martes, 14 de abril de 2015

"NO NOS VIMOS NUNCA, / PERO NO IMPORTABA"





   Me gusta poder titular este texto con unos versos del poema que Julio Cortázar (referente, maestro, autor al que llevo demasiado tiempo postergando cuando merece extraer del arpa los sonidos más armoniosos, entusiastas y admirativos) dedicó al Che Guevara, a quien nunca vio, lo que no fue óbice para establecer un hermanamiento de alma, de lucha, de pasión, un reconocimiento que pasa por quererle a su modo y por asumir que su voz (esa voz a la que debemos tanto antes, durante y después de Rayuela, esa obra que sólo se puede experimentar, sentir, dejar latir, esa permanente inspiración), que algunos versos, que muchas palabras, que su pluma se ha impregnado de las esencias del guerrillero intelectual (“le tomé su voz,/ libre como el agua”). Más allá de, aunque sea en un suspiro, poder detenerme en la figura del gran escritor argentino, he elegido este pórtico porque conocí ese poema en la voz de su autor (con una cadencia que le imprimía un carácter misterioso, casi de delirio, diríase que el adulto evocaba sus fabulaciones de niño –“Yo tuve un hermano / que iba por los montes / mientras yo dormía”-, sin conocer a quién va dirigido –e incluso sabiéndolo-, las palabras de Cortázar adquieren al ser dichas por él un aura de ensoñación que provoca un ligero y agradable temblor –pueden encontrar la grabación en la red, anímense-), puesto que esos versos inspiraron a Pablo Milanés su canción Si el poeta eres tú (“Si el poeta eres tú, / como dijo el poeta, / y el que ha tumbado estrellas en mil moches / de lluvias coloridas eres tú, / ¿qué puedo yo cantarte, / Comandante?”) y el trovero cubano quiso que el propio Cortázar introdujese de ese modo la canción, dejando clara la genealogía de la misma, en el disco Querido Pablo, donde un buen puñado de amigos le agasajaban, acompañaban, coreaban, rendían tributo (Mercedes Sosa, Ana Belén, Silvio Rodríguez, Miguel Ríos o Joan Manuel Serrat eran algunos de los convocados). Y como las casualidades no existen y hay ciertas interconexiones inevitables (e incluso deseadas en lo que al mundo del arte se refiere, puesto que así vamos encadenando libros, canciones, cuadros, películas, obras de teatro, unas creaciones llevan a otras casi instintivamente, complementándose o rechazándose, dialogando entre ellas y con el receptor), no es difícil llegar a Chico Buarque, en primer lugar porque él también participaba en la convocatoria (interpretando una sobrecogedora La vida no vale nada), pero muy especialmente porque, más allá de sentir el susurro de sus versos y trovas durante la lectura, no he podido ni querido evitar rememorar continuamente el latiguillo “yo tuve un hermano” pronunciado con el acento de Cortázar al navegar por las páginas de la nueva novela del brasileño que ha editado recientemente Literatura Random House.

   Y no es sólo que el título ponga en bandeja el hecho (El hermano alemán), sino que el protagonista de la historia, Ciccio, un trasunto del propio autor, pasa gran parte de su vida queriendo saber si ese hijo que su padre tuvo antes de casarse con su madre existe y si es así qué pasó con él, por qué no le han buscado, por qué se ha convertido en un fantasma familiar, en una leyenda, en alguien a quien se nombra entre susurros, mascullando, recurriendo a metáforas, perífrasis o elipsis, esa ausencia que, según va cobrando consistencia y realidad, activa la curiosidad y la imaginación de Buarque, quien ha hablado en numerosas ocasiones de este misterioso y desconocido hermano al que trató de localizar y cuya peripecia vital intenta reconstruir mientras juega a mezclar lo auténtico con la ficción, a ratos fabulando y en otros desmenuzando su propio proceso mental y emocional según avanza en la investigación con la que quiere poner rostro al primogénito familiar, repasando y repesando lo vivido, lo dado por sabido, lo ocultado, rellenando los huecos con su desbordante capacidad para imaginar, su apabullante cultura, el conocimiento que ha ido adquiriendo en la monumental y envidiable biblioteca paterna, esos volúmenes que invaden y anegan el hogar, esos estantes repletos de obras en multitud de idiomas, con variedad de tonos, estilos y épocas, un laberinto de letra impresa en que se apiñan y conviven poetas, novelistas, enciclopedias, diccionarios, nada escapa al síndrome de Diógenes bibliófilo que alienta al padre de Chico Buarque. Benditamente envenenado de palabras, la prosa del aquí novelista (también, al margen de músico –la actividad que más fama le ha dado-, podríamos nombrarle como poeta o autor teatral) es torrencial, imparable, con pocos puntos y aparte, engarzando frases con gran fortuna, con un ritmo muy medido que pudiera pensarse acompasado por rasgueos de guitarra, muy literario pero imbuido de la musicalidad que nos arrebata en composiciones como Construcción, A pesar de usted, Valsecito y el archiconocido Oh, qué será, casi reproduciendo en tiempo real el modo en que el narrador intenta ir encajando las piezas, poniendo palabras sobre los puntos suspensivos, subiendo el volumen de las conversaciones susurradas por sus padres, iluminando los reproches callados, comprendiendo y descubriendo cómo son sus progenitores, enfrentándose a lo que se le presenta como verídico, dando verosimilitud a lo que intuye o ansía demostrar sucedió de ese modo, manipulando lo cotidiano para que reproduzca lo que tan sólo es una posibilidad, una suposición, una quimera, una historia que necesita cerrar, impelido por su talante y talento narrativo.

