sábado, 19 de octubre de 2013

¿EN POSESIÓN DE QUÉ VERDAD?

 
 
 
   Creo que ya me he lamentado alguna vez de la ausencia de verdaderos maestros, personas que se convierten en tus referentes, que te aportan conocimientos pero, sobre todo, inquietudes, preguntas, afán por saber, que transmiten el constante aprendizaje que es la vida, que no dan nada por sabido, que no quieren que cacarees datos y más datos memorizados, que te enseñan a aplicar, a recurrir, a enriquecer constantemente el único equipaje que deberíamos preocupar de llenar; me sobran dedos de las manos (y, por fortuna, debo recurrir a los de las dos –algo es algo: han sido unos cuantos) para recordar a aquellos que me ha ayudado a ser quien soy, que me han cimentado, que me han consentido caminar bajo sus auspicios, que despejaron muchas incógnitas (y algo aún mejor: me dieron herramientas para hacerlo yo solo). En esa nómina tan especial no puede olvidárseme Bernardino M. Hernando, el gran periodista, el cultísimo profesional, entrañable e inquieto, un profesor que citaba a sus alumnos en su casa en alguna mañana de un fin de semana (en grupos de ocho o diez, no más) para conocerlos fuera de las aulas, para saber algo más sobre ellos, para que no fueran meros nombres en los ejercicios a corregir o en las actas que reflejaban las calificaciones; tuve (tuvimos, sé que no soy el único que lo piensa) la inmensa fortuna de que fuese uno de los encargados de impartir una de las asignaturas del primer año de Facultad, en concreto Redacción Periodística, una de las básicas, de las necesarias, de las pocas lógicas en medio de ese marasmo llamado programa que siempre se ha padecido en una carrera hecha a parches. Cuando apenas empezábamos a estar ubicados, cuando aún andábamos convenciéndonos de que éramos universitarios, cuando todavía teníamos muchos estereotipos en la cabeza a los que considerábamos reales (con el tiempo se demostraría que algunos lo eran y que incluso la ficción se quedaba corta), Bernardino soltó en clase lo que todos recibimos como una bomba: “Por mucho que os digan, la objetividad no existe: es una utopía”; ante el lógico estupor (que él esperaba e incluso deseaba provocar), ante el murmullo incesante de los que veíamos desmoronarse el castillo de naipes mental con el que llegábamos, empezó a explicar cómo resulta imposible alcanzar ese estado, y aunque pueda sonar ridículo, citó un episodio de una de las series televisivas de Hitchcock –precisamente uno dirigido por el mago del suspense- en el que ninguno de los testigos de un accidente miente conscientemente, pero ninguno cuenta la verdad total, ya que cada uno ha visto el suceso desde un ángulo y han interpretado –y de algún modo manipulado- sus percepciones (si la memoria no me falla, en España fue titulado como Yo lo vi todo). Ése fue el momento en que nos dio unas cuantas pautas que he intentado no olvidar jamás, bien sea escribiendo, delante de una cámara o sentado frente al micrófono en la radio: hay que ser honesto, ecuánime, olvidar nuestras pasiones, basarnos en los datos que tenemos, reconocer lo que ignoramos, en definitiva, informar, que es lo que se supone que debemos hacer, lo que se espera que hagamos, aquello por lo que nos pagan, no personalizar, no arengar, no catequizar, no calificar, no ideologizar (ya vendrían géneros en los que uno debe involucrarse más, pero sin perder de vista estos parámetros) –puedo imaginarme a Bernardino llevándose las manos en la cabeza ante el desolador panorama actual en el que, precisamente, prima y se potencia todo lo contrario-.
   Hay palabras que se llevan mal con el artículo determinado, términos que conviene matizar las veces que sean necesarias, que no pueden ser absolutas, que algunos esgrimen como armas arrojadizas contra otros y en realidad todos ellos la arrastran, la emponzoñan, la pervierten, la humillan, la ignoran, tan sólo quieren apoderarse de su contenido, ser considerados los abanderados de la misma; no puedo evitar sentir un escalofrío paralizador, cómo el miedo se asienta en mi estómago, cómo el vértigo me vence cuando escucho a tanto vocinglero a sueldo de templo y cuchillo que se hace llamar periodista, a tanto estómago agradecido, a tanta marioneta, a tanto impune, alardear, exigir, anunciar, hablar de LA verdad (la suya, que en ocasiones se sustenta en un cúmulo de argumentos torticeros que los hechos se encargan de negar). Inscribiéndose en una corriente necesaria de revisionismo, de autocrítica, de desmitificación, de análisis, de aprender de los