martes, 18 de noviembre de 2014

HABLAR EN PASADO, SENTIR EN PRESENTE (Y EN EL FUTURO)



  




    Hay que volver a escribir, por supuesto; de hecho, la última conversación coherente y lúcida –porque así se mantuvo hasta menos de veinticuatro horas antes de su muerte-, las últimas palabras que cruzamos que no hiciesen referencia a su enfermedad y al estupor/incomprensión/aprensión porque su estado no mejoraba (con temor por mi parte, con cansancio por la suya –pero sin imaginar que el cruel desenlace estaba tan cerca, casi nos tocaba con los dedos-) versaron sobre mi futuro profesional, sobre un nuevo proyecto que empieza a cristalizar, sobre las posibilidades que se iluminan al fondo del túnel, sobre mis artículos junto a Pablo, sobre la entrevista que mantuve con Mayra Gómez Kemp, en definitiva, vigilante, paternal, preocupado hasta el final por todos nosotros. Y aunque no querría este regreso (sigo sin creerme del todo que lo sucedido hace una semana haya tenido lugar, rememoro –todavía sangran con profusión, esas heridas no restañan tan rápido, no lo hacen nunca aunque el caudal disminuya- lo vivido desde el pasado lunes y me parece estar teniendo una pesadilla, alucinaciones, percibo la realidad como con sordina, con imágenes distorsionadas en los bordes, nimbadas para que un espectador perciba que sólo pasan en la mente del que las evoca o proyecta), aunque jamás pensé que todo se precipitase de esta manera y que el siempre abrupto final (por mucho que lo intuyas, aunque te lo pronostiquen, jamás llegas a poder hacerte a la idea, ocurre a destiempo) nos dejaría la sensación de haber sido estafados, necesito poner algunas palabras en negro sobre blanco, intentar dar cauce a tantas emociones como se me han agolpado, manifestar mi agradecimiento por tantas muestras de cariño, de interés, de aprecio, de amistad, de amor, ser la persona de la que mi padre pueda estar orgulloso siempre.
   Cuando Pablo se inclinó sobre mi cama para decirme que mi hermana (que iba esa mañana porque era festivo en Madrid) había encontrado muy mal a mi padre cuando llegó al hospital para estar con él durante la comida (manejaba los cubiertos, masticaba, rechazaba lo que no le gustaba, se quejaba de que la sopa no tenía sal, es decir, aún tenía autonomía aunque cada vez estuviese más débil y con alguien acompañándole estaba más cómodo y parece que se obligaba a ingerir algo más -¡Él, que nunca tuvo problemas de apetito, ahora rechazaba casi todo porque o su cuerpo no lo retenía o le costaba mucho esfuerzo tragar o no se veía con ánimos para afrontar como poco una mala, larga y muy pesada digestión, eso por no hablar de otras secuelas!-), que incluso había avisado a mi madre –en cuanto le acostaron, ya que estaba en el sillón pero, al contrario que en días anteriores, pidió que le tumbasen porque los dolores habían regresado con virulencia y ensañamiento, aunque mi hermana ya lo había hecho, él se lo pidió, quería que mi madre estuviera cerca, su cuerpo debió advertirle de que entraba en barrena y que ahora al menos era capaz de reconocer y comunicarse con los demás-, cuando Pablo rompió mi descanso –al que me obligaba porque el resto del tiempo se iba en llamadas, preguntas, idas y venidas al hospital- reviví el fatídico minuto en que, apenas un año antes, hacía algo similar porque le avisaban desde Coruña del fallecimiento de su padre (que también ocurrió a traición, único modus operandi que conoce la parca), memoria reciente y lacerante que nos ha atenazado desde que el diagnóstico del mío dejó de ser una suposición, un sobresalto, una sombra ominosa y la quimioterapia se convirtió en una palabra de uso común, en la cruda realidad, en la aparente única solución, orfandad que Pablo puso a buen recaudo para acompañarme, acunarme, sosegarme, allanarme el camino, ocultándola, refrenándola para que la mía se fuese aposentando, consintiéndome desánimos, ahogos, rabia, lágrimas, siendo un bálsamo, un cobijo, un apoyo indispensable, un escudo protector, dando muestras de una generosidad inagotable, callando su dolor, amándome más allá de lo que creo merecerme, derrochando toneladas de afecto a las que jamás podré hacer justicia ni corresponder como debería, como él se merece. Y aunque la situación era grave parecía estable, controlada, no nos hacíamos falsas ilusiones, conocíamos el alcance del enorme tumor, su voracidad, su implacabilidad, pero todo hacía pensar que aunque imparable se mantendría un tiempo adormilado, atontado, noqueado por el tratamiento, pero parece ser que sucedió todo lo contrario y que, como ellos tampoco saben a qué se enfrentan, como el enemigo es