? (1980) y la espléndida recreación de la señorita Marple a cargo de Joan Hickson –quien interpretó adaptaciones de la totalidad de novelas en que aparece el personaje hasta 1992-, al margen de otros telefilmes, algunos de ellos con Peter Ustinov como el Hércules Poirot más ortodoxo y acertado hasta que llegó David Suchet para adueñarse del detective belga.
   Y he seguido leal a mi tía apócrifa, la he releído cada cierto tiempo, he ido descubriendo sus aciertos puramente técnicos, aquellos que se me escapaban cuando la leía casi enfebrecido y sin parar mientes en nada que no fuese el rompecabezas puro y duro que intentaba armar antes de la última página –tuve la fortuna de que la madre de una compañera de clase, Conchita, tuviese una biblioteca bien nutrida, fuese de la cofradía christiana, y me surtió de lectura hasta que agoté las existencias-, he confirmado la calidad que muchos le niegan, por supuesto hay algunas historias a las que he encontrado puntos flacos –especialmente las últimas- o que han ido perdiendo parte de su encanto en su comparación con sus cimas, pero en general mantiene un nivel y un brío que ya quisieran otros muchos, y lo más abracadabrante es su manera de disponer y organizar el misterio, de tal manera que aunque ya se conozca la solución vuelvas a tener dudas y que si has olvidado quién es el asesino el mecanismo siga perfectamente engrasado y funcione sin altibajos. Por eso, fue una grata sorpresa conocer que Suma de Letras –el sello en que aparecieron los imprescindibles, reveladores y espléndidos Los cuadernos secretos y Los planes del crimen de John Curran, el material de trabajo de la escritora clasificado, diseccionado, compartido con el resto de sobrinos, un puro deleite para el christófilo-   publicaba una novela titulada Agatha escribía con sangre, ha supuesto una lectura enriquecedora y, de remate, he tenido el placer de conversar con su autor, otro entusiasta, otro enamorado, alguien que demuestra conocer muy bien a nuestra tía, un estupendo escritor que ha sabido imbuirse de su espíritu y conseguir un libro que es todo un regalo cómplice para los muchos sobrinos que andamos desperdigados por el mundo y un magnífico trampolín para los que quieran lanzarse a leerla y unirse al clan (y también, por qué no, para los indecisos, para los que dejan que otros les impongan gustos, para los que hablan sin conocer –respeto a quien no le guste pero, al menos, que lean algo primero, que no repitan frases huecas o se queden, tal vez, en alguna película que vieron- o para aquellos que la ha dejado de lado pensando que no es una lectura “seria” o propia de adultos). Tomando como punto de partida los enigmáticos once días de diciembre de 1926 en que la ya entonces famosa escritora desapareció (y sobre los que jamás explicó nada, ni siquiera en su reveladora y brillante autobiografía), Mariano F. Urresti ha dado vida a un rendido homenaje, una ficción que funciona por sí misma pero que adquiere su verdadera naturaleza cuando se deja uno impregnar por la atmósfera que destilan sus páginas, cuando se tiene en el corazón y el recuerdo, casi pudiera decirse en las pupilas, a la tía Agatha.
