miércoles, 2 de octubre de 2013

RAQUEL MELLER CUANDO MIRA...


 



   Hay muchas recomendaciones que son la peor carta de presentación para lo que promocionan porque vienen de personas que no te ofrecen ninguna confianza o que te consta tienen otros intereses (llegando incluso a alabar en público lo que desaconsejan en privado) o porque la experiencia ha demostrado que tienen gustos diametralmente opuestos a los suyos (de todos modos, este asunto puede ser abordado más prolijamente otro día); del mismo modo, hay otras que deben tenerse en cuenta sin dudarlo, justo por venir de quien vienen. Así recuerdo, aunque ya teníamos las entradas compradas, que el hecho de que la enorme María Fernanda D´Ocón me dijese que lo que hacía José María Pou en La cabra de Edward Albee era de lo mejor que había visto nunca en escena hizo subir hasta límites estratosféricos las ganas de asistir al espectáculo (y, ciertamente, será de esas funciones que nunca olvidaremos, haciendo hincapié en el espléndido texto que el inteligente Pou no dejó escapar nada más estrenarse en Broadway); del mismo modo, porque es otra que sabe de lo que habla, porque al igual que la valenciana lleva el arte en las venas, cuando Olga María Ramos (nuestra adorada, quien está regresando de México mientras escribo y con algo bajo el brazo de lo que hablaremos dentro de poco) nos dijo que no podíamos perdernos Por los ojos de Raquel Meller en la sala Tribueñe lo pusimos en la lista de asuntos pendientes, justo cuando se daba inicio a esta época un tanto oscura en que salí de la radio y anduve errático y sin ánimo y después fue tarde porque el espectáculo desapareció de la cartelera. Lo cierto es que nos había llamado la atención en alguna ocasión, sobre todo su éxito y permanencia (se estrenó en 2007), pero mi trabajo diario hasta altas horas de la madrugada provocaba que necesitase tiempo para recuperar sueño (no negaré lo dormilón que soy) y que sólo pudiésemos ser público (lo que tanto nos gusta) durante el fin de semana y, claro, nunca podías abarcarlo todo (al margen de hacer otras cosas ya que, por mucho que nos apasionen, no todo es cine o teatro); además, siempre he sentido cierta querencia por Tribueñe, esa sala que es, al mismo tiempo, un tributo al arte de Talía, el empeño de unos locos que aman su profesión, un compromiso de corazón con el público, y la máxima expresión de la bellísima historia entre Juan Ramón Sánchez y Chelo Vivares, historia truncada demasiado pronto (la muerte, inevitable, gusta de actuar cuando menos conviene, se precipita, tiene un espantoso director de escena).

   Y como una de las por desgracia cada vez más escasas sorpresas gratas que da el hecho teatral en Madrid, a principios de verano supimos que Por los ojos de Raquel Meller abandonaba su pequeño feudo para convertirse en una obra musical de más fuste, no porque lo necesitase, sino porque uno de los pocos productores inquietos que nos quedan, Juanjo Seoane, había decidido que el espectáculo debía ganar en majestuosidad y fuste para inaugurar la temporada en el Reina Victoria. “Fue toda una sorpresa, y un auténtico subidón, cuando Juanjo Seoane, en el descanso de la función que vino a ver, sin necesitar verlo completo, me dijo que quería que el montaje diese el salto a un teatro más grande”, me ha contado hace apenas unas horas Hugo Pérez, creador y director de este maravilloso viaje en el tiempo que demuestra la vigencia del cuplé, la fuerza del género y que las cosas bien hechas interesan a público de cualquier edad (así lo dejaba patente el patio de butacas cuando estuvimos nosotros): “No me pongo límites o restricciones, no pienso en a quién debe gustar: busco público que se quiera conmover, que se deje arañar, que no piense en pasado o presente, que huya de los prejuicios”, y lo cierto es que lo logra porque no emplea el recurso de la nostalgia, no se limita a desempolvar un sonido, unos ecos, una voz de principios del siglo XX, sino que demuestra su frescura, su idoneidad en estos tiempos, su grandeza artística; en manos de Hugo Pérez, y gracias al concurso de unos músicos estupendos y de un elenco brillante, el cuplé se quita de encima toda la ranciedad, la caspa, el anquilosamiento que algunos han parecido empeñados en querer hacerlo embarrancar, a pesar de los esfuerzos de Olga María Ramos, una voz que parecía clamar en el desierto y que ahora, entre los parabienes que recibe en México (a ver si no somos tan cicateros por aquí) y el impulso que Por los ojos de Raquel Meller le da, empieza a recoger los frutos de su continuada labor. “Las partituras no se pueden adulterar, no pueden consentirse actualizaciones que son verdaderos destrozos: la música es la que es y tiene que sonar cómo nació, da igual que se trate de La Traviata que de La violetera, no se puede estafar al público”, declara Hugo cuando hablamos de la felicidad que despierta el hecho de que la música, las voces, el tono del espectáculo suene a los años que se reviven y, al mismo tiempo, se note revitalizado, engrandecido.

