miércoles, 20 de agosto de 2014

LO QUE SE OCULTA EN EL ALMARIO


  

(Descubro con estupor que, según el DRAE, “almario” es sinónimo de “armario”, sin conceder al término una segunda acepción enriquecida de poesía que hiciese alusión a esa cavidad de cada uno, a ese recoveco en que escondemos nuestra verdadera identidad, a ese almario al que tanto nos cuesta asomarnos)
   A García Márquez hay que tenerle siempre cerca, nunca está de más, es una ayuda permanente, un continuo regalo, una inspiración necesaria, una brújula que indica el camino, un maestro del que nunca se termina de aprender todo, que gana con el paso del tiempo, cuyo verbo de por sí vitaminado va ganando en propiedades y salubridad, se enriquece por sí mismo, por generación espontánea; y no, todavía no ha llegado el momento de, como prometí, detenernos en su magna obra (permítanme que termine alguna lectura más), pero es que se anticipa a cualquier cosa que pretendo escribir por nimia que sea, porque cuando piensas que has llegado a un sitio y podrás construir tu parcelita, pequeñita y humilde pero propia al fin y al cabo, descubres que ya ondea la bandera que demuestra que, en el territorio de las palabras dichas, sentidas, vividas, nacidas en español o cualquiera de los dialectos, lenguajes, idiomas, jergas, argots, expresiones que lo perfeccionaron, incrementaron, asimilaron, potenciaron, asumieron, manipularon, variaron, iluminaron (y, por desgracia, olvidamos, corregimos, silenciamos, ignoramos, desterramos, perdimos su riqueza, colorido, viveza, ingenio, poder de expansión, tanto vocabulario desperdiciado que, por mucho que Gabo, Carpentier, Vargas Llosa, Benedetti, Borges, Fuentes, tantos otros hayan limpiado, fijado y dado esplendor en libros imprescindibles, jamás vamos a conocer, apreciar, saber utilizar), cualquier conjunción de letras que planifiques ya ha pasado por el magín de este escritor capital y la ha convertido en frase legendaria, sentencia inolvidable, párrafo que pasma por su sencillez, fluidez y concreción, fruto de un trabajo despacioso, tomado muy en serio, con la conciencia puesta en los receptores, palabras irrepetibles porque sólo alguien de su talento puede utilizarlas con semejante precisión, ensanchando su significado, iluminando almas. El caso es que andaba dando vueltas a lo que hoy quiero contar y en el interesante volumen Yo no vengo a decir un discurso (editado, como el resto de su producción, por Literatura Random House) en el que se reúnen algunos de los textos que concibió para ser leídos en público, leo que, evocando al cubano Félix B. Cagnet, el autor de El derecho de nacer, nombre capital para estudiar, analizar y comprender el fenómeno de las radionovelas, Gabo recuerda que en una ocasión le dijo: “Yo parto de la base de que la gente quiere llorar, lo único que hago es darles el pretexto”.
   Y el caso es que por ahí quería empezar (llevo unos días pergeñando el presente escrito) sin saber que el pórtico perfecto estaba por llegar: sé que la frase no es de la tía Carmen, pero se la escuché decir muchas veces al terminar una película de esas que nos arrebataban desmesuradamente, esos melodramas fastuosos en los que es imposible refrenarse, esos filmes que te encogen el corazón y terminas anegado en lágrimas (lo cierto es que, entre otras muchas cosas, he aprendido de la tía a vivir con intensidad lo que me gusta y a expresarlo: si se trata de una comedia, nadie como ella para soltar carcajadas estruendosas y sinceras –se ríe con todas las ganas del mundo y algunas más-, si es un drama, moquea, tiembla, se desespera), el caso es que, al terminar, mientras recogía el pañuelo empapado, manoseado, estrujado, recuperaba la compostura y echaba fuera el sofoco experimentado, se removía toda satisfecha y rubricaba la función con su “¡Cómo he llorado! ¡Qué bien me lo he pasado!”, porque de eso se trataba, de olvidarse por un rato de uno mismo y sufrir con, por, en los demás, en los de mentira, en los de la película (el objetivo sólo se conseguía cuando era posible la interactuación, cuando el corazón recogía los impulsos y los daba cauce, por eso la tía se lo sigue pasando de miedo con alguna de Bette Davis, por mucho que haya quien no lo comprenda). Y, como digo, he heredado esa manera de contemplar un espectáculo, tengo una enorme facilidad para hacer mías las emociones de los personajes, de los artistas, y