esquivo, mutante, imprevisible, los propios médicos (especialmente la oncóloga que le correspondió, también los de guardia que asistieron a su rápido deterioro, a su consunción, sin falseamientos pero con ese irritante vocabulario placebo que parece ser el único que usan en esa planta y con esos enfermos, abusando de los diminutivos, con soniquete animoso, mientras que los auxiliares, el personal de enfermería, el que verdaderamente brega cada minuto, el que conoce el alcance de la enfermedad sin necesidad de escáneres, el que conforta, auxilia, responde, se implica, mientras estos grandes profesionales hacen el trabajo sucio y dan la cara) se vieron superados, impotentes, incapaces y, tras unas horas malas en las que se impuso el oxígeno pero en las que fue capaz de merendar y de responder con criterio y entereza, en las que conservaba su genio, empezó a perder la noción, precisó sedación porque se agitaba por los dolores que le carcomían, entró en delirio, a veces abría los ojos tan campante y preguntaba por qué no nos íbamos “si ya hemos pagado” o “cuándo se termina este trabajo” en referencia al oxígeno que le molestaba en la nariz, para no volver a decir nada con una mínima coherencia, ninguna palabra comprensible más allá de gemidos, estupor, agitación en lo que creímos era el momento definitivo aunque éste aún tardó varias horas en producirse (pero, al menos, después de ese episodio, aumentaron la dosis de morfina y empezó a respirar con cierta calma, que fue en progresión según se iba apagando hasta que, imperceptiblemente, en un momento dado fuimos conscientes de que ya se había marchado).
   Fue un padre que respetó nuestra independencia, que recriminó muy pocas cosas, que se guardó muchas para no discutir, que evitó malos tragos, que procuró mantener la concordia, que se entregó a los demás, que cuidaba y atendía a todo el mundo, tal vez no fuese el más cariñoso, el más expansivo, pero nunca faltó una palabra de aliento, de celebración por nuestros logros, de apoyo o de consuelo, alguien que intentó comprender antes de juzgar, en palabras de mi sobrino fue “el mejor abuelo que un niño ha podido tener”, así se lo susurraba mientras aferraba su mano para calmar su agonía, a su lado tal y como siempre estuvieron (con él iba al parque por las tardes, él le recogía del colegio –excepto un breve periodo en que lo hacía yo porque Radio Intercontinental está muy cerca del Liceo Italiano donde Alberto ha estudiado hasta el pasado junio-, con él ha compartido muchas horas, él ha sido su figura paterna y eso es algo que dice su propio padre), mientras íbamos asumiendo y enfrentándonos a la situación, a ratos llorosos, a ratos temblorosos, rememorando anécdotas, intentando descansar algo para cuando nos necesitase, procurando que mi madre estuviese cómoda (aunque era la más tranquila: se había estado despidiendo de él en las horas previas), el niño (siempre será tal por mucho que tenga dieciocho años y esté en la Universidad) se mantuvo muy cerca, mirándole la cara, con una entereza envidiable, sostenido por el amor que había recibido, el mismo que ahora le entregaba diciéndole “¿ves lo bien que lo has hecho? Aquí estamos todos, no vamos a dejarte solo, hemos venido a acompañarte”, conmoviendo y emocionando, demostrando que la herencia de dignidad, bonhomía y nobleza había sido comprendida, utilizada, revivida. Y, por supuesto, los amigos, los que así han de ser llamados porque lo demuestran sin que nadie les exija nada, estando, siendo, anulando desencuentros, derribando distancias, poniendo por delante a la persona, sin cicaterías, arrasando muros, tendiendo puentes, dando sin reclamar nada, queriendo, dotando de contenido y aliento una palabra, una frase, un abrazo, un mensaje, una llamada (y cómo quedan al descubierto los falsarios, los inanes, los que sólo buscan sonrisas, los de conveniencia). En estos momentos duros, aunque uno quiera distancia y soledad, los amigos sinceros están al acecho por si pueden ayudar, saben respetar mi espacio, ese en el que sólo necesito a Pablo (y a Dobby), pero que ellos ayudan a construir y preservar, en el que saben son bienvenidos porque, sin duda, son parte del legado de mi padre: mantener cerca a tantas buenas personas que dan calor, estrechar esos lazos y forjar nuevas alianzas, saber vestirse por los pies y comportarse de manera que los inevitables errores tengan cada vez menos incidencia, no perturben las relaciones (antes al contrario, las refuercen), eso es algo que aprendí de él y a lo que nunca renunciaré (y como se queda dentro de mí, como ya voy notando cómo busca su acomodo, recurriré a su juicio cuando tenga alguna duda).

