lunes, 11 de agosto de 2014

ICONOCLASTIA MITIFICADORA





   Ya en alguna otra ocasión me he referido a las extrañas políticas editoriales que nos vemos obligados a padecer, decisiones tomadas en despachos por gentes que se supone saben más que el resto de lectores y que se contentan con el éxito efervescente y efímero más que con el fondo de biblioteca, con ese título que se venderá durante muchos años, con el que permanecerá, gentes que en ocasiones te sonrojan por su falta de conocimiento o de criterio, te apabullan con su ignorancia, con su modo de valorar a un autor con una calculadora, que hablan por el público y, sin embargo, pocas veces comprenden los porqués de las ventas o de la ausencia de las mismas, gentes que en sus opiniones, modos y declaraciones dejan muy patente que hoy rechazarían a Proust, a Cervantes, a Virginia Woolf o a Kafka (puede que de la quema se salvara La metamorfosis, pues podrían hacer una campaña dirigida a ese público a veces llamado friki sin tener muy claro a qué se refieren), que no reinvierten lo cosechado con autores triunfadores (algunos interesantes, innovadores, buenos escritores, voces propias, nombres a los que basta con publicar para conseguir la mejor campaña de publicidad, es decir, que han vuelto –y que tienen asegurado el beneplácito de sus seguidores, acierto que sólo puede atribuirse el que aprobó la publicación del título que le propulsó a la fama-, autores a los que en ocasiones se obliga a seguir un esquema, responder a unas expectativas, no salirse de una senda marcada –en lo que también tiene su parte de culpa esa legión de fanáticos que, al más puro estilo Annie Wilkes, creen que su adoración, su título otorgado por ellos mismos de “fan número uno” da derecho a dictar la novela a su antojo y a reprochar al autor por no escribir lo que ellos quieren, al modo que les apetece-), gentes que no aman la literatura porque, en realidad, no saben lo que es. Por fortuna, como hemos comentado en alguna ocasión y, sin ir más lejos, en la última entrega de este arpa (haciéndonos eco de la Biblioteca de Traductores de Alianza Editorial que, a buen seguro, va a seguir dándonos sorpresas y alegrías tan estimulantes como la de recuperar El diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet), todavía hay editores interesados en lo que publican, en lo que va dentro del libro, en las palabras, que tienen sus gustos, sus condicionamientos, sus prejuicios, que se equivocan como cualquiera (no siempre acertamos con el volumen que elegimos para leer, pero es emocionante cada vez que abrimos uno nuevo), pero a los que empuja un anhelo de transmitir, convocar, pensar y provocarlo, encontrar nuevas voces, no quedarse anquilosados, envenenarse con las letras; ojalá entre alguno de ellos cunda el ejemplo iniciado tímidamente por un pequeño sello que ha recuperado un par de títulos y se vaya reeditando la obra de una de las autoras más interesantes, rompedoras, valientes, intrépidas de la segunda mitad del siglo XX –murió en 2004, recién cumplidos los 69, cuando aún podíamos esperar nuevas muestras de su talento en plena madurez creativa y de pensamiento-, una escritora que sacudió el panorama literario en 1954 con una novela que sigue siendo un auténtico vendaval, que respira libertad, sabiduría, emoción y un aplomo envidiable en alguien que sólo tenía 19 años, una mujer que pagó muy caro el precio de un éxito tan descomunal, la etiqueta de “joven promesa”, que nunca fue perdonada por aquellos que sufrieron los efectos del seísmo provocado por su prosa, cuyas nuevas entregas eran juzgadas desde la comparación (injusta porque se quería que siempre escribiera lo mismo) con la deslumbrante Buenos días, tristeza, una mujer inquieta, cultísima, sorprendente, arrinconada en favor de otras escritoras que satisfacen más a los críticos porque alabarlas supone señalar lo inteligentes que son ellos por reconocer su talento (que nadie pone en duda –el de ellas, no tanto el de los que escriben sobre literatura- pero que, en ocasiones, se exorbita un tanto para cobijarse bajo el manto de la grandeza intelectual): hablo, por supuesto, de Françoise Sagan.

   Siendo como es un gran lector, de gusto muy amplio y criterio exquisito, Pablo rechaza bastante la literatura francesa –suele decirme “es más para ti”-, sus intentos por leer a Balzac –autor que, por sus concomitancias con otros que le apasionan como Dickens, Galdós, el propio Henry James, le resulta interesante sobre el papel- se han ido convirtiendo en infructuosos cada vez que, con el mejor ánimo, coge una novela diferente de las varias que hay en casa, no digamos nada de Proust (“Me ha vencido, como a ti te pasó con el Ulises”) y ya saben los fieles lectores de este rincón lo que me supuso adentrarme en su procelosa, barroca y apabullante forma de narrar (tranquilos, no me voy a repetir, aunque sería todo un homenaje al autor de En busca del tiempo perdido), y así podríamos enumerar otros autores con los que ha sucedido algo similar; Pablo no sabe si es por las traducciones, por el modo francés de construir las frases, por qué, pero el caso es que aparecen unas cuantas excepciones con letras de oro (Dumas, Marguerite Duras) entre las que, muy destacada, topamos con Françoise Sagan. De hecho, fue él, como tantas veces, el que me ayudó a descubrirla porque yo me había quedado en su ópera prima, en la que es fácil conseguir, en la que casi siempre aparece en stock en cualquier librería, aunque confieso que nunca la había leído hasta que él me consiguió un ejemplar (en uno de aquellos gloriosos Sábado cine pude disfrutar la versión filmada por Otto Preminger, película que, aun gustándome en su momento, me dejó sin aliento cuando la vi de adulto –junto a Pablo, por supuesto- tiempo después de haberme bebido su original literario); con ganas por conocer más y mejor lo que la Sagan dio de sí, hemos seguido buscando en librerías de viejo y a veces parece que los hados son propicios porque a nuestras manos han ido llegando diversos ejemplares de sus obras, con la sorpresa añadida de que algunas son ediciones de esos años en que un tal Franco campaba por aquí y hacía y deshacía a su antojo (cosas veredes, amigo Sancho). El caso es que en las últimas Navidades Pablo me agasajó con varios títulos de la autora francesa y aún me dura el regocijo, la satisfacción, las carcajadas, la sacudida que me ha provocado Querida Sarah Bernhardt.