   Buarque logra conjugar lo popular, el habla de los personajes, lo más mundano y reconocible, con la erudición adquirida en los libros que ha tenido a su alcance desde edad muy temprana, narra en diferentes estratos, se permite breves digresiones que apuntalan la principal, esa fiebre que le mueve y le hace relacionar el detalle más absurdo y estrambótico –en la plena acepción del vocablo: un añadido, algo en realidad prescindible puesto que “catorce versos dicen que es soneto” y el resto no aporta nada-, la anécdota más intrascendente con el objeto de su pesquisa, ese delirio que le hace hallar pistas donde no las hay (porque no son tales), pero es precisamente en ese frenesí donde el novelista sale más airoso, donde mejor demuestra su capacidad narradora, porque todo se va aunando con suma facilidad, cada elemento encuentra su lugar y el conjunto resultante es una aventura emocionante, con tiempo para la emoción detectivesca, el costumbrismo, la ironía, la parodia, la evocación, sabiendo lanzar impulsos que el lector recibe con gozo, aportando su propia perspectiva y conocimiento, dejándose arrastrar por el poder fabulador que Buarque recoge de Carpentier, García Márquez, Rulfo, Amado, esa larga tradición que, por supuesto, incluye a Valle-Inclán, Pérez Galdós, Gómez de la Serna, autores que juegan con las palabras, las innovan, les insuflan nueva vida, acuñan nuevos significados, escritores dueños de un discurso poderoso, irresistible, inagotable, que aglutina estilos y tonos, que aúna lo más fabuloso con lo más terrenal sin establecer fronteras, armando la narración con gran coherencia y sin abusar de la paciencia del lector, todo lo contrario, transformándole en cómplice activo. Al llegar al final, cada uno sacará una conclusión (y se preguntará qué hubiese hecho, qué haría si de repente tuviese la sospecha de que tiene algún familiar desconocido, alguien desgajado del tronco, una rama suelta que no sabe a qué rincón fue a parar), pero sin duda la literatura sale triunfante del envite porque explora cada hogar, qué nos resulta armonioso y qué no, con qué nos sentimos plenos, porque todos hemos sido conscientes de que los mayores intentaban ocultar algo y en su torpe disimulo desvelaban más de lo que querían, porque en cualquier momento podemos sentir la presencia de un hermano desconocido e invisible que nos muestre “detrás de la noche / su estrella elegida”.   

martes, 7 de abril de 2015

(RE)INVENTANDO LA HISTORIA



   




