lunes, 9 de marzo de 2015

CUANDO SEAS PADRE...



  



 Es inevitable que el niño quiera meter las narices en todo lo que sucede a su alrededor, sobre todo cuando percibe que se habla de algo que los mayores intentan hurtar a su atención, a su curiosidad, a su interés, especialmente cuando entre ellos hablan con sobrentendidos, con elipsis, con metáforas, impregnando de incógnitas cada frase, narrando con más efectividad que algunos autores de relatos policiacos, provocando un cosquilleo irresistible, metiendo los dedos en la boca, motivando la consiguiente e imparable catarata de preguntas con las que uno intenta resolver el misterio y, por encima de todo, sentirse en la misma onda, cómplice de los adultos, alguien que es tenido en cuenta. El admirado y recientemente fallecido Joan Barril publicó a finales de los años noventa del pasado siglo un divertido, emotivo y revelador volumen titulado Condición de padre en el que trataba con mucha comprensión (y conocimiento de causa) al progenitor (ese que, por muchas veces que reincida, por mucha familia numerosa de la que pueda presumir, siempre es un debutante, lo aprendido sirve para poco porque con cada retoño hay que volver a empezar y porque, como siempre se ha dicho, “cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre” incluso aunque tengamos los mismos), pero en el que también  sugería/recomendaba/advertía que nunca se olvidase lo vivido cuando uno fue niño y pensaba que sus padres no le comprendían (y viceversa), que se intentase mirar desde los ojos de la criatura pero poniéndose a su altura puesto que en ese descender hasta el rostro de la misma estaba el mejor camino hacia el entendimiento y la conciliación entre generaciones que, se mire cómo y por dónde se mire, están condenadas a convivir en el extrañamiento, en un desequilibrio que no tiene por qué vivirse como una batalla, una lucha que bien jugada tiene mucho de enriquecedora (al fin y al cabo, con los condicionantes de cada quien, con la familia que a cada uno toque en suerte, con las experiencias propias, con las lógicas diferencias, yendo a lo más básico siempre podemos concluir lo que cantaba Mari Trini en Pero ellos no son cuando concluía: “Siempre existió la distancia, / es algo generacional. / ¿Para qué hacer reproches / si nosotros fuimos igual?”).
   “Llega un momento en que te das cuenta de que, igual que haces tú con ellos, tus padres te mienten, y eso es terrible porque te das cuenta de que no son seres especiales ni superhéroes, resulta que son humanos y, por lo tanto, tienen defectos. Cuando llegas a esa conclusión, da igual a qué edad, es como si dejases de ser niño de golpe”, reflexiona José Antonio Palomares y sobre esa base ha construido la muy divertida aunque a ratos inquietante y perturbadora novela (por lo que remueve, por lo que explora, por las zonas íntimas que transita) Toda la verdad sobre las mentiras que ha publicado recientemente Plaza y Janés. El modo en que el volumen se presenta ante nuestros ojos es muy revelador y deja muy claras algunas intenciones y anticipa su contenido: “Los relatos que autoedité en Amazon y que han sido el punto de partida de la novela, tenían una portada similar hecha por un amigo diseñador que se inspiró en los cuadernillos Rubio de nuestra niñez; aquellas eran narraciones más melancólicas, un tanto tristes, se adaptó un poco el concepto pero estoy muy satisfecho porque creo que se ha pillado el tono en apenas tres dibujos, los que hay debajo de la sobrecubierta, y no creo que nadie pueda sentirse engañado por lo que va a leer”. Es cierto que la gradación de tonos empleada por el escritor responde bastante a esa secuencia que menciona, la que muestra al mismo niño de la portada orgulloso con su globo de chicle, una esfera que crece y crece hasta estallar sin remisión y dejar al chaval un tanto frustrado: al fin y al cabo, sin enredos psicológicos ni disertaciones que coarten la narración, sin análisis pormenorizados o disecciones con tufillo psiquiátrico, sin pretensiones huecas o vanidades psicológicas, se trata de una historia de aprendizaje, la de cada uno, la de todos, esos años en que se vive un tanto en un limbo puesto que el crío ya se siente adulto, es mayor, rechaza que se dirijan a él como “el niño” (quiere vivir más deprisa que Pancho López, suele mentir sobre su edad o camuflarla en fórmulas al modo de “tengo casi diez años”, “cumpliré doce en unos meses”), pero a veces se escuda en la ignorancia, en la inocencia, en una vocecita ñoña para salir airoso del lance si algún adulto le pilla en falta; también los padres quedan a veces prisioneros de ese estado de nebulosa puesto que bajan la guardia o minusvaloran el ingenio, la perspicacia, la agudeza del chaval para detectar las corrientes subterráneas, para sumar dos y dos y reunir cuatro, para leer entre líneas, y en otras ocasiones son excesivamente prudentes con asuntos que no merecen tanta preocupación (y que sólo su celo en preservar a la manada de vaya usted a saber qué peligro convierte en atractivo –puede que ni te acerques a algo pero basta que te lo prohíban, que lo coloquen expresamente fuera de tu alcance para que ingenies con más fortuna que el profesor Bacterio y lograr tu objetivo-).
