domingo, 14 de julio de 2013

SE ESCANDILIZA EL QUE QUIERE


 


   Ya que hablé el otro día sobre mi amigo Mairena, hoy puedo ir directamente al grano; primero, porque me gustaría resaltar que si llegué a los micrófonos, que si me enamoré de la radio (y lo seguiré estando por y para siempre por muchos poetas güeros que se crucen), fue gracias a él. Lo cierto es que fui oyente desde pequeño (me despertaban a los compases de Radio Hora “a través de EAJ2, Radio España” las voces de Carlos Sáinz, Ferrera Álvarez y Enrique Dausán y cuando terminaba “el cuento corto de hoy” era el momento de salir camino del colegio, merendaba muchas veces en casa de la abuela mientras sonaba Peticiones del oyente en Radio Intercontinental -¡Quién me iba a decir que allí mismo empezaría a forjar mi destino radiofónico y pasaría algunos de los mejores años profesionales de mi vida junto al necesario, al maestro, al amigo Miguel Ángel Yáñez!-, fui a conocer los estudios de Radio Cristal en Velázquez 54 –donde empezaría su andadura Onda Cero- porque la tía y yo éramos fans de un programa presentado por José Antonio Rojo –hijo del mítico montador del mismo nombre- y Mercedes Revuelta –con los años, mujer de Jorge Verstrynge-, también los de Radiocadena Española, cuando ya tenía claro que iba a estudiar Periodismo, para compartir un Apueste por una con María Teresa Campos y Patricia Ballestero, mi programa favorito durante mucho tiempo), la radio siempre me ha acompañado, pero no la contemplaba como una posibilidad profesional hasta que Juan me pidió que colaborase con él en un programa dominical durante el primer verano que compartimos y el veneno de la palabra, del micrófono, de ese medio imaginativo, directo, inmediato, mágico, me hizo arrinconar mis pretensiones literarias (era mi ilusión: escribir –y ahora la he recuperado, la ejerzo, la vivo, gracias al continuo impulso de Pablo-) para centrar mis aspiraciones, mi realidad, en las ondas. En segundo lugar, porque hoy quiero hablar de un autor que me sorprende, me alucina, me provoca, me estimula, me remueve, me divierte, me admira, me atrapa y, de alguna manera, debo a Mairena su conocimiento.

   Lo cierto es que Salman Rushdie saltó a las primeras páginas de todos los medios a su pesar cuando el ayatolá Jomeini le condenó a muerte por el contenido blasfemo de su novela Los versos satánicos, y tras conocer las primeras informaciones recordé que un libro muy recomendado era uno de aquellas ediciones de Alfaguara con todas las cubiertas iguales (en morado la literatura para adultos, en amarillo con algún mínimo dibujo en portada la infantil) que se titulaba Hijos de la medianoche y cuyo autor era también Rushdie. Juan, que nunca ha negado dejarse por el morbo cuando éste se le pone ahí mismo (organizó en dos minutos una auténtica excursión para que viésemos La última tentación de Cristo la misma semana de su estreno –y salió muy decepcionado porque no estoy muy seguro de qué esperaba encontrarse-), estuvo muy pendiente de la publicación en España del polémico y a su pesar maldito libro (o viceversa, en este caso ambas escrituras son válidas) y logró un ejemplar, uno de esa edición histórica en que 18 editoriales se hicieron responsables de la misma y en cuya portada aparecía expresado el apoyo del Ministerio de Cultura en virtud de la aplicación del artículo 20 de la Constitución. El caso es que, una vez calmado el frenesí por el libro, Mairena me lo pasó antes de leerlo y después de las primeras páginas no pude soltarlo hasta haber dado buena cuenta de su contenido: reconozco que no debí captar ni la mitad de las referencias a la religión ni gran parte de sus ironías y críticas, pero por encima de todo ello estaba la riqueza de su prosa, la naturalidad para mezclar estilos, para variar de tono en la misma frase, metáforas imaginativas que te invitaban a soñar, su apabullante capacidad fabuladora, su hipnótica narración, su facilidad para hacer reconocible un universo muy particular, para convertir lo personal en universal; su inventiva parecía no tener límites y su torrente expresivo tampoco. Como suele ser habitual, los que se escandalizaron y condenaron pusieron por delante su interpretación, su irritación, su susceptibilidad, su manía persecutoria, aplicaron unas leyes que deberían estar derogadas hace siglos (una blasfemia a algo que no existe, a una creencia, a lo íntimo de cada cual, está claro que ofende a la persona que así la recibe pero no puede ser motivo de condena a un castigo, mucho menos a la pena de muerte), pero dieron mayor publicidad y trascendencia a una novela que, tal vez, hubiera pasado muy inadvertida pero que consiguió que los lectores de Rushdie se multiplicaran por una cifra casi imposible de cuantificar (aunque a buen seguro, y en contra de lo que parece afirmar el que fue gran amigo suyo Christopher Hitchens en su espléndido libro de memorias, Hitch 22, el autor hubiese preferido menos repercusión y no convertir su vida en una permanente huida, escondido y protegido en todo momento).

