martes, 3 de junio de 2014

UNA LECTORA (Y PERSONA) AGRADECIDA






   Como tantas veces he dicho, uno de los privilegios, uno de los placeres, uno de los estímulos de la profesión periodística es estar en contacto casi permanente con personas a las que admiras, respetas, por las que sientes interés, gente a la que sería difícil tener acceso de no ser porque puedes levantar un teléfono o escribir un e-mail para solicitar una entrevista, y al mismo tiempo evita caer en la rutina, adocenarse, aburrirse, porque cada día hay que improvisar, imaginar, recomponerse, estar dispuesto a descubrir, a conocer, no hay guión previo (sí, preparación, estudio, investigación –o, al menos, deberían ser la base-) que pueda pautar cómo va a ser la conversación, por dónde saldrá el invitado, cuál será su humor (incluso aunque ya le conozcas, aunque no sea la primera entrevista que le haces, hay que tener en cuenta el factor sorpresa, la falta de libro de instrucciones, la vida transcurriendo como ella desea), cuál será el tuyo, cómo congeniaréis o dejaréis de hacerlo (una antigua colega, en realidad había estudiado Ciencias de la Imagen pero resulta que rehuía cualquier tarea que tuviese que ver con edición, postproducción, es decir, la cocina del programa -algo realmente apasionante-, y prefería hacer coqueteos con la parte periodística, decía que si no podía entrevistar a actores que le gustasen no tenía sentido este trabajo, dejando patente la desidia, el carácter de obligación, la escasa vocación, la cada vez menos abundante profesionalidad con que se afronta este oficio –no es la única a la que he oído lamentarse por tener que ver películas que no le apetecen y es que en realidad sólo le gusta un género o sabe algo de un director, no ama ni lo que hace ni el objeto al que debe dedicar el tiempo, pero pontifica como el que más y arrastra por el fango la tarea u ocupa el lugar que debiera ser de los que se aplican como si cada texto fuese el primero-). Y dispuesto, como tantas veces, a dejarme llevar por lo imprevisible, empecé a leer una novela que llegó a mis manos porque un jurado de lectores le había otorgado un premio, Una dama en juego era su título y fue la que propició que Carla Montero entrase en mi vida.
   Fue fácil desde el principio entenderse con alguien que se mostraba sencilla, cercana, que aún no terminaba de creerse lo que estaba sucediendo, fue cómodo conversar con una persona que tenía un universo literario similar, que recordaba con agrado sus lecturas infantiles y juveniles, que no renegaba de ellas, que las homenajeaba en lo que escribía, que cimentaba su pasión lectora en Rebeca de Daphne Du Maurier, que se apasionaba al glosar títulos del XIX, novelas de aventuras y/o misterio, alguien que no comprendía cómo se podía obviar este recorrido vital (e incluso necesario) y engolar la voz para afirmar que Kafka, Proust o Joyce habían sido siempre los autores de cabecera de estos ridículos que viven acomplejados y que, en muchos casos, no han podido terminar (o ni han empezado) las obras de esos autores a los que dicen adorar; lo cierto es que, en ese aspecto, fue como encontrar un alma gemela, por mucho que luego fuesen apareciendo lógicas divergencias o querencias particulares, pero era alguien que (como yo, como Pablo) concebía la literatura como un universo en el que disfrutar, refugiarse, aprender, y no rechazaba ningún autor por “popular”, “muy vendido” o “de poca altura intelectual” (ellos, los que arrugan la nariz de esa manera, son los que salen perdiendo). Y el caso es que su segunda novela, La tabla esmeralda, llegó a las librerías con aureola de best seller, superando las expectativas de su editorial, batiendo en ventas a autores de más recorrido, consagrándola de un momento al siguiente, pero Carla siguió con su candor, su sonrisa, su bondad, su afabilidad, su naturalidad y me demostró algo que no abunda en este negocio lo miremos desde el ángulo que lo miremos: gratitud. Llegó el momento de diseñar el que sería el último verano en antena (aunque los directivos, esos señores tan serios y hueros, encarnados en ese poeta de verso tan libre que provoca carcajadas en los cenáculos literarios, retrasaron todo lo posible el anuncio de lo que sucedería en septiembre, agonía digna de suplicio chino la de esos meses de 2012, cercenando cualquier posibilidad de intentar una reubicación, engañando con falsas promesas, envenenando el ambiente con palabras tibias) y la tarea se presentaba excesiva, el suplicio de Tántalo, habían conseguido que la ilusión, la alegría, las ganas estuviesen en su cota más baja (aunque, sin pecar de inmodestia, creo que en el micrófono no se