martes, 4 de noviembre de 2014

UNIDOS POR UNA GABARDINA



  



 Si se trata de evocar a cierto personaje, ¿cómo no tararear aquella ingeniosa y certera letra, la segunda sevillana de la en su momento popularísima composición de Pepe da Rosa conocida como Los cuatro detectives? Como en otras afortunadas ocasiones, el humorista ponía su atención en lo que tenía éxito en la pequeña pantalla (con el tiempo pasarían por su peculiar, jocoso y pegadizo sentido del humor el mítico J.R. –incluso lo parodió en dos películas- y el resto de la familia que protagonizaba Dallas o aquellos lagartos extraterrestres que paralizaron el país durante varios sábados con la serie V) y glosaba entre palmas y jaleo las andanzas de cuatro investigadores que tenían un amplio número de seguidores y maneras muy particulares de afrontar las pesquisas necesarias para resolver el misterio planteado al inicio de cada episodio: Kojak, Colombo, McCloud y Banacek –aunque, siendo sinceros, este último, a pesar de estar encarnado por George Peppard, aumentó su fama gracias a que el sevillano lo incluyó, tal vez para poder hacer el baile completo, en su letrilla triunfal-, cuatro personajes que nunca coincidieron en pantalla –a no ser que haya por ahí un crossover que yo desconozca, que todo puede ser-. Pero, como digo, nos quedaremos sólo con uno, con la gran creación del no menos portentoso Peter Falk, el teniente Colombo al que da Rosa retrataba así: “El pobre tiene cara de aburrío / y llega con colilla y encogío. / Pregunta por el dueño de la casa / y luego que le cuenta lo que pasa / no queda convencío. / Se pone a rastrear, que no se fía, / igual que un perro en una cacería, / se mete por el ojo de una aguja, / se fija en una simple tontería / y da con el granuja”. Y lo cierto es que ese es el método anárquico (aparente oxímoron que Colombo transforma en real y efectivo) de este teniente que parece a punto de dormirse, descuidado y desastrado, cabezota, risible, torpe, en realidad observador de precisión, detector de la perturbación más mínima, del detalle inapreciable, poseedor de un olfato capaz de percibir las anomalías imperceptibles, sabueso que enreda al asesino para que se delate él solito; desde bien pequeño ha sido uno de mis favoritos, contagiado por el entusiasmo de los tíos (aquí no había discrepancias), predilección a la que se sumaba el hecho de que la hermana de su doblador (el fantástico Jesús Nieto, quien también fuese la voz de Lou Grant, el que sería escogido por el mismísimo Steven Spielberg para interpretar en castellano a Anthony Hopkins en Amistad –lo único reseñable del film-) era una buena amiga de la familia: no hace mucho he repasado (en realidad, por los años transcurridos, descubierto) la segunda temporada de la serie, una de las pocas por no decir la única que veo doblada para deleitarme con el modo en que Jesús recrea, reproduce, capta, hace su propia interpretación de la ronquera de Peter Falk, interpretando, aportando, respetando y, precisamente el día en que vi el último capítulo, tuve oportunidad de conversar con Clara Peñalver y de compartir entusiasmo por el detective Colombo.
   Aquellos que conocieran a Ada Levy en Cómo matar a una ninfa están de enhorabuena porque Debolsillo presenta un nuevo título con ella como protagonista, la ciertamente adictiva El juego de los cementerios, título que consolida a Clara Peñalver como autora con universo propio, como escritora que sabe imprimir su sello a las convenciones necesarias en el género, a alguien que no lo malea, lo distorsiona, lo utiliza como excusa, sino que demuestra conocerlo, quererlo y le aporta nuevos bríos. La joven escritora (es tan sólo su tercer título publicado y, para un dinosaurio como el que suscribe, Clara es insultantemente joven –le llevo trece años, ustedes dirán-) dio vida a Ada sin pensar que el interés de los lectores le haría regresar a ella tan pronto, “de hecho, me planteé la primera como una novela suelta, como única, aunque en mi fuero interno estaba la intención de que el personaje pudiese madurar, desarrollarse, ayudándome en mi trayectoria, porque la concebí como línea de crecimiento y por eso tiene tantas carencias emocionales, es una persona con demasiados cabos sueltos: necesita madurar, por eso es tan estridente, tan alocada, un poco como Colombo que saca de quicio a cualquiera pero consigue su objetivo” (y aquí nos detuvimos a echar unas risas y a comentar algunas jugadas del detective televisivo); aunque puede leerse con independencia y sin conocer lo sucedido en la novela anterior, El juego de los cementerios viene a completar, resolver, ampliar, ahondar en las personalidades presentadas en Cómo matar a una ninfa, el particular laboratorio de pruebas de esta bióloga transformada en escritora… o al revés: “En realidad, como tantas veces, lo que primero nació fue la niña con inquietudes literarias: ya con sólo 13 años emborronaba hojas, jajajaja. Pero no reniego de mi carácter de bióloga, es lo que soy por elección, y fue una carrera que me enseñó mucho, que me formó, que ha determinado mucho más de lo que pueda pensarse mi manera de escribir”. Al margen de la evolución de sus caracteres y de la complejidad argumental en lo que a emociones se refiere, el máximo acierto de Clara es cómo envuelve al lector