viernes, 8 de agosto de 2014

TRADUTTORE, ¿TRADITORE?








   Durante un tiempo coincidí con una persona (bueno, lo cierto es que la consideré amiga durante unos cuantos años, pero a la hora de la verdad decidió demostrar fidelidad a un tipejo insultante que menosprecia a los que no asienten a sus vomitonas, que emponzoña la profesión al soltar exabruptos que a veces rozan lo delictivo por ofensivos y lesivos –lo que más me dolió y me hizo marcar distancias fue que, ante las críticas vertidas por Pablo en Twitter por las frasecitas de aquel y el aplauso de otros, incluida ella claro, en lugar de replicar, confraternizar, quitar hierro, discutir, renegar, optó por eliminarle de su cuenta para que, así, no pudiese leer sus mensajes ni los de sus contactos y, desde entonces, silencio absoluto (me la topé un par de veces e intentó mantener un diálogo como si no hubiera pasado nada, ignorando mis indirectas sobre el asunto, ni siquiera intentó justificarse, como si nada hubiera pasado). Como diría Salomé en postura imposible en un a todas luces incómodo sillón tras soportar el Festival de Eurovisión en que los Nash hicieron el ridículo y Carlitos Lozano, ese ser, los defendía a capa y espada (para que TVE pudiera luego agradecerle los servicios prestados como él creía merecer): “Pa ti pa siempre”, si pretendes ignorar a mi pareja no me importas nada-), como decía el trabajo nos hizo compartir muchas horas (trabajo, por cierto, que sólo le motivaba si podía dedicar el tiempo a películas que le hubiesen gustado o entrevistar a actores/directores que le resultasen interesantes, lo demás era poco menos que el suplicio de Tántalo, demostraba una falta absoluta de vocación, a pesar de haber estudiado Ciencias de la Imagen, precisamente lo que más rehuía eran las tareas de montaje, postproducción y demás, a pesar de haber optado por ello) y daba mucho tema de conversación entre el equipo (y luego en casa, desde luego) por sus comentarios fuera de tono, desabridos, explosivos, frasecitas que llevaba pensadas desde antes de ver cualquier película y de las que era muy raro que se desdijese, a veces irónicos, otras injustos, en ocasiones punzantes, pero que, por un lado, no mantenía según quién estuviese escuchando o pudiese leerlos (así, por ejemplo, decía “no incluiré tal título entre los peores del año porque trabaja este actor al que tengo en Twitter y no quiero que se enfade” -¡Viva el criterio y la profesionalidad!-) o cambiaba a veces de un día para otro según lo que fuesen opinando otros colegas/amigos/redes sociales (y rebatía toda indignada “¿es que no se pueden repensar las cosas?”; sí, claro, es parte de un verdadero estudio y análisis, revisar, contextualizar, hacer la prueba del algodón, del paso del tiempo… ¡pero no una semana después del estreno, chiquilla!). En lo que se comportaba como una auténtica talibana, llegando al ridículo y patetismo, era en el asunto del doblaje: vaya por delante que opto por la versión original siempre que sea posible, cada vez estoy más distanciado de la reinterpretación que se hace de determinados personajes a la hora de adjudicarles voces, de lo artificioso que resulta este procedimiento en un porcentaje cada vez más elevado, de lo repetitivo (parece que todo lo doblen cuatro o cinco), de cómo se cercena un elemento básico y fundamental de una interpretación e incluso de cómo se altera el diálogo original, pero eso no significa que no agradezca lo mucho que pude conocer y amar el cine desde muy temprana edad, gracias precisamente al doblaje; esas zarandajas que afirman que con todo en versión original hablaríamos mejor inglés (suele ser el único idioma que les preocupa a los que mantienen esta postura) caen por su propio peso (tengo conocidos portugueses que, al ver todas las películas en versión original en su emisión por televisión, afirman que es un buen complemento al estudio, que lo agiliza y facilita, pero hay que tener un conocimiento previo porque, se diga lo que se diga, de niño aprendes idiomas con suma facilidad pero si hay diálogo, interactuación, no hipnotizado frente a la pequeña pantalla como si por medio de los rayos catódicos te transmitiesen la ciencia infusa), al margen de que en un montón de países, aunque la mayoría de los estrenos se hagan en la lengua primigenia y tan sólo se subtitulen, éstos se doblan antes de su emisión (he visto, por ejemplo, a John Wayne defenderse en la lengua de Moliere o a aquellos vengadores que fueron Patrick Macnee –quien, por cierto, aún vive… ¡92 años tiene el inolvidable John Steed!- y Diana Rigg –su aparición es de lo mejorcito de la bastante sobrevalorada Juego de tronos- hablar un francés impoluto sin descomponer el gesto británico), no podemos dejar de lado a un público muy numeroso que, por edad y falta de hábito, no puede seguir los subtítulos y tiene derecho a disfrutar del séptimo arte (precisamente por eso, por respeto a todos ellos y al propio arte, no se puede doblar en serie, sonando todo igual, monocorde, neutro o demasiado exagerado –hay tanto por recuperar en lo que a buen hacer se refiere-).