   En esta peculiar novela se entremezclan con absolutos brillantez y dominio varios géneros, puesto que lo que se nos ofrece es la supuesta autobiografía de la eximia actriz francesa a la que una rendida Sagan escribe tras haber leído “casi todas las biografías, memorias, comentarios y retratos que actualmente pueden conseguirse, de usted y sobre usted, escritos desde su muerte” (el libro se publicó en 1987, 64 años después de la misma) para pedirle que le aclare las dudas, los misterios, las leyendas, las exageraciones; desde su atalaya en el Olimpo en que ella misma se situó en vida (y sus logros sobre las tablas, el aplauso de sus contemporáneos, sus osadías interpretativas, su carácter de diva, su carácter indomable), la Bernhardt acepta mantener correspondencia para narrar (volver a hacerlo) la historia en primera persona, desdiciéndose, confirmando, mintiendo, alimentando el mito, engordando la incógnita, revolviéndose contra la curiosidad de la escritora, reinterpretando sus preguntas, ignorando otras, abriéndose en canal sin importarle un ardite lo que puedan pensar de ella (“No es que me proponga rectificar la imagen que de mí tengan sus contemporáneos ni la que conserven tal vez todavía sus hijos o sus nietos: lo que me ha interesado es la imagen de mí misma durante mi vida. Dejo el futuro como el pasado a esos impotentes cerebrales que el siglo XX parece engendrar, con el XIX, por millares”). Y, así, fabulando, inspirándose en testimonios propios y de aquellos que la trataron, con una base documental muy amplia, Sagan se introduce en la compleja, dúctil y caleidoscópica personalidad de Sarah, una mujer que supo convertirse en personaje, interpretar tanto sobre las tablas como en su intimidad, difundir leyendas que le conviniesen, negar episodios probados, en definitiva, seguir siendo un misterio a pesar de su proyección pública y es, precisamente, esta dualidad, la posibilidad de mirar debajo de la alfombra, de airear los armarios, de desdoblar las esquinas, de iluminar los recovecos, lo que lleva a la escritora a redactar una correspondencia ágil, vibrante, explosiva, en la que no falta la crítica, la censura, la incomprensión, ante las que la actriz se rebela, se ofusca, manipula, se indigna pero acepta el duelo porque reconoce el valor de la contrincante. El resultado es electrizante, diríase que la Bernhardt escribe ahora mismo, como si nos estuviese viendo, Sagan sabe camuflarse, volatilizarse, asume, recrea, se apropia de la voz de la actriz pero respeta su independencia, su voluptuosidad, su descaro, su inconstante coqueteo, su risa inalterable, su facundia, sus lágrimas, sus lamentos, en definitiva, abordándola, mostrándola, sacando a la luz todas las facetas posibles (y las imposibles, no en vano es una novela, pero todas extraídas e inspiradas por lo previamente estudiado), podría decirse que deconstruye a la actriz y, de esa manera, aún engrandece más el mito al mostrarla humana, con fisuras, con debilidades, permanentemente altiva como manera de protegerse de todo lo que le duele, equivocada como todos alguna vez, inconstante en sus afectos, desperdiciando oportunidades, persona al fin y al cabo; un texto que sirve como aproximación a una figura legendaria y que, de reeditarse, podría servir como espléndido pórtico para regresar a un lugar que nunca debió abandonarse: la literatura, la personalidad, la figura de Françoise Sagan.

viernes, 8 de agosto de 2014

TRADUTTORE, ¿TRADITORE?