desde los primeros compases de la narración, especialmente con el gran hallazgo que supone el hecho que da título a la historia, es decir, el propio juego de los cementerios, el hallazgo que inquieta a Ada, la circunstancia que la empuja a meterse en la boca del lobo (algo, por otro lado, a lo que ella tiende casi como modo habitual de comportamiento): “Lo cierto es que ese escenario, los cementerios, andaba dando vueltas por ahí desde hace tiempo, lo mencionaba de pasada en mi anterior novela, el germen ya estaba porque iba rumiando la idea de crear un asesino en serie lo más potente posible y pensé que nada mejor que ocultar sus crímenes en medio de tanta muerte. Y luego está nuestro paisaje, fecundo en cementerios pequeños, con esa aureola entre romántica y morbosa, por un lado son atractivos, por otro sobrecogen, y hay tantos abandonados en los que cualquiera puede colarse… bueno, por ahí empecé a tirar del hilo y mira en qué jaleo metí a la pobre Ada, jajaja”.
   Clara Peñalver escribe muy pegada a la realidad, siguiendo de alguna manera y a su modo la senda de los magníficos autores que transformaron y lo siguen haciendo el género negro en cualquiera de sus variantes en algo netamente español, actualizando y bebiendo de Vázquez Montalbán, Giménez Bartlett, González Ledesma y otros tantos, sin perder el ritmo, sin descuidar la tensión, plegándose al esquema de lo que se entiende por novela policiaca (sin que eso suponga un demérito o una pérdida de identidad), pero aportando una nueva mirada, otros escenarios, tan reconocibles como aquellos en los que investigan Héctor Salgado, Lic Salinas o Bevilacqua y Chamorro, las criaturas de Toni Hill, Pedro Casals y Lorenzo Silva: “Me obsesiona el realismo, especialmente en lo que a emociones se refiere, por eso me resulta más fluido escribir en primera persona, para poder encauzar desde el personaje lo que siente. Y en cuanto a la verosimilitud de la historia, lo más complicado es insertar a una detective privado ya que, como se explica en la propia novela y esa circunstancia provoca que la trama se construya de cierta manera, en España los detectives privados no pueden investigar delitos, no tienen competencias. Pero no hay mal que por bien no venga porque así tengo a Andrea para que cubra ese hueco y al tiempo amplío el abanico de personajes y de traumas porque, lo reconozco, todos están muy tocados emocionalmente”. Y es precisamente esta particularidad la que más enganche provoca en el lector, ya que, sin perder de vista el misterio de las lápidas iguales y los interrogantes que la propia investigación va ampliando en lugar de resolviendo (al menos durante el tiempo necesario para el conveniente despliegue de la historia), el modo en que Ada, Andrea, Hugo, Enrico, Carmina o Flor van abriéndose ante nuestros ojos aporta interés, ganas de saber más, nos sacude al diseccionar miedos, obsesiones, ausencias, debilidades que todos hemos tenido, tenemos, tendremos o reconocemos a familiares, conocidos, amigos, personas como nosotros: “El recurso de que la novela esté escrita a instancias de su psicóloga, el hecho de que hable de lo que ya pasó, me ayudó para colocar a Ada en la posición en la que me parecía más atractiva, es decir, en el momento en que cree haber tocado fondo y se da cuenta de que no puede afrontarlo sola, que necesita ayuda, o sea, como cualquiera por mucho pudor que nos dé reconocerlo. Y en ese sentido, tanto para mí como autora como para los lectores fieles, también quería dejar resuelto el pasado de Enrico, que Carmina pudiera explicarse o entrar en el proceso de duelo en que se enroca Flor, un personaje que me toca muchísimo porque la tengo cerca, la conozco y es que necesito creerme la historia, tocar tierra, es la manera en que me enfrento al texto”.
   La auténtica columna vertebral de El juego de los cementerios es la relación entre Ada y Hugo, esos personajes que duelen por lo mucho que se aman y lo poco o mal que saben expresarlo: “Hugo es mucho más maduro que Ada, incluso demasiado, por eso es incapaz de gestionar su amor, se ve impotente, no logra acertar, mientras que ella no sabe cultivarlo, lo descuida, lo da por hecho”; es una pareja que vive en un permanente callejón sin salida y que, en realidad, están condenados a no entenderse, a manejar códigos antagónicos, a vivir en permanente inestabilidad, por mucho que se idolatren, se deseen, se adoren: a la larga, sólo son capaces de hacerse daño, de vivir en un círculo vicioso que les destruye, echándose de menos hasta el delirio, faltándoles el aire ante el profundo acantilado que los separa, buscándose en cada respiración, pero teniendo que afrontar que la convivencia, la simple cercanía, es nociva, asfixiante, letal. Es por todo eso, por ese viaje al epicentro del corazón, por lo que uno termina El juego de los cementerios preguntándose si sabremos más sobre Ada Levy, si Clara Peñalver ve ahora más factible el hecho de que ha nacido una serie, y resulta que la autora puede responder a esa inquietud al tenerla delante: “Como te decía, necesito a Ada para seguir aprendiendo y puedo prometer que, al menos, va a haber una novela más, aunque tengo muy claro que para ella pueda madurar de verdad necesitaría como mínimo dos”. Estaremos muy atentos a sus próximos movimientos.