   Con la experiencia que le otorga haber escrito Las violetas del Círculo Sherlock y La tumba de Verne, novelas en las que se atrevía con personajes y autores con tantos seguidores como los que aparecen en sus títulos, Mariano parte de la propia Agatha, recrea el viaje que, junto a su hija Rosalind y su fiel secretaria Carlo –como la llamaban familiarmente-, la escritora hizo a Las Palmas de Gran Canaria durante 1927 –primero había estado en Tenerife-, añadiendo una trama detectivesca, un misterio que la propia Christie debe resolver, juego literario que se sucede a lo largo de toda la obra, mezclando con gran acierto realidad y ficción, de tal modo que incluso un conocedor de lo que ella misma narró en su texto autobiográfico puede tener dudas. “Daba vértigo ponerse a la tarea, reproducir el universo de Agatha y utilizarla como personaje, pero entre el miedo y la pasión me dejé llevar por la segunda; de haberlo pensado con calma, tal vez no me hubiese atrevido”, comenta entre risas Mariano F. Urresti en conversación telefónica en la que deja patente su fervor por nuestra tía común, una verdad que destila cada una de las frases de su novela, imposible fingir ese ardor y ninguna intención de ocultarlo: “Tras escribir otras novelas en las que buscaba la trastienda de autores que significan mucho para mí, como son Conan Doyle y Verne, me pareció que Agatha podía ser un reclamo para el lector y, sobre todo, que si hay que tirarse un año y medio trabajando en algo pues tiene que ser un algo o alguien que te apasione”. Mariano llegó a Agatha como un lector ya hecho y formado –“La Historia me ha gustado desde siempre y mis primeros acercamientos a Agatha fueron cuando estaba estudiando la carrera y leí las novelas que tenían que ver con la Arqueología, títulos como Asesinato en Mesopotamia, La venganza de Nofret, Intriga en Bagdad o Poirot en Egipto y así fue cómo me enganché”-, lo que desmonta el típico argumento con que se liquida la obra de la Christie, ese que dice que son novelas para público poco exigente, no muy formado, publicaciones de fácil consumo que no merecen el menor respeto: “Siempre ha habido quien la ha mirado por encima del hombro por ser una literatura popular y es un error mayúsculo porque, al margen de ser la autora más traducida de todos los tiempos, sus novelas son falsamente sencillas: resultan muy fáciles de leer porque ella construía las tramas básicamente en torno a los diálogos, no hay descripciones prolijas ni grandes parrafadas, pero eso precisamente es muy difícil de escribir. Si ya antes le reconocía su mérito, ahora que he intentado seguir sus pasos le tengo veneración”. Sin establecer fronteras ni caer en la trampa falsamente erudita de defender la “buena” frente a la “mala” literatura (adjetivos que tantos repiten hasta la saciedad y que no significan absolutamente nada –al menos, que uno explique por qué le gusta algo o por qué no, pero sin menospreciar a los que optan por lo contrario, sin encumbrarse a ninguna parte, sin zanjar el diálogo con un irracional “es buena” o “es mala” porque, primero, es tan sólo una opinión y, por cierto, bastante mal argumentada: ¿Quién establece el canon? ¿Sólo con ese criterio tan inane?-), Mariano defiende aquello que conoce bien, fundamentalmente como seguidor, por mero placer, ahora también como investigador: “Es un error tremendo reducirla a la etiqueta de autora policiaca y punto, liquidarla en esas pocas palabras aunque sea una de las maestras del género. Hay que pensar que en una carrera tan dilatada como la suya, empezó a escribir en torno a 1914 y que continuó trabajando prácticamente hasta su muerte, firmó no sé cuántas novelas, relatos, obras de teatro, la capacidad de trabajo de esta mujer fue extraordinaria y, sobre todo, su capacidad para adaptar todo lo que va pasando: vive las dos Guerras Mundiales, la transformación de los transportes, el descubrimiento del átomo, la Guerra Fría, todo aparece en sus novelas, es una persona muy inquieta que absorbe lo que le rodea y lo incorpora a sus tramas. Es algo que también le sucedió a Julio Verde, se le considera literatura entre comillas, algo menor que va dirigido a un público familiar, a los chavales, pero se pierde vista que escribió más de sesenta novelas, o sea, hay que trabajar mucho, dedicarse a la literatura casi en exclusiva. Yo creo que en gran parte todo viene por envidia: ¡Cuántos quisieran vender lo mismo o, al menos, acercarse!”.
