viernes, 17 de abril de 2015

AUDIENCIA REAL



   




 Ya la habíamos disfrutado interpretando Fedra (junto a un estupendo Dominic Cooper, todo hay que decirlo) en una versión exquisitamente dirigida por Nicholas Hynter, con una escenografía esplendorosa concebida y manejada en favor del texto, de los intérpretes, del propio espectáculo (y no al revés, como por desgracia sucede más de lo debido), experiencia que vivimos en la misma sala del National Theatre en que habíamos gozado y nos habíamos rendido más allá de toda medida al magisterio permanente y constantemente rejuvenecido y revalorizado de la inmensa Vanessa Redgrave (con un texto asombroso, lacerante en su asepsia, terrorífica profecía que la actriz protagonizaría en la vida real no mucho después con la sorpresiva y trágica muerte de su hija Natasha, un prodigio de Joan Didion titulado El año del pensamiento mágico que dentro de muy poco podrá verse en el Teatro Español –por desgracia, en lugar de haber caído en las manos de Mercedes Sampietro o Vicky Peña lo ha hecho en las de Jeannine Mestre-); precisamente por eso nos habían quedado ganas de repetirla (también a la Redgrave, pero ahora recupero la frase principal y vuelvo a Fedra), nos preguntábamos si sería posible, si los hados nos serían propicios, cuando la noticia se hizo oficial y Pablo buscó entradas como regalo de Reyes: Helen Mirren regresaba a las tablas para transformarse de nuevo en Isabel II –la de allí, no me hagan chistes fáciles-, el rol que le hizo acumular casi todos los premios posibles que pueden ganarse en el ámbito cinematográfico, la interpretación que la encumbró en la manera que llevaba tanto tiempo demandando por su desbordante talento y su impagable personalidad plasmada en una trayectoria ecléctica, tal vez errática, muy variopinta, con la que había conquistado el corazón de muchos cinéfilos (y de amantes del teatro, pero este arte está más restringido a que, como en el caso que ahora reseño, se dé la oportunidad, los elementos se combinen y los sueños puedan cumplirse), un prestigio bien cimentado que necesitaba una cima de ese calibre para afianzarse con firmeza incontestable, un trabajo que la hizo inmensamente popular, un portento que todavía nos deja ojipláticos, una joya como La reina, un prodigio que no debe quedar eclipsado por su monumental actuación, un triunfo al que no son ajenos el abracadabrante guión de Peter Morgan, la elegancia de Stephen Frears a la hora de sortear todos los escollos posibles que se encaran de frente y sin miedo (sin rebajar ni un ápice la mordacidad ni la malicia) y el impecable y plausible trabajo desarrollado por el resto del reparto, en el que conviene destacar a los inigualables Michael Sheen y James Cromwell.
   Y, como digo, nos plantamos en Londres (en un día ciertamente desapacible con rachas de viento que espolvoreaban con furia las gotas de lluvia que caían sin parar) para acudir a la audiencia, The Audience, con texto de Peter Morgan (sólo él podía rizar el rizo y mejorar su anterior libreto) y dirección de Stephen Daldry (una de las pocas opciones posibles para recoger el testigo de Frears y, sin imitar ni trivializar ni dormirse en los laureles, conducir el espectáculo con mano maestra y como si no hubiese un precedente –al que, por otro lado, se hacen guiños admirativos y agradecidos-). El Gielgud Theatre, acogedor y confortable, con ese encanto de los recintos de siempre que en Londres conservan la esencia del teatro ante el que tantos fruncen el ceño y condenan con un gesto displicente de su mano –esos que se consideran amantes del arte de Talía y salvadores del mismo, esos que enferman de modernidad y se burlan de lo que denuestan como “arqueología”, esos que van salpicando (en realidad, anegando) Twitter y demás redes sociales con la ocurrencia del momento con la que dejan muy a las claras los auténticos agujeros negros que tienen con respecto a conocimiento, respeto y criterio, ese que cacarean para sentirse gozosos y en la pomada, minoritarios que insultan al resto del público, los que absurdamente reclaman una cuantiosa taquilla para lo que consideran para paladares exquisitos, se supone que algo es “bueno” (mira que recurren a este adjetivo que no expresa nada) porque sólo ellos acuden, pero al final ovacionan lo que vende todo el papel durante un porrón de funciones-, el Gielgud es, como digo, uno de esos locales en que se respira teatro ya en el vestíbulo, en las taquillas, en los pasillos, un espacio en el que el espectador se siente a gusto y a salvo de las inclemencias meteorológicas (y de los tuiteros desabridos), un lugar idóneo para ser testigo de un espectáculo que sólo necesita unos cuantos cambios de luces, los aditamentos precisos y una atmósfera muy bien creada para hacernos sentir que estamos en una estancia de Buckingham (excepto en el incio del segundo acto), mirando por el ojo de