domingo, 30 de junio de 2013

¿LAS VENTAJAS DE SER UN DESEMPLEADO?


 


   Enrique Ordiales es uno de esos adolescentes (aunque acaba de aprobar Selectividad, por lo tanto ha alcanzado la mayoría de edad y, según se decía antes, tiene derecho a llevar el “don” delante del nombre) que te devuelve la esperanza en las generaciones futuras y, de paso, en la profesión; le conocí gracias a la radio, ya que ha sido siempre una de sus pasiones: la escucha, la siente, la vive, anhela ser parte de ella (al otro lado del receptor, porque como oyente ya lo es: activo, curioso, participativo, aportador) y lleva algo más de tres años alimentando un blog llamado Radioanálisis, en el que da rienda suelta a su vocación, demostrando un instinto periodístico muy agudo y muy buenas dotes como comunicador. Aunque me consta que no quiere estudiar Periodismo como tal, no puedo menos que sentirle colega, compañero, camarada, ya que demuestra un respeto y un gusto por el oficio que no tienen muchos de los que lo ejercen por más que un título universitario los acredite como tales, y porque desempeña nuestra tarea tal y como se ha hecho casi desde las cavernas, es decir, ejerciéndola, aprendiéndola en la práctica, en el día a día, fajándose con la coyuntura que toca en cada momento (por si acaso alguien no me ha oído decirlo antes, repetiré que esto no significa que invalide la carrera, los estudios, sólo afirmo –a los millones de ejemplos me remito- que la verdadera esencia no se encuentra en libros de texto escritos hace quinquenios o en las formulaciones teóricas de aquellos que jamás han pisado una redacción ni han escrito una crónica ni se han puesto delante del micrófono o la cámara para informar; de eso a otorgar estatus de periodista a tanto vocinglero doctorado en algún reality va un abismo). El caso es que, durante la presentación de 24 horas de un periodista desesperado, Enrique preguntó a Pablo si pensaba que el sombrío y asqueroso (¿por qué andarnos con metáforas?) panorama dibujaba en la novela podía mejorar, a sabiendas de que había muy pocos elementos ficticios en la narración; Pablo fue muy categórico (conoce demasiado bien las cloacas, lo infecto que infesta todo) y respondió con un “no” rotundo, que fue secundado por la entrañable Isabel Pisano (esa maestra, amiga acogedora, ejemplo de libertad e independencia, precisamente por ello vilipendiada, censurada, perseguida y castigada en tantas ocasiones), aunque ella se atrevió a añadir que, en todo caso, son ellos, los que están llegando, los jóvenes, los que no deben dar nada por hecho ni consentido y ponerse a cambiar lo que no les guste (“No les dejarán –añadió-, pero si lo intentan al menos no serán cómplices”).

   No quisiera ser tan negativo, pero no puedo dejar de ser realista y, en realidad, el comportamiento de tantas personas (algunas consideradas amigas), su forma de reaccionar ante la novela de Pablo me hace responder a la pregunta de Enrique igual de categóricamente, puesto que en lugar de hacer autocrítica, de entonar el mea culpa en lo que sea conveniente, de arrancar de cuajo la mala hierba, de señalar la manzana podrida para al menos intentar quitarla del cesto, preferimos guardar silencio en connivencia con los hacedores, con los responsables de que, paradójicamente, el periodismo sea uno de los oficios con peor prensa (y, en realidad, todos llevamos nuestra cruz porque, en algún momento, nos hemos autocensurado para conservar nuestro puesto de trabajo –siempre ha sido una de las formas más perversas de chantaje, exacerbada ahora con la situación de agonía que vive el sector-). Y así se da el caso de que una persona que, se sabe y puede demostrar, perdió un Premio Ondas por la intervención de un directivo sin capacidad ni criterio –un gallina, tal y como puede leerse en la novela, un inane con poder, un mediocre soberbio- cree que puede ser temerario incluso mencionar el título por si alguien ata cabos (si reaccionasen así, al modo de lo sucedido con El Código Da Vinci, deberíamos colegir que se reconocen en el retrato –muy certero, se lo digo yo- y que, de una forma u otra, son conscientes de lo que hicieron o hacen –alguno hay, no es la primera vez que lo digo, con el trasero untadito de Sindeticón –y ésta va para Enrique Ordiales padre, al que me imagino tarareando las letras del álbum Forgesound-); o el de otra persona que, a pesar de que una y mil veces la hicieron de menos e incluso humillaron aunque dirigía un programa, besaba el suelo bajo los pies de cualquiera con despacho y secretaria pensando que así se mantendría, sin ser consciente de que los cargos más altos son los más inestables en los medios de comunicación, llegando a negar las evidencias para montarse su propio país de las maravillas, siendo complaciente y cómoda, evitando los enfrentamientos, totalmente dócil y vendida, quien incluso se asombraba de cómo Pablo reflejaba a ciertos personajillos a los que ella menospreciaba o de cómo sacaba la luz los navajazos y la campaña de descrédito sembrada por gente del lugar, diciendo que comprendía “la expiación” pero no podía darle altavoz, demostrando por un lado su nula capacidad para hacer una entrevista sin hablar de lo que no se quiere (hay otros muchos asuntos sobre los que preguntar al escritor), volviendo por otro, como tantas veces, a dar una patada al diccionario, ya que la expiación puede que algún día sea ella quien tenga que hacerla (o al menos le gustaría, tal y como dice la primera acepción del DRAE, “borrar las culpas”); en todo caso, llame a las cosas por su nombre, Pablo se ha tomado justa venganza. Y eso por no hablar de la de "profesionales de la información" (lo entrecomillo con toda la mala baba del mundo) que, sin conocer ni a su autor ni al resto de personajes de nada, rechazaban hacer cualquier comentario "porque esas cosas no deben contarse" (y aún peor si entramos en el capítulo "sindicatos"): esa es la democracia, pluralidad, libertad que exigimos pero no ejercemos si afecta a "los nuestros".

