sábado, 14 de junio de 2014

NUESTRA BANDA SONORA







   Sé que me repito mucho, pero cada uno tiene el bagaje emocional que tiene, ese al que jamás va a renunciar, ese del que se siente muy orgulloso, y para hablar de mi fascinación por los musicales debo regresar las veces que haga falta a esas tardes en casa de los tíos tras la merienda, los deberes y la programación infantil y, sobre todo, a los fines de semana en los que, a pesar de lo cortos que resultaban, aunque siempre faltaba tiempo para todos los planes que se iban trenzando, había posibilidad de recrearse en la suerte y leer mucho, ver alguna(s) película(s), ir aquí o allá, estirar las horas, tantas de ellas dedicadas a la música porque nunca faltaba alrededor, bien durante la mañana, bien para reposar después de comer, bien cuando fuese como parte fundamental e imprescindible del ocio (las imposiciones familiares, las obligaciones sociales en las que los niños han de hacer lo que se dice en casa quedan fuera de estas ensoñaciones, faltaría más -¡Cuánta tarde de domingo desperdiciada por gente que, ya ha quedado bien claro, no merecía la pena!-). E igual sonaban boleros que coplas, flamenco que pop, zarzuelas que música ligera, el tío Miguel tenía un gusto muy amplio y ecléctico que me contagió y por eso, a pesar de mis preferencias y de opciones inamovibles, tengo épocas en las que me da por escuchar baladas italianas, otras regreso a los 60, picoteo aquí o allá sin abandonar mis clásicos, mis necesarios (Raphael, Rocío Dúrcal, Concha Piquer, Antonio Machín, Pasión Vega, Barbra Streisand, Julie Andrews, Los Panchos,…. ¡Hay tantos! –y, sí, acepto ser una antigualla en lo que a gustos se refiere pero, al final, a la larga, son los que permanecen mientras que de aquellos punteros de hace años, algunos de los cuales me gustaban mucho, apenas nos acordamos-); y, al margen de toparme en televisión con Fred Astaire y Ginger Rogers, con Gene Kelly, con Rita Hayworth, incluso con las películas de Marisol y la Dúrcal (desde siempre ha estado en mi corazón), con Imperio Argentina, con tantas oportunidades para cogerle el gusto a lo de ponerse a cantar y bailar cuando no queda otra, fue gracias al tío como conocí a Andrew Lloyd Webber, incluso antes de memorizar su nombre, sin ser consciente de a cuántos de mis momentos más felices e inolvidables pondría banda sonora: tras ver Jesucristo Superstar (la película de Norman Jewison, lo de Camilo Sesto vendría algo después), el doble LP con muchas fotos y libreto en inglés entró en casa y, como la tía me explicó cada momento, qué sucedía, quién aparecía, cuál era la situación, fue como si la hubiera visto y reproduje el filme en mi cabeza ayudado por lo que las canciones me inspiraban (sí, no tenía edad para saber más que lo que mi hermano traducía, pero la música no conoce idiomas cuando se trata de envenenar con dulzura lo más profundo); a los pocos años, se estrenó en Madrid Evita con Paloma San Basilio, Patxi Andión y Julio Catania y, tras asistir al espectáculo, el tío también adquirió la grabación original que, claro, al ser en castellano ayudó a que me fascinase aún más (tendría unos 10 años) y un libreto con acotaciones, explicación de acciones, referencias, me hizo imaginar mi propia representación (tanto me dejé cautivar por este musical que cuando una profesora de inglés, en Octavo de EGB, nos mandó preparar una entrevista con un personaje popular para un examen elegí a Lloyd Webber –aún no tenía su nombre en mi particular Olimpo, pero era alguien que me resultaba interesante- y todo lo que se narraba sobre la gestación de Evita en la extensa e interesante introducción al disco que firmaba el artífice de tan grandioso espectáculo en nuestro país, Jaime Azpilicueta).