 La grafía del título provoca que no quede claro de qué estamos hablando aunque en realidad no sea necesaria ninguna matización, ya que da lo mismo que pensemos en la Historia, con mayúscula, con todo su peso, con toda la intención del mundo, como en una historia con minúscula, la de cada quien, la particular, la que se narra o escucha, la que se vive, porque ambas se entremezclan con acierto, vigor, un punto de provocación (en el sentido de espolear, de activar, de hacer pensar, de interrogar al lector), un mucho de ironía, sus buenas dosis de sorna y enorme talento literario en la última novela de Jordi Soler, Ese príncipe que fui, publicada por Alfaguara a finales de 2014. El escritor mexicano de origen español (su familia abandonó Barcelona, la ciudad en la que él reside actualmente, tras la Guerra Civil) nos ofrece una vibrante crónica, un a modo de reportaje novelado que se impregna y empapa de ficción para narrar como si fuese verdad la peripecia vital del último descendiente de Moctezuma, un texto tan espléndidamente armado, tan veloz, poseedor de una prosa que literalmente avasalla, un verbo que se impone, que cautiva, que deja tan sin aliento que uno no puede sino tomárselo al pie de la letra, creerse hasta el interlineado, entrar en la broma, en el juego planteado, olvidar a ratos que estamos ante una novela para tomar el texto como un apunte biográfico, una experiencia en primera persona, el fruto de una investigación que el narrador va desgranando casi en tiempo real, como si sucediese ante nuestros ojos (que es, por otro lado, lo que consiguen los escritores de raza: las palabras cobran vida cada vez que son leídas, pero sólo si la poseen de antemano son capaces de involucrar al lector, haciéndole partícipe y protagonista de las emociones que convocan, pareciendo que están pensadas en exclusiva para nosotros).
   “Mi historia con el príncipe empezó a partir de un artículo de periódico que hablaba de la princesa Xipaguazin, de su penosa vida en Toloríu, en el Pirineo catalán, y de esa estrambótica cadena de descendientes que terminaba, según decía el artículo, en Su Alteza Imperial Príncipe Federico de Grau Moctezuma”, explica el narrador muy al principio, destacando a continuación el hecho de que lo que más le llamó la atención fue conocer la leyenda que aseguraba que el tesoro del emperador azteca, todo lo que entregó a su hija antes de que se la trajesen para España como máximo botín de lo que conocemos como Conquista de México, llevaba enterrado casi quinientos años a unas tres horas en coche, casi al alcance de su mano. A partir de ahí, llevado por la codicia o al menos por la curiosidad de que nadie se haya preocupado de buscarlo, de desenterrarlo, de que nadie lo haya encontrado, tras intentos infructuosos con detector de metales de por medio, tras olfatear el lugar como todo un sabueso, no aparecen ni monedas ni piezas doradas ni nada por el estilo, pero sí recuerdos, testimonios, documentos, nombres, una genealogía que le lleva hasta ese personaje que, arruinado, arrumbado y olvidado de todos e incluso de sí mismo, aún sigue presentándose como príncipe de una corte con un solo cortesano, su fiel Crispín, desahuciado en un retiro lejano, precisamente en México, triste recuerdo de una pompa y gloria pasadas que se sustentaron en quimeras, en engaños, en picardías, en los intereses de los próceres del franquismo por emparentar con la nobleza. Jordi Soler retrata con brochazos gruesos a los que medraban y merodeaban alrededor del dictador (e incluso al mismísimo Franco en una delirante y surrealista, como no podía ser de otro modo, visita a Dalí en la que se fragua el destino del supuesto descendiente de Moctezuma, al que se inviste de la púrpura necesaria para que pueda conceder a su vez títulos nobiliarios –previo pago, por supuesto-, algunas de las páginas más gloriosas de Ese príncipe que fui, desopilantes por certeras, carcajeantes por verosímiles, vitriólicas y empapadas de la rebaba quevediana, se encuentran en este tramo del relato), dando los trazos precisos para dibujar el panorama rancio, espeso, insustancial y pedestre de una España que, querámoslo o no, no es tan lejana ni ha sido realmente superada (y lo mismo podría decirse de otros muchos países).
   Pero, por encima de todo, lo que alienta la novela, lo que le da un carácter podría decirse épico, lo que la eleva por encima de otras con las que comparte espacio en las librerías, lo que convierte su lectura en un disfrute, al margen de lo ya indicado sobre una prosa que es como un torrente imparable, un constante fluir de palabras magníficamente armonizadas, casi con un ritmo musical, con una cadencia irresistible, es la creación de ese personaje que recoge, sintetiza, resume una tradición y la enriquece, un primo hermano de Rinconete y Cortadillo, un pariente cercano de Lázaro de Tormes, del Buscón, hasta de Carpanta, pícaros que sólo querían calmar el hambre, alimentarse, saciar el apetito, aunque en el caso que nos ocupa, el tal Kiko Grau no se conforma con eso porque se cree, siente, reivindica como heredero de una estirpe de emperadores y al mismo tiempo es un tipo muy vivo, un aprovechado que, por otro lado, no sabe actuar en su propio provecho, un personaje con muchas aristas, una personalidad poliédrica que Soler describe con precisión, ocultándola cuando le da voz, camuflándose en la mentira o en el relato interesado para causar la mejor impresión posible a su interlocutor, recurriendo a elementos historiográficos que aunque falsos resultan reveladores y apuntalan a la perfección el juego literario, la invención del propio príncipe que se mezcla con lo que otros intuyen, suponen, imaginan, una figura que, a fuerza de resultar paródica, falsaria, exagerada, mitificada, adquiere esa verdad que sólo anida en la buena literatura, en la que permanece en el ánimo, el regocijo y el recuerdo del lector mucho tiempo después de haber cerrado el libro, una absoluta creación que se inscribe en la nómina de personajes inolvidables.     

miércoles, 1 de abril de 2015

UN ASUNTO QUE TAL VEZ SE LLAME ALMA



  