la cerradura para conocer lo que sucede en la audiencia privada que la reina concede semanalmente a la persona que ocupe el cargo de primer ministro, asunto sobre el que fabula Morgan puesto que es una charla informal y privada en la que no se toman notas ni tras la cual se ofrezcan informes, se hagan comparecencias o declaraciones. Al margen de poder admirar en vivo la manera en que Helen Mirren se transforma en Isabel II (la cadencia de la voz, el modo de pronunciar, las miradas, los movimientos) hasta casi hacerlas indistinguibles, no sabiendo muy bien si estamos ante la actriz o ante la soberana, tal es el ejercicio de mimetismo, la asunción de personaje, la perfección desplegada, la naturalidad con la que se imbuye de la personalidad que se le encarga, es francamente maravilloso cómo, sin abandonar escena, ayudada por un equipo que se mueve ligero y con sutileza, en apenas segundos, Mirren va reflejando diferentes épocas de la reina, siendo la joven, temblorosa y aún no coronada que se enfrenta a Churchill, la mujer madura que tiene enfrente a la poco gobernable Margaret Thatcher, rompiendo la cronología en aras de un texto inteligente, perspicaz, agudo, punzante, dando la época con un mero cambio de peinado y vestido, una de esas experiencias que hay que vivir para creerla (y que, gracias a Pablo, pudimos gozar y vibrar en la quinta fila).
   Y ahora, dos años después de su estreno, ha llegado a Broadway ese mismo montaje mientras que en Londres, en apenas una semana, podrá verse una reposición de The Audience en la que Kristin Scott Thomas asume el rol inmortalizado por la Mirren. Sería curioso poder establecer comparaciones (y más por ver en escena a una intérprete tan refinada y distinguida), teniendo aún tan fresco el recuerdo de lo sentido en el Gielgud, pero la economía no lo consiente y, por un lado, mejor esperar a otra ocasión en que Scott Thomas elija otro texto, teniendo en cuenta por otro que volveremos a Londres antes de lo esperado (nosotros nos quitamos de otras cosas que algunos considerarán más necesarias pero que nos llenan mucho menos para, así, ir ahorrando un poquillo y, de vez en cuando, poder darnos una alegría, una satisfacción, ese “es una vez en la vida” –como dijo Pablo antes de comprar entradas para, ¡sí, sí, sí!, ver a Bette Midler el próximo julio y ya de paso, ¡por fin!, contemplar a Imelda Staunton, ¡nada menos que haciendo Gypsy!-). Y pensar en la Mirren en Broadway es recordar su anécdota saliendo disparada a la calle durante el entreacto para amonestar a unos músicos que mediante el sonido de sus tambores, desfilando entre cánticos y percusión, anunciaban un festival de tendencia LGTB y perturbaban la paz, el medido silencio, el gusto por la palabra que exige The Audience. ¡Sólo una grande puede salir, ataviada como Isabel II, a exigir que cese la algarabía, dejando sorprendidos a los que tocaban y a los que miraban! Y no crean que evoco ese momento por el gusto de hacerlo, sino porque, como narra Garson Kanin en su impagable libro sobre Tracy y Hepburn (ese que tanto molestó a la actriz, celosa de su intimidad y muy especialmente de la de su amado, por mucho que sea uno de los homenajes más emocionantes que puedan existir, un testimonio directo, sensible y sincero de por qué ambos serán siempre nuestros favoritos), cuando Kate (como gustaba ser llamada) llegó al teatro en que iba a representar Coco se dio cuenta inmediatamente de que la elección de local era muy desafortunada porque justo enfrente estaban construyendo un rascacielos y, al margen de lo que eso iba a dificultar la llegada del público, los ruidos iban a imposibilitar el correcto desarrollo del espectáculo en la sesión de tarde de los miércoles; como el vaticinio se cumplió, la intrépida y atlética actriz no dudó en encaramarse al andamio para negociar con los operarios y consiguió que, durante el momento culminante de la función (el momento en que evoca a su padre y canta la conmovedora canción homónima del personaje al que encarnaba y del espectáculo), hiciesen una pausa (“la hora de Katie”) y todo pudiese fluir y disfrutarse. ¡Que tiemble Broadway si algo así sucede porque la furia real será incontenible! ¡Ay, qué lejos pilla Nueva York! ¡Qué caro es todo! (los hay que sólo van por capricho, por alardear, vacuos en cualquier sentido, siempre tiene pañuelo el que no moquea) Pero no importa, Londres no es un premio de consolación, es un trofeo en sí mismo y, además, lo fundamental para nosotros es experimentarlo, disfrutarlo, incorporarlo a nuestros latidos y, en ese sentido, nada es más o menos que nada por los kilómetros que haya que recorrer, lo hacemos porque lo queremos no por postureo, es imprescindible porque lo vivimos juntos (pero, claro, haber acudido a una audiencia con la majestad de Helen Mirren es un puntazo, indudablemente).

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