domingo, 13 de agosto de 2017

PALABRAS MAYORES PARA MENORES








  Mis primeros años en EGB los cursé en un colegio privado que había muy cerca de casa, el mismo en que estudiaron mis hermanos, un centro que ocupaba un edificio un tanto al estilo inglés porque el portal era estrecho y daba paso a una igualmente angosta escalera, pero al llegar al primer rellano y topar de frente con el despacho de la directora (doña Elvira) a derecha e izquierda había unas aulas bastante grandes y aún otras más pequeñas una vez se atravesaban éstas, rompiendo así la habitual distribución de esos edificios que siguen siendo tan característicos de Londres y parecen un menú vasco de degustación, lo que se suele denominar “largo y estrecho”; el caso es que allí estábamos mezclados y compartíamos el aula los de Primero, Segundo y Tercero (también los mayores hacían lo propio), muy a lo escuela de Tom Sawyer y similares, y por eso conocíamos los libros de texto que serían los nuestros según aprobásemos cursos y era mi envidia que, mientras los más pequeños teníamos que aprender a leer (cosa que uno ya llevaba de casa -o de matrículas de los coches gracias al tío Miguel como tantas veces evoco-) con textos muy sencillos y breves, los de Tercero daban las siete u ocho primeras lecciones de Lenguaje (así le decíamos) partiendo de El gigante egoísta de Oscar Wilde. A buen seguro que los habituales de este blog pueden imaginar mis ganas, mis ansias por llegar a Tercero para, a pesar de sabérmelo de memoria a fuerza de escucharlo en clase (y de leerlo pidiendo prestado el libro una y otra vez a algún compañero de la edad pertinente), pasar unas cuantas clases con ese cuento, con un contenido, con una historia, con la literatura; pero el caso fue que en Tercero me pasaron a un colegio público recién abierto en la zona (de camino hacia la Dehesa de la Villa), llegué en su segundo año (de hecho, un antiguo compañero anda movilizándonos por Facebook porque parece que se cumple ahora su cuadragésimo aniversario y, por mucho que queramos a la Signoret, la nostalgia demuestra estar en plena forma), y me quedé (de momento, claro) sin mi tío Wilde, aunque tuve la fortuna de caer en la clase de don Antonio quien nos hacía leer, aprender y recitar fragmentos de Platero y yo (“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría de algodón, que no lleva huesos” -prometo que no he tenido que mirarlo-) o poemas fáciles de retener (incluso hubo alguna letrilla de Quevedo y otros autores de su época -lo de “Poderoso caballero es don dinero” lo tengo vinculado a aquellas clases-).
   Aunque en casa leía especialmente tebeos (algo, por cierto, que sigue gustándome hacer -y sólo la falta de espacio y presupuesto me ha obligado a dejar de adquirir las colecciones completas de Mortadelo, Astérix o el Capitán Trueno, por poner algún ejemplo, conformándome con ciertas ediciones especiales de algunos de mis personajes favoritos-), muy pronto me llamaron la atención los libros de mis hermanos, en seguida estaba leyendo a Enid Blyton, Julio Verne, Emilio Salgari, las fábulas de Esopo o Iriarte, como tantas veces se ha glosado aquí, la televisión nos descubría casi a diario autores, aventuras, héroes, misterios que podían ser leídos, estábamos muy bien surtidos, Gloria Fuertes recitaba poesías en La cometa blanca (al margen de haber escrito la letra de la sintonía de Un globo, dos globos, tres globos -donde se decía “los niños tenemos en televisión un cuento, dos cuentos, tres cuentos, en unos momentos de gran diversión”, ¡claro que sí!- o guiones para La mansión de los Plaff -el personaje central, Leocricia, interpretada por mi adorada María Fernanda D´Ocón, era la bibliotecaria-), ¿cómo no ser Bastián años antes de que se lo inventase Michael Ende? Pero, eso sí, queríamos crecer deprisa y menospreciábamos muy pronto aquello que nos parecía para niños, pasar a Los Tres Investigadores era dejar atrás la infancia (¡Cómo si no hubiésemos devorado las Joyas Literarias Juveniles que igual versionaban a Dickens que a Walter Scott o Stevenson!), se renegaba de lo leído anteriormente (algo que nunca compartí, había tiempo para todo, que cada cual escogiese, y aunque las aventuras de Los Cinco resultasen ingenuas y un tanto pueriles comparadas con las del trío que apadrinaba Hitchcock habían sido piedra fundacional y, sólo por eso, uno pensaba que se les debía un respeto -y no hace falta releerlas e incluso desmontar el mito, queden en aquel lugar prístino-), había que demostrar que uno ya era casi adulto (y tiene su aquel que uno de los más empeñados en eso fuese Joaquín, a quien su madre negaba acceso a cualquier cosa que le pareciese perturbadora -dejémoslo en eso-, tal vez la prohibición, como tantas veces, hacía más atractivo aquello que de otro modo no hubiese despertado su interés -y que tampoco cautivó especialmente cuando se lo dejaron leer, las cosas como son o como las viví durante los años que mantuvimos contacto-).