   Durante un tiempo coincidí con una persona (bueno, lo cierto es que la consideré amiga durante unos cuantos años, pero a la hora de la verdad decidió demostrar fidelidad a un tipejo insultante que menosprecia a los que no asienten a sus vomitonas, que emponzoña la profesión al soltar exabruptos que a veces rozan lo delictivo por ofensivos y lesivos, lo que más me dolió y me hizo marcar distancias fue que, ante las críticas vertidas por Pablo en Twitter por las frasecitas de aquel y el aplauso de otros, incluida ella claro, en lugar de replicar, confraternizar, quitar hierro, discutir, renegar, optó por eliminarle de su cuenta para que, así, no pudiese leer sus mensajes ni los de sus contactos y, desde entonces, silencio absoluto -me la topé un par de veces e intentó mantener un diálogo como si no hubiera pasado nada, ignorando mis indirectas sobre el asunto, ni siquiera intentó justificarse, como si nada hubiera pasado-. Como diría Salomé en postura imposible en un a todas luces incómodo sillón tras soportar el Festival de Eurovisión en que los Nash hicieron el ridículo y Carlitos Lozano, ese ser, los defendía a capa y espada -para que TVE pudiera luego agradecerle los servicios prestados como él creía merecer-: “Pa ti pa siempre”, si pretendes ignorar a mi pareja no me importas nada), como decía el trabajo nos hizo compartir muchas horas (trabajo, por cierto, que sólo le motivaba si podía dedicar el tiempo a películas que le hubiesen gustado o entrevistar a actores/directores que le resultasen interesantes, lo demás era poco menos que el suplicio de Tántalo, demostraba una falta absoluta de vocación, a pesar de haber estudiado Ciencias de la Imagen, precisamente lo que más rehuía eran las tareas de montaje, postproducción y demás, a pesar de haber optado por ello) y daba mucho tema de conversación entre el equipo (y luego en casa, desde luego) por sus comentarios fuera de tono, desabridos, explosivos, frasecitas que llevaba pensadas desde antes de ver cualquier película y de las que era muy raro que se desdijese, a veces irónicos, otras injustos, en ocasiones punzantes, pero que, por un lado, no mantenía según quién estuviese escuchando o pudiese leerlos (así, por ejemplo, decía “no incluiré tal título entre los peores del año porque trabaja este actor al que tengo en Twitter y no quiero que se enfade” -¡Viva el criterio y la profesionalidad!-) o cambiaba a veces de un día para otro según lo que fuesen opinando otros colegas/amigos/redes sociales (y rebatía toda indignada “¿es que no se pueden repensar las cosas?”; sí, claro, es parte de un verdadero estudio y análisis, revisar, contextualizar, hacer la prueba del algodón, del paso del tiempo… ¡pero no una semana después del estreno, chiquilla!). En lo que se comportaba como una auténtica talibana, llegando al ridículo y patetismo, era en el asunto del doblaje: vaya por delante que opto por la versión original siempre que sea posible, cada vez estoy más distanciado de la reinterpretación que se hace de determinados personajes a la hora de adjudicarles voces, de lo artificioso que resulta este procedimiento en un porcentaje cada vez más elevado, de lo repetitivo (parece que todo lo doblen cuatro o cinco), de cómo se cercena un elemento básico y fundamental de una interpretación e incluso de cómo se altera el diálogo original, pero eso no significa que no agradezca lo mucho que pude conocer y amar el cine desde muy temprana edad, gracias precisamente al doblaje; esas zarandajas que afirman que con todo en versión original hablaríamos mejor inglés (suele ser el único idioma que les preocupa a los que mantienen esta postura) caen por su propio peso (tengo conocidos portugueses que, al ver todas las películas en versión original en su emisión por televisión, afirman que es un buen complemento al estudio, que lo agiliza y facilita, pero hay que tener un conocimiento previo porque, se diga lo que se diga, de niño aprendes idiomas con suma facilidad pero si hay diálogo, interactuación, no hipnotizado frente a la pequeña pantalla como si por medio de los rayos catódicos te transmitiesen la ciencia infusa), al margen de que en un montón de países, aunque la mayoría de los estrenos se hagan en la lengua primigenia y tan sólo se subtitulen, éstos se doblan antes de su emisión (he visto, por ejemplo, a John Wayne defenderse en la lengua de Moliere o a aquellos vengadores que fueron Patrick Macnee –quien, por cierto, aún vive… ¡92 años tiene el inolvidable John Steed!- y Diana Rigg –su aparición es de lo mejorcito de la bastante sobrevalorada Juego de tronos- hablar un francés impoluto sin descomponer el gesto británico), no podemos dejar de lado a un público muy numeroso que, por edad y falta de hábito, no puede seguir los subtítulos y tiene derecho a disfrutar del séptimo arte (precisamente por eso, por respeto a todos ellos y al propio arte, no se puede doblar en serie, sonando todo igual, monocorde, neutro o demasiado exagerado –hay tanto por recuperar en lo que a buen hacer se refiere-).

   Lo más curioso es que, en cierta ocasión, a esta mujercita que también presumía de ser gran aficionada al teatro o a la literatura le espeté en medio de una de esas diatribas –“yo no tengo por qué ver nada doblado” (y tienes todo tu derecho, pero no a prohibir, censurar, olvidar que viste Los Goonies en castellano y lo pasaste como loca y que eso no te hace más tonta –y sí tu encastillamiento cerril-)- que, del mismo modo que despotricaba sobre el cine, debería aplicar su criterio (ejem) a otras artes, puesto que Shakespeare (quien, por cierto, no le gusta en bloque, sin distingos –una de sus muchas señas de identidad, “no me gusta Shakespeare”, otra es “hola, me gusta Lars von Trier, luego ya hablamos”, aunque a la hora de elegir sus películas de cada año suele optar por Toy Story 3 e incluso alabar una de Michael Bay o la sexta entrega de la saga esa de lo fast y lo furious), bueno, decía que Shakespeare, cualquier dramaturgo (y eso vale también para Lope o Calderón cuando son exportados, no sólo para los extranjeros que llegan a nuestros escenarios) trabaja el lenguaje como herramienta de expresión, es lo capital a la hora de levantar una función (las acotaciones, por muy brillantes que sean, son conocidas por pocos), se supone que al que le molesta el doblaje debe perturbarle esa distorsión, esa intrusión, esa reescritura, no digamos nada si nos centramos en la narrativa, en el universo de palabras que cada autor crea, esos vericuetos intraducibles del idioma, esos juegos que sólo se comprenden en el original, ese algo especial que le hace único, aquello a lo que casi siempre se hace mención en el acta que concede el Nobel; pero ella, sin despeinarse, en su tono habitual, encantada y hablando como sobre las puntas de los pies para parecer más alta, me soltó un “bueno, es que eso no lo es mismo” que aún me duele más que una bofetada con la palma bien abierta. ¿No da la misma importancia a las palabras de Saramago, Herta Müller, Virginia Woolf, Balzac, incluso el estafador de Chuck Palahniuk por el que ella pierde el oremus que al diálogo de una cinta de los Transformers? Y el caso es que, del mismo modo que agradezco al doblaje el acceso permitido a tantas películas que, de otro modo, no hubiese podido ver cuando era un tierno infante, jamás corresponderé como debo a todos los traductores que han hecho y hacen posible que pueda seguir leyendo a velocidad de crucero, que se toman su trabajo muy en serio, que invierten muchas horas para respetar la cadencia, el tono, el sentido, la elección de términos, verter a nuestro idioma a tantos autores que son necesarios para soportar este tránsito llamado vida; aunque hiciéramos como Borges –aprender alemán para leer a Schopenhauer-, no llegaríamos más que a comprender tres, cuatro, cinco lenguas –los hay con cerebros privilegiados y con facilidad de aprendizaje-, pero siempre habría alguna asignatura pendiente y nos perderíamos el placer de descubrir a uno de esos escritores que, de repente, te cambian la vida.

