viernes, 15 de agosto de 2014

VOLVER AL LUGAR DEL CRIMEN



  



 Será que creo en mí menos de lo que debiera o que soy consciente de que, a la mínima ocasión, encuentro una excusa que me resulta válida y que no me provoca remordimientos para posponer alguna tarea hasta el día siguiente; es cierto que tengo mucha capacidad de trabajo y que en realidad no paro, pero dejo pasar muchas horas un tanto vacías o que, bien aprovechadas, harían que mis escritos (centrándonos en concreto en esta actividad) se multiplicaran o que los concluyese antes, que aunque cada vez disfruto más el momento de estar tecleando frente a la pantalla del ordenador (especialmente cuando comparto la tarea con Pablo), siempre he sido un tanto vago para escribir, que me demoro, entretengo, busco subterfugios (sí, algunos son lógicos: documentarme, leer, ver películas, ir al teatro, buscar inspiración, pero exagero su importancia dilatando la espera), y mira que Mercedes Cebrián me felicitó por sacar adelante un blog (aumentó el volumen de los plácemes cuando le dije que, en realidad, tenía dos), por tener la constancia de darle continuidad, y por mucho que le dije que eso son rachas y que en realidad yo envidio al que, como ella, es capaz de completar una novela (y, para colmo, tan divertida, bien desarrollada y estupendamente armada como El genuino sabor), la escritora insistió en que ahí estaban las pruebas de mi entrega y, sin pecar de inmodestia, es algo que no puedo negar. Pero, como digo, aunque el veneno de mover los dedos sobre el teclado me satisface, me hace sentir vivo, involucrado con la profesión que algunos me impiden ejercer (pero los poetas hueros pasarán, de sus versos no se acordará nadie –tampoco ahora por mucho que se considere en ejercicio y en el mercado- y, modestamente, Celuloide en vena y El arpa de Bécquer seguirán apareciendo ante los ojos de cualquier internauta), cada vez algo más convencido de que puedo presentarme como “escritor” (aunque sigue siendo una denominación que me cuesta aceptar, un honor que no creo merecer –y no es falsa modestia ni necesidad de que me regalen los oídos-), nunca pensé que llegase a escribir la entrada número 100 de este rincón (de este ángulo oscuro en el que me gusta ubicarme hasta que Pablo ejerce como voz que me despierta y me pone en movimiento –él es esa mano de nieve que sabe arrancarme mis mejores notas-), de este cuaderno que, aunque tocando diferentes asuntos, yendo de acá para allá, hablando de mis múltiples pasiones, sirviéndome como lugar para reflexionar, preguntarme, seguir aprendiendo, estar en contacto con personas que, por sensibilidades parejas o por todo lo contrario, tienen la amabilidad de interesarse por mis palabras, ha ido deviniendo especialmente en una especie de memorias lectoras, de mi experiencia junto a los libros, de cómo hay autores que marcan mi vida, equipaje que porto con sumo gusto, de cómo he regresado a otros, de cómo he ido cumpliendo esas deudas que vamos dejando a lo largo del camino (hay tanto por leer y, por desgracia, el tiempo que puede dedicarse a ese placer siempre es poco), de cómo descubrí a éste o cómo accedí a aquel, una especie de biografía sentimental en torno a lo que fue una necesidad desde antes de poder ponerle nombre, desde que el tío Miguel me enseñó, cuando apenas contaba tres años, a reconocer las letras en las matrículas de los coches mientras paseábamos hasta la Dehesa de la Villa. Tal vez por eso, en un día tan señalado, se hacía obligatorio, perentorio, necesario, cerrar el círculo para ir abriendo otros, había que regresar al libro que me transformó, que me hizo dar un salto cualitativo, una triple pirueta sin red que me convirtió en lector adulto, el título que provocó todo lo que vino después, la epifanía que puso ante mis ojos un universo infinito, un horizonte inabarcable, es decir, Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena.