miércoles, 29 de octubre de 2014

LA RADIO, MI BANDA SONORA








  Ya se sabe que la memoria es bastante caprichosa; sí, se puede ejercitar, hay quien la tiene más en forma, más fresca, más rápida, más activa (lo que a veces, sencillamente, demuestra un interés en lo vivido, en lo que hacen o te cuentan los demás, en sus personas –muchos de esos que se justifican con un “es que no tengo memoria” demuestran su indiferencia, su despreocupación por lo que no sea su ombligo o lo que pase a través del mismo-), pero en realidad nunca comprenderemos del todo su mecanismo, nunca sabremos cómo ampliarla, hay datos que se quedan anclados sin ningún esfuerzo (especialmente ese conocimiento inútil que tan brillantemente acuño y expuso Jean-François Revel, tomado en cualquiera de sus posibles interpretaciones y direcciones) y otros escurridizos, que no quedan bien fijados, que jamás conseguimos aprehender para utilizarlos cuando sea preciso. Si bien es cierto que puedo presumir de una memoria bastante privilegiada, ya me hubiese gustado atesorar fechas, nombres, batallas, hechos, leyes, personajes a la hora de estudiar Historia en cualquiera de las asignaturas que en parte padecí a lo largo de mis años académicos (y lo mismo, agudizado por la escasa o nula motivación que me provocaban, sirve para tantos temarios abstrusos anegados en la teoría, sin ninguna practicidad, transmitidos con tono monocorde y sin dotarlos de utilidad con los que pasé tantas horas robadas al sueño con los codos hincados en la mesa, convenciendo a mi memoria de que, al menos, se quedase con lo principal, con lo suficiente para aprobar), poder recordar a las primeras de cambio determinadas circunstancias del modo en que, sin hacer casi intención, recuerdo directores, repartos, años de producción, premios recibidos, obras literarias, cuándo se editaron, autores teatrales, coliseos en los que vi tal función, es decir, todo aquello que constituye una de mis principales razones de ser, la literatura, el mundo del espectáculo, la cultura (aunque se me borran con suma facilidad argumentos, detalles, secuencias, momentos, memorizo menos de lo que pueda parecer pero, por otro lado, eso regala el placer de revisar, redescubrir, seguir explorando, no perder el interés ni la posibilidad de disfrutar una y mil veces). El caso es que, por esos azares del recuerdo, me veo como si estuviera sucediendo ahora mismo frente al televisor con cinco o seis años, riéndome con los avatares del oso Yogui y, de repente, pensando “qué divertido tiene que ser hacerlo”, creyendo que alguien se vestía con el dibujo, se disfrazaba y aparecía tan divertido y pimpante ante nuestros ojos, no comprendiendo todavía qué era la animación, sabiendo que no era real pero suponiendo que eran personas las que le otorgaban vida (y, sí, es lo que sucede pero no de la manera que yo intentaba desentrañar –vamos, que no era uno de Los Chiripitifláuticos, por poner un ejemplo cercano, el que terminaba su espacio y se vestía de oso Yogui u otro personaje similar para intentar huir del guardabosques y zamparse el contenido de la cesta hurtada a algún excursionista-). Del mismo modo, y es algo que conté en muchas ocasiones delante del micrófono, miraba a cualquiera de las radios que hubiese en casa con un cierto estupor (y con fascinación, no hay que negarlo, el germen de mi pasión estaba muy bien sembrado aunque tuviese que llegar a mi vida mi querido Mairena para que le diese curso), intentando atisbar dónde se ocultaban los que hablaban por ahí, de qué diminutos locutores eran esas voces, cómo era posible que cada mañana me levantasen a los compases de Radio Hora “a través de EAJ2, Radio España, hablamos Carlos Sáinz, Ferrera Álvarez y Enrique Dausán”.
   Y es que la radio fue siempre una buenísima compañera en mi casa desde, como digo, este mítico programa que anunciaba la hora minuto a minuto “con información de interés general” y mil contenidos curiosos, entre ellos el ansiado “cuento corto de hoy” que se extendía en unos diez o doce bloques de menos de un minuto y que, empezando a las ocho y media, marcaba con precisión el ritmo adecuado para, una vez concluía, salir pitando hacia el colegio. Después, durante tantas tardes, bien con la abuela, bien con la tía Carmen, durante la merienda, alternando con la programación infantil de TVE, en medio de los deberes, Peticiones del oyente en Radio Intercontinental, con las últimas de Manolo Escobar, algún bolero de Machín y, durante el periodo de emisión de la serie, la versión del Dime, abuelito con que se iniciaba Heidi a cargo de Los Mismos (con esa Helena Bianco vocalizando y matizando como si estuviera interpretando un aria –todos canturreábamos “qué sonidos son losque oigo yo”, pero ella decía muy solemne “los que oigo yo”, separando las palabras con énfasis-); ¡quién iba a decirme que años después pasaría algunos de los momentos más entrañables y fantásticos jamás vividos en un estudio, que me forjaría como hombre de radio en esos mismos micrófonos, incluso conociendo, coincidiendo, compartiendo las ondas con Ernesto Lacalle, Pilar Gasset, María Elena Domenech o el mismísimo Fernando Forner, aprendiendo casi todo lo que sé de ese medio, gozando como un enano –claro, por eso hacía radio, por lo pequeñito, al final tenía razón y resolví el misterio-, ganando para siempre un maestro, un compañero, un amigo como Miguel Ángel Yáñez, que mi debut profesional –sin renegar del bautismo necesario en Radio Condado, gracias a Mairena como dije, empujón definitivo para comprender que la radio debía ser mi objetivo prioritario-, mi experiencia se asentaría y alimentaría en Radio Intercontinental! Y no puedo olvidarme de aquella Radio Cristal perteneciente a la rueda de emisoras Rato, sita en Velázquez 54 (donde empezaría a descollar tiempo después Onda Cero), con ese programa de sobremesa, En español presentado por José Antonio Rojo y Mercedes Revuelta (la actual esposa –bueno, desde hace mucho- de Jorge Verstrynge… ¡Lo que es la vida!), del que la tía y yo éramos rendidos admiradores, en el que participamos telefónicamente en tantas ocasiones, motivo por el cual visité un estudio de radio por primera vez (con doce o trece años) sin poder ni siquiera intuir que se convertiría en una rutina, en un suceso cotidiano, en algo habitual, en mi futuro (ritual que , aunque sólo haya sido como invitado, pero con sumo placer porque ha sido para presentar nuestros libros y así hemos podido estar de nuevo juntos frente al micrófono Pablo yo, he podido seguir cumpliendo a veces -¡Incluso en Radio Exterior gracias a la querida Teresa Montoro!