   Por lo tanto, es una grandísima noticia que Alianza Editorial haya puesto en marcha una Biblioteca de Traductores en la que dan la oportunidad a algunos de los mejores en esta ingrata y poco reconocida tarea de recuperar aquel título que creen no fue bien traducido en su momento o que necesita una puesta al día o rescaten alguno que no ha sido antes vertido al castellano o, como en el caso de El diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet, un libro que acaba de dejarme sin aliento (escrito cuando su autor apenas tenía 20 años, edad con la que moriría en 1923, poco después de su publicación), porque el que fuese su traductor hace más de 40 años, Vicente Molina Foix, considera que en ese momento fue “fiel aunque excesivamente “libertario”, tratando en todo momento esta segunda vez de reflejar con exactitud el timbre y la lírica sequedad del escritor, eliminando los pequeños acomodos a la personalísima construcción del párrafo y la acentuación de su prosa”. El resultado es una lectura gozosa por los hallazgos concretados en pocas palabras, en una prosa elíptica, tan acelerada como el corazón de ese joven enamorado de una joven casada con un soldado que está combatiendo en la Gran Guerra, un prodigio de contención y concisión que nos lleva por los vericuetos del reproche, del egoísmo, con unos personajes a los que resulta muy difícil comprender pero imposible no compadecer, aunque en realidad todos sabemos que nunca es fácil explicar el ritmo al que late nuestro corazón y que no somos quienes para juzgar a los demás por mucho que sus comportamientos nos produzcan rechazo. Gracias a Alianza Editorial han regresado a primera línea títulos imprescindibles como El Gran Gatsby, Los Miserables o Sensatez y sentimiento, que es como José Luis López Muñoz cree que es más preciso llamar a la estupenda novela de Jane Austen que siempre habíamos denominado Sentido y sensibilidad, en ediciones cuidadas, para que el lector de hoy redescubra obras que nunca están suficientemente leídas y pueda maravillarse con otras descatalogadas, olvidadas o, simplemente, no traducidas antes. Ojalá esta iniciativa continúe y nos depare grandes momentos y horas impagables de buena lectura (puestos a pedir, uno rogaría que, sobre todo, se primasen esos libros y/o autores que nos han sido vetados o relegados en su día a un rincón de un almacén –otros, aunque haya traducciones que no les hagan justicia, al menos han logrado trascender-).  

jueves, 7 de agosto de 2014

LONDRES, ESE DECORADO REAL





   ¿Qué decir de Londres que no haya dicho antes? Por fortuna, es una de esas ciudades en las que siempre queda algo por ver, por descubrir, por repetir, por esperar, una exposición, un edificio, esa rutilante, envidiable y ansiada cartelera en constante transformación, ese lugar en que el alma se expande, en que las emociones se acumulan, nuestro destino favorito (lo que no impide que París sea la urbe que más añoramos y veneramos, a la que hemos de volver para quitarnos la espina de nuestro último viaje, genial en su desarrollo, amargado al regresar y toparnos con los detritos de esta profesión, encarnados en una sindicalista que veranea en Sotogrande y cuya fijeza en la empresa a la que llama pomposamente “mi casa” -qué triste y patético considerar de ese modo a tu lugar de trabajo, qué significativo que los que más recurren a esta denominación sean esos sepulcros blanqueados que fingen armonía de espíritu, esos que sonríen falsamente sin engañar a nadie, esos que apuñalan, zancadillean, maltratan pero luego aseguran rezar por aquellos que sufren sus desmanes, buenos padres y madres de impecable educación religiosa-, cómo llegó a su situación de privilegio se salta todos los legalismos que impone desde su atalaya del Comité de Empresa, extendiendo certificados de limpieza de sangre y pertenencia aquella que la tiene muy turbia y que incumple las obligaciones exigidas a otros, sin olvidar la participación fundamental y decisiva del entonces jefe de programas, un mediocre en actitudes vitales que llegaría a director pocos meses después, lo que señala, a su vez, la mediocridad que suele campar en los puestos más altos, en los que sientan en la poltrona a seres como éste, blandengue, cobarde, sin capacidad de reacción, sin conocimiento, sin cerebro, suceso sombrío y muy abstruso que Pablo transformó en literatura en 24 horas de un periodista desesperado), Londres nunca decepciona, siempre da más lo esperado/buscado, nos permite ser nosotros mismos al mil por mil, sin necesitar a nadie más, con nuestro código restringido y particular más activo que nunca, enriquecido con múltiples detalles que se convierten en imprescindibles, en parte de nuestro universo. La primera vez que llegué a Londres (la única ocasión en que fui sin Pablo, aún faltaban demasiados años para encontrarle) no pude evitar exclamar “¡es como si hubiera entrado en un fotograma!”, porque parecía realmente posible que el viento cambiase de dirección y Mary Poppins descendiese desde las nubes o que un Aston Martin frenase justo al lado para que James Bond saludase desde su interior, a buen seguro que Peter Pan estaba agazapado en la segunda estrella a la derecha o William Shakespeare iba camino del Globe Theatre para entregar su nueva obra. Y ese Londres detenido en el tiempo, inmutable, orgulloso de sí mismo, falso pero auténtico, paradójico y atractivo, moderno y anclado en tradiciones ancestrales, esa ciudad que, como ella misma afirma, “conserva intacta su esencia en muchos barrios” es el escenario principal de la divertida y refrescante novela El genuino sabor que Mercedes Cebrián ha publicado recientemente en la colección Literatura Random House en la que disecciona, atomiza, retrata, indaga, fragmenta, trata con sorna elegante e inteligente los pequeños elementos que conforman la idiosincrasia londinense (o, al menos, la que se ha extendido como tal gracias a series, películas, libros, documentales, más real de lo que pueda pensarse).

