domingo, 6 de octubre de 2013

DISTINTAS VERSIONES DE NUESTRAS VIDAS


 


   Cuando mi admirado Juan Cobos Wilkins presentó su colección de cuentos Siete parejas y un solitario, recuerdo que le pregunté si la narración así diferenciada (las otras, como indica el título, se agrupaban de dos en dos, mientras que la última se presentaba sin acompañante) había quedado como número non por una decisión tomada desde el principio o porque no le había encontrado complemento perfecto y él, con su proverbial agudeza, con su sencillez para desnudar sentimientos, respondió que hay personas que nacen solitarias, que pueden ser muy sociables, muy divertidas, pero que a la hora de la verdad rehúyen cualquier tipo de compañía y se bastan ellas mismas (como tuve la fortuna de que, en sus últimos años de vida, la añorada y amorosa Gloria Fuertes nos regalase a Miguel Ángel Yáñez y a un servidor su amistad –un día llamó a la redacción reconociéndose oyente de Cita a las dos y muy feliz por lo mucho que hablábamos sobre libros-, inmediatamente me vino su imagen a la cabeza: nadie más volcado en los demás, charlatana, afable, gustosa del trato con gente, de la conversación, de los chistes y, a pesar de todo ello, sin ningún tipo de trauma o rencor, había optado por vivir sola y conservar su autonomía). He recordado esta anécdota (una de las muchas que me asocian a la desbordante humanidad de Juan, escritor al que adoré antes de conocer personalmente y cuando tuve la oportunidad aún lo hice más y llevo a gala, a pesar de los kilómetros que nos separan, mantener con él una relación plena de sensibilidad y gusto por esos pequeños placeres que nos engrandecen el alma –la poesía, la música, la palabra en cualquiera de sus expresiones) al caer en mis manos el volumen Un día es un día con el que la editorial Lumen ha querido trazar una especie de biografía literaria de la maravillosa y versátil Margaret Atwood, reuniendo narraciones suyas que aparecieron en épocas diferentes, que se presentaron a los lectores por sí mismas, independientes como son, pero que al estar ordenadas (con la supervisión de la propia autora) por las edades de sus protagonistas (en tres grandes bloques: Infancia, Madurez y Vejez) adquieren una unidad muy sutil, como si su destino desde que nacieron hubiera sido el de integrarse en este conjunto, como si fuesen, a pesar de las notorias diferencias entre los diferentes personajes, episodios de una misma y única vida.