 En las cuestiones culturales hay muchas palabras que se utilizan con sorna, entre comillas, con tono peyorativo, con condescendencia, rebajando la calidad de una obra, tildándola de menor; el uso de las mismas en el sentido que se indica está restringido a aquellos que se consideran voces autorizadas, que han sido aupados vaya usted a saber por quién a tribunas desde las que verter su supuesto conocimiento e imponer su aún más supuesto criterio (en ocasiones se trata tan sólo de estar en el lugar adecuado en el momento preciso -o de otras circunstancias que uno prefiere no enumerar, al menos hoy- y lo demás rueda por sí mismo), esos pretendidos intelectuales, pretenciosos jueces que añaden escalones a su peana glorificando aquello que les ayuda a aumentar su propia consideración y no al revés, es decir, alabando el hecho de que ellos presten atención a algo: son esos que, por ejemplo, afirman que no leen jamás novelas, por mucho que dirijan un programa de radio centrado en la literatura –que la poesía sea el centro y motor del mismo no les exime de conocer otros géneros, sobre todo porque también hablan de ellos: no es ninguna obligación leerlo todo pero, entonces, lo mejor es guardar silencio-, pero fíjense si ésta que tengo que presentar es magnífica que me la he leído entera (ya, claro, un poco por vergüenza torera, porque no te quedaba otra, por compromiso, pero como no puedes establecer comparaciones con el resto de novedades que se publican esa misma semana, en muy poco ayudas al lector a seleccionar); o aquellos que se jactan de no ver cine español (o de otra nacionalidad, de tal género, con cual protagonista, dirigida por aquel) pero un buen día se caen del caballo en el camino hacia Damasco porque hay un título en concreto que se sale de la norma que ellos mismos han escrito y le hacen la ola (¿Cómo saben que esa es la que merece la pena? ¿Cuál es el rasero empleado para medir? ¿Ocho apellidos vascos sí es la gran comedia española del siglo y bate por goleada a todas esas que, vuelves a repetir en el texto, no has visto durante no sé cuántos años? Ya me lo explicarás, Alfonso Ussía o, mira, mejor no, allá tú y los que te sigan ciegamente); o esos que sólo se sienten bien aplaudiendo lo minoritario, en el sentido de que las salas de proyección estén vacías o los volúmenes cojan polvo en las estanterías y posteriormente en los almacenes, en ocasiones como previo paso a la guillotina (¡Horror!), esos que se ponen la venda antes de la herida, antes de que el público opte por una cosa u otra, deseando que haya un rechazo casi generalizado para poder afirmar “es que es para pocos, no todo el mundo está dispuesto a una obra así o puede entenderla”, elitismo vacío y endogámico (hasta Buñuel preguntaba si las salas estaban llenas, ¿qué os parece?); son gentes que en realidad no aman aquello que les ocupa, que gustan de sentirse superiores a costa de menospreciar a los que pagan (porque, obviamente, ellos sólo van a lo que les resulta gratis, “porque ese es mi trabajo”, el que desempeñan sin ninguna ética, diciendo lo que algunos quieren escuchar, palmeando espaldas, vilipendiando al que no es de su agrado –o al que un día les dejó con el trasero bien al aire-), esos que siguen pregonando que el arte que merece tal nombre es el que no se comprende, el que está al margen de los grandes circuitos, el que no interesa al público, el que sólo ellos alaban y promocionan, los peores embajadores posibles de un placer, un gozo, un entusiasmo, un arrebato, una pasión, un divertimento que cada cual encuentra a su modo, sin poder explicarlo, precisamente por eso conquista y se hace imprescindible.
   Y mientras ellos siguen recurriendo a términos tan vagos y que no definen nada como “bueno”, “malo”, “mayor”, “menor”, estableciendo jerarquías aristocráticas (en el sentido etimológico del término: “el poder de los mejores” –que es como ellos se ven-), arrugando el hocico ante lo que les resulta trivial, fútil, inane, entretenido (sólo oírles pronunciar esta palabra es para salir corriendo), mientras se toman tan en serio que arrinconan todo lo que les parezca una mera evasión (y lo condenan sin paliativos: sólo les sirve aquello que no puede ser tildado como tal, es decir, están dando a entender que sólo quieren aburrirse), la novela policiaca continúa en plena forma, proporcionando diversión a raudales, haciendo la crónica del momento en que se escribe o de la época en que sitúa su acción, radiografiando emociones, enredándose en disquisiciones filosóficas que enriquecen la trama, afrontando las investigaciones de los crímenes como excusas para escudriñar las facetas oscuras de cada quien, siguiendo la senda de nombres imprescindibles como Georges Simenon, Raymond Chandler o Patricia Highsmith, haciendo literatura sin complejos ni esquemas ni prejuicios ni queriendo contentar a nadie (¡Ay, aquellos críticos que se lamentaban de que el creador de Philip Marlowe no utilizase el talento que no podían negarle para escribir otros géneros que le mereciesen más!). Y, así, por