   La escritora busca sorprenderse a sí misma para, de ese modo, hacerlo con el lector, no se encierra en esquemas o fórmulas, sus propias emociones durante el proceso de escritura, sus descubrimientos, sus tentativas, se van concretando y afinando si le resultan útiles para el objetivo final, aunque no esté definido en su totalidad: “Es inevitable que, mientras estás dando forma a una idea, surjan otros temas y que quieras hilarlos: me encanta buscar conexiones, estrechar lazos, crear toda una constelación. En este caso, mi primer impulso fue sentir que tenía una deuda que saldar con Francia, parece que siempre eres o francófilo o anglófilo, pero al ponerme a la tarea fui descubriendo que, en realidad, era sobre lo inglés sobre lo que tenía mucho que decir y no me negué a ello”. Por eso, aunque la novela se inicia en Francia, el apartado dedicado a Londres es el más extenso, el central, el más vívido, aunque ya desde ese arranque deja claras las reglas del juego: “Me gusta hablar a un lector con ganas, que quiera ser partícipe, lamento si alguien se decepciona porque busca algo mucho más específico, tal vez más concreto, pero me gusta mantener ese tono distante, recubierto de humor; yo creo que lo mío no es tanto una voz como una mirada y por eso necesita de otras, de la de cada lector, para ser completada”. Es un absoluto regocijo recorrer sus páginas, se conozca o no aquello a lo que presta atención, porque la escritura de Mercedes es fresca, directa, sugerente, con muchas cargas de profundidad a las que dar vueltas cuando se cierra el libro, pero que ofrece un disfrute inmediato, sin andarse por las ramas, yendo a la esencia, analizando esos comportamientos que casi podríamos llamar tics, esos absurdos cotidianos a los que todos recurrimos en alguna ocasión (y que, por utilizados, pierden su carácter absurdo o, precisamente por inevitables, lo potencian –esa permanente contradicción en la que vivimos, ese modo de reproducir esquemas por mucho que reneguemos de ellos-), esas rutinas a las que nos lleva nuestro instinto gregario, tras las que nos camuflamos para, en realidad, quedar más al descubierto que nunca, máscaras frágiles que apenas sirven como escondite. Esa es, precisamente, una de sus mayores virtudes como novelista: el modo en que capta los detalles, a veces minúsculos, esas células insignificantes que, aunque se explican en sí mismas, en realidad adquieren su verdadero significado en el conjunto; así es como Mercedes Cebrián va deparando sobresaltos, dosificando hallazgos (en especial el llamado Diccionario biográfico de la presencia española en Londres), rompiendo en apariencia el hilo argumental para, con enorme sencillez, integrar cada pieza en el lugar idóneo: “Me encanta ir generando pequeñas estructuras y, por eso, me decepcionan un tanto las lecturas meramente temáticas que consideran que en ocasiones me aparto de la historia; me ha gustado plantear una novela coral, pero no tanto en el sentido que siempre damos a esta expresión, sino en la de aglutinar diferentes temas, asuntos, circunstancias y, sin embargo, las estampas, las distintas anécdotas, los breves capítulos no funcionan autónomamente, tienen un orden concreto y necesario para que cobren su razón de ser dentro del corpus de la novela”.