   Es fácil suponer que, con mi capacidad omnívora para la lectura (fácilmente estimulada desde “la caja tonta”, desde aquella TVE sin competencia que, se diga lo que se diga, cumplía con su misión de ente público sin adoctrinar ni despeñarse por lo facilón, esa televisión que proponía sin obligar, como diversión y caudal de aventuras, con una certera y cuidada elección de posibilidades), con mi curiosidad por cualquier cosa que tuviera letras, hubiese ido dejando a un lado (aunque sin renegar de ellos, algunos porque pueden –y deben- ser revisitados de adultos, otros porque cumplieron su papel, imprescindible, para que uno se parezca a Alonso Quijano –eso sí, leyendo (casi) todos los géneros y/o estilos-) los libros que alegraron mi infancia (Enid Blyton, los clásicos adaptados –no tergiversados ni manipulados- al cómic de la editorial Bruguera, esas colecciones de las que ya he hablado en tantas ocasiones), aunque también hubiera sido posible, casos se han dado, que, con la nefasta selección que suele imponerse en las aulas, con el nulo instinto lector que tienen los que elaboran programas de estudios, hubiese salido corriendo en dirección contraria a cualquier biblioteca tras haber tenido que “deleitarme” y memorizar todo lo relativo al Cantar del Mío Cid –era muy divertido ver las aventuras de Ruy, el niño que fuese Rodrigo Díaz de Vivar, del mismo modo que lo era conocer a Don Quijote y Sancho Panza en aquellas series de animación prodigiosas; ¿a nadie se le ocurrió integrarlas en la orden ministerial? ¿No hay un pedagogo en la sala, alguien verdaderamente enamorado de la literatura, que sepa cómo transmitirla, cómo hacerla apetecible?- o a otras joyas incuestionables (bueno, todo hay que decirlo, algunas muy sobrevaloradas) que difícilmente puede apreciar un chaval de corta edad que, cada vez con mayor frecuencia aunque esta carencia viene de lejos, apenas ha abierto un libro, tal vez algunos cuentos, unos tebeos, muchas veces ni eso porque le gustan más las chapas, las canicas, el fútbol (e incluso se le hace pensar que leer “es de señoritas”). El caso es que, sin saber muy bien lo que hacía (o sabiéndolo, no crean ustedes, porque es su forma de actuar), mi hermana supo llamar mi atención sobre el libro que tenía en su mesilla al decirme “es sobre una detective que, para resolver un crimen, es internada en un manicomio” y, claro, ese que se había bebido la colección de Los Cinco, que adoraba Los Tres Investigadores, que ya coqueteaba con Agatha Christie, dijo que quería leerlo en cuanto ella lo terminase… y así pasó y aquí me tienen habiendo leído, creo que octava o novena vez, Los renglones torcidos de Dios.
   Durante unos años, volvía a él cada cierto tiempo, lo convertí en parte de una exposición en el Instituto (una profesora, Carlota, daba la opción a quien quisiera de hablar sobre un libro que le hubiese gustado y abrir después un coloquio con el resto de la clase), lo releí con fruición, he perdido la cuenta, pero tengo muy vívida la sensación de que cada vez me gustaba más, cada vez lo comprendía mejor, en cada ocasión volvía a admirarme la capacidad de Luca de Tena para trenzar el argumento con pericia, con sabiduría, con conocimiento del oficio, como espléndido, creativo y gran novelista; en esos años fui leyendo todo lo que caía en mis manos firmado por él, empezando por un libro que siempre estuvo en casa, Edad prohibida, siguiendo con La brújula loca, intercambiando volúmenes con un compañero al que también le gustaba, Chema, gracias al cual conocí Pepa Niebla (en realidad, era un autor de éxito entre los adolescentes porque ahora recuerdo que, aunque terminó por regalármelo mi hermano, leí La brújula loca porque era un libro que le gustaba mucho a otra compañera, Paloma Sadki –sí, con apellido, porque en clase había otra Paloma y teníamos que distinguirlas, apellidada Porras la segunda-), Los hijos de la lluvia (a.C.), que fue toda una conmoción entre nosotros cuando se publicó a mediados de los 80 del siglo pasado (un personaje recordaba sus vidas pasadas, sus sucesivas reencarnaciones en seres de ambos sexos, deteniéndose en el nacimiento de Cristo –creo que se prometía, o que al menos lo anunció el propio autor, una segunda parte que nunca llegó-) y, así, nunca tuve reparos en asegurar que Torcuato Luca de Tena era uno de mis novelistas favoritos (y en capacidad de fabulación, en romper costuras y ensanchar el género, en imaginación, en creatividad, en audacia, muy por encima de otros más recomendados, glorificados, bien vistos por la intelectualidad reinante). Aunque le fui infiel durante bastante tiempo, no dejé de regalar Los renglones torcidos de Dios, ha sido mi primera opción en cuanto descubro que alguien no lo ha leído, fue uno de los primeros libros que elegí para Pablo e ir compartiendo sus emociones, su interés, su pasión mientras lo leía fue una inolvidable experiencia, confirmando que el tiempo jugaba a su favor, que se mantenía en plena forma, que seguía despertando admiración y, además, con su concurso anudábamos un poco más nuestros corazones.