- por mucho que cierto poeta huero haya procurado que eso no suceda –y da igual, hermoso, porque el arpa seguirá sonando y no podrás impedirlo-). Mi padre se dormía escuchando la SER y, así, mientras preparaba apuntes, empezaba un somero repaso, revisaba libros, esperaba que la casa estuviera en silencio para ponerme a estudiar (siempre he sido muy noctámbulo: me daba mejor resultado acostarme tarde que, como hacían otros compañeros, ponerme el despertador tres horas antes de salir para el instituto o la universidad), ponía una oreja en Hora 25, desconectaba con El larguero y, a veces, dependiendo de en qué momento me pusiera a la tarea, me dejaba llevar por la siempre admirada voz de Carlos Herrera y su universo coplero (aunque haya muchas cosas que pueda censurarle, aunque no comparta todo lo que dice ni cómo lo dice, sigue siendo uno de mis ídolos, un periodista versátil, carismático y con redaños); alteré horarios, rechacé algunas propuestas, hice todo lo posible por no perderme (desde que lo descubrí gracias al histórico, añorado y envidiado programa matinal de Jesús Hermida en TVE –sabía que existía pero, vaya usted a saber por qué, nunca me había llamado la atención-) Apueste por una en Radiocadena Española con María Teresa Campos y Patricia Ballesteros hasta vivir su abrupto final en marzo de 1989 cuando sus últimas emisoras se integraron definitivamente en RNE para transformarse en Radio 5.
   Podría seguir mucho rato enumerando recuerdos vinculados a la radio, más incluso como oyente que como participante, pero por un lado se me está acumulando demasiada nostalgia, demasiado dolor por un tiempo que siento demasiado lejano e irrepetible: he dejado de escuchar radio, no me satisface, aún noto la herida sangrando, y no por considerarme imprescindible, sino por conocer demasiado sus entresijos personales y políticos, quiénes son los que mueven los hilos (y cómo los mueven), el modo en que alguno mantienen su parcelita a buen recaudo, la manera en que profesionales a los que nadie puede negar su preparación, su experiencia, su sabiduría, han sido puestos en la picota, los silencios cómplices, los gestos y/o declaraciones que son sólo eso, que buscan la foto precisa y conveniente a unos cuantos, el “compañerismo” que destilan, ejercen y reclaman los sindicalistas, los mismos que pactan con la empresa sin tener en cuenta a nadie más, por no poder evitar en demasiadas ocasiones la arcada (sé que pagan justos por pecadores, pero la norma, lo más abundante, la generalidad de lo que se emite me provoca estos y otros efectos secundarios con sólo dejar sonar un minuto alguna emisora al azar). Y, además, como suele ocurrirme, me desvié muchísimo de mi objetivo inicial porque mi evocación de la radio (para la que tampoco necesito ningún estímulo especial: está ahí, latiendo intensamente a cada momento) estuvo propiciada por una lectura muy agradable, la de Los maletines de Juan Carlos Méndez Guédez, novela publicada por Siruela, en la que uno de sus protagonistas ha trabajado durante bastante tiempo en la radio nocturna y, un buen día, casi sin esperarlo aunque en parte intuyéndolo por la realidad que se vive en Caracas a la que él no es ajeno, más aún desde su atalaya profesional, se ha visto fuera de la emisora (¿Comprenden el porqué de mi empatía con este personaje, amante de la cultura y homosexual para más señas, también profundo conocedor del mundo del boxeo, algo que me es totalmente ajeno por mucho que el tío Miguel y la abuela fuesen grandes aficionados?). El autor presenta su historia con un prefacio ciertamente revelador –“Aunque como afirmó Benoit de Sainte-Maure: «No digo que algo propio no añada», los hechos ficticios aquí relatados son reales y los hechos reales son ficticios. El autor se excusa porque quizás ha imaginado unos y otros. Cualquier semejanza con la ficción es una buscada coincidencia”-, dejando claro el tono entre burlesco y satírico con el que el venezolano disecciona (con menciones que no dejan lugar a dudas, eligiendo detalles y personas que podemos encontrar en la hemeroteca, sucesos reconocibles, ocultando tan sólo el nombre de cierta bicha “que nos envenenó la existencia y nos trajo tan mala suerte a mí y al país” –Chávez es el gran ausente/presente, el que sobrevuela por las casi 400 páginas que se leen de tirón-) la realidad de su país, usando los mimbres de la novela negra para construir una narración muy ágil, satisfactoria para los amantes del género que sólo buscan distracción, misterios, enigmas, que sabe enriquecerse con la crítica social, con el espejo deformante pero certero que ha caracterizado a este tipo de novelas desde sus inicios, con el peculiar y un tanto cínico sentido del humor que imprime un carácter propio, muy atractivo y admirable, a la prosa de Méndez Guédez, una manera de abordar el policial muy característica de los del otro lado del Atlántico (podría recordarse la vibrante Betibú de Claudia Piñeiro para, así, echar un borrón sobre la inane adaptación fílmica estrenada no hace mucho en la que, precisamente, se perdía la gracia, la humorada, la verdadera esencia de novelas de este tipo).
   Los maletines dosifica con acierto unas cuantas sorpresas, primando lo cotidiano, lo íntimo, el absurdo en que vive inmerso un tal Donizetti (llamado así por un equívoco de su padre en torno a la autoría de un aria que le fascinaba), haciendo un retrato muy vívido de lo que sucede en las calles caraqueñas, buscando más la carcajada y el estupor que la tensión y los interrogantes, pero sabiendo combinarlos a la perfección para construir un puzle compuesto por piezas imprescindibles, en que las dos líneas argumentales interactúan con brío y dominio hasta que conforman una sola, aunque manteniendo su independencia y particularidades: Manuel, el que fuera afamado locutor, refugiado, sepultado, olvidado, escondido en la zapatería de sus padres, la misma en la que ayudaba cuando era estudiante y compañero de correrías de Donizeti, habla en primera persona, es incisivo, hiriente, a veces déspota, a ratos rencoroso, pero por encima de todo un amigo que sabe responder a lo que esta palabra debería significar; la parte de su compañero corre a cargo de un narrador omnisciente, de un Méndez Guédez que no se oculta, que aporta su sorna, su dolor, sus opiniones, que establece un diálogo soterrado pero apasionante con lo que hace contar a Manuel. De este modo, nunca puede predecirse qué va a suceder a continuación, qué nueva pirueta va a trazar el autor, pero de lo que podemos estar seguros es de que va a encontrar como salvación la mullida red de una escritura cincelada con mimo, con paciencia, que conserva su espontaneidad, su fluidez, su velocidad, una espléndida muestra de cómo un escritor aprovecha los esquemas de un género en beneficio propio y les da otro rumbo, otro contenido, un toque personal, una voz que conviene ser escuchada (bueno, leída, es que con lo de la radio ya saben ustedes que siempre tiro al monte).