   El caso es que, tendentes al sambenito como somos, colgábamos la etiqueta de “autor infantil” a gentes como la citada Gloria, Montserrat del Amo, Elena Fortún, Juan Muñoz Martín, Ana María Matute y otros tantos y nos quedábamos tan anchos, sin ir más allá, dando por bueno lo primero que conocíamos o nos decían, más allá de que algunos escribiesen más específicamente que otros, mirándolos por encima del hombro, considerando que aquello ya no era para nosotros, que había otros autores a los que atender (los que seguimos leyendo porque muchos no pasaron de los títulos obligatorios en clase -y ni esos-), menospreciando una tarea que en otros países se celebra, premia y confiere categoría de clásico, valorando por igual a C. S. Lewis por sus libros sobre Narnia que por su labor como medievalista o por sus textos autobiográficos, respetando a Roald Dahl casi más por Matilda o Charlie y la fábrica de chocolate que por sus magníficos Relatos de lo inesperado, sin etiquetar, sin encasillar, permitiendo que un autor despliegue su arte sin encorsetamientos ni guetos, no siendo extraño que alguien vaya en el transporte público leyendo lo mismo que sus hijos. Y, así, una vez más y las que haga falta, hay que reivindicar a la Gloria Fuertes que, un buen día, encontré entre los libros de mi hermana (aquella Historia de Gloria de Cátedra) y me llevé la sorpresa de que la que me divertía con La gata Chundarata también gustaba a los rebeldes y modernos (así veía yo a Pilar en el inicio de los 80), al margen de descubrir que sus versos juguetones y fáciles para los niños aceptaban una lectura adulta que captaba ironías (“Nací en Madrid, soy gata, / soy gata neta y nata” -y lo dice con toda la razón-, “mi comida es una lata” -tardé años en pillarle el sentido pero cuando lo hice me partí de la risa, ¡qué grande!-). Del mismo modo, Ana María Matute fue brotando como la magnífica escritora que siempre fue poco a poco, puesto que en mis primeros años lectores no publicó y cuando regresó (en 1983) se volcó en la literatura infantil, ¡justo cuando tocaba leer lo de los mayores! (pero es que nadie la citaba en las aulas -ni siquiera en las universitarias- y se sepultaban en el olvido obras como Los Abel o Primera memoria); hubo que esperar a Olvidado rey Gudú para que se la vitorease y reivindicase, comprobando la coherencia de su producción, escribiendo con sencillez y claridad, sabiendo hablar a todas las generaciones. Hace poco terminé El canto del cuco, el primer título de la serie policiaca que J. K. Rowling presenta bajo el seudónimo de Robert Galbraith, ardid al que recurrió para evitar los prejuicios (y eso que, como se señaló anteriormente, por aquellos pagos no son tan reacios a que un autor escriba para diferentes edades), una vez las críticas estuvieron de su lado optó por dar un paso al frente, sorprendiendo a muchos que, al no haber leído las novelas con Harry Potter como protagonista (o conocer tan sólo las espantosas e infantilizadas versiones cinematográficas -porque las aventuras del mago, en contra de lo que suele decirse, no son para niños o para lectores de corto recorrido, más allá de la primera y, como mucho, la segunda-), pensaban que no sería capaz de trenzar historias complejas y adultas (como si los últimos tomos de la saga -que, a partir del cuarto, no descienden de las 600 páginas- no fuesen oscuros, barrocos, elaborados, una maravilla), puede que quedándose algunos en el indudable tropezón que supuso su primera incursión en la “literatura para mayores”, Una vacante imprevista (que no es desdeñable en su totalidad aunque pierda fuelle y precipite su conclusión); al margen de habérmelo pasado de miedo, he revalidado mi admiración por Rowling, por su capacidad para hacer soñar al lector, por su maestría para construir un edificio sólido, una narración de largo aliento que nunca se viene abajo, alguien que transmite lo bien que se lo pasa escribiendo, jocosidad que aumenta y se refuerza cuando se escribe también para los más pequeños, el público más exigente, el más difícil, el más leal, el que sabe distinguir y premiar lo que merece la pena (nunca olvidaré, de entre otros tantos que podría citar, un ripio que me sigue pareciendo sublime e inigualable, en el que tanta poesía se aprende, esa parte de El camello cojito en que Gloria escribe: “Acercándose a Gaspar, / Melchor le dijo al oído: / “Vaya birria de camello / que en Oriente te han vendido””. Sí, Marías, gracias a Gloria aprendí a no terminar todos los versos en alto y canturreando porque el tercero y el cuarto deben ser consecutivos para no perder el sentido y la cadencia de la frase, pero tal vez eso sólo puede captarlo un niño, alguien que se emociona honestamente y sin tener en cuenta lo que pueden decir los demás).

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