miércoles, 15 de abril de 2015

"¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS?"





   Puesto que es la institución que (se supone) limpia, fija y da esplendor a nuestro idioma, tengo una tendencia muy acusada a consultar el diccionario de la Real Academia Española, el DRAE, para intentar resolver las muchas dudas que me surgen a la hora de escribir, para despejar incógnitas, para usar las palabras con la mayor propiedad posible, para conocer significados, para asegurarme, para no abundar en el error, para ser preciso; pero, en ocasiones, en demasiadas, la calle, las gentes, la comunicación, la efectividad, el habla es más rápida, porque si sabemos a qué nos referimos, si nos comprendemos, si nadie pregunta acerca de un término, perdónenme la osadía, incluso el sacrilegio, no hacen falta libros para sancionar lo que el pueblo dice –es como lo de las coplas que apuntó con buen criterio Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta / las coplas, coplas no son”-, porque la lengua está viva y en constante evolución y no podemos coartarla y/o negarla –y, sí, también sufre una permanente involución en los últimos tiempos, pero es que, por un lado, no se enseña como forma de expresión sino como corsé represivo y ajeno a la realidad, no sabemos inculcar el cariño, respeto e interés debidos, por otro no hablemos ahora de ciertos hábitos y/o prácticas tolerables cuando expresan urgencia o hay un tope de caracteres, vicios que algunos han llegado a publicar como “literatura” (hay editores que deberían asumir sus responsabilidades sobre estos crímenes –si no penales, al menos civiles-)-, porque los académicos se toman su tiempo, tienden al inmovilismo, no son muy amigos de novedades (parece mentira que tantos de ellos creen universos con un lenguaje propio), en cierta manera es inevitable que vayan con retraso, terminan por aceptar vocablos cuando ya han dejado de ser utilizados o cuando ha pasado su momento de gloria y expansión, cuando han perdido vigencia o ha quedado claro su uso coyuntural, envejeciendo con la velocidad pasmosa con que lo hacen las modas. No negaré que a veces voy al DRAE sólo por el morbo de encontrar una definición obsoleta, inexacta, carpetovetónica, a espaldas de lo cotidiano, inmovilista, y que hay oportunidades en que lo hago buscando una brújula que me oriente, comprendiendo la dificultad y casi imposibilidad de resumir en pocas palabras el verdadero significado de un término, la polisemia humana, creativa, profunda de realidades intangibles (sí, ya sé que es un oxímoron, pero sólo en parte, a ver si soy capaz de explicarme), de conceptos inmensos a los que, por más vueltas que les demos, nunca lograremos aprehender en una breve exposición (y hasta en una muy larga), nunca llegaremos a una síntesis, a una convención, a un consenso que satisfaga a todo el mundo porque identificamos a qué nos referimos, pero cada uno lo siente, lo aprecia, lo vive, lo escribe de una manera; ahí está, por ejemplo (bueno, es la palabra que hoy consulté), “poesía”, que en su primera acepción se dice es la “manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa” y que, tras otras más o menos técnicas, en la sexta se añade que es también la “idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje”.