   El genuino sabor tiene una protagonista, Almudena, un personaje que a fuerza de vivir en el extranjero por motivos laborales e ir cambiando de lugar cada cierto tiempo no tiene demasiado claro cuál es su lugar en el mundo o dónde ubicarlo y que establece sus vínculos más permanentes con la comida que atesora aunque la fecha de caducidad impresa en los envases haya sido rebasada hace años: “Tenía interés en analizar la relación de las personas con los objetos, con los productos que consumimos, con lo que nos rodea; no niego que tengo algo de socióloga, que puede que sea una vocación un tanto frustrada que puedo volcar en mi narrativa. Desde ese punto de vista, Almudena me interesaba más como vehículo que como personaje en sí mismo: mi novela es de ideas, de experiencias, que cada uno las compare con las suyas, que el destino de Almudena no imponga la lectura o las posibles interpretaciones, aunque por otro lado sea inevitable enfrentarse a ella, compadecerla, comprenderla, discrepar de sus actitudes”. Y es un gran acierto que el personaje sea tan reconocible, tan trasladable al devenir de cada uno, tan enfangado en procesos mentales de los que se ve incapaz de salir aunque tenga la lucidez suficiente como para considerarlos perniciosos o callejones sin salida, porque eso es lo que nos provoca la carcajada estridente, la risa cómplice que lleva implícito (y explícito, depende del volumen de la misma) un “a esta mujer le pasa lo mismo que a mí” (o “a mi madre”, “a mi amigo tal”, “a mi pareja”, “a aquel compañero de trabajo”,…) y propicia la incorporación de nuestras propias apreciaciones, el diálogo con la novela, la interpretación de cada uno: “Mi narrativa siempre nace de alguna pregunta que me planteo, de alguna reflexión, por eso me halaga que alguien me diga que le he hecho pensar, no por profundidad, por trascendencia, sino por haber vivido el texto” y es lo que le reconozco que me ha sucedido, que me ha encantado su manera de sacar los colores a Londres y a todos los que nos gusta pensarlo inalterable, los que lo mantenemos en una burbuja, pero sin hacer sangre, sin exageraciones, reflejando, al mismo tiempo que lo critica, sus múltiples e innegables encantos, su gozosa realidad: “Londres es un icono inevitable para los que tenemos entre 30 y 60 años, no sólo por sus aires de libertad, por lo que representa para las mujeres por el asunto del aborto, es un referente que todavía mantiene su estatus; de hecho, antes, ahora y a buen seguro seguirá pasando cuando la crisis termine, que ha de hacerlo aunque sea para que venga otra, cuando alguien vive una etapa de desencuentro, desubicado, sin tener claro su futuro, sin decirse por cuál es el camino a seguir, siempre aparece el que te dice “vete una temporada a Londres” y no da más razones ni se le piden”.

   Con un lenguaje muy ameno y fluido que no deja traslucir el sin duda arduo trabajo que hay detrás para pulirlo y dejarlo en su esencia, en lo meramente necesario, Mercedes Cebrián nos invita a un viaje (no sólo físico) en torno a la cada vez más compleja búsqueda de lo genuino puesto que, por muchas especificaciones que existan, por muchas costumbres heredadas que definan a los que habitan en determinando lugar, por muchos ritos con los que se cumpla porque “donde fueres haz lo que vieres”, por mucha personalidad que cada uno quiera remarcar y consolidar, al final resulta complicado ser original porque pudiera decirse que ya todo fue hecho por otros o que, ahora mismo, en el rincón opuesto del planeta, hay alguien escribiendo en su portátil pendiente de la batería del mismo, guardando el texto cada pocas líneas para no perderlo como desapareció ayer cuando el engendro mecánico decidió reiniciarse por obra y gracia de él mismo (es decir, lo que le sucedió a un servidor); el caso es que haber tenido que comenzar de nuevo me deja la sensación de haber sido mucho más justo con El genuino sabor, hecho del que me congratulo porque la novela merece muchos y sinceros plácemes.  

miércoles, 30 de julio de 2014

PUNTOS SUSPENSIVOS



  



 Durante un tiempo, la extinta Punto Radio (cuántos medios van pasando y qué poco se preocupan algunos y nos ocupamos los que deberíamos de que eso no suceda con tanta asiduidad, aceptándose como algo natural, alegrándose muchos inconscientes porque caen los enemigos, olvidando que no habrá nadie para defenderlos cuando vayan a por ellos, pensando que sus barbas van a lucir frondosas hasta el infinito y más allá), aquella emisora que no se supo gestionar/defender de la mejor manera, un mero corralito para unos y otros, Punto Radio, decía, gustó de presentar programas en los que se hiciera alusión a su propio nombre y, así, todo era no sé quién en su punto, el punto de tal o cual y expresiones similares (no, puedo jurarles que lo de “punto filipino” no apareció por ningún lugar, al menos hasta donde a mí me conste); el caso es que Pablo, que siempre está haciéndome bromas sobre posibles espacios que podría presentar y busca los títulos más esperpénticos para que yo me revuelva, decía que debería ofrecer un proyecto llamado El punto de López o ¡López, qué punto! u otras combinaciones similares con las que, por un lado, nos moríamos de la risa y, por otro, yo volvía a mi eterno discurso sobre los programas que se diseñan para engordar el ego, esos que necesariamente llevan el nombre de su presentador/director/creador como recordatorio permanente de a quién debe rendirse pleitesía (me sucede lo mismo con cualquiera que, incluso como error –y yo mismo no he sabido evitarlo en ciertas ocasiones, reprochándomelo a posteriori- hable de “mi programa”, “aquí les espero”, “mis colaboradores”, todo impregnado del “yo, mi, me conmigo”, como si sólo él o ella hiciese posible la emisión, como si no hubiese un equipo detrás, como “menos mal que estoy yo aquí”: no, señores, en el micrófono, delante de la cámara, salvo en momentos en que uno habla por sí mismo y no involucra a nadie más, se utiliza la primera persona del plural, incluyendo a todos, a ver si nos olvidamos de lo guapos y maravillosos que somos –que nos creemos-) y es cierto que, por comodidad, hábito, fácil memorización, todos decimos lo de “voy a ver el programa de Fulano”, “¿qué día es el programa de Zutano?”, lo que no es disculpa para que sea una variación de dicha frase hecha la manera de identificarlo en la parrilla. El caso es que, después de las risas (era una broma recurrente), siempre terminaba por decir que me gustaría hacer un programa de marcado contenido literario que podría llamarse Punto y coma puesto que, a pesar de haber acuñado para mí mismo el mote de “don comas” con el que tantas veces me presento –intento vano de reproducir el modo en que Plenilunio de Muñoz Molina envenenó, alteró, enriqueció, potenció mi estilo narrativo, ese que quiso ser novelístico hasta que encontró acomodo y placer en el ensayo, en textos periodísticos, en mil y una posibilidades que dejan la fabulación para los que tienen talento para ella, metamorfosis completada cuando José Saramago entró en mi ánimo para quedarse, no llegando ni de lejos a la intención, estilo, magisterio que ambos destilan a la hora de puntuar con acierto, hondura y personalidad-, a pesar de mi traición hacia Luis Landero (maestro y espléndido escritor que decía una y mil veces en las aulas que el español es idioma de pocas comas, que otra cosa son las pausas naturales, las cadencias que no implican necesariamente el uso de mi frecuente recurso), siempre me ha resultado simpático ese signo ortográfico que nunca sabían explicarte demasiado bien cómo usar, cuándo era correcto, pero tantas satisfacciones me da cuando lo uso como nexo, como continuidad, como mínima pausa a mi irrefrenable verborrea; y llegados a ese punto (nunca mejor dicho), a pesar de mi querencia por el mismo sobre la coma, concluía que, en realidad, por sugerente, por ofrecer múltiples posibilidades, por resultar atractivo, por prometer continuación, por establecer lazos cómplices para que cada cual los completase, me encantaría poder titular al espacio Puntos suspensivos.