ejemplo, nos topamos con Maurizio de Giovanni, autor napolitano especializado en el género, al que dota de un aura existencialista que desasosiega, impregnando sus páginas con un tinte sombrío, desesperanzado, trágico, especialmente en la serie que protagoniza el comisario Ricciardi, un peculiar investigador al que podríamos emparentar con el propio don Quijote en el sentido de ser la encarnación perfecta de un caballero de triste figura, alguien que arrastra una condena que le hace aislarse y querer alejar a cualquiera que se interese por él, alguien que mantiene a buen recaudo su corazón para no contaminar a los demás, alguien que ha cercenado sus emociones porque convive con los que han sufrido una muerte violenta, porque es testigo de sus últimas palabras, porque los ve ante sus ojos con la misma corporeidad que a sus semejantes, repitiendo su letanía, permaneciendo en el mismo lugar mucho tiempo después de que haya sido levantado su cadáver hasta que poco a poco se van desvaneciendo, cediendo su sitio a otros que reviven por mor de lo que Ricciardi denomina “el Asunto”, esa terrible herencia que le dejó su madre, ese vacío que le perfora una y mil veces, ese peso que le hunde en lo que para algunos es melancolía, para otros carácter huraño, para los más cercanos coraza inexpugnable, tal vez fobia social, miedo a los demás, para el lector suplicio, flagelo, llaga siempre abierta, dolor persistente que se traduce en una escritura muy lacónica, a ratos poética, a veces delirante, pero siempre muy cuidada, muy efectiva y nada afectada, con un ritmo muy medido y acorde con una narración que, sin descuidar lo meramente policiaco, incide en lo que es su verdadera columna vertebral, su razón de ser, su particularidad: los recovecos del alma, qué puede llevar a alguien a cometer un crimen.
   La editorial Lumen ha lanzado recientemente en España el sexto título de la serie (también están en su catálogo los cinco anteriores), Y todo a media luz (aunque tiene sentido y sea descriptivo, se pierde la fuerza del original –Vipera, es decir, Víbora-), una nueva muestra de la buena salud de que goza Ricciardi en lo que a inventiva de su creador se refiere, una entrega que abunda en los hallazgos y aciertos de las anteriores (aunque en cada una se resuelva un misterio, conviene leerlas en orden para asistir a la evolución/involución del personaje central –y de los varios recurrentes que le acompañan-, para ir asumiendo el código en que las historias se narran, para ir empapándose de la prosa de de Giovanni que, según va mostrando lo que carcome el ánimo de su protagonista, va mezclando nuevos colores en su paleta para mostrar la realidad del Nápoles de 1931 –año en que situó la primera novela, en la sexta ya nos encontramos en 1932- y va ensombreciendo tonos, aumentando la polifonía de lamentos que hablan de hambre, de carencias afectivas, de amores contrariados, de venganzas enquistadas en los genes, de opresiones políticas, de persecuciones, de la miseria que lo inunda todo sin ningún tipo de misericordia), una novela que a ratos conmueve, en otros perturba, en la que los personajes se juzgan con crueldad (en más de una ocasión es el propio asesino –sin desvelar nada, dicho en general, a veces puede que haya más de uno, en otras el crimen lo ha cometido una mujer-, es la voz del homicida la que nos interpela, nos sacude, escupe su rabia, su furia, su frustración, ofrece su lado más humano, más tierno, más amoroso, nos lleva de lo más sublime a lo más bajo, de lo vivificante a lo terrible en cuestión de segundos), una lectura que nos obliga a continuar en ella compulsivamente, por mucho que sintamos ciertos latigazos porque nos preocupa el destino de esas almas que ahí están reunidas, que han sido atrapadas por una pluma vigorosa que transmite nervio y hondura sin que eso suponga ninguna merma en lo puramente entretenido (aunque cada uno considera como tal eso que le hace pasar el tiempo sin sentir, llámese Gustave Flaubert o Agatha Christie, y es que cada momento requiere un autor y no otro), en el problema a resolver, en el interrogante que esperan y desean los que tan sólo buscan un buen rato que nos les complique la existencia más allá del momento concreto de la lectura, anhelo que merece tanta recompensa como la del que pide un algo más, un añadido, en este caso un complemento que se impone como ingrediente principal, aunque se percibe que de Giovanni trenza el misterio con habilidad, con mimo, con respeto por el lector, y sabe sedimentarlo con ese algo que caracteriza su estilo, su prosa, sus logros (hace unos meses, la colección Roja y Negra de Reservoir Books lanzaba El método del cocodrilo, primera entrega de una saga situada en el Nápoles actual –no en vano es la ciudad natal del autor-, que dejaba muy claro que a de Giovanni le preocupa tanto lo uno como lo otro, logrando una combinación tan perfecta que nadie podría decir si lo policiaco le llevó a lo existencial o fue al revés, el caso es que todo fluye con tan facilidad que resulta irresistible).     