   Y resulta que no hace mucho, con la clarividencia que le caracteriza, Enrique me dijo que se notaba en mis textos (bien fueran comentarios para el Facebook como escritos para los blogs) que había recuperado mi libertad, mi posibilidad de hablar sin tapujos, que hacía muy bien en no coartarme “por si lo lee alguien que puede darme trabajo”; sí, mi dolor y depresión me ha costado, pero ahora ya no me callo ni debajo del agua (y eso que, por el momento, oculto nombres para, en el fondo, negarles trascendencia, pero puede que eso cambie dentro de poco porque “si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente” y que lo hagan público y que se le señale con la letra escarlata por ser ignominioso), porque es mucho más digno que no te contraten por intentar mantener tu ética a buen recaudo que vender lo único que uno puede alcanzar en su oficio (la confianza que le otorgan los demás), que travestirse, que amordazarse, que tolerar desmanes (para tener jefes incompetentes no hace falta irse muy lejos y son más tolerables cuando hablamos de una tarea que sólo precisa de tu pericia, tu disposición, que te permite ejecutarla casi mecánicamente, sin implicar el alma). Busquémosle alguna ventaja a no tener empleo (¡Qué poco me gusta lo de “parado”!); ya que, de todos modos, en el inconsciente colectivo flota la idea de que somos unos aprovechados (¿Es que no hemos cotizado todo el tiempo que hemos podido?), unos viva la virgen, los máximos artífices de la economía sumergida (hay de todo, como en botica, pero conozco bastantes más casos de empleados en algún sitio que cobran parte del sueldo en negro o que alternan varios trabajos, no todos declarados; aunque cuando alguien acusa en general y tú le replicas, en seguida aclara “no, si yo haría lo mismo”… ¡Pero yo no lo hago! –se cree el ladrón que todos son de su condición-), intentaremos rentabilizar esta situación (confiemos en que lo más pasajera posible) sacando adelante nuevos proyectos literarios, intentando aprovechar los buenos momentos (¿Le hemos pedido dinero a alguien para irnos a Londres? Bueno, el caso es que no avisamos al INEM de que nos marchábamos fuera tres fines de semana (uno, dos y tres, independientes, no semanas completas hasta sumar tanto); igual me leen ahora y nos reclaman algo, vaya usted a saber, si las oficinas cierran sábados y domingos, por qué tengo que andar cacareando por ahí que me voy al pueblo a ver a la familia o cualquier otro desplazamiento. Y, ya puestos, ojalá algún día supiese que, al igual que sucedió con algunos comentarios de Facebook, cierto poetilla güero tuviese noticia de este texto; en realidad, me estaría dando más importancia de la debida –eso significaría que sigue mis pasos- y dejando más en evidencia su miseria moral –esa que le preocupa quede al descubierto… ¡Todo se andará! (aunque podéis encontrar un retrato al natural en 24 horas de un periodista desesperado –igual consigo que la lea él y compruebe lo que es escribir bien-).

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