martes, 17 de junio de 2014

CRÓNICA CON MELODÍA DE "JUEGO DE TRONOS"







   Al modo en que Carlos Gardel afirmaba que siempre se vuelve al primer amor, un lector no puede resistirse al embrujo, influjo, atracción, afecto, propensión, inclinación por las novelas del XIX (lo que incluye gran parte de la producción de, al menos, las dos primeras décadas del XX); cuando iniciaba un nuevo curso, Luis Landero saludaba a los alumnos haciendo un sentido y vívido canto a las excelencias de la literatura, cargaba contra el programa de lecturas que venía adherido al temario, obligación ardua que más parecía dirigida a cercenar la vocación lectora –lo cierto es que no hemos avanzado demasiado en ese aspecto ni en casi ningún otro en lo que a Educación se refiere-, decía que para captar el interés, para abrir el apetito, para encandilar a los nuevos feligreses, para convertirse en lector sin remisión había que ir al XIX, “porque es donde están las mejores historias”, cogía un libro que había dejado sobre su mesa al entrar, lo abría por la primera página y comenzaba a leer en voz alta Madame Bovary (yo lo había leído antes, pero con sus inflexiones, con el amor y veneración que ponía en cada párrafo, la prosa de Flaubert era aún más irresistible). Y es que pensar en Charles Dickens, Pérez Galdós, Balzac, Tolstoi, las hermanas Brönte, el propio Flaubert, Henry James, Edith Wharton, Jane Austen –aunque vivió más en el XVIII, desarrolló su carrera en el último tramo de su vida, ya en el XIX-, Victor Hugo, Stendhal, Guy de Maupassant, tantos y tantos, es sentir cómo la electricidad del cuerpo alcanza cotas casi intolerables, cómo el corazón se acelera sin freno posible, cómo uno es consciente de que, por muchas horas que dedique, por muchos años que viva manteniendo el cerebro activo y en condiciones, jamás podrá leer todo lo que el XIX dio de sí, esa herencia inagotable que nunca pierde vigencia, de la que tanto hay que aprender en todos los aspectos. Y eso es de lo primero que hablamos Victoria Álvarez y un servidor cuando la escritora salmantina coge el teléfono (bueno, en realidad se disculpa ya que no ha descolgado hasta mi cuarto intento, “porque he cambiado el tono, he puesto una música de Juego de tronos, suena muy bajita y aún no me ha acostumbrado a que es mi llamada” –pero esta mención no es baladí, porque regresaremos a la serie en más de una ocasión durante nuestra charla-): “Sí, como tanta gente, me quedé enganchada a la literatura del XIX, especialmente a la victoriana, cuando era adolescente y resulta que según creces descubres que es algo atemporal, que no importa la edad, que puedes regresar a ella una y otra vez y siempre hay mucho que descubrir, es riquísima, hay para todos los gustos”; así, sin solución de continuidad, hablando con el entusiasmo del admirador, pone como ejemplo la que considera su novela favorita del periodo: “¡El Conde de Montecristo de Dumas! ¡Lo tiene todo: aventuras, amor, intriga, malvados, sorpresas, duelos, disfraces, traiciones, fugas,… es prodigiosa!”. Como herencia natural al nacer en una familia volcada con la literatura, rodeada de libros, aprendiendo a quererlos casi antes de poder desentrañar lo que albergaban sus interiores, la todavía joven escritora (aún no ha cumplido los 30 años) se sintió como tal desde muy pequeña: “Me lancé a escribir casi como una necesidad, como una consecuencia lógica de mi pasión; al principio, como cualquiera, imitaba aquello que leía, picoteaba de todo, me decantaba más por la ciencia ficción, por lo fantástico, hasta que con 18 años llegué al XIX y, claro, todo cambió, jajajaja”.
   Victoria ha publicado recientemente Tu nombre despúes de la lluvia con Lumen, título que la consolida y confirma los buenos auspicios con que fueron recibidas sus dos anteriores novelas, Hojas de deladera y Las eternas, un novelón al modo de esos que tantos buenos ratos le han hecho pasar, un texto colocado bajo los auspicios de otro de los imprescindibles de aquella época, Wilkie Collins: “Aunque el libro se abre con una cita de Sin nombre, en realidad ha sido La dama de blanco, mi favorito, el que más me ha inspirado y acompañado durante el proceso de escritura: al igual que en Las eternas utilicé Frankenstein como base, como esquema del que partir, aquí he desarrollado las relaciones entre algunos de mis personajes, sobre todo en lo que se refiere a la pareja que forman Oliver y Ailish, trazando un paralelismo con lo que narraba Collins”. La historia arranca en enero de 1903, por lo que ya no estamos ni el XIX ni en la época victoriana –“no, en todo caso, eduardiana”-, aunque sus ecos están muy presentes, es algo muy reciente, no puede borrarse su influjo, sus logros, su manera de contar: “Lo cierto es que cada vez me voy acercando más a la Gran Guerra, aunque no me importa que me asocien con algo a lo que, además, tiendo y procuro, por mucho que escoja esos primeros años del XX porque me fascinan los cambios que se produjeron, el contraste entre un mundo clásico que se resistía a las innovaciones pero no pudo evitarlas ni frenarlas y así se va extendiendo el ferrocarril, implantando el teléfono, aparece el cine,… En parte hago vivir a los protagonistas de Tu nombre después de la lluvia en esa dicotomía, en la desconfianza por lo que otros llamaban “progreso”, en el enfrentamiento de dos maneras de entender el mundo”.
