jueves, 15 de agosto de 2019

EL AÑO QUE NACÍ YO...







   Antes de que incluso los leales irredentos y ultragenerosos huyan despavoridos ante lo que parece anunciarse como otra matraca incontenible alrededor de mi ombligo, les ruego observen que el título del presente escrito se completa con unos puntos suspensivos, es decir, hay algo más, no se trata de remontarme a los romanos y hablar de lo que, por cierto, no puedo saber más que a través de otros, imposible tener memoria propia de lo sucedido aquel año que, eso sí, al haber nacido un 26 de febrero conocí (sin tener conciencia ni consciencia ni raciocinio) casi íntegro; más allá de (nunca serán veces suficientes) volver a agradecer la amabilidad, el interés, el tiempo que, así me lo hacen llegar en comentarios privados (queden para otro día, si acaso, los motivos particulares -es decir, con nombres y apellidos, que en algunos casos los hay, al menos no se ocultan tras avatares como alguno(s)- por los que opté por eliminar la opción de publicar comentarios en el blog, la posibilidad que permitía a cualquiera escribir -juntar palabras y faltas de ortografía sería más preciso- y soltar sus bravatas, infamias y demás detritos, insultando de un modo u otro a los autores que por aquí desfilan -algo que, por supuesto, jamás voy a consentir-, en lo que a mí respecta tengo las espaldas muy anchas y ya se desacreditan por sí solos estos especímenes que proliferan por las redes, no merecen mayor atención, tan sólo mantenerlos alejados o blindar en lo posible su campo de acción-), decía que no me cansaré de dar las gracias por la fidelidad de tantos que siguen estas memorias de lector (también insistiré en ello las veces que haga falta: no son reseñas -algo, por cierto, difícil de escribir bien y ajustándose a lo que deben ser tanto en el ámbito académico como en el periodístico, lo digo por alguna que pregona por ahí lo contrario, aunque no predique con el ejemplo ni nos ilustre con su sabiduría, simplemente cae en los desbarres y limitaciones que atribuye a los demás, generalizando como siempre, sobre todo en Twitter donde el espacio es muy limitado y las mentes bien se ve que aún más), saben que estos textos son muy personales y hasta íntimos pero siempre tomando como base y destino alguna lectura, dando (o procurándolo) prioridad a esta, a lo que ha provocado y despertado en mí, de ahí, retomo por fin el hilo, los puntos suspensivos del título ya que, al más puro estilo Imperio Argentina en Morena Clara (secuencia, por cierto, que ha pasado con todo merecimiento a la historia del celuloide), la sentencia se completaría con “…también nació JB” (sí, ni siquiera una intérprete de las facultades de la adorada Malena podría cuadrar la frase en la música sin parecer una oveja -al verse obligada a prolongar la “b” final-, pero no pidan peras al olmo, es decir, a este “compositor” nada talentoso-), que es el que importa hoy, no un servidor.

   Convendrá explicarse un poco más y, así, entraremos realmente en materia: JB es un personaje inventado por Jordi Siracusa, en realidad es un trasunto de quien él fue en su juventud, director de un hotel en la Barcelona de los 70, personaje que vio la luz literaria en 2018 protagonizando Hotel Manila y que ha regresado en 2019 con Los infinitos nombres del diablo, publicada, al igual que la primera de la serie, por Editorial Comuniter. Gracias a mi Pepa Muñoz y a Raúl de Casa del Libro en Gran Vía tuvimos la oportunidad de cerrar el curso en lo que a encuentros (en nada retomamos actividad, ¡madre mía, cómo viene septiembre, también octubre!) se refiere el pasado 4 de julio compartiendo conversación, escuchando absortos a Jordi Siracusa, magnífico narrador también en lo oral, con una enorme sabiduría para hacer confluir diferentes historias en una sola, para ir alimentado las distintas tramas, hablando de cómo la vida y la ficción van de la mano, novelando a partir de sucesos reales, tomando la Historia como punto de partida, permitiéndonos entrar en la trastienda de lo que escribe, en cómo planifica/articula sus creaciones, en su necesidad por comunicarse con los lectores, de ahí que mientras prepara una obra con muchas páginas y mucha tela que cortar (así se refiere a ella, emparentándola con Pingüinos en París (Bajo dos tricolores), novela de la que se siente especialmente orgulloso y no es para menos -publicada igualmente por Comuniter, ya va por su segunda edición-), una en la que lleva trabajando un tiempo y a la que calcula aún dedicará un par de años más, no queriendo perder el contacto, manteniendo viva y activa la llama literaria en el sentido de estar presente con nuevos títulos, se le ocurrió iniciar una serie policiaca inspirada, como se ha dicho, en él mismo, en aquel joven que llegó a director del Malina Hotel (hoy, Le Méridien, allí sigue el edificio, “en pleno corazón de Las Ramblas”), inventando tramas detectivescas en las que JB -Jordi Brotons, ese es el segundo apellido del escritor, Martínez de primero en el DNI-, se involucra/interfiere formando un tándem divertidísimo con el comisario Ripoll. JB, no creo que sea necesario remarcarlo, es, por supuesto, director del Manila Hotel, narrador de ambas novelas, alguien que retoma el contacto con quienes leyesen su anterior aventura o se presenta ante los que lleguen ahora de este modo: “Uno de mis sueños de niño era ser director de hotel, algunas lecturas, un par de películas y la atracción por esos lugares donde nada es lo que parece y los viajeros pretenden convertirlos por unos días en su hogar, me parecía fascinante. Tanto, que no paré hasta conseguirlo. Lo que no sabía entonces es que un hotel es algo más que un lugar de paso, es el lugar donde habita la parte aventurera de cada uno de nosotros, un lugar para los ensueños, los divertimentos, el reposo del viajero… y para algunas pesadillas”.