bien por lástima, por rabia, por pena, por dolor, bien porque me dejo llevar por el síndrome de Stendhal y la belleza me cautiva hasta el último recodo, bien porque la alegría me inunda, son múltiples las ocasiones en que me recuerdo llorando sin poder ni querer evitarlo, no sólo con la muerte de Chanquete como todos en aquella funesta sobremesa de domingo –mazazo traicionero y mal dado, visto ahora ya no me provoca la misma reacción-, sino al terminar el musical Billy Elliot en Londres (una de las cosas más bellas que he visto sobre un escenario), al contemplar a un Charles Azanvour de 80 años interpretar La bohème, en el momento en que doña Concha Piquer dice lo de “anda, rey de España, vamos a dormir” en Y sin embargo te quiero o en la tercera estrofa de Picadita de viruela cuando resulta que “el mozo que la cantara volvió otra vez a pasar” o justo cuando, a punto de abandonar la casa familiar ya como mujer casada, Tina pregunta en La solterona: “¿Dónde está tía Charlotte?” (y es evocarlo y notar cómo los ojos se me empañan y me estremezco). Del mismo modo, en más de una oportunidad he tenido que dejar de leer porque no podía distinguir las letras a través del velo que las lágrimas formaban: me sucedió con La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro en su tramo final y seguí un buen rato aferrado al libro ya cerrado, meciéndolo, llorando en silencio; El niño con el pijama de rayas de John Boyne me dejó primero noqueado y, poco a poco, empecé a hipar, a tiritar, a sentir que algo se me quebraba hasta que rompí en llanto liberador, aunque angustioso e inconsolable; podría seguir enumerando ejemplos, pero prefiero quedarme con el último libro que, por el momento, ha conseguido que lo terminase faltándome el aire, cabeceando, sufriendo (aunque disfrutando con el modo en que está escrito, con la mucha sensibilidad que el autor destila), intentando contener las lágrimas, dando rienda suelta a un miedo ancestral que te hace sentir vulnerable, siempre niño, momento al que, se diga lo que se diga, nunca llegas realmente preparado: el de perder a tus progenitores. Un monstruo viene a verme, publicada en España por Nube de Tinta, parte de una idea que la estupenda autora de literatura infantil Siobhan Dowd no pudo desarrollar debido a su prematura muerte y que ha visto la luz gracias a que Patrick Ness aceptó el encargo de concluirla (“Tenía los personajes, una premisa y un inicio. Lo que no tenía, desgraciadamente, era tiempo”), aunque no trató de imitarla (“(…) lo que tienen las buenas ideas es que generan otras ideas”).
   Partiendo de un escenario absolutamente reconocible, el terror a lo que puede aparecer en nuestra habitación por las noches, lo que se oculta debajo de la cama, lo que se agazapa dentro del armario, los miedos que adquieren forma, las amenazas que se hacen corpóreas, las pesadillas que contemplamos con los ojos abiertos, Ness nos presenta a Conor, un chaval de trece años que debe enfrentarse al monstruo que crean sus propias aprensiones, el espanto a que la sombra ominosa que planea sobre su madre, que ya es una realidad palpable, extienda su manto oscuro totalmente, implacable, asolando, destruyendo, dejándole desamparado, a merced del dolor lacerante que apenas logra acallar, herida que palpita incesantemente, fiebre que le hace contemplar la vida con distancia, con rencor, a la defensiva, sin tener claro qué imagina y qué sucede, sin querer examinar sus sentimientos, sin poder esquivar el continuo topetazo con un muro infranqueable e inevitable. Con enorme sensibilidad y economía de recursos, casi como si narrase el adolescente aunque la novela esté escrita en tercera persona, Ness va desgranando una atmósfera irrespirable que nos atenaza más por lo que sugiere que por lo que hace explícito: sin olvidar que se dirige a lectores de la edad del protagonista, abordando el asunto con exquisitez, sin ahorrar nada pero sin recrearse en los detalles, acariciando las teclas precisas, conmoviendo desde la contención, con un lenguaje sencillo que capta lo inexplicable, lo que hay dentro de cada uno y no somos capaces de verbalizar, el autor sabe hablar a los adultos, a los que tantas veces nos hemos sobrecogido ante la enfermedad de alguno de nuestros progenitores, a los que nos hemos sentido heridos al verles frágiles, vencidos por la edad, desprotegidos, despojados de ese aura de