   Ahí radica uno de los mayores aciertos de Toda la verdad sobre las mentiras puesto que, al modo de Cuéntame cómo pasó pero sin imitarla (no cabe duda que el modo en que Carlos Hipólito narra la serie es una de sus grandes virtudes y la que más fresca la mantiene tras dieciséis -¿excesivas?- temporadas), diríase que el narrador no tiene más de doce-trece años y nos habla desde su presente, desde los años 80; aunque habrá alguno que pueda creer que eso es fácil, y más en este momento en que gracias a Yo fui a EGB retrocedemos en el tiempo muy a menudo y seguimos expandiendo la red de recuerdos comunes con la que tanto nos reímos (y emocionamos, no os hagáis ahora los duros), precisamente en eso radica la mayor dificultad de la novela, ya que puede sonar a leída, a sabida, que no aporta nada, que cada cual tenemos la nuestra, y es dónde el autor más ha demostrado su bien formado músculo literario para hacerla atractiva más allá del recurso a la nostalgia, a la sublimación, a emociones que no siempre resultan sinceras. Sobre ambas cuestiones (sumarse a una corriente, a una moda, jugar la baza “the way we were”) tengo la oportunidad de conversar con José Antonio Palomares y es un placer escuchar cómo describe el proceso creativo: “Sí, es verdad que me topé con algunas dificultades, nada extraño por otro lado cuando se trata de escribir; por un lado, como señalas, parece que la nostalgia parece está de moda, en realidad siempre lo está, y si la novela la lee gente que ha vivido eso que cuento es más fácil que se identifiquen, pero el problema es que se queden sólo en eso porque, claro, no descubro nada nuevo. Por lo tanto, se trata de que aunque el universo sea reconocible y pertenezca a tus recuerdos sea al mismo tiempo sorprendente y te interese porque es la vida de alguien ajeno, lo que siempre buscamos en los libros. Por otro lado, la mayor dificultad es conseguir el tono adecuado: es un niño de unos 10 ó 12 años y, aunque la cuenta desde el presente, quería que pareciese que la cuenta un chaval, que conservase una mirada cargada de inocencia, aunque el adulto puede anticipar algunas cosas y, así, desarrolla una empatía, una complicidad con la narración. En algunos momentos, no he tenido más remedido que poner al adulto a narrar, necesitaba ciertos detalles que completasen la verosimilitud; pero creo que se percibe que el autor se ha divertido, se ha emocionado, ha sido como un crío, que si me apetece cuento una partida de canicas con todo lujo de detalles, que me explayo recordando aquellas películas de kung-fu, que dejo que el niño fluya y no le impongo las restricciones que utilizaría si narrase como un mayor”. Y aunque habrá quien encuentre excesivos ciertos capítulos (dependerá de las aficiones que tuviésemos a aquella tierna edad), es muy grato reencontrarse con las rutinas, las meriendas, la llegada de la televisión en color, las cintas que escuchaban los mayores (esa banda sonora que se imponía como la nuestra y que, al menos en mi caso –y en tantos otros-, se ha convertido en algo propio), reproducidas tal y como sucedían, sin el filtro de la perspectiva, contadas con un lenguaje cuidado y controlado pero muy ágil, espontáneo, propio de un chaval al que le gusta leer, con una cadencia y un decir muy reconocibles, muy creíbles, muy sinceros, fluctuante como el ánimo de cualquier chaval más allá de las circunstancias concretas que se recogen en la novela (“Esa fue otra de mis preocupaciones: no idealizar demasiado, por un lado porque el niño no lo hace, tan sólo vive todo muy intensamente, al límite, se va de cero a cien sin freno porque si la chica que te gusta besa al que es tu enemigo, con el que te peleas todos los días, crees que jamás vas a reponerte”).