   Jordi se divierte (y el auditorio lo celebra y comparte las carcajadas, bien motivadas por la sorpresa o por la constatación de una sospecha, por el eterno juego literario envenenando dulcemente la vida -o viceversa, que uno nunca tiene claro qué afecta más a qué-) confesando que es él quien aparece en la portada de Manila Hotel (y lo hace, por cierto, mientras mantiene la misma pose, colgué en su momento una foto en Instagram que daba testimonio de ello) y afirmando que más cosas de las que podemos pensar/creer, no sólo las obvias, están tomadas de la realidad, pasaron más o menos del modo en que aparecen reflejadas en la novela (tanto en aquella como en Los infinitos nombres del diablo), que a veces se ha limitado a dar cuenta/tomar nota, que indudablemente hay ficción (pero le vuelven a brillar los ojos mientras matiza “hay algo de ficción”) pero con abundante base histórica (dicho tanto con mayúscula como con minúscula), si para presentar(se) a JB partió de la destrucción del Sussex en 1916 en la que murieron, entre otros, Enrique Granados y su esposa (el Manila tenía una sala dedicada al compositor en la que se conservaban su piano y la mascarilla de su rostro), en esta ocasión se centra en el enigmático Codex Gigas, a cuya creación dedica algunas de las páginas más apasionantes, espeluznantes y deslumbrantes de la novela, cuya leyenda/realidad recrea/reconstruye con vigor y emoción, integrando perfectamente la Historia en la historia y una narración en la otra para lograr un conjunto muy equilibrado (incluso, si me apuran, uno reclamaría alguna escena más en el siglo XIII, aún entendiendo que no aportaría nada -pero las escribe/describe tan maravillosamente (lo mismo que el resto) que supondría aumentar el deleite-): “Un códice gigante que contenía toda la sabiduría humana y que tenía unas proporciones extraordinarias. Con tremendo esfuerzo depositó en el suelo de su celda el último cuadernillo. Lo acarició, era el postrer capítulo con el contenido de todos los libros y sabidurías que la Orden Benedictina le había proporcionado. Entre las páginas del códice estaba la regla de San Benito; las traducciones latinas de Flavio Josefo y su “Historia de los judíos”; el Antiguo y Nuevo Testamento; la Etimología –Etymologiae u Originum sive etymologiarum libri viginti-, los veinte libros de San Isidoro. Tres tratados médicos dedicados a la medicina práctica, escritos por Constantino el Africano, otro monje benedictino. Otros ocho libros médicos, Ars medicinae, de origen griego y bizantino, utilizados como libros de texto para la enseñanza de la medicina. “La Crónica de Bohemia”, escrita por Cosmas de Praga. Santorales, calendarios, listas de benefactores y miembros de la comunidad monástica; esquelas; antiguas historias; curas medicinales y encantamientos mágicos. Una confesión de los pecados y una serie de conjuros, entre otros textos y escritos. Todo profusamente iluminado y con dibujos de la mano del autor, incluido uno de Belcebú y que sólo Herman conocía el porqué de su terrorífico relato”.

   Los infinitos nombres del diablo se inscribe en la noble tradición de la novela policiaca/detectivesca/negra más ortodoxa en el sentido de plantear una intriga y estar atenta sobre todo al entretenimiento del lector, también en el hecho de tomarse el género muy en serio, que debe leerse con ligereza no significa bajar la guardia como escritor, por ahí respiran Simenon o Chandler, también cumple con el canon al retratar una época, un momento, una sociedad, concediendo la misma importancia (y ahí reside parte de su encanto y de su altura literaria) a lo sociológico (y si se quiere político) que a lo que debe resolverse. Al haber sido testigo de lo que cuenta, Jordi transmite con pequeños pero abundantes y reveladores detalles la atmósfera/realidad de la Barcelona de 1971, hace una evocación muy vívida que tiñe de nostalgia sólo lo justo, entroncando por ese lado social tanto con autores que han magnificado el género cada uno con su estilo y sus maneras, siendo notarios de lo que estaba pasando/pasa (inevitable evocar a Vázquez Montalbán, González Ledesma o Giménez Bartlett) como con los que han hecho memoria o han servido para ello al contarnos su presente (Marsé, Terenci, Maruja Torres, Merçe Rodoreda, las gentes del Bocaccio, escenario fabuloso e ineludible que Siracusa evoca/invoca con honda emoción). Como se apuntó al principio, Jordi tiene muy claro que la serie va a continuar mientras continúa con sus grandes proyectos, su intención es publicar un título de JB al año siguiendo, además, la cronología, es decir, el que ya tiene casi preparado transcurrirá en 1972, el cuarto en 1973 (y le pido que, por favor, haga un guiño a su homónimo, es decir, al J. B. de Torrente Ballester que apareció ese año) y así hasta, al menos, 1980, por eso me he vinculado tanto al personaje, al fin y al cabo hemos nacido el mismo año, puesto que la acción de Manila Hotel sucedía en 1970, lo de menos es que él lo haya hecho con la edad suficiente para protagonizar esta serie que, a buen seguro, va a seguir proporcionando disfrute y provocando admiración.