notó, al menos no demasiado, en parte gracias a la inestimable ayuda, al compañerismo demostrado por Daniel Ampuero), pero por fortuna algo en mi interior me hizo reaccionar y buscar esos personajes que me apetecían, que me provocaban, que serían un magnífico broche, y así caí en la cuenta de que Carla seguía de promoción y vendiendo lo que no estaba escrito; la respuesta de su editorial (Plaza y Janés, en concreto la siempre dispuesta Nuria Alonso, la que nunca tiene un mal gesto, la que jamás hurta una sonrisa) llegó a la velocidad del rayo: Carla volvía de un viaje en tal fecha, pero aceptaba encantada la oferta y, además, venía en directo, quería estar en el estudio conmigo. Después de tantos años de ver cómo algunos que se dicen amigos olvidan los buenos oficios en cuanto han subido de escalón (o en cuanto sus designios están en manos de esos tipos que convierten en antipáticos a los artistas, que los rodean por un muro inaccesible, que niegan todo, que sólo buscan la francachela, lo facilón, que no responden peticiones, que pueden dejarte un programa colgado por incomparecencia del invitado), cómo cambiamos de móvil para que nadie los encuentre, cómo ignoramos a éste o a aquél pero sí corremos cuando tal medio nos reclama, precisamente en ese momento con el ánimo tan alicaído, fue un regocijo, una inyección, un subidón que Carla Montero, la autora del momento, estuviese casi una hora en el estudio durante la madrugada, ella, que antes que todo lo demás es madre (“y gracias a los niños regreso a tierra si de repente me entran tentaciones de dejarme llevar por lo veleidoso o de creérmelo demasiado”), pero quiso venir a darme su apoyo, su cariño, a regalarnos una charla divertida y con muchos matices (fue, de hecho, fuera de Pablo y la familia más cercana, la única persona a la que le conté lo negro que se presentaba el panorama aunque nadie soltaba prenda, ella intentó transmitirme buenas vibraciones –lo hizo, aunque no pudiera cambiar el curso de los acontecimientos- y me guardó el secreto hasta que el final fue una realidad ineludible).
   Y abusando una vez más de esta complacencia, hablé con Nuria para ver si Carla querría tocar una pieza con este arpa ya que salía a la venta su nueva obra, La piel dorada (también en Plaza y Janés, los editores que creyeron en ella, fiel a quien piensa que lo merece en todos los ámbitos) y, de nuevo, apenas tuve que esperar. No saben ustedes qué bien sienta el abrazo de una escritora cuando es como un galardón, la única medalla de que me gusta presumir: prepararme concienzudamente las entrevistas; y como ya basta de hablar de mí, de mis supuestos méritos, vayamos con lo que importa (pero es que quería dejar constancia del carácter de esta mujer). Le digo si ya se ha acostumbrado a que la presenten como escritora y dice que sigue en el mismo punto: “Es que es una palabra muy grande, ¿verdad? Uf, no sé si algún día sentiré que la merezco; por el momento, prefiero definirme como contadora de historias, que es lo que me ha gustado y he hecho toda la vida, me acuerdo que de niña me ponía a imaginar con las Barbie o los muñecos de Playmobil y a veces tomaba lo que había leído como punto de partida y otras me las inventaba. Para mí, la escritura es un hobby, no niego que me la tomo muy en serio, mucho más que durante todos los años en que escribía casi compulsivamente pero no se lo dejaba leer a nadie, pero quiero que siga siendo eso, no la quiero como profesión, no me puedo comparar a los autores que me gustan y creo que mantener ese punto de ingenuidad, si quieres llamarlo así, me hace afrontar la tarea con más honestidad y serlo igualmente con los lectores”. Esos que la trajeron hasta aquí, esos que están respondiendo a la llamada y adquiriendo La piel dorada, una historia que, aunque tiene algún punto en común con su anterior novela, en realidad es muy diferente y, como no podía ser de otro modo, un homenaje a los libros que ama: “Me sigo guiando por mi instinto de lectora, es así cómo elijo el tema, cómo encuentro el tono, cómo encuadro la historia en el género que me resulta adecuado y apetecible”. Y en esta novela uno encuentra ecos de Conan Doyle, evocaciones de Wilkie Collins, el gusto por la novela policiaca y así es: “No es novela negra, que ahora ha dado por llamar así a cualquier historia con un crimen, y que me gusta mucho pero no ha sido mi intención tirar por ese camino; la época en que transcurre La piel dorada tiene unos referentes muy claros, espléndidos, ¿por qué evitarlos? Me ha gustado dejarme acompasar por la novela policiaca clásica, la que dio carta de naturaleza al género, donde hay páginas magistrales e inigualables”.