   La ambientación es prodigiosa, consigue integrar los paisajes en la trama, darles entidad de personajes, influir en la psicología de éstos (y así evocamos Cumbres Borrascosas o algunas páginas de Henry James), Irlanda es el escenario propicio para una historia que sabe mantener el equilibrio entre lo real y lo imaginado manteniendo la verosimilitud en todo momento: “Sí, es cierto que Irlanda, como pueda ser Galicia o México, es un lugar ciertamente mágico, en el que sus habitantes conviven con la parte espiritual sin miedos ni complejos, pero lo cierto es que estaba obligada a elegirlo puesto que el fenómeno de las banshee sólo se da allí y ese fue el impulso que me llevó a la escritura. Tiene gracia porque debí leer sobre ellas por primera vez cuando tenía unos quince años y puede decirse que las olvidé hasta que, esas piezas dispersas que van encajando solas, así es la vida del escritor, empecé a fabular sobre ellas, teniendo muy presente que quería trenzar una narración que no abusase de lo sobrenatural, antes tendía demasiado a lo paranormal: ahora prefiero ser más sutil, sugerente, difuminar fronteras, sí, por eso Irlanda y una banshee, por eso he querido ser, si me apuras, excesivamente realista, porque para ellos es algo de su folclore y lo sienten como real, no mera imaginación”. Y ese cuidado, ese mimo, ese juego entre lo que pudiera ser fruto de la fantasía y lo real, se percibe claramente por cómo presenta y trata a una de las mayores creaciones de la novela, uno de esos personajes inolvidables: Ailish: “Desde el principio tuve claro que era un trasunto de la dama de Shalott: sufre los efectos de una maldición, y aunque ella puede mirar lo que se le antoje no puede salir de la mansión, está prisionera, cautiva por la superstición de los demás; por eso la describí de esa manera, evocando el cuadro de Waterhouse, reflejando la esencia irlandesa, no hay duda de que es real pero pudiera ser una ninfa” (y en este momento nos reímos mucho ante la circunstancia de que un servidor sienta debilidad por esa leyenda que Tennyson transformó en poema y que inspiró a Agatha Christie una de sus más famosas creaciones, El espejo se rajó de parte a parte, al margen de recordar cómo Pablo y yo fuimos por la Tate Britain casi errando hasta poder plantarnos frente al lienzo que dio corporeidad y rostro a la dama en cuestión).
   Tu nombre después de la lluvia consigue atrapar y que resulte difícil abandonar su lectura y, lo más importante, no se saca de la manga sorpresas intempestivas o soluciones abracadabrantes pero sin lógica: “El lector es muy inteligente y, además, participa activamente como le guste algo; aunque esto no es un fenómeno actual por aquello de las redes sociales, porque no hay más que pensar que los que seguían las historias por entregas en aquellos años provocaron que Dickens, Dumas y otros cambiasen el rumbo de la narración o los destinos de los personajes. Claro que ahora se ha agudizado y, sobre todo, por lo inmediato, por la respuesta casi instantánea: ¡Mira lo que pasa con Juego de tronos, que la gente se enfada con el autor si mata a este o al otro, según cuál sea su favorito! Bueno, confieso que si yo me cruzase con J. K. Rowling, primero me pondría de rodillas delante de ella, pero luego le diría que aún no he superado del todo el trauma por lo que hizo con Sirius Black, jajaja. Por otro lado, volviendo a tu apreciación, yo sólo me pongo a escribir cuando tengo muy claro por dónde quiero tirar, hacia dónde me dirijo, no quiero perderme porque, al final, seguro que confundo al lector: trabajo con esquemas, todo está definido y bien perfilado antes de empezar. Luego cambio cosas, claro, reubico otras, quito de aquí, pongo de allá, pero con mi esquema delante, con la guía que he trazado, con los muchos esbozos que he aprobado”. Está especialmente orgullosa del ritmo, puesto que antes le acusaban de ser un tanto morosa, de dejarse llevar demasiado por su parte de historiadora, por su predilección por autores que podían estar cinco páginas describiendo una cortina, un salón, una calle: “Sin querer renunciar a mi estilo, es cierto que, al encantarme la moda, al ser una apasionada de su historia, me detenía en detalles superfluos, que sólo interesan a frikis como yo, detenía la narración, y al final fui eliminando lo accesorio, recreándome en aparentes nimiedades, siendo fiel a mí mismo, pero aprovechando al mismo tiempo para singularizar a este personaje o preparar lo que va a venir algunas páginas después o dejar una semillita para algo que germinará luego”. Sin duda, ese talente gozoso y lúdico queda impreso en cada página, trayendo a la actualidad un modo de narrar que no debería perder ni considerarse sólo objeto de estudio o contenido de bibliotecas porque savia nueva como la de Victoria Álvarez demuestra que todavía queda mucho por disfrutar con una literatura que, gracias a empeños como el suyo, demuestra cada día su eterna vigencia (y textos tan gozosos como éste abren las nunca saciadas ganas de regresar a todos los citados y a otros de sus contemporáneos).

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