lunes, 29 de julio de 2013

¿A QUIÉN TEME LOVECRAFT?


 
 
 
 

   Jorge Luis Borges (¡Nada menos!) gustaba de presentarse como lector, presumía más de lo que conocía a través de los libros escritos por otros que de los textos salidos de su imaginación, no paró de rastrear bibliotecas, librerías, cualquier volumen que le pillase a mano en cualquier país del mundo, buscando nuevas emociones, ya fuesen títulos descatalogados, desconocidos, autores que le maravillaban u otros de los que apenas tenía referencias (o las tenía inmejorables pero por esas cosas de la vida no había podido acceder antes a ellos); en la actualidad, podríamos considerar que su testigo lo ha recogido Benjamín Prado, un buen escritor, pero que es infinitamente mejor como crítico literario, como analista, como transmisor de placeres, porque sabe hacer eso tan difícil y que tanto escasea que es hablar como lector pero con conocimiento, adorando el objeto de estudio, huyendo de academicismos, abriendo las ganas de leer, conquistando nuevos adeptos (he podido comprobar su poder de convicción sólo por lo que decía, por lo que se percibía que él había disfrutado con las páginas que recomendaba –hipnotismo similar al que desplegaba Luis Landero en sus clases de Literatura, inyectando el gusanillo de la lectura en personas que sólo abrían un libro por obligación, teniendo que bregar, las cosas como son, con esos planes de estudio diseñados por alguien que sabe muy poco o nada de cómo ganar lectores-). Sin duda, es muy interesante y revelador conocer cuáles son las lecturas de los autores que nos gustan porque, de alguna manera, ahí está el germen de su obra, bien por admiración, bien por imitación (sea más o menos consciente), bien por rechazo a la hora de escribir en el sentido de buscar otro camino, tirar por otros derroteros o preferir un género diferente; del mismo modo, estoy convencido de que habrá muchos llamados, considerados, tildados de escritores (algunos lo serán en el sentido de juntar letras y de tener la fortuna de que les publiquen –aunque hablo de personas que de verdad lo hacen, no de todos esos a los que les reúnen sus recuerdos, pensamientos, catarata de conversaciones (acepción delirante con la que presentan el libro en el que Julián Muñoz intenta disculparse y escurrir el bulto)-), gentes a tener en cuenta mucho más por su gusto lector que por su supuesto talento literario.

   La editorial Siruela, que cuida mucho a sus adeptos, que sabe combinar lo exquisito con lo legible, que no restringe, que abre el abanico de posibilidades, que tiene un gran olfato para detectar esos nombres que con el tiempo se transformarán en clásicos, que defiende la buena literatura incluso en los géneros más denostados (no hay más que asomarse a su modélica y espléndida colección de novela policiaca, demostrando que Simenon, Chandler, Hammett, tantos otros tienen continuadores, autores que saben trenzar una trama absorbente y escribir con gusto y cuidado –en contra de lo que suelen afirmar los que menosprecian todo aquello que les resulta “comercial”, olvidando el éxito popular de que gozaron en su momento Dickens, Galdós, Dumas y tantos nombres imprescindibles del XIX-), el sello que nos descubrió a Herta Müller antes del Nobel, el que siempre ha apostado por Amos Oz, el que rescató una novela magistral como Caballo de oros de Víctor F. Freixanes, ese que es sinónimo de calidad (aunque no todo su catálogo nos convenza, claro –ese tipo de coincidencia total es casi imposible-, pero al menos su nombre nos invita a querer conocer sus nuevos títulos) presenta ahora un volumen que se diría imprescindible para los admiradores (y son legión –dicho sin ninguna doble intención, jejeje-) de H. P. Lovecraft, uno de los nombres que han engrandecido el género fantástico, el de terror, por extensión la buena literatura. Tal vez muchos desconozcan que el autor de Providence fue un erudito, un investigador, un teórico que dedicó gran parte de su vida al estudio y la defensa argumentada y cimentada de lo que él consideraba  “una deslumbrante victoria del espíritu frente a la materia, una restitución de la facultad de soñar, de crear mundos propios, de expresar sus mismos fantasmas para exorcizarlos”; de este modo explica el antólogo Juan Antonio Molina Foix cómo afrontaba y entendía Lovecraft su literatura y cuáles consideraba que eran las bases pertinentes para desarrollar, ampliar y enriquecer el género preternatural, el que explora, indaga, saca a la luz nuestros miedos más ancestrales y enquistados, ese que en ocasiones nos obliga a levantar la vista del libro y mirar a nuestro alrededor, por encima del hombro, a sospechar del mínimo crujido, el que nos acelera el pulso y congela el sudor en nuestra espalda, el que proporciona una ambigua y placentera sensación que combina el gozo con el rechazo, el que nos atrae al mismo tiempo que nos repele pero nos vemos incapaces de resistirnos a su atracción.

   EL horror según Lovecraft es un paseo por algunos de los autores que el creador de Los mitos de Cthulhu consideraba capitales para tener una visión lo más global posible de la historia del “cuento de horror”, su acepción favorita para referirse al género. Por razones de extensión, con el objeto de que el libro fuese una muestra variada (lo que obligaba a que cada relato no fuese demasiado largo), Molina Foix se ha visto obligado a dejar fuera a algunos de los escritores más venerados por Lovecraft (Ann Radcliffe, el reverendo Maturin, M. G. Lewis, William Hope Hodgson) y, del mismo modo, para ampliar horizontes, ha evitado a otros que son sobradamente conocidos y, con derecho propio, han generado su propio culto (Poe por supuesto, Stoker, Shelley o H. G. Wells), recuperando nombres un tanto olvidados (Arthur Machen, Lord Dunsany, Walter de la Mare), reivindicando a otros capitales para el género pero tal vez no suficientemente reconocidos (Guy de Maupassant –versátil como pocos y grande en cualquier historia que abordase-, Ambrose Bierce), como a aquellos que sólo se acercaron al mismo ocasionalmente (Crawford, Gilman), conformando una pléyade necesaria, un acercamiento bastante completo a lo que fue la eclosión vivida por las historias de horror entre los años finales del XIX y los años treinta del siglo XX, fecha en que se cierra la antología por coincidir con el fallecimiento de Lovecraft (ocurrido en 1937).

   Sorprende la vigencia de estas narraciones, cómo consiguen hacernos temblar, la mayoría de las veces haciendo irrumpir lo sobrenatural en lo cotidiano, provocando dudas sobre lo que ven nuestros ojos, imposibilitando cualquier respuesta racional, inoculándonos pavor, temor, oscuridad sólo con unas cuantas palabras, con la creación de la atmósfera idónea (opresiva, ominosa, infernal), desatando nuestra imaginación (el mayor peligro a la hora de generar, experimentar, vivir el miedo: no hace falta ver nada concreto). Pocos volúmenes hay más apetecibles para este verano tórrido; los más reticentes pueden tomárselo como un aparato de aire acondicionado portátil, seguro que les refrigera el alma y el recoveco más recóndito, los amantes del género no tienen excusa para perdérselo y los que buscan nuevas emociones, otros autores, los lectores con amplitud de miras, aún menos.

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