errores, Neil Gordon ha trenzado un absorbente thriller llamado Los que te rodean, que en España presenta el sello Alevosía, novela que ha servido como base para la muy esperada nueva película de Robert Redford como director (en la que también se ha reservado el personaje principal), la cual, recién estrenada en EEUU, llegará en breve a nuestras pantallas con el anodino título Pacto de silencio; ahora mismo está en cartel en Madrid la errónea versión que José María Pou ha dirigido de un texto capital para comprender un poco mejor cómo se desencanta una nación, cómo se ve sin salidas, cómo se siente morir, cómo se abandona a su suerte: Los hijos de Kennedy, obra que merecía mejor suerte, otro ejemplo de la manera en que en EEUU (aunque no parezcan aprender de los errores) pasan la lupa sobre acontecimientos que en algunos casos aún son heridas supurantes, llagas que no se han cerrado por demasiado recientes, catástrofes políticas que desencadenaron dramas sociales, convulsiones, dolor y muerte. Aunque hay asuntos de los que prefieren no hablar y sobre los que no les gusta que nadie venga a enmendarles la plana, aunque vendan su cualidad de demócratas más allá de la etiqueta política como si fuese la razón de ser de todos y cada uno de los estadounidenses (y llegue a hablarse de “la” democracia –de nuevo-, como si no hubiese otra –y es tan imperfecta como las demás, aunque sea envidiable en muchos aspectos-), Neil Gordon ha cosechado un gran éxito en su país ya que, al margen de hablar directamente a los que vivieron determinados sucesos (o a los herederos de los mismos), acierta al recubrir su acerada, despiadada e inmisericorde crítica (sea dicho porque no se casa con nadie ni ahorra epítetos, no por exagerada) con las trazas de una novela de espionaje, al situar en el epicentro la eterna pregunta de “¿conocemos realmente a los que consideramos íntimos?”, poniendo especial hincapié en el matiz “¿sabemos quiénes son (fueron) nuestros padres?”.
   Si la adaptación está a la altura del original, podemos anticipar uno de esos filmes con sabor clásico (por el que tanta querencia tiene Redford como cineasta, acierte más o menos, ese toque que le sirvió para convertir su ópera prima, Gente corriente (1980), en una obra maestra que no hace sino crecer con el paso del tiempo), aunque tras la campaña de desprestigio sufrida con Leones por corderos (2007), en la que descargaba toda la artillería contra aquellos que se consideran salvadores y garantes de palabras cuya enormidad resalta aún más su enanez moral, su carácter miserable, su abyección sin límites, tal vez se lo haya pensado mejor, aunque uno quiere pensar que no y por eso ha elegido la obra de Neill Gordon. Manejando gran cantidad de información que enriquece los personajes y el escenario trazado (tal vez sólo en el colofón, a la hora de colocar todas las piezas, se ponga un tanto didáctico o, al menos, demasiado prolijo y, sin embargo, no narre algunas escenas que el lector esperaba), Gordon sabe alternar las diferentes voces narrativas (al modo de Wilkie Collins, la historia es polifónica, explicando cada uno lo que sabe, dinamitando una y mil veces la historia oficial, aportando reinterpretaciones) e introducir con mano firme los bandazos, los giros, las sorpresas, como si el lector fuese el receptor primigenio de los emails que estructuran la historia; y en el camino hay tiempo para revisar muchas cosas, para sacar las vergüenzas de la CIA, del FBI, de las diferentes administraciones que no evitaron, promovieron, no supieron qué hacer con Vietnam, para preguntarse por qué protestar contra ciertos crímenes cometiendo otros es visto con buenos ojos por los que alientan o llevan a cabo su comisión en nombre de quien no tienen el gusto de conocer (robo la frase al gran Serrat), por los que defienden una causa a base de desmanes parejos a los que se enfrentan, cómo es posible abusar del idealismo, de las buenas intenciones, del deseo de cambio de muchos para que unos cuantos se mantengan en el machito pisoteando y vulnerando aquello por lo que afirman luchar, la perversión de términos que, según el contexto o hacia (o contra) quién se dirijan, tienen un sentido o el diametralmente opuesto, la nula reflexión a la que invitan los dirigentes de cualquier corriente, el fanatismo reduccionista que continúa alimentando el caos. Sin duda, una lectura muy estimulante, que hace reflexionar, que no da nada por sentado, que no comulga con ruedas de molino.   

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