   Si nos atenemos a esa glorificación de lo bello, parece que estamos dejando fuera a la práctica totalidad de los poetas que podamos evocar, sino a producciones completas al menos buena parte de su obra; ¿dónde queda Hijos de la ira? Hay partes de Poeta en Nueva York que no responden (ni buscan ni pretenden ajustarse) a ese canon podríamos decir bucólico, tampoco Cernuda puede ser leído sólo bajo ese prisma, ni Benedetti, ni un libro que acabo de terminar y que comienza diciendo “Ante todo el grito. Cierta rabia y cierto llanto que se arrojan. Ante todo la náusea, el alma abismándose, ciega”. No hay duda de que provoca, impacta, turba, asombra, inquieta, que lo que se entiende por “belleza” (como tantas otras cosas) es algo que depende de cada uno, pero, así en román paladino, hablando en los términos más convencionales, no parece que sea glorificar, ponderar, cantar la belleza (no al menos en todas sus páginas) lo que pretende Juan Manuel Uría con su libro Las huellas del límite publicado por Baile del Sol, sino, tal y como cierra el volumen tras un viaje por muchos recovecos, dobleces, silencios que no necesitan palabras pero las convocan, las sugieren (sé que puede sonar muy raro, pero para saber de lo que hablo hay que recorrer estas páginas y detenerse en los puntos y aparte, en el interlineado, en esos poemas de apenas dos o tres frases), lo que el poeta de Rentería parece querer es, tan sólo (¡Como si fuese poco!), dejar constancia del “relleno de alma en que consisto; las veintisiete letras que aún me sirven; la razón funámbula que salta, dominando el vértigo, entre mis sienes; y los tiernos huesos, el millón de huesos que brotan de mi lápiz en un desesperado intento de encarnar”. Y si se trata de límites, enlazando con lo un tanto torpemente expuesto en el preámbulo por un servidor, Uría los rompe, los cruza, los aleja para hacer nuevo camino (ya sabemos que no existe: sólo se hace si estamos en él, si nos movemos, si seguimos), comprende que todo suena a tópico, a copia, a manierismo, porque “todo lo que se podía escribir sobre una estación de tren ya se ha escrito. A los poetas sólo nos quedan palabras gastadas”; pero él se desdice de esta afirmación, demuestras que aún hay mucho por escribir al seguir destilando imágenes desoladoras, afirmaciones rotundas, metáforas sutiles, vómitos incontenibles, una amplísima gama de recursos y tonalidades que conforman un poemario que conmueve en su aparente sencillez, que nos atrapa en la viscosidad de la extrañeza de ser humano o, mejor aún, de no saber serlo, de no comprender por qué se es, ya que “a veces me pasa que todo está en pausa”.

   “Se marchitan las flores, inevitablemente, a pesar de todos mis cuidados. Y en los jardines de la memoria parece que no hay espacio para antiguas rosas”, pero tal vez lo haya para otras o para remedos de aquellas, para imitaciones, para la sublimación de esos aromas, para la constatación de que “algunos días el silencio es más evidente que otros” o para la inapelable conclusión de “algunos días las cosas pierden su nombre, el lenguaje se nos aja, y todos los pájaros callan. Sí, tú sabes de lo que hablo. También te pasa a veces”. Claro, es que el que lo probó lo sabe, y tal vez haya que concluir, siguiendo los parámetros del DRAE, que al final todo poeta busca la belleza, añora la perdida, la imagina, la convoca, la tira por tierra, la menosprecia si no le sacia, si le harta, si la desdeña por inalcanzable, pero todo es un ir y venir entre, por, para ella, aceptando que es pasajera (“Y que el instante dure lo que dure la vela”), procurándola y necesitándola aunque sólo sea para posicionarse en su contra (“Y la frente ha dejado de ser frente como el labio ha dejado de ser labio. Qué cosa sea ahora, tampoco sé. Acaso nada más que vejez y ruina, sencillamente”). Y es un placer recrearse en este breviario (en el sentido de la cuarta acepción del DRAE: “Libro de memoria o de apuntamiento”) en que se dice lo justo (“Porque las palabras innecesarias sólo enturbian”) porque lo importante, lo necesario, lo que se consigue es que el lector añada las que considere necesarias (“La palabra que no cabe. La simiente fecundando”), recorra su propio “pabellón de las flores que se cultivan para los muertos, imaginando sin venir a cuento un pan seco en las manos de un viejo o una niña triste que juega sola en un parque”, no le importe “herirse queriendo coger la luz al vuelo, sin saber que quema. Pero alcanzarla, sin embargo, y reír luego”, agradezca a Juan Manuel Uría que le haya servido de cicerone para replantearse sus huellas, dejar otras bien marcadas, sentirse identificado con “estas palabras [que se dicen] como una oración sin fe, sin dios y sin tierra, con el tono de quien guardado bien su silencio; con el derecho antiguo que aún se otorga a los andantes de estrecha vía, de andada larga, de huella límite”. ¿Quién dijo miedo? La poesía no es para los cobardes, los pusilánimes, tanto huero que se piensa vate porque plagia (y para colmo mal) a voces que, desde lo íntimo, desde lo profundo, desde sí mismos, se olvidan de quienes son para dirigirse a los demás, y Juan Manuel Uría lo hace sin concesiones ni contención, poeta en estado puro (porque, y eso sí lo reconoce el DRAE, también en prosa puede escribirse mucha poesía).

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