martes, 24 de marzo de 2015

OTRAS VOCES, MISMO ÁMBITO



   


No soy de arrepentirme demasiado, no porque me considere perfecto o superior (los que me conocen bien saben que, en realidad, peco de todo lo contrario: de quitarme importancia, de dejarme paralizar por mi proverbial timidez, esa de la que debo despojarme, cuyas cadenas debo romper cada vez que ejerzo mi profesión y, de una manera u otra, reclamo atención hacia mi persona), sino porque intento aprender con y de cada experiencia, creo que nada es baladí, no porque me contagie de ese determinismo que tanto coacciona, reduce y oprime, no es que piense que todo está escrito y, por lo tanto, da un poco igual lo que pretendamos hacer, sino porque cuando ya no es posible dar marcha atrás, rectificar, enderezar el rumbo, salirse de la espiral, incluso cuando abundamos conscientemente en el error porque así lo decidimos en un momento dado, lo mejor que puede hacerse es intentar sacar el mayor partido posible, no perdernos en el laberinto del reproche por no haber sido capaces de dar un golpe de timón o por actuar inconsciente, absurda, innecesariamente, tomar nota de nuestro equívoco si es que lo hubo, extraer conclusiones, estimular nuestra perspicacia para procurar no volver a tropezar en esa piedra que jamás logramos apartar de nuestro inevitable deambular (en ese inestable equilibrio se cifra este asunto de vivir –y es que no dejamos jamás de ser azares de la naturaleza, tal y como cantaban Donato y Estéfano-). Y aunque algo pueda hacernos mucho daño cuando sucede, el tiempo continúa implacable con su labor, se va escurriendo, acumulando, dando perspectiva, y terminamos por descubrir que aquello (que aquel o aquella, porque las decepciones siempre las provocan personas) no merecía la pena y, por lo tanto, no hay nostalgia, añoranza, echar de menos ni nada por el estilo, no hay que fustigarse con interrogantes candentes o admoniciones lapidarias, en la mayoría de las ocasiones lo ocurrido se transforma en un recuerdo que asoma tímidamente la cabeza para que nos sonriamos y meneemos la cabeza llamándonos “tonto” (o algo más sonoro, depende de cada quien) o nos limitemos a atesorar lo productivo (porque no todo es negativo al 100%, no todo es prescindible o puede ser considerado anecdótico, practicar una visión poliédrica es la mejor terapia hasta para corregir nuestras derivas) y a no darle más vueltas al tema (porque, repito, no las merece).
   Pero el caso es que en estos días recordé algo vivido en mis años de instituto (en concreto en el último, cursando COU, es decir, entre 1987 y 1988) que ha motivado que me reprochase el no haber actuado de otra forma, el haber desperdiciado una oportunidad, el haber cercenado una naciente amistad antes de que hubiese podido echar raíces: estudié esos cuatro años preuniversitarios en el instituto Emilia Pardo Bazán (en la calle Santa Brígida, justo frente al Teatro Martín –hoy ninguno de los dos existe, aunque el edificio del primero sigue en pie y el lugar del segundo lo ocupa otro tras el derrumbamiento de aquel en el que, sin remisión y para los restos, me enamoré de las artes escénicas gracias a Antaviana de Dagoll Dagom-), precisamente cuando se transformaba en un centro mixto; como hasta ese momento había sido exclusivamente femenino, para que la transición fuese lo menos traumática posible sólo se permitió la matriculación de chicos en dos cursos, 1º de BUP y COU, los de los extremos (es que aún teníamos muchas trabas mentales, muchos prejuicios, muchas bobadas que se llamaban “tradiciones” o “usos y costumbres” –de hecho, se contaba que el que era el director hasta ese momento, Antonio Pinillos, el catedrático de Filosofía, había dimitido porque se oponía al abandono de la educación diferenciada-; bueno, teníamos y tenemos, ya se sabe que hemos avanzado bastante menos de lo deseable). Eso propició que, como máximo, fuésemos siete u ocho chicos por clase (en unas cuantas, además: el resto seguía siendo territorio de las chicas) y, por lo tanto, los que coincidíamos en el mismo curso tendimos a agruparnos, a formar una piña, a hacer buena la cancioncilla queremos pensar que irónica y crítica que entonó Fernando Esteso –con letra del inefable Lauren Postigo-, a dar la razón a los defensores de eso de “los niños con los niños, las niñas con las niñas”, al menos en un principio, claro, porque pronto tendimos a mezclarnos y la tensión se fue relajando, sobre cuando a partir del segundo año no hubo ningún tipo de contención en lo que a posibilidades de matriculación se refería. Sin embargo, estos primeros y titubeantes pasos crearon lazos muy estrechos entre los que nos vimos obligados a considerarnos cómplices, amistades que en general continuaron desarrollándose y consolidándose, estableciendo lealtades no siempre bien entendidas ni correspondidas, como en mi caso (en ambas direcciones: asumo mis errores y para algunos no encuentro justificación, pero creo que la sentencia final estaba redactada antes de cometerlos, lo que no me exime de haber actuado incorrectamente, vaya eso por delante). El caso es que formé pandilla con Fernando, Arturo, Juan Carlos y Ricardo (como digo, en clase éramos algunos chicos más, pero fue con éstos con los que mejor me entendí desde el principio –aunque Fernando llegó como un mes más tarde, creo que por no sé qué tecnicismo con el traslado de su expediente-) y todo marchó sobre ruedas hasta que en 3º de BUP llegó el momento de optar por una de las dos ramas posibles (Letras o Ciencias), bifurcación que estaba muy clara desde el comienzo porque jamás me planteé otra cosa que estudiar alguna carrera relacionada con Humanidades (mi primera opción hasta que me topé en las aulas con Luis Landero era Derecho, aunque las diferentes opciones de Filología rondaban mi corazoncito –puesto que Biblioteconomía era todavía una quimera en el ámbito universitario-) y ellos cuatro tenían un claro perfil de Ciencias, principal y honda discrepancia que fue socavando más de lo que fuimos capaces de prever (y que tampoco se intentó evitar) nuestra amistad, puesto que (con especial virulencia Fernando, alumno que, al igual que yo, poseía un expediente brillante –ambos terminamos COU con Matrícula de Honor-) se jactaban con ostentación de menospreciar asignaturas como Lengua Española, Literatura, Latín o Filosofía, nunca leyeron un libro de no ser por obligación o