   ¡Quién iba a decirme que Lloyd Webber se convertiría en uno de los pilares que todavía hoy cimientan mi pasión por el musical! Pablo y yo descubrimos muy pronto, incluso antes de reconocernos enamorados, que teníamos un lenguaje común, una manera similar de contemplar la vida a través de libros, películas, obras de teatro y, por supuesto, música; de hecho, es Pablo el que más sabe de musicales, el que conoce títulos descatalogados, fracasos estrepitosos que con el tiempo se han recuperado y triunfado y otros marginados y arrinconados, el que ama el género como pocos, el que lo conoce, lo estudia, lo disfruta, el que ha revitalizado, potenciado y reforzado mi gusto, el que me ha abierto ventanas, el que ha recuperado melodías que andaban dando vueltas por ahí, desubicadas, sin tener muy claro de dónde venían, una persona que no adopta ninguna pose, que no finge, que tiene su propia personalidad a través de lo que prefiere escuchar, que no presume ni se jacta de ello (no como tantos a los que, a las primeras de cambio, pillas en falta, esos que sólo han de decir unas cuantas palabras y, por mucho que se proclamen amantes del género, hacen patente su desconocimiento, su ignorancia, los tres lugares comunes que manejan como única conversación, su empeño por demostrar una erudición que no pasa de ser simpatía, que no verdadero gusto, un intento por parecer sofisticados, esa gente empeñada en bajar las bambalinas de su lugar natural –es decir, colgadas, en el techo, arriba-, por mucho que el DRAE sancione algo que es inexacto, irreal, una locución que incluso repite la gente de teatro –algo que irrita, y con razón, a nuestra querida Marta Fernández-Muro-, eso de “estar entre bambalinas” cuando lo propio es decir que se “está entre cajas” o, incluso, “entre bastidores” –pero, claro, como no hay nadie que pueda/sepa/quiera corregirles, ahí los tienes como “voces autorizadas” y así no hay manera de crear una auténtica afición-). Y por eso con Pablo es muy fácil dejarse llevar por el ritmo de los clásicos o por lo novedoso, por lo que viene para quedarse o por lo que es flor de un día, abarcando todas las posibilidades, no cerrando puertas antes de conocer, manteniendo muy viva la curiosidad, disfrutando incluso el momento de planificar, de comprar las entradas, de anticipar las emociones ampliando cada día la discoteca, acompasando nuestros recuerdos a los de esa canción, ese tema, esa escena que nos elevó y que parecía interpretada sólo para nosotros (así rememoro cada musical que nos ha marcado de una manera u otra: algo para dos, sin aditivos ni interferencias). Y cuando empezábamos a añorar Londres después de asistir a uno de los mayores espectáculos que jamás veremos, la reposición de Miss Saigon con todos los honores que merece un título que nació clásico, tuvimos la sorpresa, la alegría, el deleite de saber que seis de las mejores voces de Broadway desembarcaban en Madrid (en concreto en el teatro Calderón, ese coliseo por el que tanta predilección siento) y, puesto que lo de ir hasta Nueva York sigue siendo una asignatura pendiente (sin traumas: si no se puede, no se puede –al menos tenemos Londres y todo el material que Pablo recopila sobre el musical-), paladear un poco del sonido que, junto al del West End, mejor define qué es el musical.