   Lo más curioso es que, en cierta ocasión, a esta mujercita que también presumía de ser gran aficionada al teatro o a la literatura le espeté en medio de una de esas diatribas –“yo no tengo por qué ver nada doblado” (y tienes todo tu derecho, pero no a prohibir, censurar, olvidar que viste Los Goonies en castellano y lo pasaste como loca y que eso no te hace más tonta –y sí tu encastillamiento cerril-)- que, del mismo modo que despotricaba sobre el cine, debería aplicar su criterio (ejem) a otras artes, puesto que Shakespeare (quien, por cierto, no le gusta en bloque, sin distingos –una de sus muchas señas de identidad, “no me gusta Shakespeare”, otra es “hola, me gusta Lars von Trier, luego ya hablamos”, aunque a la hora de elegir sus películas de cada año suele optar por Toy Story 3 e incluso alabar una de Michael Bay o la sexta entrega de la saga esa de lo fast y lo furious), bueno, decía que Shakespeare, cualquier dramaturgo (y eso vale también para Lope o Calderón cuando son exportados, no sólo para los extranjeros que llegan a nuestros escenarios) trabaja el lenguaje como herramienta de expresión, es lo capital a la hora de levantar una función (las acotaciones, por muy brillantes que sean, son conocidas por pocos), se supone que al que le molesta el doblaje debe perturbarle esa distorsión, esa intrusión, esa reescritura, no digamos nada si nos centramos en la narrativa, en el universo de palabras que cada autor crea, esos vericuetos intraducibles del idioma, esos juegos que sólo se comprenden en el original, ese algo especial que le hace único, aquello a lo que casi siempre se hace mención en el acta que concede el Nobel; pero ella, sin despeinarse, en su tono habitual, encantada y hablando como sobre las puntas de los pies para parecer más alta, me soltó un “bueno, es que eso no lo es mismo” que aún me duele más que una bofetada con la palma bien abierta. ¿No da la misma importancia a las palabras de Saramago, Herta Müller, Virginia Woolf, Balzac, incluso el estafador de Chuck Palahniuk por el que ella pierde el oremus que al diálogo de una cinta de los Transformers? Y el caso es que, del mismo modo que agradezco al doblaje el acceso permitido a tantas películas que, de otro modo, no hubiese podido ver cuando era un tierno infante, jamás corresponderé como debo a todos los traductores que han hecho y hacen posible que pueda seguir leyendo a velocidad de crucero, que se toman su trabajo muy en serio, que invierten muchas horas para respetar la cadencia, el tono, el sentido, la elección de términos, verter a nuestro idioma a tantos autores que son necesarios para soportar este tránsito llamado vida; aunque hiciéramos como Borges –aprender alemán para leer a Schopenhauer-, no llegaríamos más que a comprender tres, cuatro, cinco lenguas –los hay con cerebros privilegiados y con facilidad de aprendizaje-, pero siempre habría alguna asignatura pendiente y nos perderíamos el placer de descubrir a uno de esos escritores que, de repente, te cambian la vida.
   Por lo tanto, es una grandísima noticia que Alianza Editorial haya puesto en marcha una Biblioteca de Traductores en la que dan la oportunidad a algunos de los mejores en esta ingrata y poco reconocida tarea de recuperar aquel título que creen no fue bien traducido en su momento o que necesita una puesta al día o rescaten alguno que no ha sido antes vertido al castellano o, como en el caso de El diablo en el cuerpo de Raymond Radiguet, un libro que acaba de dejarme sin aliento (escrito cuando su autor apenas tenía 20 años, edad con la que moriría en 1923, poco después de su publicación), porque el que fuese su traductor hace más de 40 años, Vicente Molina Foix, considera que en ese momento fue “fiel aunque excesivamente “libertario”, tratando en todo momento esta segunda vez de reflejar con exactitud el timbre y la lírica sequedad del escritor, eliminando los pequeños acomodos a la personalísima construcción del párrafo y la acentuación de su prosa”. El resultado es una lectura gozosa por los hallazgos concretados en pocas palabras, en una prosa elíptica, tan acelerada como el corazón de ese joven enamorado de una joven casada con un soldado que está combatiendo en la Gran Guerra, un prodigio de contención y concisión que nos lleva por los vericuetos del reproche, del egoísmo, con unos personajes a los que resulta muy difícil comprender pero imposible no compadecer, aunque en realidad todos sabemos que nunca es fácil explicar el ritmo al que late nuestro corazón y que no somos quienes para juzgar a los demás por mucho que sus comportamientos nos produzcan rechazo. Gracias a Alianza Editorial han regresado a primera línea títulos imprescindibles como El Gran Gatsby, Los Miserables o Sensatez y sentimiento, que es como José Luis López Muñoz cree que es más preciso llamar a la estupenda novela de Jane Austen que siempre habíamos denominado Sentido y sensibilidad, en ediciones cuidadas, para que el lector de hoy redescubra obras que nunca están suficientemente leídas y pueda maravillarse con otras descatalogadas, olvidadas o, simplemente, no traducidas antes. Ojalá esta iniciativa continúe y nos depare grandes momentos y horas impagables de buena lectura (puestos a pedir, uno rogaría que, sobre todo, se primasen esos libros y/o autores que nos han sido vetados o relegados en su día a un rincón de un almacén –otros, aunque haya traducciones que no les hagan justicia, al menos han logrado trascender-).  

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