para un examen (bueno, Fernando sí leía a Darwin, Sagan u otros científicos, pero nada de ficción ni que tocase asuntos ajenas a las disciplinas que le atraían); con el tiempo me he dado cuenta de que lo peor de todo (al margen de otros sucesos que ahora no hacen al caso y en los que, repito, me adjudico las culpas) fue que nuestra tutora de 2º de BUP, el último curso en que compartimos aula, María Ángeles Ortiz, quien nos impartía Matemáticas e Informática, me rogó un montón de veces que cursase Ciencias porque quería que rompiese el estereotipo de ramas divergentes y opuestas (era una lectora voraz, de hecho alguna vez ya la he citado porque me descubrió a García Márquez o a Wilkie Collins), no se privaba de decir delante de otros alumnos que era necesario que personas como yo, con facilidad para los números (lo heredé de mi padre: jamás me gustaron, por mucho que algunas cosas pudieran resultar divertidas en un momento dado, pero me defendía con bastante soltura a la hora de calcular áreas, despejar incógnitas o desentrañar los problemas trigonométricos) y con ganas inagotables por leer, se decantasen por las Ciencias (tampoco le importó demostrar quién, a su juicio, poseía mayor talento natural puesto que, en un examen sorpresa de Matemáticas, Fernando sólo llegó a un 3,75 y yo conseguí un 8,50 –no fui consciente hasta que miré hacia atrás sin ira y con mucho desencanto, hasta que procedí a un análisis lo más maduro y madurado posible algunos años después, de cómo este hecho marcó un antes y un después en el modo en que Fernando me trataba y consideraba-). Para colmo, al siguiente curso llegó una nueva profesora de Ciencias Naturales, Natividad Gutiérrez, Nati, con la que hice buenas migas aunque o precisamente porque no me daba clase (ese año fui delegado, ella ocupó la secretaría del centro, tuvo lugar la larga huelga en las enseñanzas medias que propiciaría la dimisión de José María Maravall como ministro de Educación, hubo muchas asambleas, reuniones, contactos con la dirección, y como remate fue una de las profesoras que nos acompañó al viaje de fin de curso) y con la que estuve bastante tiempo intercambiando libros (era, por ejemplo, me descubrió a Alejo Carpentier, Isabel Allende y me hizo leer la novela original de Los ochenta son nuestros de Ana Diosdado) y también confidencias (no soportaba a esos alumnos que negaban la literatura porque la consideraban innecesaria, ambigua, evanescente, vacua, intangible –ya me dirán ustedes si el universo de las raíces cuadradas, los cosenos o cualquier número algebraico es concreto y prosaico-).
   Una vez más me he ido por las ramas (cuando me da por olfatear, rememorar, paladear algo del pasado, ya saben que tiendo a creerme Proust -¡Iluso!- y me enredo en una frase eterna plagada de subordinadas, meandros, paréntesis y demás, que puedo escribir compulsivamente alrededor de la misma anécdota y no avanzar en el relato), he llegado hasta la época prehistórica para trazar el panorama en que, estúpido de mí, dejé de cultivar lo que podría haber sido una amistad muy productiva y enriquecedora, ya que en COU un chaval que estaba en la misma clase que Fernando y Ricardo (Arturo había elegido una segunda optativa a ellos y Juan Carlos repetía 3º), creo recordar que se llamaba Juan, alguien a quien conocía desde 1º porque también llegó en ese momento al instituto (era un centro bastante familiar, al menos de vista nos teníamos fichados los unos a los otros), con el que apenas había hablado pero que me resultaba simpático porque no era de los broncas ni pendencieros ni compartía las guasas de los abusones, se me acercó porque sabía de mi afición lectora y quería compartirla puesto que era una de sus pasiones (lo que no era óbice para que pensase estudiar Física si no estoy equivocado) y no encontraba una excesiva correspondencia entre sus compañeros (me viene ahora a la cabeza que Chema, con el que compartí pupitre en 2º por mor del orden alfabético –en 1º estábamos en aulas distintas-, compañero de algunas representaciones teatrales en las que sufrimos como galeotes pero nos reímos mucho, también era un gran lector, lo mismo que Manolo, otro de su círculo con el que tuve algo más de relación, pero de ambos también me distancié porque no formaban parte de ese grupo primigenio que había que salvaguardar a toda costa, incluso cuando sólo era una rutina, una conveniencia, algo abocado a su desintegración –o a mi salida del mismo, al menos-). Y hablamos, intercambiamos títulos, pero cuando salimos del último examen de Selectividad nos dimos un apretón de manos deseándonos suerte, pero ninguno pidió un teléfono o preguntó dónde vivía el otro, nos felicitamos el día en que recogimos las papeletas con la nota final, cruzamos unas cuantas convenciones sobre la Universidad y demás, pero nos marchamos en direcciones opuestas porque nuestros amigos “de verdad” eran otros, esos con los que empezamos el bachillerato, los mismos con los que yo sabía a esas alturas que no volvería a hablar o cuando menos con los que apenas tendría relación, pero así de memo fui, dejándome llevar por esa muchedumbre que gusta de unir y separar aleatoriamente, que te envuelve y arrastra, que te abandona a las primeras de cambio (que estaba, por así decirlo, viviendo una canción de Edith Piaf lo descubrí después). Y no se trata de que el chico me gustase, de que fuese el miedo a no querer reconocer mi realidad lo que me alejó, primero porque a nivel sentimental yo andaba en otros enredos, segundo porque no creo que Juan fuese homosexual, sino de estúpidos prejuicios, de asumir una lealtad que ya nadie reclamaba, de establecer jerarquías castrantes, de no distinguir entre calidad y cantidad, de confundir valor y precio, de cierta cobardía a no romper unos lazos que llevaban un tiempo desatados pero yo quería sentir firmes y prietos, de estar impregnado de un clasismo irracional (que de haber aplicado, por cierto, hubiese supuesto hacer el vacío a Fernando cuando llegó un mes después que el resto y, todo lo contrario, en ese momento nos volcamos en integrarle desde el primer momento), el caso que creo que perdí la oportunidad de tener un buen interlocutor, un amigo con el que seguir descubriendo, aprendiendo, compartiendo, emocionándome. Y fue él, precisamente, quien me hizo leer a Yukio Mishima por primera vez, en concreto El marino que perdió la gracia del mar, porque