   Al igual que un servidor, el director parece haber nacido con esta música como banda sonora: “No recuerdo cuando conocí a Raquel Meller, supongo que desde siempre, son esas cosas que canturrean las abuelas, los mayores; viví una juventud un tanto estúpida, como suelen serlo todas, pero al final regresé a esta música”. Hugo, quien cita a Gene Kelly y Lola Flores como sus máximas influencias, como los dos artistas que más le inspiran, a los que venera sin límites (“Siempre me ha gustado más el musical al estilo Hollywood, o sea el de cine, que el de Broadway o Londres, aunque sean fastuosos”), cuenta que planificó la obra en pequeñas píldoras, breves escenas que se suceden a buen ritmo y van exponiendo una época dando los datos precisos pero sin explayarse en lo que pueda estorbar al desarrollo de la función, para esbozar la apasionante vida de Raquel Meller sin demasiada intervención propia, incluso dejando fuera episodios apasionantes, “pero no quería inventar nada, no es necesario: ahí está ella, su personaje, su trascendencia, lo que cantaba, lo demás queda dentro del público y si tiene curiosidad la saciará” (y me consta que son muchos los que salen del teatro preguntando, buscando, descubriendo, recordando). Los que tuvieron la fortuna de conocer el montaje en Tribueñe dicen que ha perdido algo de su intimidad, de su recogimiento, y es lógico puesto que aquí tiene a su servicio un escenario de amplias dimensiones, pero es un placer disfrutar de la escenografía de Alfonso Barajas y, además, el propio Hugo Pérez señala que “estoy contento con el espacio que me toca en cada momento y lo fundamental es que Por los ojos de Raquel Meller sigue siendo la misma, aunque ahora tenga este gran formato y más aforo en cada representación”; yo no puedo comparar y, por lo tanto, aunque es posible que en los solos de Raquel (por cierto, se alternan tres actrices según programa –el director me ha dicho que actualmente son sólo dos-; nosotros vimos a Nené Pérez-Muñoz con una voz portentosa que reproducía la atiplada de la Meller con suma facilidad), decía que tal vez en los momentos en que la cantante está sola en escena sí puede echarse de menos una mayor cercanía del público, el resto, con múltiples entradas y salidas, cambios de decorado y alternancia de personajes, merece un teatro de los de siempre y más el Reina Victoria con ese patio de butacas a la antigua usanza, convertido en parte de la ambientación que, como nos anticipó Seoane antes de entrar, coadyuva a que pensemos que hemos entrado en el túnel del tiempo. Si alguien no sabe ni que existe este espectáculo, incluso si no sabe ni quién fue Raquel Meller, aunque haya vivido al margen del cuplé, si pasa por la Carrera de San Jerónimo y escucha alguna de las canciones que puntean el libreto de la función que no lo dude y compre su entrada porque, como afirma Hugo Pérez, “no se puede huir de este país, de lo que somos; el que quiera irse, que se vaya, pero si está aquí no puede volver la espalda a propuestas como la nuestra”. ¿Quién va a resistirse al candor de una mozuela que le dice “llévelo usted, señorito”? ¿Cómo no dejarse arrastrar por la vorágine pasional de “El relicario”? ¿No nos ha enseñado Olga María Ramos a tararear el “Ven y ven”? ¡Pues a demostrar que las lecciones sirvieron para algo!  

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