   Broadway Boys es un vibrante recital en el que Joseph Anthony Byrd, Sam Dowling, Marshal Carolan, Tim Young, Omar López-Cepero y Brad Greer demuestran que la materia prima del género es la partitura y el intérprete, poco más necesitan para asomarnos a algunas de las páginas más brillantes, a títulos que siguen iluminando marquesinas y millones de recuerdos, de realidades cada vez que sus antológicas notas vuelven a sonar; con esa facilidad que sólo da el haber mamado el musical, el haber nacido con él como referente (incluso aunque, como alguno de ellos explica, le fuese ajeno en su infancia: lo llevan en el ADN), sin estridencias, transmitiendo emociones, eléctricos, sensuales, divertidos, apoyándose los unos a los otros, conformando un conjunto homogéneo que respeta sus individualidades, desarrollando sus personalidades, estos seis artistas son capaces de emular a The Jackson Five para anonadar con una versión de Imagine que a buen seguro hará estremecerse a John Lennon allí donde esté (es el momento en que explican a qué se llama “junebox musical”, de ahí estas canciones), suplir con sus cuerpos y coreografías la ausencia de escenografía, ofrecer un recorrido que se antoja breve por la esencia del musical, abriendo el apetito del espectador, tocándole teclas y fibras muy diversas, contagiándole pasión y, en nuestro caso concreto, recordándonos algunas de nuestras mejores experiencias: Wicked, ese mágico espectáculo que vimos dos veces para olvidar nuestra primera llegada a Londres, accidentada y en la que nos perdimos el comienzo, al margen de tener a alguien esperándonos en la puerta del teatro con las entradas algo más de una hora (todo por uno de esos guías que van de simpaticotes, pero no saben hacer su trabajo y tardan cuatro horas en dejarte en el hotel, un andaluz que, creyendo que nadie le comprendía al hablar en inglés, fatuo y jactancioso, le dijo al chófer “estos españoles siempre quejándose por todo”… ¡Qué suerte tienen algunos cuando topan con gente que, aunque reclama sus derechos, es educada! –es lo que tiene viajar con esa agencia del aguilucho, si es que este pajarraco no trae nada bueno-); La Calle 42, todo un catálogo del cine musical de los años 30 con ese himno que es Lullaby of Broadway (precisamente vimos la otra noche la película así titulada y protagonizada por Doris Day, un regalito que nuestro Mairena hizo a Pablo por su cumpleaños –es lo que tienen los amigos de verdad: que se preocupan por procurarte aquello que te gusta-); Jersey Boys, uno de los momentos más electrizantes que recuerdo haber vivido en un patio de butacas (y, al igual que Miss Saigon, tuvo lugar en el Prince Edward Theatre, en el que también vimos volar –literalmente- a Mary Poppins –y no pude evitar proferir un “¡Qué fuerte!” que se oyó en toda la sala-; tal vez por eso, junto al Palladium –en el que hemos aplaudido a la gran Connie Fisher en Sonrisas y lágrimas, a la fastuosa Patina Miller en Sister Act y al mítico Michael Crawford en El Mago de Oz-, el Prince Edward es mi teatro favorito en el West End), Jersey Boys consigue levantarte de la butaca, te inyecta adrenalina, imprime un ritmo a las canciones de Four Seasons que no decae en ningún momento.

   Y todo eso puede revivirse (o conocerse) en el Calderón durante este mes de junio gracias a The Broadway Boys, artistas completos, con talentos que desbordan, sin darse tregua, prácticamente los seis en escena todo el tiempo, tomando la voz solista cada uno cuando es necesario, creando segundas voces que apoyen a la principal, interpretando, bailando, gozando con lo que hacen, logrando que el musical alcance cotas muy altas que, por desgracia, no siempre tenemos la oportunidad de disfrutar en Madrid (porque, ya que me consta que hay muchos por ahí que menosprecian este espectáculo sin haberlo visto por considerarlo “barato”, “para profanos”, “con poca chicha”, “sin sustancia”, peor aún es ofrecer lamentables versiones, “quiero y no puedos” constantes, perpetraciones varias y venderlo como “a la altura del original”, hacer creer al público que así se hace en otros países). Por lo tanto, sean bienvenidos artistas de este calibre que respetan y aman su trabajo, que se mueven en escena sin aparente esfuerzo, que cantan con inmensa naturalidad, espectáculos que nos traen un pedacito de Broadway y que, a buen seguro, muchos disfrutarán como nosotros porque ahí están sus sensaciones, sus recuerdos, sus deseos, su banda sonora (los que realmente amamos el musical reconocemos a los iguales por el brillo de los ojos, el cimbreo del cuerpo, el aplauso cómplice, el tarareo irrefrenable).