viernes, 24 de octubre de 2014

LO QUE CUENTA UNA MUJER





   Cada uno tiene sus lugares comunes y uno de los más recurrentes en mí consiste en recordar aquellas noches frente al televisor, disfrutando como un enano (bueno, alto nunca he sido y el pequeño de casa fui siempre hasta que llegó mi sobrino Alberto: en ese sentido, poco he cambiado), viendo las series del momento (o las reposiciones, costumbre desterrada de la pequeña pantalla o reducida a algún que otro canal de pago o madrugadas poco promocionadas), los programas que al día siguiente diseccionábamos en el recreo o en el receso entre clase y clase (e incluso durante alguna de ellas), alternando y mezclando sin ningún complejo ocio, evasión y distracción con aprendizaje, conocimiento y cultura, sin titubeos por parte de los programadores, sin recelos por parte de los espectadores; así, en esas jornadas asociadas al frío, al largo invierno (más acusado en un hogar humilde no excesivamente acondicionado para sus embates), a la temprana oscuridad (el sábado hay que modificar la hora de nuestros relojes, ya saben a lo que me refiero), José María Íñigo tanto intentaba conversar con Rita Hayworth (los estragos de su enfermedad ya eran demasiado patentes) como dedicaba gran parte de su espacio al profesor Aranguren, Rosa María Sardá nos sacaba una sonrisa con su “Honorato” o sus croquetitas junto a Amparo Moreno y luego presentaba a Montserrat Caballé o a Mecano, el maestro Joaquín Soler Serrano exploraba a fondo a intelectuales, artistas, gentes como muchas cosas que contar y descubrir que se convertirían en imprescindibles para ese entonces chavalillo inquieto que, aunque no comprendía ni una décima parte de lo que hablaban, se quedaba boquiabierto ante tanta sabiduría e iba memorizando nombres, novelas, circunstancias (en la actualidad, junto a Pablo, he recuperado la emoción y el gusto por las noches frente al televisor, en el sofá, con la mantita que dentro de poco se hará necesaria, cogidos de la mano, compartiendo pasiones y admiraciones, descubriendo nuevas, sin necesidad de nada más –por desgracia, hay quien no valora esa tranquilidad, esa compañía, esa rutinas buscadas y queridas, piensa que la vida sólo debe ser aventura, salir, tener mil compromisos, evasivas que camuflan su incapacidad de amar a una persona, su aburrimiento existencial, su propia nulidad; allá cada uno con su manera de organizarse si le funciona, lo malo es cuando se va dejando un reguero de víctimas, de personas heridas en sus emociones sinceras, sólo se busca la adrenalina de un momento, la vacuidad y el oropel como forma de vida-). En estos momentos estoy, precisamente, escuchando (el vídeo ya no está en la web de RTVE, por problemas de derechos según se informa) la amena, interesante, reveladora, espléndida entrevista que en 1980 Soler Serrano hizo a Mercè Rodoreda (y oyéndola resulta imposible no aplaudir aún más el magnífico trabajo llevado a cabo por Vicky Peña bajo la batuta de Ventura Pons en Una merienda en Ginebra), la gran escritora catalana, riéndose al hablar del crisantemo (por ahí quiso empezar la charla), desgranando recuerdos, certezas, cariños, derrochando amor por la literatura, estimulando a la lectura (de textos propios y ajenos), desnudándose emocional e intelectualmente sin tapujos (“Yo he ido muy poco a la escuela, y me hubiese gustado ir a la universidad, cosa que no ocurrió por razones equis, ¿verdad? Pero he ido a una escuela muy buena, que es la escuela de la vida, y me ha pegado duro y esto es muy importante y se aprende mucho” y se compara con el don Pablos quevedesco o con Lázaro de Tormes), con comodidad, con sencillez, con ganas, con la complicidad, con el concurso, bajo los auspicios de un periodista agudo, certero, cultísimo, con los deberes muy bien hechos antes de sentarse frente a la entrevistada, que se limita a conducir, a lanzar interrogantes, a sugerir temas, testigo privilegiado y entusiasmado, que deja hablar, desarrollar respuestas prolijas, meditadas, que dice las palabras precisas para que sigan fluyendo las que importan, las de su invitado.

   Y en una de esas noches que comento, hace pocos días (ahí, sí, gracias a la web de RTVE, aunque habría que reclamarle/exigirle que remasterizase sus contenidos, que cuidase mejor su archivo, que no lo descuidase, que no parezca que estás viendo una copia de un viejo VHS), Pablo y yo regresamos a aquellos viernes gloriosos en que, si no era época del Un, dos, tres, lo pasábamos de miedo con Anillos de oro, Jefes, La huella del crimen, Retorno a Brideshead, propuestas apasionantes, irresistibles (más allá de que sólo hubiese dos cadenas –ahora hay no sé cuántos canales, aunque igual perdemos algunos al no tener la antena adecuada a partir del próximo domingo, y por mucho que zapees hay días que la mejor opción es apagar el televisor-), que nos ampliaban horizontes, nos familiarizaban con obras literarias, la Historia, intérpretes, autores, sin sentir, prueba impepinable de que la letra no entra con sangre pero sí sabiendo entretener, divertir, deleitando (y sólo me he referido a algunas de las emisiones que tuvieron lugar en viernes y en horario nocturno, pero abundan ejemplos –no hay más que, por ejemplo, recurrir a esa maravillosa iniciativa conocida como Yo fui a EGB en cualquiera de sus formatos, redes sociales o formas de acceso-). Y todo vino rodado a causa de Mercè Rodoreda, debido al estreno de la estremecedora e imprescindible versión teatral que Lolita está representando en la Sala Pequeña del Teatro Español hasta el próximo 23 de noviembre, la misma –o al menos muy similar, puesto que el adaptador y director es el mismo: Joan Ollé- que puso en escena en Nueva York la tan admirada Jessica Lange, quien anda convenciendo a la HBO para recuperarla en formato televisivo, tal y como se hizo popular en España, en aquellos cuatro viernes de enero de 1984. Una vez se confirmó la noticia (coincidiendo, además, con la oportunidad de poder visionar la tan recomendable película de Ventura Pons ya citada –por si alguien pudiera tener curiosidad, aquí va el enlace de lo publicado recientemente en el hermano mayo de este arpa, el blog Celuloide en vena: http://www.celuloideenvena.blogspot.com.es/2014/09/una-merienda-en-ginebra-charla.html -), lo primero que hice fue buscar la novela original, uno de tantos textos que uno ha ido postergando, una de esas deudas sangrantes en mi ánimo lector, un enorme mea culpa bajo cuyo peso me hundía, ese absoluto prodigio que me cautivó desde las primeras líneas, ese primer capítulo que, casi sin sentir, se le presentó a Rodoreda antes de que fuese consciente de cuál era su origen, ese que le explicó a Soler Serrano con la misma musicalidad que adquirió su prosa al dar voz a Colometa: “Y escribí la novela que pasaba en la Plaza del Diamante, que yo no había estado allí… Sólo una vez, cuando tenía once o doce años, que yo tenía unas ganas de bailar locas, y mis padres, yo era hija única, me prohibieron siempre bailar, y seguramente por el recuerdo maravilloso de esta Plaza del Diamante, donde yo no podía entrar en el entoldado, cuando escribí salió la fiesta mayor y el baile de la Plaza, el primer capítulo de la novela”. El alarde literario de la autora deja sin aliento, sobre todo porque sabe camuflarse, ocultarse, mimetizarse con la manera de hablar de su personaje, la novela es un soliloquio, son las evocaciones de Natalia a la que Quimet, el que se convertirá en su marido tras sacarla a bailar casi a la fuerza, rebautiza como Colometa –las palomas tienen un papel destacado a lo largo de la narración, en ocasiones como símbolo de la protagonista-, lo que podría interpretarse como un murmullo, casi una salmodia, algo que la mujer musita para sí, sin querer molestar ni perturbar, pero con necesidad de sacárselo de dentro, una prosa muy medida, de una sencillez palmaria, diáfana, con ese lirismo que brota con espontaneidad, fruto de una mirada llena de amor y bondad, de comprensión, de ternura, una voz que no juzga (en todo caso, es más implacable consigo misma que con los defectos, afrentas, sinsentidos de los demás, los cuales simplemente expone y, como mucho, reprende sin mucha intención, asumiendo lo sucedido como inevitable), una mujer que deja fluir los recuerdos, que va enhebrando el rosario de su vida, su único y verdadero patrimonio, las calamidades pasadas, la tranquilidad que vive en el presente y que en parte cree no merecer.