invencibilidad con que gustamos de revestirlos cuando son nuestro único refugio (ya lo cantó Roberto Carlos: “Cuando era un niño y podía llorar en tus brazos y oír tanta cosa bonita en mi aflicción”). Conor es uno de esos niños tristes que conmocionan por la naturalidad con que se envuelven en esa coraza, como si fuese su única posibilidad de supervivencia, niños que, aunque no comprenden por qué (no es que de mayor se entienda mejor, pero nos inventamos salvavidas, asideros, metáforas, escondrijos que, por mucha imaginación que tenga un crío, no sirven de nada a una corta edad puesto que, a la hora de la verdad, se impone el pragmatismo infantil, su necesidad de concretar, su confusión cuando se comparan con otros chavales y se notan diferentes –reveladoras, en este caso, las escenas que tienen lugar en la escuela: las burlas de algunos compañeros, la insólita solidaridad de otros, la conmiseración de los profesores-), optan por seguir camino sin hacer patente su congoja, rumiando su rabia, acumulando inquina, alimentando su encono, despreciando las bonitas e inanes palabras de los adultos, mirando con ojos que hacen auténticas prospecciones en el ánimo de los mayores, desmontando la ficción, decolorando el tinte rosa que quieren imprimir al horizonte, cerceando cualquier vía de escape.
   En su novela Los desolados, Javier Menéndez Flores pinta un momento en que uno de los personajes contempla a su madre mientras sube al autobús que la llevará a su casa, es invierno en la Puerta del Sol, es un día oscuro y muy desapacible, creo recordar que llueve o al menos la tormenta es inminente, se percibe el frío en cada palabra, y esta mujer se estremece al comprobar que su madre es muy frágil, que puede quebrarse en cada momento, que ya no es ese ser indestructible que la protegía de todo, que ella no es capaz de preservarla de los embates de la edad, del paso del tiempo, del deterioro que asumimos como parte del juego. Recorrer Un monstruo viene a verme me hizo regresar a ese prodigioso, mesurado, vívido, turbador, emocionante y sobrecogedor texto al que Pablo quiso que pusiera voz, esa crónica doliente y comedida, equilibrada y sentida, en que rememoró los últimos meses de vida de su madre, esa ausencia tan presente, ese dolor callado por el que no me atrevo a preguntar (tal vez por miedo a que mi propio dolor aumente, tal vez por incapacidad para contenerlo y atenuarlo, tal vez por cobardía a no estar a la altura, tal vez porque no es necesario ya que hay conexiones, vínculos, apoyos, cariños que no precisan de palabras sino de acciones, de permanencias, de certezas); pero en ese texto también está la herencia vital y emocional recibida, el ejemplo impagable de alguien que le enseñó (y a mí a través de las palabras de su hijo, de los sentimientos convocados en cada frase, de la viveza expresiva con que Nidos de gaviotas sacude al lector –multiplicada cuando, además, hay que darle vida en voz alta-) a apreciar, valorar, buscar y amplificar las posibilidades de ser feliz, expectativas tan o más importantes y enriquecedoras que el en ocasiones mero disfrute, un poco al modo de esa canción de Alberto Cortez que tanto me gusta en la que afirma “prefiero, más que llegar, pensar que ya voy llegando”. Y, una vez más, su empaque, su sensibilidad, su acertado análisis me ha dado empuje, alas, movimiento, al igual que lo hace Conor, quien tan sólo desea llamar a las cosas por su nombre, comprender que no es malvado por desear que el dolor termine, que puede sonar egoísta pero que cuando sólo es posible una verdad lo mejor es decirla, asumirla, gritarla, porque eso nos prepara para afrontar lo que, sin duda, ha de venir después, aunque fue inevitable sentir en toda su magnitud el escalofrío que me atenazó el otro día cuando vi a mi padre sentado esperando el metro y le encontré demasiado delgado, mayor, empequeñecido, pendiente de unas próximas pruebas médicas, y todo se me mezcló y anticipé esa orfandad que, en realidad, siempre llevamos a cuestas. Por eso le dije a Pablo que, aunque es una maravilla, hay que esperar el momento adecuado para leer Un monstruo viene a verme, magnífico compendio de esos terrores de los que jamás podremos desprendernos, lectura que revuelve, turba, pero nos engrandece, nos hace mirar con ojos aún más enamorados a las personas que lo merecen.  

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