decía que había que ir dando cabida a otros autores, que no todos podían ser españoles o estadounidenses, que había otras realidades que conocer, era alguien muy inquieto, con ganas, con curiosidad, como digo, un desperdicio haberle dejado pasar de ese modo; y el caso es que desde hace unos años se avivó mi interés por Mishima (en realidad, renació porque, aunque me resultó muy interesante, me había quedado en aquella temprana experiencia propuesta por Juan) gracias, como tantas veces, como siempre, a mi compañero de viaje, de corazón, de vida, de alma, al mejor cómplice, al que aunó tantas carencias y necesidades en una sola persona, Pablo (cuya presencia en mi vida no hubiera sido incompatible ni hubiese colisionado de haber actuado de otro modo y mantener el contacto con Juan, todo lo contrario), porque Judi Dench (¡Ella!) aceptó un personaje secundario pero destacado en la reposición de Madame de Sade (cediendo protagonismo a la estupenda Rosamund Pike, actriz que ya era de nuestro agrado pero a la que aprendimos a valorar aún más viéndola en escena frente a una de las más grandes, intérprete que nadie ha de descubrirnos y mucho menos por constituir un clamoroso error de casting en la patética adaptación firmada por la propia autora de Perdida, esa cinta en la que ella intenta hacer todo lo que puede por reconducir el rumbo pero en la que no encuentra acomodo). Y consiguió el texto en castellano –una edición con motivo de su representación en España con la gran Berta Riaza al frente del reparto- para que la llevásemos en la memoria porque nuestro inglés no da para seguir una obra que no conozcamos (y eso que él es mucho más rápido que yo a la hora de pillar el aire a una conversación –demostración palpable de que la versión original ayuda a fijar, a practicar, a conocer un poco mejor un idioma, pero si no lo estudias, si no es una lengua que vives como materna, si no estás familiarizado con su sonido desde muy pequeño, no hay nada qué hacer, puesto que en ese caso un servidor también hablaría con fluidez francés, japonés, un montón de filmografías a las que me acerco con las voces originales de los actores, por no decir del italiano, que dominaría a la perfección y no con los cuatro rudimentos que voy pillando aquí y allá y alguna que otra explicación que solicito de mi sobrino Alberto, totalmente bilingüe en ese idioma-) y su fuerza expresiva, su prosa capaz del lirismo más arrebatado y de la dureza menos complaciente con el lector, su verbo inflamado de pasión, el modo en que se involucra en cada palabra e imprime carácter y deja traslucir su personalidad en el argumento a priori más alejado de su realidad, motivó que su obra empezase a estar muy presente en nuestra biblioteca y que su figura me interesase tanto o más que sus propios escritos.
   Gracias a Alianza Editorial, la extensa producción de Mishima está muy presente en las librerías, sobre todo en cómodas y económicas ediciones de bolsillo, y cada cierto tiempo nos topamos con la grata noticia de que aparece algún título inexistente hasta el momento o que se recuperan otros si no descatalogados cuando menos perdidos en algún almacén, publicaciones que acumulan polvo vaya usted a saber dónde. Y, así, hace unos meses reaparecía un volumen que, bajo el nombre La perla y otros cuentos, permite una buena inmersión, un primer acercamiento muy interesante a la literatura del japonés, una toma de contacto que abre el apetito, una lectura adictiva por cómo Mishima taladra los muros de contención, los gestos forzados y/o fingidos, los rituales, las convenciones sociales, cualquier atisbo de disfraz para practicar la vivisección a esa profundidad que ni uno mismo termina nunca de explorar, esa incógnita que solemos llamar alma (término que va más allá del sentir religioso, del peso de la moral heredada y del modo en que cada cual la asume o se distancia, de la ética reinante, impuesta o aceptada, de la que vamos construyendo día a día), ese algo inconcreto pero cuyo peso y realidad sentimos a cada momento. Y a pesar de que Mishima denunció tanto en sus escritos como con sus actos la decadencia espiritual y moral en que veía inmerso su país (llegando a practicarse la muerte ritual –el seppuku- al no encontrar respuesta a la arenga con la que quiso motivar y encender a la soldadesca para que devolviese al Emperador la dignidad y posición perdidas tras la II Guerra Mundial, queriendo prender la mecha de un golpe de estado –muerte, aún hoy, envuelta en la polémica y el misterio, en realidad muy meditada y calculada, tal y como lo demuestra que dejase todos sus asuntos bien zanjados, especialmente el pago de los abogados para defender a los miembros de su milicia que no le secundaron-), su amplia y variada cultura, su gusto por la lectura (auspiciado por su madre), su necesidad de poder vivir sin que los demás tuvieran que obligarle a acallar sus sentimientos (tal y como expresa en la obra que le dio fama, en la todavía estremecedora Confesiones de una máscara, ese sinsentido en que tantos nos hemos enredado, negándonos a nosotros mismos, coartándonos, mintiéndonos, fingiendo amor para ofrecer una imagen aceptada como la única posible, sintiéndonos diferentes y siendo estigmatizados por ello, hundiéndonos en la autoflagelación, consintiendo risotadas, insultos, zarandeos, cuando no golpes, escupitajos, crueldades, crímenes), su multiplicidad de referentes le otorga una versatilidad casi diríase plena, aunque en su vida privada actuó con menos mesura y talante democrático, sus textos respiran una infinita comprensión por el ser humano, no oculta defectos ni mezquindades, pero traza una visión de conjunto no para disculpar o exonerar sino para analizar los porqués, para que cada quien pueda exponer sus puntos de vista, para que cada acto tenga una explicación, para ser más tolerantes y aprender a convivir. Sin duda, y es una promesa de lector y de bloguero, puesto que hoy estuvimos más entre el corazón y los asuntos propios que con el autor que motivó tal reflexión, habrá que regresar con más detenimiento a las palabras de Mishima, autor que al dibujar con semejante detenimiento y realismo la diversidad humana deja muy claro que, si no iguales (esa es una de las mayores virtudes de este invento: somos diferentes, sin comillas ni risitas), somos muy parecidos en lo íntimo, en lo pequeño, en lo trivial, en lo fieramente nuestro.