   En un escenario prácticamente desnudo, con unas luces que evocan la fiesta en que todo comenzó, el instante que Colometa considera como el inicio (aunque no olvide a esa madre que ya murió y, mientras, ella baila en la plaza), esa melodía que jamás la va a abandonar, que impregna sus palabras, las cuales a ratos toman prestado su ritmo, un banco de madera cobija a una mujer que, con las manos en el regazo, como conteniéndose, como protegiéndose, empieza a desgranar anécdotas, hechos, evocaciones, entre suspiros, con un tono monocorde, como distanciándose, precisamente por ello (como sucede en la novela) el espectador no puede evitar sentirse implicado, aportando sus propias emociones, recibiendo sin posibilidad de anestesia la virulencia de la miseria, del modo en que un país se vio abocado a luchar contra sí mismo, de un dolor profundo, cotidiano, insoslayable, que se enquista, que inunda, que acogota, que asesina, un lamento que aún conmueve más porque en parte se acepta, se vive como forzoso, sin ganas por luchar porque ya fueron aniquiladas, una progresión contenida hasta llegar al grito estremecedor que Lolita encarna con trazas de enorme actriz, con poderío escénico, saltándose la batería y cayendo a plomo sobre el patio de butacas, una hazaña interpretativa que impresiona y provoca una de las ovaciones más cerradas que he podido vivir/secundar en mi vida con todo el público puesto en pie. Tras asistir a este espectáculo tan vibrante y poderoso, la adaptación dirigida para TVE por Francesc Betriu queda un tanto empalidecida, magnificada en el recuerdo, porque aunque está bien contada y cuenta con una maravillosa Silvia Munt y un espléndido Lluís Homar, no siempre acierta a la hora de convertir en imágenes lo que Colometa narra, lo mostrado hace perder fuerza a lo que Rodoreda sugiere a través de su personaje, más desolador que ver a una madre tumbarse en la cama con sus hijos tras haber planificado la muerte de los tres (piensa que no hace daño a nadie porque, total, ya nadie les quiere, nadie les va a llorar), al margen de leerlo en esas páginas magistrales, prodigio de sensibilidad y candor, palabras que raen desde su inocencia, por la escasa importancia que se da quien las pronuncia, más amargo y desesperanzador es escuchar a Lolita, casi en trance, explicar su plan, los pasos que va a seguir, su convencimiento de que no queda otra opción (todo ello sumado al modo en que, momentos antes, con esos comedidos movimientos de manos –tan extraordinarios, tan adecuados, tan honestos, gestos que respiran verdad, esa manera de arreglarse sutilmente el pelo o de guardar el pañuelo en el puño de la chaqueta-, ha contado, como quien no quiere la cosa, que muchas veces se acuesta pronto junto a sus hijos, aún con la luz del día, para dormir mucho y, así, tener menos hambre). Una autora de semejante calibre tendría que ser más estudiada, dada a conocer, reconocida y, en ese sentido, la serie es un buen primer acercamiento, pero aún más lo es escuchar en la voz de Lolita esa prosa coloquial pero reposada, controlada, creíble hasta límites emocionantes como expresión de tantas mujeres a las que Colometa representa y Rodoreda homenajea, pero tamizada por el sumo gusto con que la escritora ha elegido cada palabra, la ha paladeado, la ha masticado con delectación, con conocimiento, con miras literarias, la ha mimado y acunado antes de depositarla en el papel (“Me había metido tanto dentro de la piel de mi personaje que no podía salir, es decir, incluso en casa hablaba como hablaba Colometa”).