   Y he vuelto a él para poder escribir desde el presente, debo confesar que con cierto vértigo, temblando un poco al abrirlo y evocar a aquel chaval inquieto que, con toda la inconsciencia del mundo, osaba aceptar el reto de la contraportada –“quien lea las tres primeras páginas de este sorprendente relato ya no podrá abandonar su lectura”- y empezaba a colonizar ese territorio inabarcable que es la literatura, y he vuelto a caer rendido, a asombrarme, a quedarme sin aliento, a leer con avidez, a enredarme con una trama inteligentemente urdida, a llevarme sorpresas (en tantos años había olvidado muchos detalles, datos, circunstancias, personajes episódicos pero decisivos), a cautivarme con la compleja pero magníficamente desarrollada personalidad de Alice Gould, esa peculiar protagonista que nos mantiene en duda permanente, por la que nos preocupamos pero que en ocasiones nos irrita, a la que no siempre comprendemos, cuyas actitudes no siempre comprendemos, un verdadero hallazgo de escritor que sirve a Luca de Tena para ir desgranando temas, opciones psiquiátricas, denuncias, lacras sociales, miedos, terrores, psicosis, oquedades de las que ninguno estamos exentos con suma facilidad, integrándolas en la trama, no cayendo en demagogias o maniqueísmos, siendo aplaudido por profesionales como el doctor Juan Antonio Vallejo-Nágera, quien prologa la novela (porque eso es lo que es aunque excelente y profusamente documentada, queriendo responder y reflejar una realidad, motivo por el cual Luca de Tena estuvo ingresado algo más de quince días en un hospital psiquiátrico), conformando un corpus literario de gran altura, emocionante más allá de la mera trama detectivesca que plantea, puesto que son mucho más apasionantes los misterios personales, las zonas oscuras de cada uno, los secretos que guardamos, el pánico a enfrentarnos a nosotros mismos y/o a los demás, dónde y con quién se siente a salvo cada uno. Mi máxima sorpresa es pensar cómo fui capaz de enfrentarme a un texto tan complejo con tan pocos años y escaso bagaje lector (sí, llevaba mucho a las espaldas pero dirigido, pensado, maquillado para un público joven) y debo concluir que eso se debe a la legibilidad de Luca de Tena, a su modo de escribir en diferentes niveles, pudiendo quedarse cada tipo de lector con aquello que más le interese, y comprobar cómo el inicio del capítulo marcado con la letra W (cada uno va precedido de una letra del abecedario que nos enseñaban entonces –la primera edición es de 1979-, es decir, incluye la “CH” y la “LL”, son, por lo tanto, 29 capítulos –no conviene olvidar que era miembro de la Real Academia Española-) sigue acelerándome el pulso, es algo que me ha sucedido en todas las lecturas, son dos líneas anodinas que jamás olvido pero la primera vez que las leí estaba leyendo en cascada, sin poder frenar, embalado hacia la conclusión: “César Arellano, Dolores Bernardos y el doctor Rosellini coincidieron a la entrada de la sala capitular”. Si ustedes tienen a bien buscar y leer Los renglones torcidos de Dios creo que compartirán ese temblor del que hablo, aumentado en este momento porque rubrico el centenar de entradas y nunca pensé que me resultara tan sencillo. ¡Gracias, mi amor!   

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