   Nada como la magia de una conclusión que deja en el ánimo del lector las ganas de continuar soñando, una puerta que se queda entornada, un cierre que no es definitivo, que se atreve a torcer la mano de ese habitual, idílico e irreal “…y comieron perdices” con que nos enseñaban de pequeños a finalizar todas las historias, colofón obligatorio que impedía hacerse preguntas, imaginar alguna continuación (recuerdo, por ejemplo, que en uno de esos gozosos tomos conocidos como Películas en que se alternaban historietas sobre personajes Disney con las protagonizadas por el divertidísimo universo que debemos al ingenio de Hanna y Barbera, aparecía una que se presentaba como Vuelve Blancanieves, muy comentada en el colegio porque no teníamos muy claro por qué regresaba o a quién podía interesarle eso más allá de la clásica historia que todos nos sabíamos); no es que uno reniegue de grandes finales que zanjan la narración en el momento conveniente, los hay impresionantes, pero durante tanto tiempo nos hicieron creer que los finales abiertos eran decepcionantes, frustrantes, tramposos, demostraban las carencias del narrador, la poca consistencia de la historia, enfurecían al público (¿Qué decir de Lo que el viento se llevó, éxito de ventas, clásico cinematográfico, rentable desde hace casi un siglo, libro interrumpido porque Margaret Mitchell decidió guardar el resto para un segundo volumen, apabullante conclusión con esa frase legendaria –“Mañana será otro día”- que tanto promete y a tanto invita? Mi tía Carmen tiene toda una teoría en cómo afrontará Escarlata ese nuevo amanecer y jamás se ha sentido estafada porque no hay beso final –tantas veces metido con calzador y a toda costa-), un montón de fruslerías que empequeñecía nuestro horizonte, esa manía de imponer tres o cuatro reglas estrictas, esa forma de minar el ánimo lector que sistemáticamente se ha practicado entre los pequeños ofreciéndoles textos aburridos, inadecuados, adoctrinadores, falsamente magistrales que en tantas ocasiones se limitaban a repetir un esquema, el que se glosaba como el único posible, el verdadero (sí, ya sé que no vamos a empezar por Flaubert o Blasco Ibáñez o, mira, tal vez sí si repasamos todas sus creaciones y encontramos narraciones accesibles y atractivas que nos familiarizan con esos u otros autores –en un libro de texto de mis primeros años de EGB aparecía El gigante egoísta de Oscar Wilde como lectura obligatoria: en ese momento, te quedas con una interpretación, con los años vas más allá de lo meramente literal-), nos implantaban tantos prejuicios que hubo un momento en que, volando libremente, uno cogió aversión a esos desenlaces en los que todo parecía atado y bien atado (qué pronto me rebelé ante esta frase sin tener claro ni quién la había pronunciado) y buscaba casi con desesperación esos otros en que pudiera hablar de tú a tú con los personajes, quedarse rumiando un tiempo, interiorizando los estímulos recibidos durante la lectura. Lo cierto es que no se puede ser categórico y, como en tantas entrevistas respondimos Pablo y yo cuando presentamos Finales de cine, nuestro primer libro conjunto, lo único que exigimos, aquello por lo que seleccionamos esas 77 películas de entre las más de 200 que reunimos en un primer listado, lo que nosotros entendemos por “buen final” es que sea coherente con todo lo demás, no un quiebro forzado pensando en las ventas, una obviedad presentida mucho antes de que suceda, una repetición del hallazgo de otro sin añadidos ni variantes, una vuelta de tuerca sin sentido sólo para provocar una sorpresa poco duradera, en definitiva, cualquier añagaza que no acepta la revisitación, el replanteamiento, puntos suspensivos diseminados con destreza y talento por el autor, pausa que le garantiza la inmortalidad.