   Al igual que La tabla esmeralda, esta novela arranca de un cuadro, en realidad de lo que Carla experimentó contemplándolo, de las preguntas que sintió nacer en su interior, de su impenitente curiosidad: “El arte siempre me inspira, como a cualquiera, porque si lo es, precisamente lo denominamos así porque no te deja indiferente, pero no quiero encasillarme ni limitarme, igual que como lectora como te digo, pero por otro lado es un guiño a los lectores de la anterior y un vínculo que me apetecía y al que no estaba dispuesta a renunciar”. Y es que Carla Montero se sintió interpelada por una modelo desconocida, como tantas, por una mujer que sorteaba la estricta moral de la época y posaba desnuda y por ese hilo empezó a devanar la madeja de lo que se transformó en una historia que a veces bucea en lo terrorífico, con páginas muy conseguidas llenas de crudeza, sin ahorrar nada, mostrando la sanguinolencia de los crímenes del momento: “Estamos a inicios del siglo XX, aún están muy recientes los sucesos en torno a Jack el Destripador, no podía ponerme mojigata. Además, documentándome para la novela, pateándome Viena para que fuese el escenario pero tuviese entidad y marcase las conductas, entré al Museo del Crimen y topé con una enorme fotografía de una prostituta abierta en canal, clara imitación de lo que había sucedido en Whitechapel; una época, un país, se define también por sus crímenes, por lo tanto, y por mi empeño de que la novela fuera muy visual, los crímenes tenían que aparecer descritos con esa minuciosidad que sé que alguno considerará morbosa pero que es la que corresponde y la que, en el fondo, el aficionado, el conocedor de la literatura de la época espera”.
   Lo mejor de la novela es, sin duda, el personaje principal, el investigador, un detective con dudas, alguien que en realidad no quiere resolver el misterio si eso conlleva que su mejor amigo o la mujer de la que se ha enamorado irremisiblemente incluso antes de conocerla sean condenados: Karl Sehlackman es una gran creación (“el punto de partida fue lo que él confiesa, que no es un buen policía, a partir de ahí fue muy divertido ir humanizándolo, alejándolo de los estándares del gran detective, aunque en el fondo todos los que nos gustan tienen algún rasgo diferenciador, un algo peculiar que los singulariza y los hace imperfectos y por eso más creíbles”), alguien que a veces habla directamente al lector, buscando su comprensión, expresando las cuitas que le atormentan, el amor que le desborda, los miedos que le atenazan: “La estructura fue lo más complicado porque me apetecía que el detective hablase por sí mismo, pero era complicado estar en todos los sitios a la vez; por eso me pareció interesante presentar algunos hechos en tercera persona, poder desarrollar más otros personajes, y luego regresar a Karl para que incorporase su versión, para que completase el cuadro”. Cuando le digo si podríamos estar ante el inicio de una serie, Carla sonríe (bueno, en realidad lo hace todo el rato, pero ahora acentúa el gesto entre cómplice y jocoso) y encoge los hombros: “Nunca me lo planteé así, ni siquiera la posibilidad de una segunda parte: he contado la historia que quería y ahora me apetece mirar hacia otros lados. Nunca puedes decir que no vayas a regresar a algo que ya escribiste, claro, pero en mi intención está la de dejar a Karl en La piel dorada, ¡bastante mal lo pasa el pobre!”. Sí, es cierto, pero el lector hace todo lo contrario: disfruta, pasa las páginas con avidez, intenta desentrañar la maraña, el ambiente ominoso de la Viena de 1904, descubrir al culpable antes de que siga matando y, mientras, como telón de fondo, la historia de esas modelos a las que debemos obras maestras imperecederas pero de las que desconocemos nombre, condición, si su trabajo fue compensado, cuál fue su destino: “No hay testimonios de la época, por eso teorizo y puedo fantasear, dar vueltas a esa pregunta que me llevó a escribir: ¿Sería La Gioconda lo mismo sin esa sonrisa? Al margen del talento de Leonardo, ¿se hubiera convertido en un cuadro tan famoso si la modelo hubiese tenido otros rasgos?”.

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