   Esa atmósfera de familiaridad envuelve y conquista al lector que no puede resistirse a, como en el caso de quien esto escribe, reencontrarse con el cuento de Los siete cabritillos (el que hice repetir a mi abuela no sé cuántas noches), los viernes promisorios con todo un fin de semana por delante y el Un, dos, tres en televisión (aunque yo tenía la suerte de que me lo dejaban ver hasta el final –también es cierto que soy algo más mayor que Palomares-), las canciones de Rocío Dúrcal (aunque en este caso es Pablo el que más se acerca a lo narrado, puesto que si el protagonista de la novela piensa que Juan Gabriel II –con ese ordinal porque la cinta que tienen sus padres es la segunda que grabó Marieta con temas del mexicano- es el novio de la cantante, Pablo siempre creyó que era su marido –sin lo de “segundo” porque sus padres tenían el primer volumen-) o el donuts del recreo (aunque en mi casa siempre fueron más de hacerme un bocadillo –precisamente por eso recuerdo con absoluto deleite el día en que tocaba fiesta porque llevaba en la cartera ese bollo insuperable-): “Me lo dice mucha gente “¡parece que hablas de mi familia!”; hemos tenido infancias muy parecidas pero es que, más allá de los detalles y ciertos referentes, todas son bastante iguales, se tienen las mismas preocupaciones (padres, colegio, amigos), los mismos estímulos, los mismos juegos”. Poco a poco, como la vida, la narración se va oscureciendo, ciertas amenazas se concretan, el tono jocoso da paso a uno no excesivamente sombrío pero sí más grave, el niño se ve obligado a crecer (en parte porque es lo que le toca, es ley de vida como decían los mayores –como ahora decimos nosotros, es decir, los nuevos mayores-), pero el autor sabe no cargar las tintas en aras de una verosimilitud que es su mejor arma, no traiciona el planteamiento ni el espíritu de su texto: “No quería ser muy brusco a la hora de ir tiñendo la historia de los momentos amargos, no quería enredarme en ciertos barroquismos ni despeñarme por el melodrama: mi intención siempre ha sido que todo suceda de manera natural y que el lector pueda ir páginas por delante de lo que el niño intuye o ni siquiera llega a sospechar, que sus comentarios le diesen pistas pero sin pervertir lo que quería contar y sin que la visión del adulto interfiera en cómo un chaval se enfrenta a la tesitura en la que coloco a mi personaje”. Por el momento, José Antonio Palomares termina así esta aventura literaria porque reconoce que ha dejado fuera muchas cosas ex profeso (“no quería hablar de política, ni tampoco del Mundial 82 por aquello de no dar datos demasiado exactos sobre el año en que se sitúa la acción más allá de dejar claro que me muevo en esa horquilla de los años 80”), aunque a uno se le ocurre que, tal vez, por aquello de comprobar si uno repite los mismos errores que en su día o con el tiempo ha reprochado a sus progenitores, estaría bien que nos ofreciese la otra cara de la moneda, es decir, el protagonista en la actualidad, padre a su vez (o no, es potestad del autor decidirlo), adulto que descubre, como tantos, como todos, que ni inventa ni aprende nada y que en muchas ocasiones hacemos a los niños más vulnerables cuando intentamos protegerlos de lo inevitable, cuando les dejamos a merced de los sinsabores, cuando les complicamos la existencia por recurrir a subterfugios, a placebos que no impiden el estrépito, el daño, el dolor, que incluso lo vuelven más acusado, cuando negamos la evidencia y les exigimos que comprendan nuestras contradicciones, cuando intentamos tejer a su alrededor un país de las maravillas que nunca es tal (y así, de paso, se las ingenia para citar a los Sugus de piña, esos misteriosos caramelos envueltos de azul -¿la piña es azul?-, olvidados en esta entrañable novela).

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