   Esta satisfacción de quedarte con la miel en los labios no por escasez sino por grandeza, por sutileza, por capacidad evocadora, por magnífica descripción de sentimientos, por viveza de sensaciones, por saber economizar palabras pero ofrecer con las justas un caleidoscopio con el que jugar, este continuo regalo lo he experimentado durante la lectura del volumen El Garden Party y otros cuentos de Katherine Mansfield. La autora neozelandesa es capaz de concretar existencias completas en unas cuantas páginas (Vida de Ma Parker es el relato que mejor lo ejemplifica de los aquí reunidos), pasar de momentos luminosos a oscuridades muy íntimas, de lo lúdico, frívolo e incluso tonto a lo más trascendente, con pequeñas dosis va variando y ampliando tonos, una gran sinfonía que sólo muestra los acordes precisos (pero los que quedan en off dejan sentir su exo), capta con naturalidad ambientes, circunstancias, detalles con múltiples significados y cuando tiene al lector interesado, inquieto, regocijado por su talento narrativo, implicado con la historia, remata con brío y audacia para que se sienta un pellizco en el alma y esos personajes se queden con nosotros, para que ahoguemos una sonrisa, un gemido, una lágrima, para removernos, para dejar al ser humano al descubierto, para levantar acta de su impiedad, su inconsciencia, su crueldad, su ceguera ante el sufrimiento de los otros, su escaso conocimiento y/o preocupación por los  afectos de los demás, su nulo análisis sobre los propios, en definitiva, una prosa en apariencia intrascendente que va calando en nuestro ánimo gota a gota, sin sentir, hasta que resulta imposible desasirse de ella, hasta que cala en lo más hondo y nos quita el antifaz. Teniendo aún demasiado reciente (en realidad, siempre queda ahí) la lectura de Al faro de Virginia Woolf, fue inevitable evocar a la fantástica autora al abrir el libro por el primer relato –En la bahía- y reconocer esa manera de quitar capas para inspeccionar lo que realmente sucede en el interior de los pechos y las cabezas de los personajes, rodeados por un paisaje idílico, con descripciones bucólicas que transmutan en párrafos amenazantes, crueles, inquietantes, según la ocasión lo requiera hasta que, tras algo más de 50 páginas –es la narración más extensa de las agrupadas-, cuando no puede haber marcha atrás, Mansfield cierra la historia con el siguiente párrafo: “Una nubecilla serena pasó ocultando la luna. En aquellos segundos de oscuridad el mar resonó con eco más profundo y agitado. Luego la nube pasó y el sonido del mar volvió a ser un arrullo difuso, como si hubiese despertado de un oscuro sueño. Todo estaba en calma”. Como puede comprobarse, nada se desvela al descontextualizar estas frases, en apariencia meramente descriptivas, pero que cobran múltiples sentidos al estar precedidas por todo lo anterior, especialmente ese lapidario “todo estaba en calma”: cuando es alguien es capaz de provocar tales embates emocionales con una frase tan sencilla e ingenua, tan clamorosamente simple, tan cotidiana, nos encontramos ante una escritora prodigiosa con una capacidad inagotable para escarbar, para profundizar, para taladrar, para sondear esa realidad inaprensible que tantas veces diríase ficticia, soñada o utópica llamada “naturaleza humana”.

   Y lo fabuloso es que jamás tienes nada claro con Katherine Mansfield, jamás puedes anticipar por qué meandros va a moverse, a cuántos desequilibrios te va a forzar, pero siempre juega limpio porque narra desde la distancia, la observación, la mera exposición, llevándote al límite sin que lo percibas hasta que ya es tarde porque su prosa es adictiva, porque sus diálogos son certeros, porque sus monólogos interiores son torrenciales, porque apela directamente al lector, porque le hace partícipe (y a veces responsable) del destino de sus personajes (ese momento estremecedor en que, precisamente en El Garden Party, Laura sólo sabe balbucear “¿No es la vida…?”, sin encontrar las palabras precisas para expresar y explicar su conmoción, y su hermano tan sólo le responde “Lo es, querida” –la cursiva en esas dos palabras aparece en el libro-). Y plasma con determinación lo absurdos que podemos llegar a ser por pensar demasiado las cosas, por preocuparnos por la mirada de los demás, los cuales tal vez ni nos ven pero nosotros los sentimos ojo avizor (Las hijas del difunto coronel), cómo consentimos ser prisioneros de convenciones sociales que no deberían afectarnos (El señor y la señora Palomo), cómo paralizamos nuestra vida y la de los demás y somos crueles por diversión (La adolescente –esa muchacha a la que su madre siempre deja esperando-, Mariage à la mode –en la que cambiamos de perspectiva y de forma de analizar un matrimonio en cuestión de cuatro frases, gracias, una vez más, al modo en que Mansfield ofrece las múltiples caras de lo aparentemente sencillo-); y, por encima de todo lo demás, nos tropezamos con esa Ma Baker antes citada, esa mujer que sólo se duele de no poder dar rienda suelta a su dolor (“¡Ay!, ¿no existía ningún sitio en donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo en donde pudiese, por fin, solazarse llorando?”) o con la señorita Brill, pariente muy cercana de aquella de Trevélez que inmortalizó Carlos Arniches (y que inspiró Calle Mayor, la obra maestra de Juan Antonio Bardem) o de la que sin nombre, tan sólo señorita, dio título a la demoledora canción de Rafael de León y Juan Solano, esa mujer que sufre el menosprecio, el insulto, el salvajismo de aquellos que miran con sorna al diferente, que condenan al solitario, que fingen indiferencia para lanzar el ataque más despiadado, que provocan lágrimas, desencantos, que ensucian la tierra, que se erigen en jueces. Mansfield retrata con mano firme, con inmensa y envidiable concisión, terminando el relato donde otros muchos lo empezarían, esa es su diferencia y su virtud: capta la vida con precisión de microscopio y nos alienta a que la continuemos, a que pongamos nuestras propias palabras sobre su alfombra de puntos suspensivos.