   Agatha escribe con sangre quiere ser (y es) un canto a las excelencias de una autora que mantiene su magisterio, que sigue coleccionando admiradores (la nómina de sobrinos aumenta día a día tal y como lo demuestran las ventas o el éxito de audiencia de nuevas adaptaciones televisivas), un juego limpio –“como el que siempre practica ella, engaña y sorprende sin hacer trampas, te ofrece las pistas necesarias para resolver el misterio si pones atención y andas ojo avizor”- en el que el enigma de su desaparición es tan sólo el punto de partida e incluso si se quiere el Macguffin, el motor de la acción, aquel por cuya verdad pujan los personajes y llegan a cometer crímenes, el interrogante que jamás se despejará y sobre el que Mariano no ha querido fantasear: “Si ella no desveló el enigma de lo que sucedió aquellos once días no podía atreverme a decir nada: juego con el lector porque ese misterio es la palanca que activa la historia y mueve a todos los personajes y yo creo que llega un punto en que a nadie le interesa porque se impone la trama principal”. Y es bien cierto porque, llegado cierto punto, lo que uno quiere saber es quién se esconde detrás de la mano asesina que siembra de cadáveres la lectura, especialmente en la segunda parte que transcurre en Santillana del Mar, en una de esas reuniones en escenario reducido en las que, como en tantas cosas, tía Agatha fue maestra, una acción en que, con referencias directas o indirectas, encontramos aromas, similitudes, remembranzas de Cartas sobre la mesa, La muerte de Lord Edgware, La señora McGinty ha muerto o Telón, el caso final de Hércules Poirot, una magnífica novela que la autora guardó en un cajón durante muchos años, publicada apenas un año antes de su muerte, un título opacado por el merecido reconocimiento a Diez negritos, Asesinato en el Orient Express o El asesinato de Roger Ackroyd. Y al igual que ocurre en su novela en la que cada personaje explica sus preferencias, Mariano y un servidor compartimos las nuestras, hablando de mi querencia hacia la señorita Marple porque fue con ella –El tren de las 4.50- con quien me adentré en el imaginario christiano –“No sé si es por deformación, pero al ser tan admirador de Sherlock siempre me he fijado más en Poirot, estableciendo diferencias, y he dejado a Marple un poco de lado, pero no porque la menosprecie”-, de la simpatía que ambos sentimos por Ariadne Oliver, uno de los varios personajes que Agatha creó –como Tommy y Tuppence, Battle, Race, Mr. Quinn- y utilizó en varias novelas –excepto en El templete de Nasse House, siempre al lado de Poirot-, una autoparodia llena de encanto que a veces se erigía en portavoz de su creadora y que se convierte en centro de Agatha escribía con sangre, del título que siempre decimos en primer lugar a la hora de señalar nuestro favorito de entre  su extensa producción –aunque las relecturas me han hecho variar algunas apreciaciones, sigo considerando mi predilecto El espejo se rajó de parte a parte, compartiendo honores con El asesinato de Roger Ackroyd-: “Hay una década genial, la de 1930-1940, en la que encontramos Muerte en el Nilo, Diez negritos, Asesinato en el Orient Express, Cartas sobre la mesa, La muerte de Lord Edgware, ¡palabras mayores! Pero me decanto por Diez negritos sin ninguna duda: es audaz, extraordinaria, me genera envidia insana porque me gustaría ser capaz de hilar una trama tan ingeniosa y bien sostenida que no se viene abajo al llegar al final. También me gusta porque no están ni Poirot ni Marple, sobre todo él al que le pega mucho el ambiente y la historia, pero Agatha vuelve a rizar el rizo y deja fuera a sus dos criaturas para que el lector no sea seducido por el personaje sino por la historia”.
   Lo más atractivo de la lectura de Agatha escribía con sangre es que se hace con la misma pulsión irrefrenable con la que uno se lanza a cualquier libro de la tía (y doy fe muy reciente de que no disminuye con los años), que hay momentos realmente emocionantes para el que ha disfrutado con sus novelas –parece mentira lo que puede lograr un simple “Cher ami!” bien colocado-, que despierta curiosidad al que haya olvidado o no conozca algunos de los títulos a los que se hace referencia, que inyecta unas ganas terribles de regresar a casa –no me pude resistir: fue cerrar el libro y buscar Cartas sobre la mesa, que no había vuelto a leer desde mi adolescencia, de la que guardaba un gratísimo recuerdo que se ha refrendado y aumentado-, que va a conseguir que aparezcan muchos sobrinos nuevos pero eso no importa porque la herencia de tía Agatha es inagotable y sigue generando intereses.  

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