   La noticia de que Margaret Atwood era la galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008 coincidió con la época en que me gustaba presentar con un poema el programa que entonces me tocaba conducir (el cual hubiese desaparecido si yo no me hubiese hecho cargo del mismo y tal vez, viendo cómo se desarrollaron los acontecimientos posteriores, debería haber esperado un nuevo destino y dejar que las hordas de fanáticos siguiesen a su líder en su cruzada contra otros, pero ya no hay marcha atrás y, en realidad, no me arrepiento de ello); por supuesto, esa noche, tras la sintonía, di voz a algunos de los versos nacidos de la fértil pluma de la autora canadiense y me detuve lo que, casi desde el mismo anuncio, era una polémica: ¿Por qué no se la habían concedido a un español (lo que no ocurría desde 10 años antes en que lo obtuvo Francisco Ayala) o, al menos, a un autor que escribiese en nuestro idioma (al que no tenía lugar desde que en el 2000 fuese premiado Augusto Monterroso)? Y volvimos al tonto asunto de las cuotas: ¿Buscamos alguien cuya obra merezca tan alta distinción? Entonces, nadie podrá negar (para gustos y preferencias, los colores, pero todos tienen, como diría el Cardenal Cisneros, muchos poderes que presentar) que Doris Lessing, Arthur Miller o Claudio Magris habían sido justos vencedores, igual que lo serían posteriormente Ismail Kadaré o Philip Roth (tal vez mi única queja sea la inclusión en la nómina de galardonados de Leonard Cohen, quien, en todo caso, debería haberlo sido con el de las Artes) hasta que, hace pocos meses, conocimos la celebrada concesión a Antonio Muñoz Molina, hecho que quedaba minusvalorado por aquellos que ponían el acento en el hecho de que fuese español (quedaba la sensación de que “le tocaba”, no de sus méritos para ello). Nunca me han gustado las cuotas; es algo a lo que siempre hemos tenido que responder tanto presentando Finales de cine como Madres de película: ¿Por qué tal número de españolas? ¿Por qué no hay ninguna brasileña? ¿Por qué no está ésta y sí aquella? Sencillamente, porque escribimos sobre las que nos gustan, las que más huella nos han dejado, las que hemos podido revisar (condición imprescindible: no hablamos de memoria), sin parar mientes sobre en cuántas sale Katharine Hepburn o si no hemos incluido ninguna de Antonioni. He vuelto a pensar en este asunto porque Margaret Atwood señala en el prólogo algunos de los autores cuyos cuentos recuerda haber devorado y, entre los siete nombres mencionados (habla de Maupassant, uno de mis favoritos), sólo elige a una mujer: Katherine Mansfield (precisamente, Pablo me regaló hace poco un libro de ella con el que anhelo ponerme en cuanto él lo termine). Y esto colisionó con el prólogo que Laura Freixas ha escrito para Vivir en los cafés, el nuevo libro de Ovidio Parades del que ya nos hicimos merecido eco no hace demasiado, lo único que suprimiría o al menos modificaría de tan estimulante volumen (lo siento, Ovidio, pero creo que mis opiniones son válidas para algunos, precisamente porque no regalo elogios –a veces, un silencio es lo mejor, lo sé, y lo hecho muchas veces, pero creo que no guardándome nada cobran aún más valor y honestidad las palabras que te dediqué-); en él, la escritora recoge algunas de las referencias, magisterios, influencias, mitos que aparecen en los textos de nuestro querido asturiano y se pone a echar cuentas para sentirse feliz porque Ovidio elija tanto hombres como mujeres -cuando en realidad, si le dejan (igual que un servidor), puede ser que citase más señoras fabulosas-, entrando en ese terreno tonto (con perdón, y por no decir algo más fuerte) en que sólo damos importancia al sexo del autor, del intérprete, del artista y no a la obra (como aquella “ministra-cuota”, como tantas, la digna de olvido Ángeles González-Sinde, quien al aplaudir el premio Ojo Crítico de Teatro que fue a manos de María Isasi dijo “me alegro mucho, porque es mujer”. ¿Lo de buena actriz le pilla lejos? ¿Entonces no lo merece?). Por un lado, el hecho de que a la mujer se le haya negado casi (y sin el adverbio) la condición de persona, centrándonos sólo en literatura que es en lo que andamos, ha provocado que sean contadas excepciones las que han pasado a la Historia hasta llegar al siglo XX; por otro, a un verdadero lector le emociona igual Emma Bovary que Heathcliff, tiene pesadillas con las brujas de Macbeth o el monstruo de Frankenstein y no importa quién fue su creador (el de todos, no sólo el de la Criatura).

   Margaret Atwood da voz a hombres y mujeres y a todos los trata con el mismo afán de comprensión y con todos es igual de descarnada si quiere dejar a la luz comportamientos censurables, punibles, injustos, dolorosos para los demás, egoístas o indignos; habla del descubrimiento del sexo, de cómo somos unos completos desconocidos para nuestros íntimos, de cómo éstos son una caja de sorpresas (en ocasiones porque no nos preocupamos por mirar en su interior), y traza un certero panorama sobre nuestras diferencias (que las tenemos) y nuestras similitudes (tantas), no enarbola ninguna bandera ni da un discurso: se limita a narrar y a dejar que el lector incorpore su propio bagaje. Posee una prosa tan elegante, tan sencilla, tan despojada, que en algún momento puede llegarse a pensar “así escribe cualquiera”, y esa es una de sus mayores virtudes: hacer que parezca fácil lo que, sin duda, es fruto de muchas meditaciones, reescrituras, tachones y folios a la papelera (aunque ya escribe en un portátil, lo dice en el prólogo, como la mayoría –pero el cesto de los papeles existe, aunque sea virtual-). Hay tiempo para el llanto, para la evocación, para la ironía, para la carcajada, para el absurdo, son relatos que retratan vidas, pulsiones, fracasos, reproches, dolores, gozos, no hay ni una sola línea en que la autora pretenda lucirse porque lo importante son sus personajes; lo fabuloso de un volumen así es que puede leerse como se prefiera, jugando, buscando, dejándose sorprender (por si a alguien le sirve de algo, diré que mis favoritos son Auténtica basura, La tumba del famoso poeta e Isis en la oscuridad). Como muy decía uno de los grandes maestros de la narración breve, Julio Cortázar, el cuento debe ganar por K.O., y bien lo demostró él con narraciones que nos envuelven, que se nos quedan dentro, que nos permiten seguir pensándolas, continuándolas, reinterpretándolas; del mismo modo, Margaret Atwood disemina aquí y allá puntos suspensivos, sugiere, esconde, da a entender y consiente que sea el lector quien tenga la última palabra, confía en él porque sabe que “todos tenemos guardadas distintas versiones de nuestras vidas, aunque nos las contemos sólo a nosotros mismos. Y las corregimos a medida que avanzamos”. Por eso seguimos leyendo: para saber quiénes somos, quiénes fuimos, quiénes seremos.

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