   Pero cuando gracias a la editorial Mondadori que publica en nuestro país las novedades literarias de Rushdie uno puede recuperar ahora Los versos satánicos o la monumental Hijos de la medianoche (llevaba un tiempo descatalogada), superada la dosis de escándalo (aunque la condena siga en pie y el escritor cancele ciertos compromisos porque se teme por su integridad), sigue encontrándose con un autor que concibe sus obras como un auténtico viaje emocional, sentimental, íntimo, una verdadera catarata de sensaciones, entroncando siempre la trama principal con su país de origen, con su realidad, con sus raíces, con la religión en la que fue educado, haciéndose preguntas, diseccionando realidades, metiendo el dedo en la llaga y escarbando y eso es algo que sigue molestando y mucho (precisamente hace unas horas tuve oportunidad de visionar la estupenda película Hannah Arendt, que retrata muy bien cómo se lapida, aniquila, insulta, menosprecia y desacredita al que se atreve a decir en alto lo que muchos callan, al que piensa por sí mismo y saca los colores al maniqueísmo reduccionista de los pagados de sus creencias –políticas, religiosas, morales-, las cuales tienen cimientos muy débiles que, en lugar de reforzar, se mantienen contra viento y marea como las únicas posibles, adecuadas o “verdaderas”); no hay más que volver a recordar cómo se han comportado tantos del gremio con 24 horas de un periodista desesperado, en la que Pablo lanza un grito de socorro para que alguien sea autocrítico, tome nota y cambie el rumbo, pero ya vemos que es mejor censurarla mientras algunos siguen escalando puestos y llegando más arriba en la cadena de mando.

   No cabe duda de que las intenciones de Salman Rushdie al abordar Los versos satánicos era remover alguna conciencia, poner la lupa en determinados aspectos, criticar o hacer burla de ciertas actitudes, pero, para empezar, nos olvidamos de que si una obra se presenta como “novela” entendemos que, por muy inspirada en hechos reales que esté, la imaginación, la pericia para hilar la trama, ciertos retoques habrá hecho el autor para que todo tenga sentido (la vida real, contada tal cual, da para poca literatura por mucho talento que se tenga) y, por otro lado, no hay más que sumergirse en las páginas de Hijos de la medianoche, sin duda la obra maestra más absoluta salida hasta el momento de la pluma de Rushdie, título publicado ocho años antes, para encontrar esa ironía, esa irreverencia, esa manera de pasar por su tamiz incrédulo muchos de los discursos oficiales, las proclamas, los rezos dirigidos, los discursos únicos, los que llaman “disidente”, “contrarrevolucionario” o “traidor” al que cuestiona al líder y se cuestiona aquello en lo que le dicen debe creer a pies juntillas. Por fortuna, a pesar de que lo sufrido podría haberle doblegado, anulado, amedrentado, Salman Rushdie sigue dejando claro que es quien es en cada nueva obra que presenta y su prosa no desfallece: enérgica, desbordante, imposible de ignorar, cautivadora, bifurcándose hasta la extenuación para regresar al caudal principal sin rupturas ni trampas, ayudando al lector en todo momento, un deleite para los sentidos (la oímos, la olemos, la paladeamos, la tocamos, nada queda fuera).     

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